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Guerra, hechos consumados y diplomacia

Entre la creciente especulación sobre la posibilidad de que se produzca, en un futuro a medio plazo, algún tipo de negociación RusiaUcrania sobre el destino de la guerra y el conflicto entre los dos países -que no contiene únicamente el aspecto militar, sino uno político mucho más profundo-, Ucrania sigue exigiendo a sus socios más rapidez en la entrega de armamento. Vayan a producirse o no conversaciones, como empieza a sugerir Ucrania, y si estas se encaminan hacia la paz, la guerra va a continuar. Así lo demuestra la lógica política y militar, que dice que las partes necesitan proyectar una suficiente fortaleza y avanzar al máximo hacia sus objetivos, a poder ser a partir de hechos consumados que no puedan ser revertidos en una negociación. Esa es, por ejemplo, la lógica israelí con la construcción de asentamientos en territorios palestinos ocupados para impedir que un futuro acuerdo de paz vaya a expulsar a Israel de Cisjordania.

Aunque no hay una equivalencia directa en la guerra entre Rusia y Ucrania, y las fronteras no vayan a regirse estrictamente por las líneas de control del territorio en el momento en el que se firmara un hipotético tratado, cualquier avance territorial es entendido como una demostración de fuerza y de intenciones de no abandonar esas regiones. De ahí el intento de Ucrania de avanzar sobre los campos de Zaporozhie en dirección a Crimea. El objetivo real no era reconquistar Crimea, un objetivo utópico que ni siquiera sus aliados más cercanos consideraban viable, sino colocar a Rusia entre la espada y la pared. Lo mismo ocurre con la constante presión rusa en el frente de Donbass, donde el intento de aproximarse a las fronteras administrativas de las antiguas regiones ucranianas de Donetsk y Lugansk busca cumplir con lo que el presidente ruso Vladimir Putin firmó el 22 de febrero de 2022: el reconocimiento de la independencia de la RPD y la RPL según fueron proclamadas, es decir, con las fronteras de los territorios de los oblasts ucranianos.

Frente a las declaraciones periodísticas de las últimas semanas y el optimismo causado por el intercambio de prisioneros entre Rusia y Occidente, en el que precipitadamente ha querido verse una apertura a la diplomacia, las posturas entre Moscú y Kiev siguen siendo incompatibles. Así lo constató también Viktor Orbán, que en su misión de paz, se entrevistó con ambos jefes de Estado. Y aunque Ucrania parece haber rebajado ligeramente sus exigencias para el inicio de unas conversaciones y ya no exige la retirada de Rusia de todo el territorio ucraniano según sus fronteras de 1991 como prerrequisito, nada indica que hayan variado sus objetivos finales. Las menciones de Zelensky a la necesidad de negociar son “una señal tanto para Rusia como para el Sur global de que Ucrania no es una fuerza obstruccionista. Está dispuesta a sentarse a la mesa de negociaciones. Pero esto no puede ser totalmente en términos rusos, y no puede conducir a la capitulación de Ucrania ante Rusia”, escribe CNN citando a una experta de Chatam House. No es difícil entender en ese argumento que existe una dosis de teatralización en las propuestas ucranianas de negociaciones futuras.

El efecto de la fatiga de la guerra, la postura de gran parte de los países no occidentales en la cumbre de Suiza y la amenaza de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca simplemente hacen necesaria una posición menos radical contra la paz. En cualquier caso, ante la actual ausencia de diplomacia, Rusia y Ucrania buscan reforzar su posición en el frente. Para Rusia, mantener sus territorios y aproximarse poco a poco a las fronteras administrativas de sus aspiraciones máximas es suficiente, por lo que no precisa de un cambio sustancial en la guerra para no perder de vista sus objetivos. Ucrania, por el contrario, precisa de una sensible mejora en el frente para aspirar a recuperar al menos una parte de sus territorios perdidos.

Para ello, Kiev se aferra a las armas occidentales y al flujo de financiación para la producción propia de una parte del material bélico necesario. Ucrania dispone ya de aviación occidental y, para probarlo, ha publicado las primeras imágenes de sus F16 volando sobre los cielos de Odessa. El reciente ímpetu por la producción, no solo de drones, sino también de misiles, busca lograr un cierto grado de independencia y posibilidad de continuar haciendo daño a Rusia en la retaguardia incluso aunque la financiación extranjera se reduzca, como se teme que ocurra en caso de victoria electoral de Trump o una configuración más hostil en el Congreso de Estados Unidos. De esa institución depende, incluso aunque exista una administración favorable en la Casa Blanca, la aprobación de nuevos fondos.

