Las visitas a Kiev, los actos en las capitales de los países occidentales y la avalancha de artículos de opinión y declaraciones políticas sobre la importancia de continuar armando y financiado a Ucrania mientas sea necesario, hasta la victoria, hasta que recupere la libertad y la paz han reafirmado este fin de semana el compromiso de los aliados extranjeros con la continuación de la guerra. Sin embargo, lejos de las expectativas de hace un año, con crecientes dificultades para obtener los fondos necesarios y producir la munición que requiere la lucha, las dudas sobre la táctica y la estrategia de Ucrania destacan por encima de la confianza en la victoria que aún muestran las encuestas realizadas en Kiev.
El Centro Razumkov, por ejemplo, observa en su último panel un 85,8% de la población que confía algo o mucho en la victoria de Ucrania. Las dudas comienzan a aparecer a la hora de definir esa victoria. Dos son las opciones que destacan sobre el resto: el 38,1% consideraría victoria la recuperación de la integridad territorial según las fronteras anteriores a la secesión de Crimea, mientras que el 27,3% querría ir aún más allá con la aspiración de “destruir el ejército ruso y promover la insurgencia o desintegración de Rusia”. El aparente triunfalismo contrasta con la evolución del porcentaje de población que cree en la victoria, en descenso desde el pasado verano, cuando superaba el 93%. De ese porcentaje, un 79% confiaba mucho en la victoria frente al 62,3% actual. A la hora de analizar los resultados de las encuestas ucranianas, no solo hay que recordar la dependencia de los centros sociológicos de la financiación extranjera (en este caso USAID), lo que puede condicionar los resultados, sino de las condiciones en las que se realizan. En la última década, ha sido habitual ignorar la opinión de la población de Donbass y Crimea. En este caso, el centro solo ha realizado encuestas en los territorios bajo control de Kiev y en lugares en los que no están produciéndose actividades militares, es decir, lo suficientemente alejadas del frente como para no vivir el día a día de los combates. Como afirmaba hace unos meses Anatol Lieven, la voluntad de continuar la guerra y el optimismo de la victoria se reduce proporcionalmente a la distancia al frente.
Lieven, una opinión discordante que ha destacado desde hace meses al no creer en las expectativas de victoria del Gobierno ucraniano, es uno de los muchos analistas y expertos que han publicado artículos recientes relativos a las expectativas de la guerra para 2024. Un año después de que comenzara a darse por hecho por parte de Ucrania y sus socios que la contraofensiva de Zaporozhie lograría romper el frente provocando el colapso ruso, la postura de quienes han puesto en duda la capacidad de Ucrania de recuperar todos o incluso parte de sus territorios perdidos ha dejado de ser marginal. Ya en diciembre, The Wall Street Journal planteaba la necesidad de emplear el actual año para preparar, no una ofensiva para los próximos meses, sino para 2025. El anuncio de Volodymyr Zelensky del paso a una fase defensiva y el inicio apresurado de construcciones similares a las preparadas por Rusia en 2023 y que tantas burlas obtuvieron en Ucrania suponían una confirmación de que Ucrania es consciente de que en estos momentos se encuentra en una posición vulnerable en la que un ataque amplio es inviable.
El aumento de los compromisos militares de los países europeos para compensar el retraso de la financiación estadounidense y la lucha de la administración Biden por lograr nueva financiación para la guerra de Kiev constatan que, pese a la decepción sobre el fracaso de la contraofensiva de Zaporozhie y la situación actual, Occidente sigue considerando útil a Ucrania en su lucha común contra Rusia, lo que garantiza que la financiación persistirá. La esperanza rusa de que el país sea abandonado a su suerte como lo fuera, por ejemplo, Afganistán, es solo un deseo que no tiene en cuenta el resultado de las operaciones en la retaguardia, especialmente en el mar Negro. El fiasco de Ucrania en la ofensiva terrestre, sumado a los reveses que se han producido desde entonces tanto en Donbass como en Zaporozhie (Rusia capturó Marinka y Avdeevka y continúa avanzando lentamente en esos frentes mientras que recupera terreno en Rabotino, único éxito de la contraofensiva de verano), eclipsan los éxitos ucranianos en la retaguardia. La insistencia de la inteligencia británica en enaltecer, y quizá exagerar, el control ucraniano del mar Negro a base de ataques con drones y “guerra asimétrica” muestra el interés del Reino Unido, tradicional potencia naval, en continuar con la actual dinámica en un lugar que, desde el siglo XIX, considera estratégico.
