Los acontecimientos parecen no haber sucedido si nadie los reporta, si no se dan a conocer. Lo mismo pasa con todo aquello que quiere hacerse olvidar, suele ser suficiente dejar de hablar de ello para que el tiempo se lleve la conciencia de lo ocurrido. En esta guerra, presentada como un conflicto entre el bien y el mal, entre un país que defiende la democracia y los valores europeos y otro que está dispuesto a hacer lo que haga falta para aferrarse a un totalitarismo no europeo. El espectro de la idea de las hordas asiáticas tan utilizado en el siglo XIX no ha estado nunca lejos de la cobertura de Rusia que han dado los medios. En esa simplificación hasta prácticamente la parodia que se ha hecho de los acontecimientos y del conflicto en sí, por defecto, los medios han tendido a dar por buena toda declaración ucraniana mientras cualquier afirmación rusa debía ser considerada propaganda y desinformación salvo que se probara lo contrario.
El caso del Nord Stream es especialmente claro. Las autoridades europeas no dudaron un momento y nada más conocerse los hechos, apuntaron con su dedo acusador, y sin necesidad de la más mínima prueba, a Rusia. En octubre, agencias de verificación supuestamente dedicadas a luchar contra la desinformación calificaban como “teorías conspiratorias” todas las alegaciones rusas mientras daban por buenas las sospechas que buscaban la mano de Moscú. Desde el principio, la versión de la autoría rusa debió hacer saltar todas las alarmas: la ficción creada en esas primeras horas implicaba que Rusia hubiera hecho explotar su propio gasoducto. Nadie en Occidente explicaba en qué medida ese autosabotaje iba a beneficiar de alguna manera a Rusia, que trabajaba para intentar mantener los ingresos derivados de la exportación de gas a la Unión Europea. El estado de opinión y la visión de Rusia como un actor irracional capaz de cometer acciones sin sentido hacía innecesaria cualquier explicación. En aquel momento, Moscú acusó a Occidente y, entre todos los enemigos, apuntó al Reino Unido, tradicional oponente y potencia naval con capacidad de cometer los hechos, aunque ninguna prueba lo validaba entonces ni lo hace ahora. Meses después, Seymour Hersh, a cuya estelar trayectoria hay que añadir, sin embargo, una evidente falta de fuentes verdaderamente fiables en temas relacionados con Rusia y Ucrania, acusó directamente a Estados Unidos. Con la connivencia de Noruega, Washington habría preparado los atentados meses antes bajo la tapadera de maniobras de la OTAN, una versión quizá más realista que la que ha resultado ser la oficial, pero que carece de cualquier mínima evidencia.
Precisamente por tratarse de un escenario posible -Estados Unidos tenía interés por acabar con el Nord Stream y posibilidades para hacerlo-, Occidente se vio obligado a romper el silencio que había reinado hasta entonces y ofrecer una teoría más creíble que la de la autoría rusa. El paso del tiempo sin ninguna prueba que inculpara a Moscú hacía inviable seguir manteniendo la idea del autosabotaje o la falsa bandera, conspiración a la que incluso ahora dicen adherirse personas como el ministro de Defensa de Alemania, Boris Pistorius, o el Gobierno de Polonia. Sin embargo, los detalles que han emergido poco a poco en los medios europeos, la revelación de que los servicios secretos neerlandeses descubrieron una trama ucraniana para explotar el Nord Stream y la orden de detención de un ciudadano ucraniano que se ha anunciado esta semana -y que no se ha llevado a cabo gracias a la incompetencia o complicidad de Polonia- hacen completamente imposible seguir manteniendo esa ficción.
Así lo prueba también la reacción mediática, que rápidamente ha buscado presentar una versión de los hechos que resulte lo más amable posible para el país que, cada vez con más claridad, aparece como el culpable único de lo ocurrido: Ucrania. Asumida la realidad de que la teoría de la conspiración de la falsa bandera rusa no se sostiene ante las informaciones filtradas por los diferentes países implicados en las investigaciones y con la noticia de que la orden de arresto de Volodymyr Zhuravlev había quedado sin ejecutar por su marcha a Ucrania, los medios han retomado el intento de exculpar a Volodymyr Zelensky.
