“El avance en la guerra de Ucrania está empujando a Estados Unidos hacia una elección dolorosa”, escriben esta semana dos expertos en relaciones internacionales, George Beebe y Anatol Lieven, en uno de los medios afiliados al Quincy Institute, uno de los ejemplos de think-tank favorable al acuerdo frente a quienes desean continuar la guerra caiga quien caiga y sin tener en cuenta las consecuencias. La tesis fundamental es que si Washington desea “una Ucrania con un camino viable hacia la gobernanza liberal y la entrada en la Unión Europea, tendremos que conceder que no puede ser un aliado de la OTAN o de Estados Unidos y que esta Ucrania neutral tendrá que tener niveles verificables de cantidades de armas de las que puede disponer”. La renuncia a la OTAN y la paralización de su expansión hacia la frontera rusa ha sido, junto con la protección de Crimea, el énfasis del discurso y los intentos de negociación de Rusia, que siempre se han encontrado con el bloqueo.
En la práctica, ese rechazo a negociar la neutralidad de Ucrania, postura que hasta 2022 era mayoritaria entre la población, ha implicado siempre la voluntad de arriesgarse y someter al país a la posibilidad de una guerra aún más amplia. Fue así en abril de 2022 cuando, como ha confirmado incluso el principal negociador ucraniano, Rusia estaba dispuesta a firmar la paz a cambio de esa renuncia, pero ocurrió algo similar a lo largo de los años de Minsk, en los que el compromiso era visto como la peor de las opciones. Esa opinión era común en Kiev, Washington y Bruselas, que siempre utilizaron el proceso para alargar la situación, presionar a Rusia y reforzar a Ucrania hasta lograr la recuperación del territorio sin necesidad de ofrecer ninguna concesión a Rusia (en realidad, esas concesiones no eran a Moscú sino a Donetsk y Lugansk). Sin un marco político que lo sostuviera, el alto el fuego era inviable y persistía el riesgo de una guerra más amplia, ya fuera por un intento de Ucrania de recuperar por la fuerza los territorios perdidos o, como finalmente ocurrió, por un ataque ruso que obligara a Kiev a aceptar ciertas concesiones.
El punto de vista de Beebe y Lieven, ejemplos del realismo político que prioriza la estabilidad del orden mundial teniendo en cuenta los intereses de las grandes potencias y las consecuencias que pueden suponer para otros estados, ha sido una anomalía en el espectro de la literatura sobre el actual conflicto. El fracaso ucraniano ha hecho aumentar el escepticismo y el pesimismo sobre las posibilidades de Ucrania de conseguir todo lo que busca -recuperar sus territorios, ingresar en la UE y la OTAN y debilitar al máximo a Rusia- y ha provocado un creciente número de artículos que dejan la puerta abierta al compromiso, cuando menos temporal.
Aun así, su existencia es suficiente para que asesores de Volodymyr Zelensky denuncien regularmente “granjas de bots del FSB, el lobby prorruso, varios freaks de internet” que, en opinión de Mijailo Podolyak, buscan explotar el pesimismo. Evidentemente, son mucho más de su agrado artículos como el publicado esta semana por Foreign Policy, que afirma que “si Ucrania puede lograr el impulso en la guerra terrestre que se le escapó durante su fallida ofensiva de verano, Kiev tendrá un camino real hacia la victoria”. Con su simplona premisa, que convierte el deseo en argumento, el artículo anima al optimismo que reclama Podolyak, que apunta ya buenas noticias. Según el asesor de la Oficina del Presidente, además de los paquetes de asistencia de diferentes países y el compromiso de inversión a largo plazo, está a punto de desbloquearse la asistencia estadounidense. Es posible que así sea, aunque esos fondos no son garantía de cambios en el frente. La multimillonaria ofensiva de 2023 prueba que el flujo constante de financiación y recursos no implica necesariamente una victoria. Sin embargo, el Gobierno ucraniano parece dispuesto a subestimar nuevamente a Rusia y arriesgarse a recibir una nueva derrota que, como la actual, tratará de maquillar con ataques en la retaguardia, más útiles para sus aliados que para su población, y con su cuidado discurso que presenta a Ucrania como la última línea de defensa del orden internacional basado en reglas.
