2023 finalizó, como el año anterior, con el frente prácticamente paralizado. Como hace un año, la excepción continúa siendo el frente de Donbass, sector prioritario para Rusia y donde sus necesidades implican la obligación de tratar de expulsar a las tropas ucranianas. Donbass es el lugar en el que la población se levantó contra el irregular cambio de régimen en Kiev hace prácticamente diez años, apelando a Rusia que velara por su seguridad, punto de partida de la guerra que llevaría al reconocimiento ruso de la independencia de la región el 22 de febrero de 2022 y a la intervención militar rusa dos días después. Aunque en muchos momentos han sido otros frentes los que han recibido más interés mediático, Donetsk y Lugansk han sido una prioridad para Rusia en términos ofensivos incluso en sus momentos de mayor debilidad.
Así como en otros aspectos los objetivos rusos son más confusos y han quedado menos explicados, en el caso de Donbass, Moscú no ha escondido en ningún momento que busca llegar a las fronteras administrativas de las antiguas regiones de Donetsk y Lugansk. Lo logró brevemente en el caso de Lugansk, que la primera semana de julio de 2022 quedó libre de tropas ucranianas. Aunque todas las principales ciudades de la región siguen ahora en manos rusas y republicanas, la ofensiva ucraniana de septiembre de 2022 en la región de Járkov se extendió hasta las fronteras de la RPL, donde, aunque sin controlar ninguna localidad relevante, Ucrania continúa luchando en los bosques de Kremennaya.
En la RPD, la situación siempre ha sido mucho más complicada Más pobre y desarrollada, Lugansk fue siempre un frente menos protegido por las tropas ucranianas, que se centraron en Donetsk, especialmente en los alrededores de las grandes ciudades bajo control de los separatistas -Donetsk, Gorlovka y posteriormente Debaltsevo-, para impedir cualquier avance. Los años de Minsk sirvieron a Ucrania para preparar una defensa que está siendo de utilidad actualmente a la hora de impedir o ralentizar hasta el extremo cualquier avance ruso, que implica asaltos frontales a ciudades que quedan completamente destruidas y en las que se producen enormes bajas. Al contrario que en Lugansk, donde Rusia precisa únicamente defender el territorio, en Donetsk son necesarias acciones ofensivas para lograr ese mismo objetivo. Las ofensivas locales en las áreas de Marinka, territorio ya capturado por las tropas rusas tras un año de lucha, o Avdeevka, donde el intento de sitiar la ciudad persiste, no se deben únicamente al intento de alcanzar las fronteras de Donetsk, sino a las necesidades objetivas de dificultar al máximo la capacidad de Ucrania de aterrorizar a la población.
Horas después del grave bombardeo de la ciudad de Belgorod, que según el gobernador Gladkov costó la vida de 24 civiles, varios de ellos menores, Ucrania atacó nuevamente uno de sus objetivos favoritos: la ciudad de Donetsk. Como es habitual, no se trató de objetivos militares ni se utilizaron armas guiadas con las que intentar destruir objetivos marcados sino el uso común de la artillería contra el centro de una ciudad poblada. Según informan periodistas locales, Ucrania atacó un hotel, varias calles y la plaza central de la localidad. Los datos oficiales hablan de cuatro víctimas mortales, todas ellas civiles y, al menos, catorce personas heridas, que se unen al largo goteo de muerte y destrucción que en Donbass comenzó hace nueve años y cuatro meses.
El ataque contra Donetsk, totalmente gratuito y sin más objetivo militar que amenazar a la población, muestra la capacidad de Ucrania de continuar golpeando la ciudad y, por consecuencia, la necesidad de Rusia de alejar a las tropas ucranianas a una distancia suficiente. Solo de esa forma, se podrá garantizar mínimamente la seguridad de la población civil de la ciudad más poblada de Donbass, atacada prácticamente a diario con proyectiles de artillería de 155 milímetros. Pese a la escasez que afirma tener de esa munición, Ucrania continúa utilizándola para disparar, por ejemplo, contra la plaza central de Donetsk, la plaza de Lenin, lugar en el que normalmente se habría celebrado el Año Nuevo. Además del evidente peligro que supone para la población civil, el proyectil a escasos metros de la estatua de Vladimir Ilich, Lenin, en el centro de Donetsk tiene también un matiz simbólico. Los monumentos al líder soviético han sido uno de los blancos habituales de la ira del nacionalismo ucraniano desde antes incluso de la victoria de Maidan. En diciembre de 2013 fue destruida la última estatua de Lenin en la ciudad de Kiev y la llegada al poder del Gobierno de Turchinov-Yatseniuk, con presencia de Svoboda, dio rienda suelta al ataque a los monumentos incluso en los lugares en los que eran defendidos por la población local. Grupos asociados a Svoboda fueron algunos de los instigadores de los actos.
