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El retorno de Minsk

El lunes, Volodymyr Zelensky afirmaba públicamente no estar preocupado por el posible retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, se jactaba del apoyo bipartidista del que goza Ucrania e insistió en la importancia de los contactos que había mantenido con representantes Republicanos en su reciente visita a Estados Unidos. Sin embargo, ese ímpetu por negar los problemas mientras se realiza una labor de lobby en el Partido Republicano, en muchos casos entre los sectores más críticos con Trump, cuya presencia en el Congreso y Senado es suficientemente importante como para posibilitar a los Demócratas aprobar sus medidas, muestran que el nerviosismo existe en las altas esferas de la política ucraniana. El intento de cortejar a Donald Trump comparándole, por ejemplo, con Ronald Reagan, uno de los referentes del candidato Republicano, ha sido continuo y es de esperar que lo sea aún más a medida que se acerquen las elecciones de noviembre. Por el momento, Zelensky ha moldeado su discurso para acomodar la posibilidad de algún tipo de negociación con Rusia. Más allá de ese titular, los detalles muestran que no se busca una negociación sino un diálogo indirecto en el que Ucrania negocie los términos con sus aliados y posteriormente sean impuestos sobre Moscú, pero ese mínimo cambio ha sido suficiente para probar que el presidente ucraniano no es contrario a la paz y negar que busque una guerra eterna en la que perpetuarse en el poder.

El nerviosismo ucraniano se reprodujo el lunes, cuando se conoció el candidato a vicepresidente en la candidatura Republicana, el representante por Ohio JD Vance, conocido por haberse opuesto al suministro de armamento ilimitado a Ucrania. Como recordaba The Kyiv Independent, en el pasado, Vance ha calificado de irresponsable la posibilidad de adhesión de Ucrania a la OTAN, ha negado que el conflicto ucraniano afecte a la seguridad nacional de Estados Unidos y apenas unos días antes de la invasión rusa, afirmó en una entrevista: “Tengo que ser sincero contigo, no me importa mucho lo que le pase a Ucrania”.  “El problema de Ucrania no es el Partido Republicano, son las matemáticas. Ucrania necesita más soldados de los que puede desplegar, incluso con políticas de reclutamiento draconianas. Y necesita más material del que Estados Unidos puede proporcionarle. Esta realidad debe influir en cualquier política futura sobre Ucrania, desde las nuevas ayudas del Congreso hasta el rumbo diplomático que marque el presidente”, escribió en un artículo de opinión publicado el pasado abril por The New York Times en el que  abogaba por la negociación y afirmaba que la “administración Biden no tiene ningún plan viable para que los ucranianos ganen esta guerra. Cuanto antes se enfrenten los estadounidenses a esta verdad, antes podremos arreglar este desastre y negociar la paz”.

Ante la postura abiertamente hostil del aspirante a vicepresidente al suministro multimillonario de asistencia militar a Ucrania, país al que calificó de corrupto, la única esperanza que ha encontrado The Kyiv Indepenent es recordar los cambios de postura por los que ha atravesado Vance, “un camaleón político” que ha pasado de comparar a Donald Trump con Adolf Hitler a aspirar a acompañarle en la Casa Blanca. Ni siquiera el hecho de que Vance calificara de “hombre malvado” a Vladimir Putin o que fuera incluido en la larga lista de 500 representantes estadounidenses sancionados por la Federación Rusa parece reseñable. En realidad, la visión de Vance es más estable de lo que indica ese cambio en su opinión sobre Trump y se basa en el odio a todo aquello considerado liberal o progresista, una visión reaccionaria en lo social y cultural y nacionalista en lo económico.

En política exterior, Vance ha sido consistente en sus obsesiones: Irán, el “islam radical” y China, de ahí su desinterés por la situación en Ucrania en particular y en Europa en general. En 2022, Vance criticó “la obsesión de Biden por volver a entrar en el desastroso acuerdo nuclear de Obama” y añadió que “una de las mejores decisiones de política exterior del presidente Trump fue salir de ese acuerdo”. De la misma forma que el ahora aspirante a la vicepresidencia veía la inexistente voluntad de Biden de regresar a un acuerdo al que nunca intentó regresar, Vance tiende a ver islam radical en lugares insospechados. “¿Cuál es el primer país verdaderamente islamista en conseguir un arma nuclear? Y nos preguntábamos si tal vez sería Irán o Pakistán. Y luego finalmente decidimos que tal vez es en realidad el Reino Unido desde que los laboristas tomaron el poder”, ha afirmado, para sorpresa del más que moderado Gobierno de Keir Starmer.

Al igual que Trump, Vance ha mostrado su incondicional apoyo a Israel en estos meses en los que las masacres de población civil palestina han sido diarios. Su argumento es tan político como religioso. “Una mayoría de ciudadanos de este país piensa que su salvador, y yo me considero cristiano, nació, murió y resucitó en esa estrecha franja de territorio frente al Mediterráneo”, afirmó en un discurso el pasado mayo, en el que añadió que “la idea de que alguna vez vaya a haber una política exterior estadounidense que no se preocupe mucho por esa porción del mundo es absurda”. El aspirante a vicepresidente Republicano comparte con su líder también la obsesión por China, que sin duda centraría la agenda de política exterior de una posible segunda administración Trump. Estados Unidos “debería tratar a China como a Alemania en los años 30”, ha llegado a afirmar JD Vance en el podcast de la American Entrerprise Institute, un think-tank conocido en los últimos años por su fanáticas posturas contra Rusia, Irán y China. Hitler quería dominar Europa, añadía Vance, “pero creo que China quiere dominar una parte mucho más grande del mundo, quizá el mundo entero”.