Ayer, apenas unas horas después de que se conocieran las identidades de las tres personas sospechosas de haber utilizado el yate Andrómeda para colocar los explosivos que dañaron el gasoducto el 26 de septiembre de 2022, The Wall Street Journal publicaba el reportaje más extenso sobre cómo se había realizado esa operación. “Fue el tipo de plan extravagante que podría surgir en un bar a la hora de cerrar”, escribe el periodista Bojan Pancevski en su exclusiva titulada “Una noche de borrachera, un yate alquilado: la historia real sobre el sabotaje del gasoducto Nord Stream”, que califica de “una operación de bajo coste” que fue “financiada por un empresario privado”, pero “supervisada por un general de alta rango” inicialmente aprobada por Zelensky, que posteriormente habría “intentado sin éxito cancelarlo”.
Como quien resume una película de espías, el periodista describe el punto de partida del que salió la idea de cometer un acto de terrorismo internacional que admite que podría ser considerado casus belli. “En mayo de 2022, un puñado de altos mandos militares y empresarios ucranianos se habían reunido para brindar por el notable éxito de su país al detener la invasión rusa. Animados por el alcohol y el fervor patriótico, alguien sugirió un paso radical: destruir Nord Stream. Al fin y al cabo, los gasoductos gemelos que llevaban gas ruso a Europa proporcionaban miles de millones a la maquinaria bélica del Kremlin. ¿Qué mejor manera de hacer pagar a Vladimir Putin por su agresión?”, escribe Pancevski sin que se los demás países perjudicados parezcan siquiera un factor a tener en cuenta. Entre ellos destaca Alemania, segundo proveedor de Ucrania, que ahora guarda un atronador silencio. El motor de Europa no sabe qué decir ante la certeza de que el país a cuyo Estado y ejército mantiene aprobó un plan para hacer explotar una de sus infraestructuras críticas. Se protege también la identidad de ese empresario que financió una operación cuyo coste se cifra, según la fuentes de The Wall Street Journal, en 300.000 dólares.
“Todo nació de una noche de borrachera y de la férrea determinación de un puñado de personas que tuvieron el valor de arriesgar sus vidas por su país”, afirma uno de los testigos citados por The Wall Street Journal, sin querer comprender que se estaba cometiendo un acto hostil contra una aliado. En aquel momento, Alemania se encontraba tremendamente presionada tanto por las consecuencias económicas de la pérdida del gas ruso, una de las bases de la competitividad de su industria, y el acoso constante de Ucrania y los países más beligerantes del este de Europa, que exigían a Olaf Scholz una postura más firme, aumento del suministro de material de guerra y comenzaba a emerger la campaña que finalmente convencería al canciller alemán a autorizar el envío de tanques Leopard de fabricación alemana. Ahora, cuando Alemania emite órdenes de detención que son ignoradas por países cercanos y queda claro que no fue un enemigo sino un aliado (o varios de ellos) quien atacó unas instalaciones cuya propiedad comparte con Rusia, el Gobierno solo acierta a decir que nada impedirá que continúe el apoyo a Ucrania. “Son dos cosas distintas”, afirmó el portavoz gubernamental tras la publicación de los últimos datos, aún más humillantes para Alemania que los anteriores, ya que no solo implican a Ucrania, sino también a Polonia.