Ucrania continuará recibiendo armamento y financiación mientras evite el colapso de sus fuerzas armadas, tenga perspectivas de victoria o siga siendo útil a sus aliados a base de desgastar a Rusia en áreas que consideran prioritarias. Sin embargo, la dinámica del frente, la superioridad rusa especialmente relativa al fuego de artillería y su capacidad de producción, y la correlación de fuerzas en el frente impide a Ucrania y sus socios tratar de repetir el escenario soñado para 2023. Aun así, las autoridades ucranianas, que deben mantener en la población la ilusión de la victoria para hacer posible el reclutamiento del medio millón de soldados que aspiran a movilizar, insiste en dar a entender que no ha variado en sus planes. Así lo ha hecho recientemente Zelensky y este mismo fin de semana el ministro de Defensa Umerov, que afirmó que “todo el mundo dice que nuestros resultados hablan por sí mismos mejor que nuestros actos. Estamos haciendo lo posible y lo imposible para conseguir una irrupción. Ya hay un plan para 2024. No hablamos de ello públicamente. Es potente, es fuerte, no solo da esperanza, sino que dará resultados en 2024”. Sin embargo, las armas exigidas a sus socios -misiles de largo alcance y drones fundamentalmente- apuntan a la continuación de la situación actual: a la defensiva en el frente terrestre y al ataque en la retaguardia, atacando tanto objetivos en Crimea como en la Rusia continental y tratando de mantener fuera de juego a base de drones de uso marítimo a la flota del mar Negro. Por el momento, por medio de un vídeo en el que se muestran imágenes del lugar, Kirilo Budanov anunció ayer futuros ataques contra el puente de Kerch.
Esta misma semana, varios análisis publicados en grandes medios insisten en la necesidad objetiva de Ucrania de centrarse en la defensa ante la fortaleza rusa. “Hace sólo un año, muchos predijeron que la contraofensiva ucraniana, reforzada por tanques y misiles europeos y artillería y defensas aéreas estadounidenses, podría hacer retroceder a los rusos hasta donde se encontraban el 24 de febrero de 2022”, escribe The New York Times, en realidad reduciendo las expectativas de Ucrania, que decía aspirar a entrar en Crimea. El cambio es notable: “Ahora, han surgido algunas duras lecciones. Las sanciones que supuestamente iban a poner de rodillas a la economía rusa – «el rublo se reduce casi inmediatamente a escombros», declaró el Presidente Biden en Varsovia en marzo de 2022- han perdido su aguijón. La predicción del Fondo Monetario Internacional de que la economía rusa se contraería considerablemente se cumplió por poco tiempo; con el enorme estímulo del gasto militar, está creciendo más rápido que la de Alemania. Los ingresos procedentes de las exportaciones de petróleo son mayores que antes de la invasión”.
La situación económica y la capacidad de crecimiento no es el único factor que los medios destacan a la hora de presentar las perspectivas de Ucrania para 2024 como una defensa obligada para, quizá, plantearse la posibilidad de un ataque en 2025.
“Es el tercer año de la guerra a gran escala del país con Rusia y ha pasado una década desde que Moscú se anexionó ilegalmente Crimea y desencadenó un conflicto en el este de Ucrania”, indica Político utilizando la principal falacia sobre cómo comenzó la guerra en 2014. “Tras la desesperación por el ataque inicial, seguida de esperanzas disparadas de una rápida reversión, los hechos en el frente apuntan ahora a un año de estancamiento”, añade para definir el “ambicioso objetivo militar de Ucrania para este año” como “aguantar” y centrar su argumentación en la capacidad de producción militar y disponibilidad de tropas. La munición de artillería y defensa aérea escasea y las armas como los misiles tácticos ATACMS y F-16 no llegarán en números significativos a corto o medio plazo. Mientras tanto, las tropas ucranianas están exhaustas y el país cuenta con una base demográfica muy inferior a la rusa a la hora de reponer sus filas. Como es habitual, Político basa sus cifras de bajas en las fuentes ucranianas y occidentales, que cifran las pérdidas rusas en 46.000 muertos en la batalla por Avdeevka, en la que cree las palabras de Zelensky, que afirmó que las muertes rusas son siete veces superiores a las ucranianas.