En ese contexto, con la idea del giro a Asia -“pivot to Asia”, como se viene afirmando desde la administración Obama- como centro de las relaciones internacionales, la crítica de los Republicanos que se oponen al statu quo de la guerra de Ucrania lo hacen fundamentalmente al entender el conflicto como una distracción del verdadero oponente. Es el caso de Trump, Vance y también Richard Grenell, embajador de Estados Unidos en Alemania durante la administración Trump y ahora considerado una figura cercana al aspirante Republicano. A su postura sobre Ucrania se refería ayer, en tono de preocupación, la agencia Bloomberg, que explicaba que “Grenell ha afirmado en repetidas ocasiones que no habla en nombre del expresidente Donald Trump y que no ha hablado con él sobre el tema. Pero se le suele considerar candidato a un alto cargo si Trump gana un segundo mandato, posiblemente como secretario de Estado, y sus opiniones ofrecen una idea del enfoque que podría adoptar Trump y del asesoramiento que recibiría”.

Aunque sin profundizar en la idea, Grenell “abogó por un acuerdo de paz en Ucrania que, según él, preservaría el territorio del país pero permitiría la existencia de zonas autónomas”. “Las regiones autónomas pueden significar muchas cosas para mucha gente, pero hay que trabajar en esos detalles”, afirmó, según cita Bloomberg, el exembajador estadounidense. “Bloomberg cree que el plan de Grenell «provocaría rechazo en el presidente Zelensky» y también recuerda que la autonomía regional ha sido discutida en el contexto de los territorios de Donbass ahora bajo control de las tropas rusas”, añade el medio ucraniano Strana, que correctamente percibe en la propuesta ecos de los acuerdos de Minsk. La posibilidad siquiera de que una posible administración Republicana fuera a recuperar una vaga e indefinida idea de la autonomía regional que Kiev siempre se negó a aplicar como solución para Ucrania suena a burla teniendo en cuenta el desarrollo de los acontecimientos y la actuación del ahora candidato Trump durante su presidencia.

Durante su mandato, Donald Trump nombró enviado especial para Ucrania a Kurt Volker, un hombre procedente del Instituto John McCain y con una trayectoria similar a su predecesora, Victoria Nuland, con la que compartía otro puesto que ambos habían ocupado en momentos diferentes en el pasado, el de embajador de Estados Unidos en la OTAN. En su tiempo al frente de la responsabilidad de lograr una resolución a la guerra, entonces limitada a Donbass, el emisario de Trump negoció directamente con Vladislav Surkov, una persona muy cercana a Vladimir Putin y entonces encargado de la política rusa sobre Ucrania. Eran los tiempos en los que todas las partes decían defender los acuerdos de Minsk como única salida posible a la situación en Donbass. Sin embargo, los actos no siempre se correspondían con las palabras, como se demostró cuando Volker, al igual que había hecho Nuland en el pasado, animó a Ucrania a prorrogar la “ley sobre el estatus especial” para los territorios bajo control de la RPD y la RPL. Lo hizo con el mismo argumento: se trataba simplemente de cumplir formalmente los compromisos de los acuerdos de Minsk, aunque sin que eso fuera a acarrear consecuencias prácticas. Todas las partes eran conscientes de que la ley no entraría en vigor ni sería aplicada.

Varios son los motivos por los que Ucrania rechazó, primero de facto y posteriormente de forma explícita -Zelensky se lo comunicó a Angela Merkel y Emmanuel Macron en la cumbre del Formato Normandía celebrada en Paría en diciembre de 2019-, pero dos destacan por encima del resto: el acuerdo no implicaba la recuperación de Crimea y la concesión de un estatus especial era una línea roja para Ucrania. Esa autonomía regional cuyos términos Kiev siempre se negó a discutir implicaba la ruptura del principal plan político del Estado nacido de Maidan: la imposición de un Estado unitario y centralizado en el que el discurso nacionalista se convirtiera en el único discurso nacional aceptable. Ningún tipo de autonomía iba a ser aceptable para Ucrania, que prefirió arriesgarse a una guerra más amplia en lugar de negociar un estatus especial que implicara derechos lingüísticos y culturales y la capacidad de comerciar con las regiones rusas fronterizas.

Durante siete años, los aliados occidentales, especialmente Estados Unidos, a quien nunca le interesaron los acuerdos de Minsk, permitieron a Kiev mantener la guerra de forma artificial mientras se negaba a cumplir con sus compromisos. La situación no solo no ha cambiado, sino que los términos de Ucrania se han endurecido aún más. Difícilmente puede ser creíble recuperar la idea de algún tipo de autonomía para los territorios bajo control de Rusia, especialmente aquellos que han sufrido una guerra desde 2014, como una salida viable a la situación actual. Con menciones como esta, el entorno de Trump muestra que sus planteamientos se basan en un profundo desconocimiento del conflicto ucraniano tanto en su situación actual como en la pasada.

Comentarios

Un comentario en “El retorno de Minsk

  1. Avatar de mysticclearlydacfd55fa7

    excelente, las engañosas conversaciones de Minsk (merkel y hollande ganaban tiempo para armar a Kiev) eran conocidas por Trump por lo que este también estaba involucrado con ese propósito

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    Publicado por mysticclearlydacfd55fa7 | 17/07/2024, 15:27

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