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España, Estados Unidos, Intercambio prisioneros, Rusia

Pablo González, en libertad

La imagen de espías escoltados por agentes fuertemente armados caminando lentamente a través de un puente para encontrarse a medio camino con otra pareja similar y seguir adelante ya de la mano del representante de su país es una de esas secuencias tan asociadas a la Guerra Fría que ha pasado a ser prácticamente obligatoria en cualquier película de esa época. El mundo ha cambiado y la historia no se repite, aunque, en ocasiones, parece rimar y los intercambios ya no se producen en puentes sombríos rodeados por la niebla sino en aeropuertos de terceros países mediadores. “Se espera que Rusia libere al periodista estadounidense Evan Gershkovich y al exmarine estadounidense Paul Whelan como parte de uno de los mayores intercambios de prisioneros Este-Oeste desde la Guerra Fría”, afirmaba ayer por la tarde France Presse. Horas antes, medios estadounidenses daban por hecho un intercambio en el que estaba prácticamente asegurado que el periodista iba a ser uno de los protagonistas. El miércoles, la defensa del opositor Vladimir Kara-Murza, protegido de Boris Nemtsov, Mijail Jodorovsky y John McCain en las diferentes fases de su vida como activista por el cambio de régimen en Rusia, habían afirmado que había “desaparecido” en prisión, “previsiblemente en vistas de un intercambio”. Era perfectamente conocido también que Rusia negociaba, desde hacía muchos meses, con el bando occidental en busca de un gran intercambio. El propio Vladimir Putin había confirmado hace tiempo las negociaciones e incluso que, antes de su muerte, Alexey Navalny había sido incluido en las listas de prisioneros a intercambiar. El objetivo ruso también estaba claro: Vadim Krasikov, condenado en Alemania por el asesinato de un “solicitante de asilo” checheno según Occidente, yihadista según la Federación Rusa.

Antes de que se confirmara oficialmente la finalización del intercambio, que Joe Biden ha calificado de “histórico” y “hazaña de la diplomacia”, The Insider , un medio considerado independiente por Occidente, publicaba la lista de los intercambiados. En ella no había sorpresas en las personas que Rusia iba a entregar, aunque sí en algunas de las que iba a recibir. La información procedía de Christo Grozev, exmiembro de Bellingcat, un medio y una fuente siempre cercana a las autoridades con capacidad de conocer los acontecimientos antes de que ocurran.

“Occidente no suele estar a la altura de sus principios declarados, pero incluir a víctimas inocentes del régimen de Putin -como Oleg Orlov y Kseniya Fadeyeva- en la lista de intercambio de prisioneros es una impresionante muestra de auténtica superioridad moral”, comentaba, no sin una buena dosis de ingenuidad, el periodista opositor ruso Leonid Ragozin. “Putin recibe a sus sicarios y sus ciberdelincuentes: él decide de quién quiere rodearse en su país. Es de esperar que el resto del mundo saque conclusiones de esta elección”, añadía. En la misma línea se mostraba el mucho más radical The Insider, que afirmaba que, a cambio de “los presos políticos liberados”, “Rusia ha obtenido al operativo del FSB Vadim Krasikov además de un puñado de espías y estafadores”. Esa ha sido la línea general que han seguido medios grandes y pequeños, moderados o exaltados, de los diferentes países de Occidente.

Entre esos espías y estafadores, como daba por hecho incluso el generalmente moderado Ragozin, estaba Pablo González. Tras meses de ignorar su situación, incluso El País publicó un relativamente largo artículo que, de forma casi sorprendente, se desmarcaba de la tendencia general de calificar a Evan Gershkovich, periodista de The Wall Street Journal, pero sembrar la duda con respecto al periodista vasco. El medio recuerda uno de los datos que Polonia ofreció como evidencia: “el padre de González, Aleksiej, aún reside en Moscú. De hecho, este manda al periodista mensualmente 350€ por transferencia como ayuda económica, lo que ha sido considerado por las autoridades polacas como una prueba más de que está al servicio del Kremlin”. Todo aspecto de la vida de González, desde su nacionalidad, nombre, vida privada o posición política con respecto a la guerra, ha sido utilizada como evidencia, no solo para defender la actuación de Polonia, sino para que incluso los periodistas, un gremio al que suele considerarse unido y que sale en defensa de los suyos, evitaran a toda costa pronunciarse.

