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¿Qué fue de Petro Poroshenko?

Aunque cuestionables en términos de metodología, representatividad y fiabilidad teniendo en cuenta las circunstancias de la guerra -la falta de comunicaciones, que dificulta la realización de entrevistas en lugares alejados de las grandes ciudades, y, sobre todo, la masiva pérdida de población de los últimos dos años-, las encuestas han mostrado desde febrero de 2022 a Zelensky como única figura política que ha mantenido la popularidad. Más allá de todas las críticas que merezcan los parciales e interesados estudios sociológicos que instituciones supuestamente independientes han realizado en este tiempo, todos ellos muestran algo que se corresponde con lo que puede observarse en el día a día: la práctica desaparición de Petro Poroshenko como figura política.

Algo similar puede decirse de Yulia Timoshenko, la exprimera ministra que a bombo y platillo fue excarcelada tras la revolución de Maidan para posteriormente perder todo el crédito político que le había concedido a nivel social dentro de los sectores nacionalistas su tiempo en prisión. Timoshenko y su partido político venido a menos intentan ahora recuperar cierta presencia mediática utilizando un tema que está causando polémica debido a las impopulares medidas que el Gobierno de Zelensky está dispuesto a implementar: la ley sobre la movilización. Aunque aún está siendo debatida en la Rada y un proyecto ha sido ya retirado, la legislación busca ampliar los sectores de población sujetos a la movilización (limitando cada vez más, por ejemplo, los tipos de discapacidad física que hasta ahora suponían la exención del reclutamiento), dificultar la evasión del reclutamiento y, sobre todo, crear un sistema electrónico que permita llamar a filas a los hombres sin importar el lugar en el que se encuentren, ya sea en territorio nacional como en el extranjero. Timoshenko, que ha calificado la nueva propuesta de draconiana y ha insistido en que contiene medidas aún más duras que las rechazadas por la Rada, ha afirmado que “la ley contiene exigencias inaceptables e inconstitucionales. La adopción de esa ley sería un crimen contra el Estado de Ucrania y una falta de respeto a sus ciudadanos”. Sin embargo, pese a su intento de utilizar un tema tan impopular como reclamo político, el futuro de Timoshenko es complicado, ya que sigue siendo recordada como la ministra acusada de corrupción por una serie de contratos de tránsito de gas excesivamente favorables a Rusia.

Mientras Timoshenko se aferra a duras penas al escaso crédito político que pueda quedarle, el caso de Poroshenko es más complejo, ya que el predecesor de Zelensky mantiene ambiciones de poder y trata de presentarse como la oposición a Zelensky. Eliminados del tablero político todas las opciones -por muy pequeñas que estas fueran- no nacionalistas, el partido del expresidente, que perdió ampliamente las elecciones contra un Zelensky cuya campaña se basó fundamentalmente en presentarse como lo opuesto a Poroshenko, es la única alternativa política real en la actual Ucrania. De ahí el intento de Petro Poroshenko de mantenerse en la vida pública, con presencia regular en los medios y utilizando a sus diputados para presionar al actual Gobierno. Un ejemplo de ello ha podido verse esta misma semana, cuando diputados de Solidaridad Europea (nueva denominación de lo que naciera como Bloque Petro Poroshenko) daban la alerta de que el general Zaluzhny estaba a punto de ser cesado por Volodymyr Zelensky.

Es evidente que el objetivo de Poroshenko es recuperar relevancia política pese a que su posición había quedado seriamente minada. Los tres años de presidencia de Zelensky previos a la invasión rusa estuvieron marcados por la derrota política de Poroshenko, que no solo fue humillantemente holgada en la carrera presidencial sino que el resultado de las elecciones legislativas dio una amplia mayoría a Servidor del Pueblo. Con el inicio de la guerra rusoucraniana, la ola de patriotismo y la efectiva gestión comunicativa del círculo de Zelensky, que hizo de él un presidente de guerra que heroicamente se resistía a las malvadas hordas del este, la figura de Poroshenko perdió la escasa presencia que había mantenido hasta entonces.

