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Munición, unidad y reproches

Con el objetivo de buscar soluciones rápidas a los problemas de suministro militar, especialmente en lo que respecta a la munición, líderes de los países de la Unión Europea se reunieron en una cumbre convocada por Emmanuel Macron que tenía también otros dos objetivos aparentemente no menos importantes: mostrar la unidad del bloque ante un momento de dificultad para Kiev y erigirse como el principal valedor de Ucrania en la UE. Para cumplir el primero de los objetivos, Bruselas se encuentra ante un doble problema que se resume en la necesidad de aumentar la financiación y encontrar en el mercado el material necesario para enviarlo a la guerra.

La existencia de dificultades de financiación, especialmente si la UE y los países miembros han de compensar la falta de asistencia militar estadounidense durante mucho más tiempo, queda patente con el nuevo intento de utilizar los activos rusos confiscados en el primer paquete de sanciones en febrero de 2022. “Es hora de iniciar una conversación sobre el uso de los beneficios inesperados de los activos rusos congelados para comprar conjuntamente material militar para Ucrania», afirmó ayer Úrsula von der Leyen, que lleva tiempo buscando la forma de requisar definitivamente los activos privados, pero también públicos rusos amparándose en la guerra, pero manteniendo la ficción de no ser beligerante. Von der Leyen se escudó en el simbolismo y en la seguridad para enmascarar que la Unión Europea no puede comprometer inmensas cantidades de financiación para Ucrania eternamente mientras exige a sus socios el retorno a la austeridad. “No podría haber símbolo más fuerte ni mayor uso para ese dinero que hacer de Ucrania y de toda Europa un lugar más seguro para vivir», sentenció vinculando nuevamente la garantía de continuación de la guerra con una seguridad que el bloque siempre ha querido construir contra la mayor y más poblada potencia continental europea.

El segundo problema, el del suministro, ha quedado constatado a lo largo de las últimas semanas y meses, cuando la UE ha comprendido la gravedad de la situación del frente y ha tratado de acelerar las entregas de una munición que no es capaz de producir. Dependiente del complejo industrial estadounidense y de la OTAN en esa arquitectura de seguridad que intenta preservar, la guerra de alta intensidad que se vive actualmente en Ucrania ha puesto de manifiesto las carencias de los ejércitos europeos y la incapacidad de su industria para sostener un conflicto como el actual. El ejemplo más gráfico de la situación es la información publicada esta semana por Der Spiegel, que relata la búsqueda de munición de artillería, no precisamente el elemento más sofisticado ni difícil de producir de la guerra (aunque no tan mediático como el equipamiento pesado, también más llamativo a la hora de proyectar poder militar en tiempos de paz). El medio alega que las autoridades alemanas conducen “discretas negociaciones” para adquirir proyectiles de artillería de India. No es un secreto que los países de la UE llevan tiempo acudiendo a mercados externos al bloque en busca de material militar. A Turquía o la República de Corea, los ejemplos más repetidos, se une ahora India, aunque una de las fuentes citadas en el artículo afirma que Alemania está “intentando comprar munición por todo el mundo”. El bloque, que en febrero de 2022 creyó que sus sanciones paralizarían la producción industrial rusa, se ha visto superado por Moscú, cuya resiliencia ha sido notablemente más alta que la deseada por Bruselas. Y pese a insistir de forma constante en que la Federación Rusa ha tenido que recurrir a la República Popular de Corea en busca de munición, los 27 países de la UE siguen sin poder igualar la capacidad de producción y reservas de la Federación Rusa. La cumbre de París tampoco logró resolver la cuestión del suministro de munición, que este año ha dejado el fracaso de la UE en el cumplimiento de su promesa de suministrar a Ucrania con un millón de proyectiles de munición.

Pero quizá el fiasco más rotundo de la reunión de París es el intento de cerrar filas y mostrar unidad y fortaleza del bloque en apoyo de su proxy de Kiev. Las palabras de Macron, que introdujo en el debate político y mediático retirar el tabú del envío de tropas de los países de la UE o la OTAN a Ucrania, no solo han dejado en evidencia las diferencias existentes en el bloque, sino que ha hecho público el tira y afloja existente actualmente entre Alemania y Francia a costa de la asistencia a Ucrania.