Especialmente tendencioso es, como era de esperar, el perfil del periodista publicado por Christo Grozev, periodista y juez, que siempre ha dado por culpable a González. “El 27 de febrero de 2022, el agente del GRU Pavel Rubtsov, que se hacía pasar por el periodista español Pablo González, fue detenido por Polonia en la frontera polaco-ucraniana y acusado de espiar para Rusia”, escribe Grozev dando a entender que González era un alias y no el nombre legal con el que su madre lo inscribió a su retorno de Rusia cuando aún era un niño. Como han explicado repetidamente tanto su familia como su defensa, Pavel Rubtsov es su nombre de nacimiento, el que sigue apareciendo en su pasaporte ruso, que nunca ha escondido. Polonia, el país que lo detuvo supuestamente acusado de espionaje tardó, como denunció su abogado, más de un año en preguntar por ese hecho -sus dos pasaportes y la diferencia en el nombre-, fácilmente explicables, pero que, como muestra Grozev, ha sido interesada y falsamente utilizado como prueba de una culpabilidad que, contradiciendo su presunción de inocencia, se ha dado por hecha.

Grozev continúa con su relato. “Se alegó que utilizaba su condición de periodista para recabar información para los servicios de inteligencia rusos”, insiste, con el mismo argumento del director del MI6 británico, que en una conferencias de seguridad en Colorado utilizó la primera persona del plural para jactarse de haber “detenido a un espía ruso”. Grozev, por supuesto, pone comillas a la palabra periodista al escribir sobre González, al que siempre se refiere por su nombre en ruso, evidentemente para reforzar la idea de que se trata indudablemente de un agente ruso.

En este tiempo, han abundado las calumnias y el desinterés, tanto de gran parte de los compañeros y compañeras de profesión de González que, salvo contadas excepciones, han dado por hecha la culpabilidad del periodista. Sin embargo, no han abundado las pruebas. En una entrevista concedida al programa Al Rojo Vivo, el ministro de Asuntos Exteriores de España, José Manuel Albares, se refirió a “acusaciones muy serias” contra González y no quiso ahondar en el tema supuestamente para evitar perjudicarle. En realidad, ni entonces ni ahora ha habido por parte de Polonia más que acusaciones mediáticas, sin que llegaran nunca a plasmarse en la presentación de cargos. Como ha hecho Ucrania con presos a los que era consciente de que no podía condenar -algunos de ellos han conseguido ya sentencias de los tribunales europeos dándoles la razón en su denuncia de prisión injustificada-, Polonia se ha limitado a buscar prórrogas de la prisión preventiva para mantener en prisión a González sin que ninguno de los países europeos haya puesto en duda el uso abusivo de la prisión preventiva o las escasas garantías procesales del caso. Hasta ayer, Pablo González era el único periodista encarcelado en la Unión Europea. Y su salida de prisión no se ha debido al trabajo diplomático de un aliado de Polonia, España, sino a una negociación a un nivel más alto entre Rusia y Estados Unidos, fundamentalmente Estados Unidos.

“Esta liberación se ha producido en el marco de un intercambio entre Rusia y Polonia de periodistas presos en ambos países, un hecho que marca un hito significativo en favor de la libertad de todos los periodistas que se encuentran en esos momentos presos en diversos países”, afirmaba el comunicado de su defensa. “Cabe destacar que las autoridades rusas han demostrado un interés real en buscar una solución a esta situación, mientras que otros se han centrado principalmente en criminalizar a Pablo González en lugar de defenderle y proteger sus derechos como periodista”, sentenciaba. Rápidamente, el nombre Pavel Rubtsov apareció entre los términos más comentados en las redes sociales, en gran parte con comentarios que, una vez más, dan por hecha la culpabilidad de un periodista que no solo no ha sido condenado, sino contra el que, en sus 866 días de prisión preventiva, ni siquiera se han presentado cargos. Sin embargo, como su origen, el país que ha conseguido liberarle será irremediablemente utilizado como una prueba más de una culpabilidad que sigue dándose por hecha.

Tan rápidas en otras ocasiones para sumarse a la felicidad de otros países occidentales, en esta ocasión, las autoridades españolas están tardando en reaccionar. Más de doce horas después de la confirmación del intercambio, ni el presidente del Gobierno, ni el Ministerio de Asuntos Exteriores, ni el ministro de Albares, que se había mostrado preocupado recientemente por la situación de Evan Gershkovich, aunque no de Pablo González, se han pronunciado aún.

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