Los últimos doce meses, centrados fundamentalmente en la preparación, el desarrollo y el análisis del fracaso de la contraofensiva con la que Ucrania pretendía recuperar definitivamente la iniciativa de la guerra, han sido la confirmación de que no hay solución a corto plazo y que, en una dinámica de la vía militar como única posible, todos los participantes -directos e indirectos- han de prepararse para una lucha a largo plazo. El comienzo del año, con un ataque que causó decenas de víctimas mortales entre los reclutas rusos en Makeevka pasado apenas un minuto desde la medianoche, parecía presagiar para Ucrania una continuación de lo ocurrido en el último trimestre de 2022.
Ante la incapacidad de mantener un frente tan amplio y con ataques en los dos extremos con un contingente significativamente menor al ucraniano, con graves carencias logísticas y excesivos errores, las tropas rusas no tuvieron más opción que retirarse de la ciudad de Jersón y los territorios de la margen derecha del Dniéper sin siquiera luchar. El objetivo era preservar la integridad de la agrupación presente en esos territorios, con algunas de las unidades más preparadas, y evitar una derrota militar similar a la sufrida dos meses antes en Járkov, donde la desordenada retirada ante el imparable avance ucraniano puso en peligro una parte importante del territorio ganado en Lugansk. Tras la recuperación de los territorios de Járkov, Ucrania esperaba poder continuar su avance en el norte de Lugansk, donde la defensa de Kremennaya y Svatovo se mantuvo, según periodistas tan cercanos a las posturas del Kremlin como Alexander Kots, a pesar de los mandos militares y no gracias a ellos. Rusia terminaba 2022 tratando de reponerse de su momento de mayor debilidad.
En ese contexto, Ucrania nunca escondió su preparación para una gran ofensiva que repitiera el éxito del asalto a la región de Járkov. Al otro lado del frente, tampoco Rusia intentó mantener en secreto su transición a la creación de una serie de líneas de defensa contra el ataque ucraniano, del que siempre supo cuál sería la dirección. El objetivo de Kiev no ha cambiado desde 2014, recuperar Crimea, por lo que un avance en esa dirección era la única posibilidad real para Ucrania. La geografía y las condiciones descartaban completamente un ataque masivo en la zona de Donbass o en la de Jersón, donde las tropas rusas estaban protegidas por la barrera que supone el río Dniéper, con su principal puente, el Antonovsky, completamente destruido por los ataques ucranianos en 2022. La única opción sorpresa en manos de Ucrania, un ataque masivo a través de Rusia, nunca fue real debido, en parte, al veto estadounidense a extender la guerra a territorio ruso. Pero incluso al margen de esa línea roja, esa opción había ampliado aún más un frente que se ha mostrado difícil de mantener para ambas partes en conflicto. La dirección Tokmak-Melitopol-Crimea por el campo abierto de Zaporozhie siempre fue la línea de ataque evidente que tomarían las tropas ucranianas en el momento en que recibieran de sus socios el armamento requerido y las nuevas brigadas finalizaran su instrucción.
Bajo el mando del general Surovikin, Rusia comenzó la construcción de lo que llegaría a ser un línea de defensa flexible a base de fortificaciones creadas y mejoradas desde noviembre de 2022, cuando se consumó la pérdida de los territorios de Jersón. Como mostraron durante meses los reporteros rusos, la labor de construcción de puntos fuertes para la defensa fue en ese momento la tarea principal de las tropas rusas, que ganaban tiempo para lograr equipar, armar e instruir a los alrededor de 300.000 soldados reclutados desde que el Kremlin diera la orden de movilización parcial tras las derrotas de septiembre.
El retraso en la preparación de la ofensiva ucraniana dio a Rusia aún más margen de maniobra a la hora de mejorar aquellos aspectos que habían fallado en 2022. Con un frente menos extenso, con menos dificultades logísticas y con menor desequilibrio de efectivos con respecto a Ucrania, Moscú fue capaz de anticipar los movimientos ucranianos y prepararse exactamente para la operación que se avecinaba. Rusia era también consciente de que los socios occidentales de Kiev, a los que se adjudica íntegramente la capacidad de planificación y mando, preparaban una ofensiva terrestre que buscaría una ruptura rápida utilizando grandes columnas blindadas. Los meses de propaganda sobre el valor de los tanques occidentales y la campaña de presión para lograr que Alemania aprobara el envío de los deseados Leopard-2 lo habían dejado claro.