La narrativa que presenta The Wall Street Journal recoge la primera información publicada en el momento en el que saltó a la luz la versión de la participación ucraniana en el atentado contra el Nord Stream. El artículo presenta la operación como una iniciativa privada fruto prácticamente del azar, pero a la que rápidamente se sumó incluso el presidente Zelensky, que unos días después de que se planteara en esa noche de borrachera, aprobó la operación, que sería controlada por un general a las órdenes de Valery Zaluzhny. Ese general reclutó, según el artículo, “a algunos de los mejores oficiales de operaciones especiales de Ucrania, con experiencia en la organización de misiones clandestinas de alto riesgo contra Rusia, para que ayudaran a coordinar el ataque”. Entre ellos estaba, según la misma fuente, el coronel Roman Chervinsky, recientemente puesto en libertad en Ucrania tras un año de prisión. Al igual que Zaluzhny, con quien Zelensky mantiene una relación más que tensa, Chervinsky es un chivo expiatorio ideal. Veterano tanto del SBU como del GUR, está abiertamente enfrentado a la Oficina del Presidente y a Andriy Ermak, a quien acusa de haber hecho descarrilar la operación que él lideraba y con la que Kiev buscaba interceptar un avión comercial, hacerlo aterrizar en Ucrania y detener a un contingente de Wagner para que fuera juzgado por crímenes de guerra. Lo que no menciona The Wall Street Journal, que se conforma con la trama de acción, es que esas “operaciones de alto riesgo” a las que se refiere son el programa de asesinatos selectivos que acabaron con las vidas de Alexander Zajarchenko, Givi o Motorola en Donbass y con la retaguardia rusa que el exdirector del SBU Valentyn Nalivaychenko confirmó a The Economist en septiembre de 2023. El propio Chervinsky ha llegado a jactarse de su participación. De forma sutil, el medio confirma implícitamente vínculos entre las personas que participaron en ese programa de la inteligencia ucraniana y quienes lo hicieron en la trama para destruir el Nord Stream. Teniendo en cuenta que medios como The Washington Post se han referido a esa actividad de la inteligencia ucraniana en Donbass y a esos asesinatos para describir los estrechos vínculos de la CIA, que incluso aportó a Ucrania uniformes de las Repúblicas Populares para garantizar la correcta infiltración en Donbass, la parte más difícil de creer de esta historia de espías, patriotas y empresarios no es la ausencia del nombre del emprendedor que financió la operación, sino el intento de exculpar tanto a Zelensky como a la CIA.
Según la teoría, la CIA intervino para forzar a Ucrania a cancelar la operación al ser advertida por los servicios secretos neerlandeses, detalle que ya se conocía. La parte novedosa del relato de Pancevski es que, según las fuentes ucranianas, Zelensky dio la orden de abandonar el sabotaje a Valery Zaluzhny, que supuestamente habría seguido adelante a pesar de no contar con la aprobación del presidente. Cuando Zelensky quiso insistir a su entonces aún comandante en jefe sobre la necesidad de abortar la misión, Zaluzhny habría alegado que ya se encontraba en marcha, con el comando incomunicado y la operación imposible de paralizar.
La historia deja varias preguntas en el aire. La primera es la identidad del empresario que habría financiado esta operación público-privada de sabotaje, realizada sin dejar ningún rastro de papel, aunque sí de ADN. En la fase inicial de las filtraciones sobre el grupo proucraniano que habría realizado la acción, varios periodistas apuntaron un detalle: el oligarca deseaba que el Nord Stream fuera atacado el día de su cumpleaños. El 26 de septiembre es el cumpleaños de Petro Poroshenko, predecesor de Zelensky en la presidencia y hombre al que se apuntó hace meses al darse a conocer la teoría.
Ante todo, el mayor agujero en la historia es el papel de Estados Unidos. Es más que cuestionable que Zaluzhny continuara, por su cuenta y sin protección del Estado, con un acto de terrorismo internacional que podría, no solo ser considerado un ataque contra Alemania, sino incluso activar la cláusula de seguridad colectiva de la OTAN. Pero es más dudoso aún que Ucrania actuara de la forma que parece haber actuado sin la garantía de contar con la aprobación, aunque fuera implícita, de Estados Unidos.
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