Tras meses de retrasos a causa de una bloqueo legislativo iniciado por el ala trumpista del Partido Republicano -y que respondía a luchas políticas internas, no solo a diferencias de opinión en relación con la política relativa a Ucrania-, Estados Unidos logró el pasado abril aprobar los casi 61.000 millones de dólares destinados a surtir la guerra, reponer las reservas e invertir en aumentar la producción militar industrial propia. Han pasado, como recuerda Anatol Lieven, 100 días desde ese momento. La legislación contenía una exigencia: “A más tardar 45 días después de la fecha de promulgación de esta Ley, el Secretario de Estado y el Secretario de Defensa, en consulta con los jefes de otros organismos federales pertinentes, presentarán a los Comités de Asignaciones, Servicios Armados y Relaciones Exteriores del Senado y de la Cámara de Representantes una estrategia relativa al apoyo de Estados Unidos a Ucrania contra la agresión de la Federación de Rusia: Siempre teniendo en cuenta que dicha estrategia sea plurianual, establezca objetivos específicos y alcanzables, defina y priorice los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos”.

“Ya es agosto y sigue sin haber signos por parte de la administración Biden de tener intención de presentar dicha estrategia al Congreso”, denuncia Lieven, que añade que “esto inevitablemente provoca la sospecha de que no existe tal estrategia”. El analista va un paso más allá e insiste en que la actitud de la Casa Blanca indica que “sin un fuerte cambio de mentalidad en la administración, ni siquiera es posible tener -menos aún hacerlo públicamente- una discusión interna seria y honesta sobre el tema, ya que esto dejaría en evidencia lo defectuosas y vacías que son las consideraciones sobre las que se ha basado esta política”.

La presentación de esa estrategia supondría una pista importante sobre las intenciones de Occidente, que determinan directamente cuáles son las opciones de Ucrania de continuar luchando o la necesidad de iniciar negociaciones. Sin embargo, el momento electoral parece indicar que la administración Biden pretende, en palabras de Lieven, “echar balones fuera hasta después de las elecciones presidenciales. A partir de entonces, o bien una administración Harris tendrá que elaborar nuevos planes, o bien lo hará una administración Trump”. En la práctica, esta voluntad de esconder los planes hasta que sea la próxima administración quien tenga que encargarse de la política ucraniana implica que Kiev sabe cuáles son los fondos de los que dispondrá hasta el próximo febrero, cuando tomarán posesión Harris o Trump. Eso supone que Ucrania es consciente de los fondos con los que cuenta, suficientes para este año, pero no para iniciar una contraofensiva lo suficientemente decisiva como para mejorar sustancialmente su situación en el frente. Sin embargo, la evidente voluntad de la administración Biden de dejar pasar el tiempo sin presentar siquiera sus planes indican también una fuerte incertidumbre. Desde los sectores cercanos a Zelensky se ha sugerido recientemente la frialdad en la relación con Harris, aunque se destaca también que, los acontecimientos han determinado que fuera la candidata a la presidencia quien representara a Estados Unidos para apoyar a Ucrania en la cumbre de paz de Suiza.

Pese a la sensación de que la guerra se encamina a algún tipo de punto de inflexión, ya sea la de la escalada del uso de los F16 para atacar territorio ruso o la congelación del frente en vistas de algún tipo de negociación futura (algo improbable en las actuales condiciones), la realidad de los movimientos de tropas, gestión de la financiación e intenciones a corto plazo de las partes directa e indirectamente implicadas reflejan la voluntad de continuar según los parámetros existentes. Rusia y Ucrania apuntan a continuar atacándose, o defendiendo en el caso de Ucrania, especialmente en Donbass, mientras intentan hacerse daño mutuamente en la retaguardia. Y a la espera de una nueva administración presidencial, no es de esperar un gesto de Joe Biden en busca de la paz como despedida de su presidencia, en la que la guerra ha sido el punto álgido de su política exterior, por lo que Estados Unidos continuará con su papel de proveedor de fondos, armamento e inteligencia mientras continúa la guerra y se especula sobre el momento en el que comenzarán, si es que lo hacen a medio plazo, unas negociaciones en las que las posiciones de partida están tan alejadas, que no hay garantía alguna de éxito.

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