El tiempo confirmaría también que Ucrania no iba a disponer, para esta operación planeada por los países de la OTAN, de la cobertura aérea que precisa este tipo de ofensiva. Las súplicas ucranianas en busca de aviación occidental comenzaron en el momento en el que quedó desbloqueada la entrega de tanques occidentales, pero siempre fue evidente -en parte por el tiempo que precisa la instrucción de pilotos- que los F-16 que exigía Zelensky no estarían presentes en la ofensiva de 2023. Como ha podido saberse más tarde, Estados Unidos era consciente de que Ucrania no disponía de los medios necesarios para llevar a cabo la ofensiva planificada, aunque esperaba que “el coraje ucraniano” compensara las carencias. En un ejemplo de cómo la narrativa oficial puede convertirse en dogma, tanto Kiev como sus socios optaron por confiar ciegamente en la superioridad del armamento, la instrucción y táctica occidental frente a la incapacidad de Rusia de aprender de sus errores y de movilizar su industria para producir el material necesario y, sobre todo, en la moral ucraniana para luchar contra el descompuesto, desabastecido y mal equipado ejército ruso. Meses después, oficiales ucranianos denunciarían públicamente que sus socios habían enviado a las Fuerzas Armadas de Ucrania a una ofensiva en unas condiciones que jamás habrían aceptado para sus soldados.
El cambio de tendencia y la capacidad rusa de prepararse para defenderse de una operación en la que anticipó todos los movimientos se puso de manifiesto en la primera semana de junio. Días antes, tras una cruenta batalla que causó miles de bajas entre sus tropas, la Federación Rusa había obtenido su mayor éxito en prácticamente un año con la captura de Artyomovsk. Ese avance se produjo entre la escalada del conflicto entre el Ministerio de Defensa y el dueño de la empresa militar privada Wagner, que un mes más adelante daría lugar al fallido motín que hizo a los más optimistas analistas proucranianos occidentales ver el inicio de la guerra civil rusa. Ni el enfrentamiento ni el motín afectaron al frente. Pese a que persistían ciertas carencias -la escasez de proyectiles de artillería fue una de las quejas de Prigozhin antes de su sonada intentona golpista- y podía cuestionarse la táctica del asalto frontal, desde los primeros momentos de junio fue obvio que se había producido un cambio.
Meses antes, Rusia había acudido a Irán en busca de apoyo para un aspecto en el que había quedado atrás: el uso de drones. El inicio de la ofensiva ucraniana con la marcha de las primeras columnas blindadas por el campo abierto de Zaporozhie, perfectamente a la vista de las tropas rusas, demostró que Rusia no se había limitado a introducir los Shahed iraníes, sino que había desarrollado drones kamikaze con la operación ucraniana en mente. La capacidad de aprendizaje, superación de carencias evidentes y la buena planificación del uso combinado de los drones en el ataque, pero también en la vigilancia en combinación con la artillería, sorprendieron a Ucrania. Lo hicieron también la fortaleza de los campos de minas rusos, un aspecto incomprensible y grave fallo en la planificación occidental. De la misma forma que era conocido que Rusia construía su línea Surovikin para la defensa, era absolutamente previsible que fuera capaz de minar ampliamente los campos por los que transitarían los Leopard, Bradleys y otros tipos de vehículos blindados. Sin cobertura aérea para Ucrania, Rusia contaba con una amplia superioridad en el aire, que complementó con el eficiente uso de la aviación no tripulada.
Apenas unos días después de que las columnas de carros ucranianos salieran en dirección a Rabotino, Rusia logró la deseada imagen de un primer tanque Leopard ardiendo en los campos de minas. Esa misma semana, en lo que pareció una valoración prematura, Vladimir Putin dio por fracasada la ofensiva. El tiempo y los resultados de la operación han acabado por dar la razón al presidente ruso. Ya en ese momento, cuando se produjo el primer cambio de táctica para abandonar las grandes columnas blindadas en favor de grupos más pequeños y difíciles de detectar, también Estados Unidos era consciente de la situación. Como ha podido leerse seis meses después, cuando ya no es preciso tratar de ocultar el fracaso de la contraofensiva, han sido los medios estadounidenses los que han confirmado que el objetivo era una ruptura rápida, captura de Rabotino en las primeras 24 horas y avance hacia Melitopol.
Esa ruptura del frente y avance sobre la principal ciudad del territorio del sur de Ucrania habría supuesto para Rusia un peligroso acercamiento de las tropas ucranianas a Crimea. Políticamente, esa penetración profunda en territorio bajo control ruso buscaba, como han dejado claro oficiales occidentales como Emmanuel Macron o Jens Stoltenberg, obligar a Rusia a una negociación en la que se encontrara en posición de debilidad. Las filtraciones de oficiales del Pentágono en los meses de preparación de la ofensiva habían mostrado que ni siquiera los socios de Ucrania confiaban en la conquista de Crimea. Sin embargo, la amenaza al control de Crimea era entendida como la vía con la que presionar a Moscú a ceder al diktat ucraniano.