Esta semana, un artículo publicado por Financial Times y que llegaba a la misma conclusión, la necesidad de defensa a corto plazo para plantear el ataque a largo, cifraba en 70.000 las bajas ucranianas. Curiosamente, se trata de la misma cifra que aportaba The New York Times el 18 de agosto de 2022. Desde entonces, se ha constatado que Ucrania ha luchado en Rabotino, donde se encontró en una bolsa de fuego desde la que no pudo avanzar, Kupyansk, Kremennaya, Marinka, Artyomovsk y Avdeevka, batallas en las que, a juzgar por la prensa, no parece haber sufrido bajas. Es más, ayer Volodymyr Zelensky cifró en 31.000 los soldados ucranianos muertos en la guerra, una cifra difícil de creer teniendo en cuenta la intensidad y longitud de la guerra.
La propaganda vinculada a las cifras de bajas se reproduce a la hora de notificar las pérdidas rusas. Según Político, las autoridades estadounidenses estiman en 315.000 las bajas rusas entre muertos y heridos graves. La cifra contrasta con las 75.000 bajas que afirma conocer Meduza, un diario opositor ruso con base en la Unión Europea, o las 44.654 que ha constatado Mediazona. Sean cuales sean las cifras reales, que posiblemente nunca se conozcan al completo, el discurso mediático occidental continúa centrándose en la idea de unas bajas rusas muy superiores a las ucranianas, dificultades de reclutamiento en la Federación Rusa y una táctica de oleadas de hombres enviados a morir que contradice las recientes alegaciones de mayor cantidad de tropas rusas en el frente. Ucrania no dispone de la superioridad numérica que exigen las operaciones ofensivas a gran escala. Y aunque el aumento de la producción industrial es el objetivo tanto de los países de la Unión Europea como de Estados Unidos, en 2024, Occidente no podrá, según medios como Político, superar la producción de Rusia, que cuenta también con la ayuda de aliados como la República Popular de Corea.
La conclusión a la que llega el medio es clara. “En primer lugar, esta primavera se trata de gestionar las expectativas, ya que Ucrania no dispondrá del equipo ni del personal necesarios para lanzar una contraofensiva significativa; en segundo lugar, Rusia, con la ayuda de sus aliados, se ha asegurado la superioridad de la artillería y, junto con implacables ataques terrestres, está aplastando las posiciones ucranianas; y en tercer lugar, sin la defensa antiaérea y los misiles de largo alcance occidentales, así como sin proyectiles de artillería, Kiev tendrá dificultades para montar una defensa creíble y sostenida”.
En esas circunstancias, solo los más radicales esperan un gran ataque incluso a un año vista. «Será un año de fortalecimiento estratégico y de defensa tanto para Ucrania como para la comunidad euroatlántica, un momento para construir la base militar e industrial necesaria», afirmó, según cita Político, el ministro de Defensa de Estonia, Hanno Pevkur, que añadió que «para 2025, Ucrania podría tener las capacidades y los medios suficientes para derrotar a Rusia».
“Para que los ucranianos tengan alguna posibilidad, la historia militar sugiere que necesitarían una ventaja de 3 a 2 en efectivos y una potencia de fuego considerablemente mayor”, escribe en la revista Time Anatol Lieven que, desde el realismo, observa que la situación ha cambiado con respecto a los primeros meses de la intervención militar rusa. “Ucrania disfrutó de estas ventajas en el primer año de la guerra, pero ahora están en manos de Rusia y es muy difícil que pueda recuperarlas”, sentencia recomendando a Kiev negociar una paz que Kiev no va a aceptar, ya que implicaría “dejar para más tarde la cuestión territorial”. Para Zelensky, que en mayo contará solo con la legitimidad de que otorgue la guerra contra Rusia, ese tipo de negociación solo sería posible bajo presión de sus socios, por el momento cómodos con la idea de una Ucrania a la defensiva en Donbass o en Zaporozhie, pero con capacidad de atacar objetivos militares e infraestructuras civiles en lugares tan estratégicos como Crimea.
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