A lo largo del mandato de Zelensky, la estrategia de Poroshenko pasaba por mantener una postura beligerante en dos aspectos concretos: el nacionalismo y la guerra. Zelensky había sido elegido como una opción más moderada, menos nacionalista y más tecnócrata frente al nacionalista, beligerante y poco competente (especialmente en la cuestión económica, en la que había mantenido la estructura de clanes oligárquicos) presidente saliente. La estrategia de oposición pasaba entonces por movilizar a los sectores nacionalistas contra toda concesión a la población rusófona, especialmente en la cuestión del uso de la lengua, legislación que Zelensky había prometido ablandar. Pero, ante todo, la oposición de Poroshenko y los grupos de extrema derecha vinculados a Svoboda que le habían apoyado partía de la base de buscar el enfrentamiento para evitar toda concesión a Rusia en la cuestión de la guerra de Donbass. Zelensky heredó un proceso de Minsk ya bloqueado precisamente por la postura de Poroshenko. Habrían de pasar siete años para que, tras la intervención militar rusa, cuando los acuerdos de 2015 eran ya solo un mal recuerdo que Ucrania había repudiado ya, Petro Poroshenko confirmara lo que siempre fue obvio: su enviado -Leonid Kuchma- firmó el tratado a sus órdenes pese a que no había intención de implementar sus postulados.

La estrategia de oposición de Poroshenko naufragó desde los primeros meses de la administración Zelensky, que anuló las posibilidades de que el expresidente pudiera capitalizar las cuestiones del nacionalismo y la guerra a base de mantener, e incluso superar, las políticas de su predecesor. Zelensky no solo no revocó las leyes que comenzaban a limitar la presencia de la lengua rusa en ámbitos como el educativo, sino que profundizó en ella. De la misma manera, no solo no hubo concesiones a Rusia, Donetsk o Lugansk, sino que se mantuvo firme la política de rechazar levantar el bloqueo de Donbass. En los tres años de presidencia “de paz” antes de febrero de 2022, el nuevo presidente mantuvo también la política de bloqueo de Minsk, un acuerdo que intentó modificar para eliminar los puntos políticos que Ucrania nunca tuvo intención de cumplir.

Durante el primer año de guerra rusoucraniana, la única posibilidad de Poroshenko de mantener cierta presencia política se limitó a reclamar parte del crédito por los éxitos de las Fuerzas Armadas de Ucrania alegando que había sido su administración la que inició la reforma del ejército para convertirlo en una fuerza capaz de hacer frente a Rusia. Y en el momento en el que Ucrania comenzó abiertamente a admitir que el Gobierno nunca tuvo intención de cumplir los acuerdos de Minsk, el expresidente que los negoció aprovechó para presentar aquella larga noche en Minsk como un engaño made in Poroshenko. Según su versión, Ucrania no solo no tuvo nunca intención de guiarse por los acuerdos firmados, sino que fueron un astuto engaño a Rusia para ganar tiempo, reforzar al ejército y resolver la situación por la vía militar.

En las últimas horas, en declaraciones a la prensa francesa, Poroshenko ha exigido a los países europeos la entrega de todas las armas que Ucrania precisa para derrotar a Rusia. Pero el expresidente no ha querido quedarse ahí y ha utilizado algunas de las críticas que ha manifestado en los últimos meses Valery Zaluzhny para acusar a la administración Zelensky de mentir a la población sobre la situación de las Fuerzas Armadas, el desarrollo de los acontecimientos en el frente y el proceso de movilización. El líder de Solidaridad Europea, que en las últimas semanas ha realizado un enorme esfuerzo de ganar apoyos para sí mismo y su partido en el Parlamento y otras instituciones de la Unión Europea, acusa al actual presidente de manipular la realidad y ofrecer a la población un relato irreal de los hechos. Y cerrando el círculo iniciado por las falsas promesas sobre la pronta recuperación de Crimea, meme parodiado por el actor Zelensky, Poroshenko acusa al actual presidente de prometer a la población que “el año que viene” podrá tomar “el té en Crimea” a pesar de ser consciente de que no será posible. El presidente que en 2014 afirmó que la guerra debía ganarse en “días, no semanas”, acusa a su sucesor de hacer ver a la población “las cosas de color de rosa”.

La primavera se acerca con rapidez y entonces terminará oficialmente el mandato de Zelensky, momento en el que el expresidente podrá explotar políticamente la falta de legitimidad democrática de la expirada legislatura. Preparando el terreno, el predecesor de Zelensky está dispuesto a utilizar cualquier argumento, siempre desde posiciones nacionalistas. Incluso aquellos que el ahora presidente utilizaba contra él. Sin embargo, en su intento de recuperar la relevancia política, Poroshenko va a necesitar mejores argumentos y, sobre todo, el favor de los socios extranjeros, la audiencia más importante de Ucrania, por ahora satisfecha con el actual presidente.

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