Con cuentagotas, los medios occidentales continúan publicando algunos nuevos datos sobre las investigaciones del atentado que, en septiembre de 2022, hizo explotar e inutilizó tres de los cuatro gasoductos del Nord Stream 1 y 2. En el último año, especialmente desde el momento en el que el periodista Seymour Hersh aportó una teoría alternativa a la del sabotaje ruso que la Unión Europea había tratado de imponer como oficial, todas las fuentes occidentales apuntan a un grupo que actuó desde Ucrania. Siempre dejando abierta la posibilidad de que no hubiera intervención, o incluso conocimiento, del Gobierno ucraniano, medios alemanes, holandeses, estadounidenses y polacos han señalado a una empresa de viajes turísticos de Polonia como pantalla de una operación de la inteligencia ucraniana, que habría financiado por esa vía el alquiler del yate deportivo Andrómeda, los explosivos y los viajes necesarios para el ataque.
El pasado año, los medios se referían ya a un grupo de seis personas procedente de Ucrania y con pasaportes de la Unión Europea -más adelante se confirmaría también que se trataba de pasaportes falsos- como brazo ejecutor de un plan en el que abiertamente exculpaban a Zelensky aunque no necesariamente a Zaluzhny. Su nombre es el más repetido a la hora de presentar a un posible conocedor del plan que haría posible para el jefe del Estado alegar no conocer la actuación de elementos que forman parte de las estructuras de seguridad del Estado. Por el momento, ha sido identificado y localizado uno de los miembros del supuesto grupo, un joven soldado procedente de Dnipropetrovsk que, en el momento de la publicación del artículo polaco en el que se detallaba su historia (aunque no su nombre), seguía formando parte de las Fuerzas Armadas de Ucrania. Posteriormente, los medios estadounidenses encontraron también a un chivo expiatorio de gran utilidad: un veterano tanto de la inteligencia militar como civil de Ucrania (GUR y SBU), actualmente encarcelado y abiertamente enfrentado a Andriy Ermak, jefe de la Oficina del Presidente y mano derecha de Volodymyr Zelensky. A ese soldado se adjudica la logística de la operación aunque, eso sí, dando credibilidad a los desmentidos de los servicios de inteligencia de Ucrania sobre su participación en los hechos.
Los medios han desvelado también datos sobre la investigación, aún más sospechosa que los hechos en sí, especialmente por el silencio que ha mantenido el principal país europeo afectado, Alemania, cuyas infraestructuras críticas sufrieron este ataque de terrorismo internacional. Es más, Boris Pistorius, actual ministro de Defensa, político más popular según las encuestas alemanas y posible reemplazo del canciller Scholz, se aferra aún a la teoría de la falsa bandera rusa. Lo hace a pesar de que, como han publicado medios de al menos cuatro países, Alemania entre ellos, todas las pistas apuntan a Ucrania. El Gobierno alemán no puede tampoco alegar no conocer los detalles de la investigación, ya que, según publicó Der Spiegel, la oficina de Olaf Scholz sigue el día a día de los hechos y es informada regularmente sobre cualquier avance. El silencio de Alemania es, posiblemente, el signo más claro de que el enemigo que la Unión Europea buscaba al denunciar los hechos no se encuentra entre sus oponentes oficiales sino entre sus teóricos aliados.
Las noticias publicadas ayer por medios como The Wall Street Journal son representativas por motivos similares. El paso del tiempo sin pruebas con las que poder culpar a Rusia es el signo más evidente de que no es Rusia quien más tiene que esconder en esta cuestión, como quedó claro desde el inicio, cuando el Kremlin se aferró a la posibilidad de una explosión accidental en lugar de aceptar la evidencia. Pese a la certeza que mostraron los representantes europeos -no así los estadounidenses, que mostraron su alegría, pero no señalaron con tanta claridad a Moscú- de la culpabilidad rusa, la teoría del autobombardeo siempre careció de sentido. Más de un año después de los hechos, la teoría carece también de pruebas incluso circunstanciales con las que seguir manteniendo esa narrativa. Y no es la Federación Rusa la que busca obstaculizar las investigaciones, sino los países aliados de la OTAN, un indicio más de quién actuó para sabotear el gasoducto que unía directamente al que era el principal socio energético del continente con su principal cliente.
