La cumbre del 75º aniversario de la fundación de la OTAN, que precedió a la formación del Pacto de Varsovia, su enemigo original, se ha convertido en la pasarela de anuncios relativos a la guerra de Ucrania que se esperaba. El conflicto ucraniano está condicionado por diversos factores que han participado en el estallido y la prolongación de la guerra y que con certeza incidirán en su futuro desarrollo y resolución. Desde el punto de vista occidental, tres son los aspectos que interesan de la coyuntura actual en el este de Europa y que marcan la actuación de los países a título individual y del bloque como colectivo: la búsqueda de la derrota del enemigo histórico en el continente, la solidez interna de la Alianza y el aspecto geopolítico a nivel global. Todos esos aspectos han cobrado protagonismo en las últimas horas, en las que la reunión de los jefes de Estado y de Gobierno en el hegemón del bloque, Estados Unidos, ha sido una cumbre por y para la guerra. En realidad, esos tres objetivos pueden resumirse en uno, mantener un statu quo en el que los países europeos actúan de forma subordinada a Washington, que lucha por mantener su posición como única superpotencia capaz de influir de forma decisiva en cualquier conflicto político mundial. En estos momentos, la guerra de Ucrania es el principal escaparate en el que confluyen todos los objetivos.
En su intento de garantizar a sus potenciales votantes su capacidad de dirigir el país y, según sus palabras “gobernar el mundo” el presidente Biden ha querido esta semana presentarse ante los medios de comunicación y realizar proclamaciones públicas en las que reafirmar sus posiciones. Con Ucrania como centro de la cumbre, ya que es ahí donde la OTAN se redefine a sí misma y busca posicionarse en un mundo en el que el liderazgo occidental no es ya tan férreo como lo fuera durante los años del consenso de Washington, el presidente estadounidense buscaba presentar a Volodymyr Zelensky con la energía que requiere el líder del país por el que están siendo movilizados miles de millones de dólares. Tras un lapsus en el que presentó al “presidente Putin”, Joe Biden se justificó alegando estar “concentrado en derrotar a Putin”. La calificación de la guerra como “la guerra de Putin” ha pasado ya a buscar “la derrota de Putin”, lo que implica que Occidente no lucha, si es que alguna vez lo hizo, por salvar a Ucrania sino para derrotar a la Federación Rusa.
Para ello, Jens Stoltenberg se ha asegurado ya el compromiso de una financiación equivalente a la que los países miembros han invertido en estos dos últimos años, una garantía de que Kiev seguirá siendo capaz de mantener la guerra en su estado actual. La prolongación de la guerra supone para la OTAN una forma clara de debilitar al principal enemigo de los países occidentales desde 1917, aliado circunstancial tan solo cuando su potencia militar fue imprescindible para derrotar al fascismo. No es casualidad que ningún miembro de la Alianza condenara, o incluso comentara, los ataques con drones a radares rusos que forman parte del escudo nuclear ruso, infraestructuras que no forman parte de la actual guerra, pero que serían clave en caso de una guerra más amplia. Occidente no ha escondido que busca debilitar a la Federación Rusa en términos económicos, políticos y militares. A ello están dirigidas las sanciones económicas, la presión para tratar de aislar diplomáticamente a Rusia y el suministro de armamento, munición e inteligencia a Ucrania.
El debilitamiento en la posición de Rusia a nivel internacional actúa sobre dos de los objetivos de la Alianza en estos momentos. La pérdida de fortaleza económica y la imposibilidad de que exista una relación mínimamente normalizada entre Moscú y las capitales europeas implica reforzar el bloque atlantista. La contrapartida entre el este y el oeste con Ucrania y Polonia como frontera implica pérdidas para dos de las tres partes implicadas, los países europeos a ambos lados de ese muro imaginario, y ganancias para quien observa los acontecimientos al otro lado del Atlántico. La guerra ya ha eliminado el gasoducto Nord Stream, contra el que Estados Unidos libró una lucha sostenida durante años y en la que miembros de la UE, fundamentalmente Alemania, se resistieron a ceder a los deseos de Washington. La explosión en el mar Báltico es una buena metáfora de cómo la coyuntura ha logrado volar por los aires un acercamiento entre las dos grandes potencias europeas que se había trabajado durante décadas. La desaparición de Rusia como mercado para los productos europeos y fuente de materias primas supone una mayor dependencia de Estados Unidos y sus aliados, hacia los que la Unión Europea ha virado para compensar las pérdidas que supone la guerra. Dos de las consecuencias políticas más claras de la guerra de Ucrania son la debilidad de Alemania a la hora de resistirse a dar pasos que le perjudican, como ocurre con la renuncia voluntaria a la energía barata que hacía más competitiva su industria, y la creciente subordinación de Bruselas a las políticas marcadas por Washington. Pese a mencionar periódicamente conceptos como la “autonomía estratégica” o la necesidad de hacerse cargo de su propia seguridad, los hechos han mostrado a una Unión Europea perfectamente alineada con los postulados estadounidenses, incluso en aquellos casos en los que suponían un perjuicio político o económico. Así ha ocurrido con la ruptura con Rusia, que no se produjo en el vacío en febrero de 2022, sino que fue gestándose desde 2014, pero también en el caso del enfrentamiento con China, un mercado y una relación política demasiado importantes como para someterse al deseo estadounidense de presionar a un país cuya economía supera con creces a la de la UE. Y aun así, Bruselas, actuando como brazo político de la OTAN, se ha sumado a esa política.