Las palabras del presidente francés solo encontraron entusiasmo en países como Lituania, cuyo presidente afirmó que su Gobierno discute “abiertamente” la posibilidad, o Letonia, que “consideraría participar” en el envío de tropas si este se produjera alguna vez. En la posición contraria, Macron se encontró con la oposición de Alemania, principal proveedor militar de Ucrania en la Unión Europea, que está utilizando esa posición para achacar a Francia una ayuda que consideran reducida. El episodio no solo ha servido para que el vicecanciller Habeck, miembro de los Verdes, uno de los partidos más radicalmente proucranianos desde 2014, se presente como una opción moderada, sino que ha dado inicio a un cruce de acusaciones contraproducente entre aliados que intentan demostrar una unidad que, como puede observarse, tiene sus límites. Habeck, que insistió en que “no hay ninguna posibilidad” de enviar tropas a Ucrania, quiso lanzar un dardo al ejecutivo francés. “Me agrada que Francia esté pensando en cómo aumentar su apoyo a Ucrania, pero si puedo darles un consejo, que entreguen más armamento”, afirmó en una nada sutil referencia al habitual reproche alemán que acusa al Elíseo de no hacer lo suficiente para colaborar con el esfuerzo bélico ucraniano.

El comentario ha molestado a Francia, que no ha tardado en responder en un tono similar. “En un ataque escasamente velado contra Berlín el lunes por la noche, Macron afirmó que algunos aliados seguían diciendo nunca a tanques, cazas de combate y misiles de largo alcance para Ucrania y solo habían ofrecido sacos de dormir y cascos en medio de la invasión hace dos años”, escribía ayer Financial Times recogiendo unas palabras del presidente francés que, en sus argumentos, se asemejaba al discurso del radical -y banderista- Andriy Melnjik, entonces embajador de Ucrania en Alemania. La lucha entre París y Berlín por ser la potencia más beligerante continúa. Por el momento, Alemania sigue siendo el primer donante, pero con Francia jactándose de haber prometido misiles de largo alcance que Berlín niega, al menos de momento. “No puede haber soldados alemanes en ningún momento y lugar vinculados a los blancos que puedan alcanzar estos sistemas”, afirmó Scholz en relación a los misiles Taurus. El canciller resiste aún a las presiones que buscan que se entregue a Ucrania misiles alemanes que, sin duda, serían utilizados para atacar objetivos en Rusia.

Al contrario que Berlín, cuyo canciller considera que el envío de Taurus podría hacer que Alemania fuera considerada “participante en la guerra”, Francia no considera que la presencia de tropas de forma oficial superaría “el umbral de beligerancia”. En realidad, la postura francesa puede sustentarse en la realidad. “Un oficial de la OTAN afirmó que no hay planes de la Alianza para enviar tropas de combate sobre el terreno”, explicaba Financial Times, que recogía las palabras de esa fuente alegando que “todo el mundo sabe que hay fuerzas especiales occidentales en Ucrania, es algo que simplemente no se admite oficialmente”. Así lo exige la lógica de la guerra proxy.

Con algo más de extensión, pero sin detalles ni datos que deban considerarse sorprendentes, The Washington Post añadía que “documentos filtrados el año pasado confirmaron que algunos países de la OTAN, entre ellos Estados Unidos, el Reino Unido y Francia, han desplegado pequeños contingentes de fuerzas especiales y asesores militares en Ucrania en labores sin especificar probablemente relacionadas con el apoyo logístico y entrenamiento. La CIA estadounidense ha financiado y parcialmente equipado una creciente red de bases de espionaje alrededor de Ucrania para asistir a Kiev en el esfuerzo de seguir los movimientos de tropas rusas y atacar los activos militares más preciados de Rusia”.

La presencia de ciertos contingentes de tropas e inteligencia de países occidentales  en Ucrania era conocida y no ha de sorprender. Tampoco debe hacerlo que los países que han respondido a la propuesta de Macron con menor ambigüedad tengan ya presencia militar sobre el terreno. Aun así, el hecho de que países como Alemania o incluso Polonia mencionaran específicamente el rechazo a la introducción de “tropas terrestres” indica que no solo fue Rusia quien interpretó en las palabras del presidente francés la intención de poner sobre la mesa el envío de tropas de combate. No solo es Rusia quien ve en el inicio del debate sobre las tropas occidentales un paso más hacia la guerra total.

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