La hipótesis del grupo proucraniano que habría actuado utilizando el yate Andrómeda en un plan gestionado desde Varsovia debía poner a Polonia en una posición incómoda. La necesidad del principal afectado y de sus aliados de evitar sacar los trapos sucios de cualquier país que no fuera Rusia ha mantenido controlada la situación. Hasta ahora nadie ha exigido explicaciones a Varsovia de la misma manera que no se ha presionado a Zelensky o a Zaluzhny en busca de respuestas ni se ha preguntado a Olaf Scholz por qué su país parece no tener ningún interés en esclarecer lo ocurrido en lo que The Wall Street Journal calificaba ayer de “el mayor acto de sabotaje en el continente europeo desde la Segunda Guerra Mundial”.
El cambio de Gobierno en Polonia facilita la labor de poner en duda la actuación polaca a lo largo de la investigación. En un detalle que hasta ahora no había trascendido, The Wall Street Journal, que incide nuevamente en que la práctica totalidad de los oficiales europeos dan por válida la hipótesis de la culpabilidad ucraniana, acusa a Polonia de haber obstaculizado la investigación. Después de un año en el que ha quedado cada vez más claro que los países de la OTAN han ocultado la información disponible para evitar culpar a un aliado, el medio afirma que “cualquier sugerencia de que Polonia, un miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, pueda estar ocultando información sobre el ataque contra un aliado podría minar la confianza en la alianza, que se enfrenta a una de las mayores pruebas desde su creación”. La prioridad no es saber quién hizo explotar el Nord Stream, cómo lo hizo o a quién quería castigar, sino garantizar la credibilidad y la confianza de la OTAN.
De forma casi cómica, el medio menciona al primer ministro polaco Donald Tusk como la esperanza de que las cosas cambien. La investigación se plantea dirigirse a la oficina del nuevo primer ministro en busca de ayuda. Tusk, aún más europeísta que su predecesor, se ha distinguido por favorecer y proteger a Ucrania incondicionalmente, por lo que es improbable que vaya a poner en peligro la posición de Kiev destapando la culpabilidad ucraniana -con la complicidad polaca- en un acto de terrorismo internacional. Es más, el ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de Tusk, Radek Sikorski, fue una de las personas que con más rapidez mostraron su júbilo. “Gracias, Estados Unidos”, escribió aquel día junto a la imagen de la primera explosión.
Según el The Wall Street Journal, Polonia detectó de forma inmediata a un grupo de seis personas que le resultó sospechoso. El artículo afirma que “un oficial del puerto, que sospechó de cinco hombres y una mujer, que se comunicaba en una mezcla de ruso y ucraniano, alertó a la policía. El 19 de septiembre, la guardia de frontera de Polonia registró la identificación de la tripulación, que presentó pasaportes de la Unión Europea y recibió el permiso de continuar su viaje, navegando hacia el norte, donde, según los investigadores, colocaron los explosivos”. Polonia admitió la información seis meses después de los hechos bajo la exigencia de Alemania, que había obtenido la información de los servicios secretos de los Países Bajos, que a su vez obtuvieron la pista directamente de Ucrania.
Los servicios secretos de los Países Bajos fueron también quienes detectaron una trama ucraniana para hacer explotar el Nord Stream meses antes de que ocurrieran los hechos. Ante el conocimiento de los planes, que fueron transmitidos a sus aliados estadounidenses, el director de la CIA viajó a Kiev para, supuestamente, exigir su paralización.
Quince meses después de los hechos, la escasa información publicada en los medios deja clara la complicidad de varios países, que por acción u omisión, permitieron que avanzara un plan que había sido detectado e hicieron posible que un grupo de seis personas en un yate deportivo, que también resultaron sospechosas para algunas autoridades locales polacas, colocaran explosivos en uno de los mares más controlados del planeta. El resultado fue la destrucción física del vínculo entre los dos países más importantes del continente, pero también la alegría de Estados Unidos, que vio la desaparición del Nord Stream como una oportunidad. Los muchos meses de silencio dejan claro que el rápido intento de la Unión Europea de culpar a su enemigo moscovita no era sino una forma de ocultar y proteger a los verdaderos culpables.
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