El segundo aspecto del objetivo de debilitar a Rusia es precisamente un argumento dirigido contra Beijing y no solo contra Moscú. Debilitar a la Federación Rusa es minar las capacidades del aliado privilegiado del verdadero oponente de Estados Unidos, uno que, al contrario que la Unión Soviética en su momento, tiene la capacidad de convertirse en la primera economía mundial gracias a su producción y, sobre todo, a su población. Por su tamaño en términos demográficos, China cuenta hoy en día con un peso en la economía mundial al que nunca pudo aspirar la Unión Soviética en la Guerra Fría. De ahí el intento de romper la relación entre Moscú y Beijing o de debilitar de tal manera a Rusia que deje de ser un activo relevante en la rivalidad que se gesta actualmente entre las dos principales potencias económicas globales. Pese a la enorme movilización de recursos que implica la guerra de Ucrania, no es Rusia, sino China el enemigo que preocupa a Estados Unidos y a la OTAN.
Absolutamente centrada en Ucrania y, sobre todo, en garantizar que Kiev dispondrá de financiación para continuar la guerra indefinidamente y sin verse afectada por posibles cambios de gobierno en países importantes, la OTAN tenía también que incluir a su principal adversario en la conversación. Fue Stoltenberg quien, tras insistir en que la Alianza no es parte del conflicto entre Rusia y Ucrania, apuntó a la culpabilidad de China. El envío de armamento, munición, suministros, financiación para el sostenimiento del Estado y el pago de salarios, la instrucción de miles de soldados o la constante entrega de inteligencia en tiempo real no implican que la OTAN sea parte activa del conflicto, ni siquiera cuando los diferentes países dan la aprobación a utilizar el material contra el territorio de la Federación Rusa. Es China quien ha de modificar su actitud y debe cargar con las culpas.
Ayer, medios como la Agencia EFE recogían, de forma absolutamente acrítica y sin el más mínimo cuestionamiento, que “el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, denunció este jueves que China se ha convertido en un facilitador decisivo de la guerra de Rusia contra Ucrania”. El argumento del aún secretario general de la Alianza es que los dos países cuentan con “una asociación sin límites” que supone un “fuerte apoyo a la base industrial de defensa de Rusia”. Como era previsible -aunque quizá no para los países occidentales, que ingenuamente esperaban ser capaces de obligar al resto del mundo a unirse-, China no se ha adherido a las sanciones unilaterales de Estados Unidos y la Unión Europea contra su aliado y vecino, por lo que, ante la pérdida de acceso al mercado europeo, la relación económica entre Moscú y Beijing no podía sino aumentar. El intento de debilitar a Rusia implica así reforzar la posición de China. Sin ninguna pregunta sobre la hipocresía que supone la acusación teniendo en cuenta que no hay ningún signo de que se haya producido ninguna asistencia militar de China a Rusia, Stoltenberg afirmó que “estamos de acuerdo en que China no puede seguir alimentando el conflicto militar más grande de Europa sin que esto afecte a los intereses de Beijing”. No es quien aporta las armas que se utilizan en la guerra quien alimenta el conflicto, sino el país que no lo hace. Y, por ello, debe sufrir consecuencias y ver minados sus intereses, una afirmación que solo puede referirse a consecuencias económicas. Al fin y al cabo, es ahí donde radica la rivalidad entre el país que dirige el bloque atlantista, Estados Unidos, y el único país que amenaza, en términos absolutos, su posición como primera potencia mundial. La OTAN no es sino la extensión militar del poder de Estados Unidos y la guerra, una herramienta más con la que trabajar en el mantenimiento del statu quo.
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