Tres son los principales argumentos políticos que están siendo utilizados actualmente para defender la necesidad de renovar y aumentar el flujo de asistencia económica y militar a Ucrania: la posibilidad de victoria completa contra Rusia, el temor a la derrota y el beneficio económico que supone la movilización de recursos para las economías de los países donantes. En la prensa, todos estos razonamientos están siendo presentados como parte de los intereses del Estado, sin que la posición de la población esté siendo especialmente tenida en cuenta. El motivo es evidente: a nivel nacional e internacional se da por hecho que la opinión de la ciudadanía puede resumirse en el apoyo absoluto al presidente Zelensky y a su apuesta por continuar la guerra hasta la victoria final. La idea de la unidad del pueblo ucraniano que, aunque falsa, está siendo repetida de forma constante desde el 24 de febrero de 2022 y es de gran utilidad a la hora de presentar los objetivos asumiendo que cualquier política que parta de Kiev, o incluso de Washington, parte con el favor de la ciudadanía.
Esta postura ha elegido no tener en cuenta a aquella parte de Ucrania según sus fronteras de 1991 que años atrás mostró su voluntad por dejar atrás sus vínculos con Kiev y mirar a Moscú en busca de seguridad y lazos económicos y políticos. La idea de la unidad prefiere también no tener en cuenta a la población ucraniana que huyó, no a la Unión Europea, sino a Rusia. Pese a la épica que la Unión Europea ha querido dar a su movilización para apoyar a la población ucraniana refugiada en sus países, no es Polonia como suele afirmarse, sino Rusia el país que más refugiados ha acogido. El discurso de unidad obvia también la postura de aquellas personas, especialmente los hombres en edad militar, que han huido del país para evitar el reclutamiento. Toda esa población, de Lviv a Lugansk, de Odessa a Járkov, de Mukachevo a Yalta es considerada como un pueblo unido cuya opinión está perfectamente alineada con los intereses de su Gobierno y sus aliados.
En esa labor de simplificar la guerra hasta el absurdo, la prensa ha ignorado sistemáticamente la opinión de la población de Crimea y de Donbass, justificando cualquier disidencia en el poder de la propaganda rusa. De la misma forma, los medios generalistas, el complejo de think-tanks y otros lobistas dedicados a garantizar la continuación de la guerra y las autoridades políticas han ignorado las numerosas informaciones que apuntan a que la defensa de la guerra hasta el final desciende significativamente a medida que se reduce la distancia a la línea del frente. La realidad de la guerra es que, pese a los ataques con misiles que pueden afectar a cualquier parte del territorio de la retaguardia de ambos bandos, la verdadera guerra se siente continua y totalmente en las localidades cercanas a la línea de separación, desde Jersón hasta Kupiansk y, muy especialmente debido a que se trata de la parte más poblada, en Donbass. Sin embargo, salvo contadas excepciones, el punto de vista de la sociedad ucraniana que están dando los medios de comunicación se limita a describir el ambiente de Kiev. En septiembre, por ejemplo, Thomas Friedman, uno de los columnistas estrella de The New York Times afirmaba que “un viaje a Ucrania me ha aclarado lo que está en juego”. Esa visita de 72 horas únicamente a Kiev había dejado claro para el periodista cuál es la postura de la sociedad ucraniana, obviamente favorable a continuar la guerra hasta la derrota definitiva de Rusia. Tres días en la capital habían enseñado al paracaidista Friedman todo lo que hay que saber de Ucrania.
Este tipo de planteamientos parten de la ignorancia de las especificidades regionales y de clase presentes históricamente en Ucrania, pero que el discurso de la guerra común contra Rusia ha hecho desaparecer en el momento en el que ha sido preciso justificar la mayor movilización de recursos para un esfuerzo bélico de las últimas décadas. En este contexto, especialmente ahora que Washington y Bruselas intentan aprobar los nuevos paquetes con los que financiar la guerra un año más, son especialmente útiles historias como las que contaba The New York Times este pasado fin de semana. La prensa, que nunca ha querido amplificar los movimientos de protesta contrarios a las opiniones oficiales -madres contra el reclutamiento, familiares en busca de sus seres queridos desaparecidos o las protestas económicas que, aunque limitadas en su capacidad de convocatoria, han sido reprimidas por las autoridades-, sí ha querido resaltar un movimiento que busca aumentar el peso del gasto militar.
Con manifestaciones evidentemente organizadas por una asociación supuestamente independiente que reclama “menos parques y más drones” y que en los últimos meses ha realizado numerosos actos en diferentes ciudades del país, aunque solo ha logrado reunir a varios centenares de personas en la capital, el grupo afirma que la construcción de carreteras no va a ganar la guerra y puede esperar a la victoria. Curiosamente, este movimiento que se manifiesta generalmente bajo el gran cartel de “Libertad para los defensores de Azovstal” ha adquirido presencia mediática en el momento en el que comienza a haber en Occidente dudas sobre las posibilidades de Ucrania de lograr sus objetivos y comienza a dificultarse el proceso de aprobación de nuevos fondos.
El hecho de que una parte de la sociedad, especialmente aquella vinculada a organizaciones no gubernamentales y asociaciones afines busquen más peso del gasto militar en el presupuesto del Estado no es sorprendente, especialmente en las ciudades en las que la guerra no es total y no afecta de forma tan activa a la vida diaria. Es curioso, sin embargo, que se reclame la reducción de gastos tan básicos como el de la renovación de infraestructuras, un aspecto en el que Ucrania ha quedado muy atrás y que supone un lastre para el país tanto en tiempos de paz como de guerra. Las terriblemente envejecidas infraestructuras de transporte suponen, por ejemplo, un problema logístico para el traslado de material bélico, algo que estas manifestaciones, en las que hay siempre un gran número de niños -el objetivo es lograr mayor número de manifestantes para obtener el interés mediático- no parecen haber comprendido.
La organización de estos actos tampoco parece ser consciente del patrón de gasto del Estado o del planteamiento de los presupuestos para 2024, en los que el gasto militar supera el 50% (el Ministerio de Finanzas se declaró además abierto a ampliar ese porcentaje según las necesidades, por lo que los recortes en otras partidas pueden darse por hecho). La suma del gasto militar, sanidad, educación y el servicio de la deuda -partidas en las que esos espontáneos manifestantes no exigen reducción- supone, el 85% de lo previsto para el año 2024. La insistencia en la necesidad del abandono del gasto en proyectos locales de mantenimiento de parques, calles y carreteras o infraestructuras como el metro indica que el objetivo no es otro que reducir las partidas presupuestadas para regiones y comunidades, que suponen un 8% de lo previsto para el próximo año.
Que este tipo de movimientos, que han alcanzado las páginas de los grandes medios nacionales e internacionales, se dirija contra el ya de por sí reducido presupuesto para las ciudades apunta a que se trata de una serie de actos en favor de la centralización del poder que realiza Zelensky contra instituciones o personas capaces de hacer sombra a la presidencia. No es casualidad que uno de los objetivos de este movimiento sea modificar el presupuesto de la ciudad de Kiev, cuyo alcalde se ha desmarcado en los últimos meses de las actuaciones de Zelensky. Sin embargo, nada de esto es relevante para quienes han elegido amplificar estas protestas sin tener en cuenta los detalles y presentarlas simplemente como la voluntad de un pueblo por continuar la guerra.
Comentarios
Aún no hay comentarios.