En los seis meses de ofensiva, Kiev ha logrado finalmente el avance que esperaba conseguir en la primera jornada de ataque. Tras meses de lucha, Ucrania conquistó la destruida y deshabitada localidad de Rabotino, pero no logró sobrepasarla. No hubo retirada rusa y la zona se convirtió en una bolsa de fuego en la que seguir sufriendo bajas. Rusia parece intentar recuperar ahora ese escaso territorio perdido mientras Ucrania pasa, al igual que lo hicieran las tropas rusas hace un año, a una fase defensiva. Quienes se burlaban entonces de la colocación de dientes de dragón en el frente sur los colocan ahora en otras zonas como Járkov.
El paso de Ucrania a una postura más defensiva no supone necesariamente que esté produciéndose o vaya a producirse una ofensiva rusa a gran escala. Rusia ha demostrado este año su capacidad de defensa en el frente, aunque no tanto en la retaguardia, donde Ucrania ha obtenido, especialmente contra la flota del mar Negro, sus mayores éxitos. Sin embargo, es escaso lo que puede decirse de las capacidades ofensivas rusas, que en este año se han limitado a los avances sobre Artyomovsk, puestos en peligro tras la retirada de Wagner y el inicio de la ofensiva ucraniana, y la zona de Donetsk. El intento ruso de alejar a las Fuerzas Armadas de Ucrania de los alrededores de la capital de Donbass solo ha tenido un éxito limitado. Tras un año de lucha y la completa destrucción de la ciudad, Rusia logró finalmente en diciembre capturar todo el territorio de Marinka, al oeste de la ciudad. Al norte, el avance sobre Avdeevka continúa, aunque a lento ritmo y a costa de importantes pérdidas (que Ucrania está exagerando ampliamente para compensar las dudas sobre sus enormes bajas en Zaporozhie). Ambas ciudades forman parte de la primera línea de fortificaciones que Ucrania ha construido a lo largo de los casi diez años que dura ya la guerra en esa región.
Las perspectivas para 2024 pasan por la capacidad de Ucrania de lograr de sus socios europeos la financiación necesaria para mantener a flote al Estado y de Estados Unidos de aprobar los fondos que permitan seguir luchando a las Fuerzas Armadas de Ucrania. Se encuentran ya en marcha los mecanismos según los cuales Kiev recibirá los preciados F-16 para sus próximas ofensivas. Según prometió Andriy Ermak en su última visita a Estados Unidos, el próximo año será el punto de inflexión definitivo en la guerra. Algo similar se prometió ya hace un año, e incluso hace seis meses, cuando Antony Blinken declaraba en los primeros días de la ofensiva ucraniana que Kiev disponía de todo lo necesario para derrotar a Rusia en el campo de batalla. Aunque es de esperar que la financiación para Ucrania se apruebe -quizá no en los niveles deseados por Zelensky, pero sí lo suficiente para garantizar la continuación de la guerra-, la realidad es que la decepción de 2023 dificulta para el ejecutivo ucraniano movilizar recursos de sus socios a base del discurso de último esfuerzo antes de la victoria final.
La continuación de la batalla es la única opción disponible para Zelensky y su equipo, que hace más de un año cerraron la puerta a una solución negociada. Instalada en el maximalismo de la exigencia de capitulación completa de Rusia, la Oficina del Presidente continuará navegando entre el argumento de la victoria inmediata y el del peligro de derrota segura para garantizar que se mantenga el flujo continuo de armamento, munición y financiación.
Rusia, por su parte, parece haber comprendido que ha de jugar sus cartas en una guerra a largo plazo. La recuperación de la producción industrial, el mantenimiento de una agrupación lo suficientemente amplia y el control de un frente no tan extenso como hace un año y medio han garantizado el statu quo de hace doce meses. Persisten para Rusia una serie de puntos débiles, entre los que se encuentra su flota, pero también algunas de sus ciudades. Así lo demuestra lo ocurrido ayer, un ataque de artillería que costó la vida a al menos 22 civiles en el centro de la ciudad rusa de Belgorod. Pese a las constantes quejas sobre la falta de munición, Ucrania mantiene intacta su capacidad de hacer daño a Rusia en la retaguardia, tanto con el uso de misiles en Crimea como con artillería o variantes de Grad en ciudades más cercanas a la línea del frente o a la frontera.
En términos de ataque, por el momento, Moscú se ha conformado, o ha tenido que conformarse, con escasos avances limitados a Donbass, donde aún no ha sido capaz de alejar a las tropas ucranianas lo suficiente para evitar los bombardeos de Donetsk. Cuáles serán los planes defensivos y ofensivos del mando ruso a corto plazo es la principal incertidumbre para los próximos meses.
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