Los derribos de estatuas de Lenin, que en años posteriores se ampliarían a otros monumentos soviéticos y finalmente incluso a los que honran a quienes liberaron el territorio durante la Segunda Guerra Mundial, se produjeron fundamentalmente en el sudeste del país. En lugares como Járkov, donde se organizó una patrulla para defender la estatua, los enfrentamientos con la extrema derecha causaron incluso una muerte. En otros lugares, como en Odessa, la iniciativa partió de las autoridades locales. Mijaíl Saakashvili organizó toda una comitiva para, tras un intento fallido, retirar la última estatua de Lenin en la ciudad de Odessa, situada en un parque y generalmente rodeada de menores jugando. En Donbass, los monumentos fueron también uno de los blancos habituales: antes de retirarse precipitadamente de Debaltsevo, las tropas ucranianas se aseguraron de dejar tras de sí un enorme agujero en la estatua de Lenin.
Todo ello, al igual que el desmantelamiento de los monumentos a la liberación de los territorios durante la Segunda Guerra Mundial, ha sido justificado por la nueva Ucrania y sus aliados occidentales como ruptura con el pasado ruso, descolonización o valores democráticos. Ese vandalismo organizado y ordenado desde el Estado, en muchos casos contra la voluntad expresa de la población, ha venido acompañado de una revisión de la historia en favor de un discurso nacionalista que, por acto legislativo, ha hecho héroes oficiales a quienes lucharon por la libertad de Ucrania, incluso aquellos que lo hicieron de la mano de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial.
Los ataques de la noche de Año Nuevo, día en el que el nacionalismo ucraniano ha conmemorado tradicionalmente a Stepan Bandera, afectaron directamente a una de esas figuras enaltecidas por la Ucrania post-Maidan. La agencia EFE, citando a Andriy Sadoviy, alcalde de Lviv, escribía ayer que “esta noche Rusia atacó dos objetos de memoria nacional en esta ciudad: la universidad de Dublyany, donde estudió Stepan Bandera hace cien años y el museo dedicado al comandante del Ejército Insurgente Ucraniano (UPA) Roman Shujevich”. En la misma línea pero subrayando aún más la importancia de la figura para la ideología de la actual Ucrania, el Kyiv Post afirmaba en sus redes sociales que el ataque había “destruido completamente el museo de Roman Shujevich, una prominente figura política y militar ucraniana”.
Situada en una zona residencial de la ciudad de Lviv, en Ucrania occidental, la casa museo de Roman Shujevich era un lugar en el que rendir culto a este luchador por la libertad de Ucrania en el lugar en que sus familiares velaron el cadáver tras su muerte. Aunque sin una colección especialmente reseñable, el lugar ofrecía también algunos apuntes sobre la reorganización de OUN como grupo de presión nacionalista y anticomunista en el Estados Unidos de posguerra. Pero, ante todo, el museo, parte del Ministerio de Cultura de Ucrania, era un lugar en el que observar imágenes de la vida de Shujevich, desde sus andanzas como miembro de OUN a imágenes del héroe vestido con el uniforme nazi con el que regresó a Ucrania en junio de 1941 con la invasión alemana de la Unión Soviética tras haber sido, como el resto de su grupo, instruido en campos de entrenamiento de Alemania.
Según la información ucraniana, las defensas aéreas derribaron 87 de los 90 drones Shahed lanzados por la Federación Rusa. En ese caso, todos los daños producidos en varias ciudades ucranianas, entre ellas Lviv, Kiev, Jmelnitsky, Dnipropetrovsk, Vinnitsa, Odessa y Járkov, habrían de adjudicarse a las defensas antiaéreas ucranianas. Intentando compaginar haber destruido el 97% de los drones rusos, con alegar que Rusia trata de destruir la cultura ucraniana, Kiev culpó de la destrucción del museo de Shujevich, un altar al revisionismo histórico en clave fascista, a los restos de un dron, que, casualmente, debieron impactar exactamente en el lugar al que apuntaba el Shahed. Al contrario que en Donetsk, en Lviv no se produjeron víctimas. Pero son los ataques contra Lviv los que han obtenido titulares en los medios.
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