“El Presidente Volodymyr Zelensky lanzó un duro mensaje al Congreso en una entrevista el jueves, mientras los misiles rusos golpeaban el sur de Ucrania: Dennos las armas para detener los ataques rusos, o Ucrania intensificará sus contraataques contra los aeródromos, las instalaciones energéticas y otros objetivos estratégicos de Rusia», escribe la apertura del artículo que David Ignatius ha realizado sobre el presidente ucraniano para The Washington Post. Ignatius, una de las estrellas de la sección de opinión del medio estadounidense y firme creyente del discurso ucraniano, se refería a la entrevista realizada la semana pasada por el presidente ucraniano y en la que, en un cuidado escenario de destrucción de la guerra, Zelensky insistió en su mensaje habitual de exigir más armamento y munición a sus socios. «Si no hay apoyo estadounidense, eso significa que no tenemos defensa aérea, ni misiles Patriot, ni inhibidores para la guerra electrónica, ni rondas de artillería de 155 milímetros», afirmó falsamente el líder ucraniano, que convenientemente olvida el aumento de la asistencia militar de los países europeos, especialmente de Alemania, para suministrar a Ucrania munición de artillería o proyectiles para los sistemas Patriot. El presidente de guerra era consciente de cuál era su audiencia y presentar a Estados Unidos como el país excepcional, único, sin el que Ucrania no podría sobrevivir, es exactamente lo que espera una parte del público en la que se incluye también el periodista que le entrevistaba.
“Zelensky, el actor que se convirtió en presidente en tiempos de guerra, se ha metido de lleno en este papel. Llevaba su indumentaria habitual de sudadera militar ucraniana y pantalones de combate. Parecía menos demacrado aquí, en su tierra natal, que hace un mes en una conferencia de seguridad en Múnich. Parece disfrutar siendo el símbolo de una nación en guerra”, escribe Ignatius, aún apegado a la imagen que los medios dieron del presidente ucraniano en los primeros meses de la guerra rusoucraniana, pero que se ha visto minada por las promesas incumplidas, las luchas internas y las tendencias autoritarias.
El discurso de Zelensky es simple: a falta de asistencia estadounidense, Ucrania tendrá que retroceder. «Si no das pasos adelante para preparar otra contraofensiva, Rusia los dará. Eso es lo que hemos aprendido en esta guerra: Si no lo haces, Rusia lo hará», afirmó el presidente ucraniano en la entrevista concedida a David Ignatius. Las intenciones del presidente ucraniano no han cambiado y pasan por acciones ofensivas que dependen, eso sí, de la generosidad de sus aliados. Según Ignatius, “si el frente se mantiene estable, dijo, Ucrania puede armar y entrenar nuevas brigadas en la retaguardia para conducir una nueva contraofensiva más adelante este año”. El frente se mantiene estable únicamente en la zona en la que el Dniéper ejerce de frontera natural y también en Zaporozhie, donde Ucrania no ha conseguido romper el frente ruso y Rusia se enfrentaría al campo abierto, arriesgándose a sufrir los mismos problemas que padecieron las tropas ucranianas. Pero posiblemente fuera ese el sector en el que Zelensky aspiraría a realizar, otra vez, la misma ofensiva que resultó fallida en 2023. Al fin y al cabo, con Crimea como su objetivo principal, esa es la única dirección lógica en la que Ucrania puede hacer el mayor daño a Rusia.
Para ello, el presidente ucraniano exige ATACM-300, según Ignatius, no para atacar territorio ruso, sino para atacar Crimea, una diferencia inexistente para Rusia y para la población de la península, desde hace una década integrada en la Federación Rusa, pero que sí es importante para los socios extranjeros de Ucrania, reticentes a utilizar el armamento occidental contra el territorio internacionalmente reconocido como ruso. Kiev, que intenta convencer a Alemania, el más reticente de los países temerosos a que sus misiles ataquen objetivos en Rusia, de enviar sus Taurus, no puede permitirse anunciar abiertamente sus intenciones de atacar bases militares en territorio no permitido. «Cuando Rusia sepa que podemos destruir esos aviones, no atacará desde Crimea. Es como con la flota. Los expulsamos de nuestras aguas territoriales. Ahora los expulsaremos de los aeropuertos de Crimea», afirmó Zelensky. Esa es, al menos, la esperanza de Ucrania, que para ello precisa de aún mayores cantidades de armamento y, aparentemente, de nuevas brigadas. La carta blanca de la prensa al relato ucraniano hace que no sea necesario explicar qué pasó con las brigadas creadas específicamente para la fallida contraofensiva.
