“A pesar de estar luchando por responder a una incursión sorpresa desde el norte de Ucrania a Rusia la semana pasada, las fuerzas rusas siguen golpeando a las ucranianas a lo largo de las líneas del frente en el este de Ucrania”, afirmaba ayer, citando a “oficiales militares ucranianos”, The New York Times. La sorpresa que ha causado el rápido, organizado y numeroso ataque transfronterizo en la región de Kursk parece haber cambiado el relato de la guerra, con gran parte de la prensa y los comentarios de las redes sociales centrándose en especular sobre los objetivos y perspectivas de la ofensiva, pero, al menos por el momento, la situación no ha cambiado la dinámica en el frente principal de la guerra. El medio ucraniano DeepState, que ayer se mofaba de que la información rusa sobre la incursión ucraniana en Kursk estuviera en la sección “Operación Militar en Ucrania”, no ha dejado de reportar avances rusos en las zonas de Krasnogorovka, el oeste de Avdeevka en dirección a Krasnoarmeisk y el oeste de Gorlovka. La fuente, vinculada a las estructuras oficiales de Ucrania, no parece haber captado la ironía de mofarse de las dificultades rusas en zonas que no estaban fortificadas mientras se informa de avances rusos en la zona más preparada del frente de 2014, reforzado durante los ocho años de guerra en Donbass para convertirla en una línea de defensa infranqueable. “El enemigo avanzó cerca de Panteleimonovka, Niu York y los alrededores”, decía, sin más contexto, en su informe de ayer.
Con escasos detalles, pero algo más de contexto, The New York Times citaba a Artyom Yepko, oficial de prensa de la Brigada de la Policía Nacional de Ucrania, afirmando que “es duro. Por desgracia, la presión de los rusos no ha descendido”, e insistía en que “nuestros chicos no sienten ningún alivio”. El efecto que iba a tener la necesidad rusa de enviar una cifra significativa de tropas a la región de Kursk ha sido uno de los temas más comentados durante la última semana, cuando Rusia se vio sorprendida por un ataque que no supo anticipar. Aunque ciertas fuentes especulan con que el “golpe principal” aún está por llegar, por el momento, el efecto en el frente más activo, el de el oeste y el norte de Donetsk no es especialmente perceptible incluso aunque la Federación Rusa haya retirado a, al menos, una brigada, Pyatnashka, para reforzar sus tropas en Kursk.
“En lugar de retirar brigadas de las líneas del frente en el este de Ucrania”, explica The New York Times citando al think-tank más referenciado de esta guerra, el neocon Institute for the Study of War, que añade que “Rusia parece estar redesplegando unidades de nivel inferior a la región de Kursk”. La lucha en Kursk, donde se constata presencia ucraniana a una distancia amplia del lado ruso de la frontera es notoriamente diferente a la de otros frentes, donde existe una línea establecida y las dificultades para avanzar e irrumpir en posiciones enemigas se deben a la posibilidad de una defensa tradicional en una batalla entre dos ejércitos posicionados en el contexto de una guerra terrestre clásica. En Kursk, donde Ucrania afirma estar utilizando a miles de soldados, dominan pequeños grupos con gran movilidad y capacidad para evitar zonas fortificadas y avanzar en profundo, adentrarse en localidades y posteriormente retirarse. De ahí que las imágenes de presencia de soldados ucranianos en localidades rusas -algunas de ellas reales, otras manipuladas digitalmente para, por ejemplo, afirmar falsamente que hay soldados ucranianos a 10 kilómetros de la capital regional- no haya de ser necesariamente entendido como control del territorio. Es irrisoria, por ejemplo, la afirmación de que sus tropas controlan 1000 kilómetros cuadrados de territorio ruso formulada ayer por el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania.
Rusia admite, eso sí, relevantes avances de Ucrania que Ucrania controla 28 localidades, la mayoría de ellas menores, y cifra en 2000 -un dato posiblemente subestimado- el número de civiles bajo ocupación ucraniana. DeepState eleva el número de localidades capturadas a 40. La única localidad importante que Rusia parece haber perdido o estar a punto de perder es Suya, situada prácticamente en la frontera y donde las tropas rusas se han retirado, según Suriyak, a las afueras al suroeste. La situación es lo suficientemente preocupante para que la defensa de Kursk vaya a ser aparentemente coordinada por Alexey Diumin, una persona de confianza de Vladimir Putin, cuyo papel en la desactivación del motín de Wagner fue clave y a quien se ha visto como uno de los candidatos a suceder al actual presidente en el futuro.