Frente a cualquier compromiso, incluso temporal, Volodymyr Zelensky volvió a insistir ayer en lo inaceptable de congelar el conflicto. Mantener la guerra activa ha sido una estrategia que Kiev ha utilizado desde el comienzo de la guerra en Ucrania, especialmente en los años del proceso de Minsk. En aquel momento, la existencia de bombardeos, que Kiev siempre achacaba a Moscú aunque se produjeran contra la RPD y la RPL, era suficiente para justificar el rechazo ucraniano a avanzar en los puntos políticos de los acuerdos. El riesgo de que se produzca un alto el fuego en estos momentos es escaso, pero Ucrania precisa de algo más: no puede permitir que sus socios acepten el mantenimiento de una guerra defensiva sin perspectivas de operaciones ofensivas con las que lograr sus objetivos sin ninguna concesión al otro lado. En este caso, no se trataría de conceder derechos políticos a cambio de recuperar Donbass, sino renunciar a los territorios perdidos y a la ambición de la OTAN para lograr la paz. Aunque muy diferentes en forma, fondo y coste político, ambas han sido para Ucrania igualmente inaceptables.
Durante los años de Minsk, Ucrania utilizó los bombardeos de las zonas del frente de Donbass como mecanismo de presión a Rusia, pero también como herramienta para impedir la congelación del conflicto. Actualmente, ese objetivo pasa por insistir en que cualquier ralentización de la guerra -consecuencia, según el discurso oficial, no de la derrota ucraniana sino de la falta de suficiente asistencia occidental- favorece a Rusia. De ahí que Zelensky exija a sus socios más implicación en la guerra y, sobre todo, más rapidez en la entrega de aquellos elementos en la lista de deseos de Ucrania.
En términos generales, un alto el fuego, o incluso la ralentización del frente, que implica necesariamente una reducción de la intensidad de la lucha, favorece, además de a la población civil, a la parte más débil en ese momento. Ucrania argumenta, por ejemplo, que la demora de sus aliados en la entrega del armamento para la ofensiva de 2023 favoreció a Moscú, que aprovechó el invierno para recuperarse de las bajas sufridas y para preparar la defensa. Sin ese tiempo, alega Zelensky, la ofensiva de Zaporozhie habría tenido mayor éxito. Sin embargo, ese tiempo prolongado entre ofensivas ha permitido también a Ucrania reponer sus bajas y, sobre todo, instruir a las nuevas brigadas según, supuestamente, los estándares de la OTAN. El problema no ha sido el retraso ni la falta de armas, sino la incapacidad de Ucrania de superar al ejército ruso en un frente en el que era consciente de que iba a producirse un ataque. Posiblemente no haya ayudado tampoco la deficiente preparación que, según los soldados, han recibido en Occidente.
Con el compromiso aún como opción menos aceptable, el Gobierno de Zelensky está dispuesto a someter al país a otro año de guerra con el objetivo de repetir la ofensiva del pasado verano. Y desea hacerlo con rapidez, descartando la congelación del conflicto o su ralentización, que podría producirse en forma de preparación de una nueva ofensiva, no para el actual año, sino para el próximo. Esa opción es tan inaceptable como un posible alto el fuego, aunque ese tiempo favorecería actualmente y sin ninguna duda a Ucrania. Esa es la lógica de quienes, desde el realismo, proponen aceptar lo que consideran un compromiso doloroso, pero necesario para salvar al país de la destrucción que implicará el momento actual, en el que Ucrania corre el riesgo de carecer de munición para sus defensas aéreas. Los fondos europeos y estadounidenses llegarán, pero Rusia dispone ahora de la ocasión de tratar de destruir, por ejemplo, la industria militar ucraniana. Ese ha sido el objetivo de los últimos ataques con misiles como ha constatado incluso la inteligencia británica, poco proclive a confirmar las afirmaciones rusas.
Reducir la intensidad de la batalla protegería a Ucrania de esos ataques y preservaría el potencial militar e industrial que aún le queda al país. Sin embargo, requeriría una negociación y posiblemente una serie de concesiones, algo a lo que Kiev y sus aliados siguen sin estar dispuestos. El riesgo de volver a tropezar en la misma piedra no es suficiente para modificar el plan de actuación y tampoco la lógica de Minsk es ya una opción. En aquel momento, como comentaría años después François Hollande, que participó en las negociaciones de un acuerdo que Ucrania nunca tuvo intención de cumplir, “los acuerdos de Minsk y el consiguiente alto el fuego no permitieron expandir el área controlada por los separatistas. Ese es uno de sus méritos”. El único momento en el que las autoridades ucranianas han buscado la desescalada ha sido cuando se presagiaba un colapso de su ejército. Una situación similar sería, también ahora, la única circunstancia en la que puede esperarse una apertura ucraniana al compromiso. Ese punto está lejos de llegar actualmente, pero su riesgo acelera la aparición de propuestas que, incluso desde posiciones proucranianas, ven el compromiso, aunque fuera temporal, como el mal menor o quienes, como Oleksiy Arestovich, miran al rechazado acuerdo de abril de 2022 como una salida relativamente digna para Ucrania.
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