En su entrevista, Ignatius ni siquiera trata el tema de la posibilidad de una solución negociada, un aspecto que nunca ha interesado a Estados Unidos, cómodo con la guerra de baja intensidad en las fronteras rusas durante el conflicto de Donbass y aprovechándose de la situación actual para adquirir más presencia política en su patio trasero europeo y beneficios empresariales derivados del aumento de la producción militar. Zelensky sí se ha referido recientemente a la posibilidad de negociación en otra de las muchas entrevistas concedidas. En lo que en Rusia ha querido verse como un cambio y la aceptación de que Ucrania no llegará a las fronteras de 1991, el presidente ucraniano ha afirmado que “estoy seguro de que cuando él [Vladimir Putin] pierda lo que ha ocupado desde 2022, perderá completamente la confianza incluso de aquellos países que todavía dudan de si deberían apoyar a Ucrania o no”, a lo que añadió que “también perderá el poder dentro de su país. En cuanto ocurra eso, estará preparado para el diálogo”. Con grandes dosis de pensamiento mágico, Zelensky observa un escenario que contradice absolutamente a la realidad actual. No es Ucrania quien recupera territorio perdido desde 2022 en estos momentos, sino que es Rusia quien aumenta ligeramente las zonas bajo su control. En cualquier caso, esa negociación que observa Zelensky en un momento de consenso internacional a favor de Ucrania, aún menos realista que la posibilidad de regresar a las fronteras de 2022, no supone un cambio sino la reafirmación de un plan en el que el diálogo con Rusia se permite únicamente para exigir la capitulación.
“Estamos buscando la forma de no replegarnos”, afirma repetidamente Zelensky en su entrevista con Ignatius en un discurso que contrasta con su optimismo de futuro, que depende, como es habitual, de la cantidad de armas que reciba. Un proxy exigente y con cierta capacidad de negar la voluntad a su proveedor, el presidente ucraniano utiliza el altavoz de The Washington Post para lanzar una amenaza que ha pasado completamente desapercibida. “A medida que los drones, misiles y bombas de precisión rusos atraviesan las defensas ucranianas para atacar instalaciones energéticas y otras infraestructuras esenciales, Zelensky siente que no tiene más remedio que devolver el golpe a través de la frontera, con la esperanza de establecer una disuasión. Un ejemplo son los ataques de drones ucranianos contra refinerías rusas durante el mes pasado. Pregunté a Zelensky si las autoridades estadounidenses habían advertido contra este tipo de ataques a instalaciones energéticas dentro de Rusia, como se ha rumoreado en Washington”, escribe Ignatius, legitimando la actuación ucraniana en territorio ruso y convenientemente olvidando los constantes bombardeos de zonas civiles de la región de Belgorod, que siguen dejando víctimas.
“La reacción de Estados Unidos en esto no ha sido positiva”, responde Zelensky, que promete continuar el mismo camino. “Hemos usado nuestros drones. Nadie puede decirnos que no puedes”, se reafirma. En otras palabras, Ucrania continuará bombardeando refinerías rusas contra la opinión de Estados Unidos mientras Washington no entregue el armamento de largo alcance con el que atacar Crimea. Un chantaje curioso que parte de explotar el temor estadounidense a la escalada que causaría la proliferación de ataques en Rusia. A cambio, Ucrania ofrece realizar una campaña contra Rusia en Crimea cuyas consecuencias serían exactamente las mismas.
Con sus recientes apariciones mediáticas, Zelensky ha utilizado como principal argumento el reciente temor a una derrota ucraniana para exigir a sus socios el material y las condiciones necesarias para continuar con la misma estrategia que ha llevado a Ucrania al punto en el que se encuentra. No hay apertura a la diplomacia ni moderación de los objetivos, sino todo lo contrario. El presidente ucraniano se reafirma en su voluntad de recibir de sus aliados el material y la financiación necesaria para seguir luchando hasta la victoria final, un éxito que no solo depende de las armas, sino que exige altas dosis de optimismo y escaso realismo. Y aunque esa visión comienza a no ser la única existente en el establishment occidental, el líder ucraniano sigue contando con el favor de los grandes medios. Así lo muestra el párrafo final del artículo de Ignatius, representativo de la completa ausencia de un pensamiento mínimamente crítico. “Zelensky ha sido el factor X en esta guerra, movilizando a su país y a gran parte del mundo para resistir la agresión rusa. Ojalá los miembros del Congreso que se resisten a ayudar a Ucrania hubieran podido escuchar al líder ucraniano hablar del precio que Ucrania ha pagado por su desafío, y de los riesgos que se avecinan para Estados Unidos si no apoya a sus amigos”, sentencia el periodista, cuyo papel se confunde ahí con el del activista, think-tanker o lobista.
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