Aunque varias fuentes coinciden en que Ucrania comienza a construir trincheras para crear una línea del frente, ese momento no ha llegado todavía y la zona de operaciones es una gran zona gris en la que Rusia está progresivamente llamando a la evacuación de la población civil, lo que da cuenta de la gravedad de la situación. Los casos de residentes locales heridos o fallecidos a causa de los ataques ucranianos comienzan a acumularse y también el uso de misiles contra asentamientos civiles. El sábado por la noche, restos de un Tochka-U ucraniano disparado contra la localidad impactaron en un edificio civil causando daños materiales y víctimas civiles. Los bombardeos en Rusia no se limitan a Kursk y también fue atacado Shebekino, escenario de numerosas redadas de grupos vinculados al GUR que deben ser entendidas como un entrenamiento para la operación actual, donde los bombardeos dejaron cinco víctimas mortales.
Ante la situación, Rusia ha decretado medidas antiterroristas, no solo en Kursk, escenario principal de la ofensiva ucraniana, sino también en Belgorod y Briansk, lo que da cuenta de la posibilidad de que la ofensiva se extienda por otros lugares. Ucrania quiere mostrar ante sus socios, no solo su capacidad de sorprender -e incluso derrotar, aunque se trate de aldeas escasamente defendidas- a Rusia, sino también su creatividad, adaptación a los cambios en el frente y disponibilidad de suficientes efectivos. Más allá de los objetivos concretos que pueda tener la operación, el componente de presentación de una fuerza capaz y preparada para seguir luchando es evidente en la actuación ucraniana, que con este ataque ya ha conseguido que medios como Político den cuenta de lo que parece “una aparente luz verde” para atacar territorio ruso, incluso zonas puramente civiles, y posiblemente busque más armamento para hacerlo.
Siguiendo su tendencia de tratar de mantener el control y dejar claro que el Estado responde a los acontecimientos, ayer Rusia mostró nuevamente una reunión en la que Vladimir Putin era informado de la situación en Kursk. En sus declaraciones, el presidente ruso insistió en que, con este ataque, Ucrania busca desestabilizar la situación y hacer imposible toda negociación. El presidente ruso alegó que las autoridades ucranianas han rechazado las propuestas de Rusia y de países mediadores e insistió en que “no hay nada que hablar con Kiev”. La posibilidad de un alto el fuego, intento de congelar el frente y aspirar a iniciar una negociación, como especulaban prematura e ingenuamente varios medios y cada vez más expertos, parece ahora un poco más lejos.
Las complicaciones en el frente no se limitan a Kursk y otras regiones rusas en las que aspire a irrumpir Ucrania y el domingo hizo acto de presencia otro escenario ya conocido: Energodar. Es allí, a orillas del Dniéper y frente a Nikopol en el lado ucraniano, donde se encuentra la central nuclear de Zaporozhie, la única de las centrales ucranianas bajo control ruso. Las infraestructuras, capturadas por Rusia en marzo de 2022, han sido objeto de acusaciones y exigencias ucranianas desde el mismo momento de su pérdida, pero es ahora cuando Kiev siente los efectos de no disponer de su producción eléctrica. Los ataques rusos en las instalaciones eléctricas han minado la capacidad de producción de Ucrania, que incluso después de la invasión rusa, aspiraba a exportar energía a la Unión Europea. Las restricciones eléctricas a la población son ya una realidad y se espera que las dificultades aumenten a medida que se acerque la temporada de invierno. La táctica ucraniana con respecto a la exigencia de que Rusia entregue voluntariamente la central siempre ha sido la misma: hacer insostenible la presencia rusa, aunque haya de ser a base de poner el peligro una central nuclear, con el riesgo que ello implica.
Como denunció Rusia en el momento en el que se produjo y confirmó meses después The Times, el GUR de Kirilo Budanov realizó una fallida operación de desembarco anfibio con el objetivo de capturar la central, que ha sido repetidamente bombardeada por la artillería ucraniana. El domingo por la noche, tanto las autoridades rusas como las ucranianas denunciaban un impactante incendio en las instalaciones. Como es habitual en los casos en los que una de las partes ofrece una versión que implica un autobombardeo y la otra, en este caso Rusia, alega que es el oponente el que ataca territorio fuera de su control, la prensa se ha limitado a hablar de “acusaciones cruzadas entre las partes” o a dar crédito a lo que el profesor Katchanovski calificó de “teoría de la conspiración”. El lunes por la mañana, el presidente Zelensky acusaba a Rusia de haber atacado la central bajo su control y añadía que el retorno de las instalaciones a Ucrania era la única garantía de seguridad. Entregar las infraestructuras a quien es capaz de bombardear con artillería o drones una central nuclear para hacer insostenible la situación es, para el presidente ucraniano, la única garantía. La “normalidad” que promete Zelensky pasa, en este caso, por el chantaje nuclear, una muestra más de cuáles son las intenciones de paz de su Gobierno.
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