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Argumentos para la guerra

El jueves, después de permitir que se aprobara la decisión de abrir negociaciones para la adhesión de Ucrania a la UE, Hungría vetó el paquete de 50.000 millones de euros de asistencia financiera para Kiev. Al otro lado del Atlántico, las negociaciones sobre el endurecimiento de la política migratoria de Estados Unidos continúan en busca de un acuerdo que desbloquee la aprobación legislativa de los 60.000 millones de dólares en nuevos fondos de asistencia militar para Ucrania. Apenas unas horas más tarde, el líder de la mayoría Demócrata en el Senado, Chuck Schumer anunciaba una posible fecha para la votación: la próxima semana. Al contrario que en años anteriores, el legislativo no interrumpiría su actividad durante algunos días precisamente para tratar las cuestiones de la inmigración y Ucrania, temas vinculados únicamente por el interés de Biden de obligar a los Republicanos a aceptar su financiación para la guerra a cambio de concesiones en uno de sus temas fetiche. Contra pronóstico -Hungría se ha distinguido recientemente con amenazar vetar medidas que finalmente aprobaba-, parecía que la financiación estadounidense iba a ser aprobada antes que la de la Unión Europea. Sin embargo, tampoco ese desbloqueo estadounidense se ha producido y el sábado Joe Biden denunciaba que “tras desperdiciar semanas tratando de buscar un nuevo presidente del Congreso y de expulsar a sus propios miembros, los Republicanos del Congreso se han marchado de vacaciones sin financiar al Gobierno”. La aprobación de los nuevos fondos para Ucrania, que según medios como Welt prepara ya una próxima ofensiva para 2024, tendrá que esperar posiblemente hasta enero.

A lo largo de los últimos meses, a medida que ha ido quedando en evidencia el fracaso de la actual contraofensiva para la que, según Antony Blinken, Ucrania disponía de todo el material necesario, se han producido a nivel mediático campañas para justificar la renovación y continuación de los planes de apoyar a Ucrania mientras sea necesario. La prolongación de la actual guerra proxy es defendida en Estados Unidos por todo tipo de sectores, desde el centrismo más ortodoxo a la derecha más tradicional pasando por los más prolíficos columnistas. No aprobar la asistencia militar a Kiev sería un regalo de Navidad para Vladimir Putin, escribió en las redes sociales Michael McFaul, el más lenguaraz de los antiguos miembros de la diplomacia. Los argumentos que se han esgrimido en innumerables artículos e informes a lo largo de los últimos meses se han basado fundamentalmente en tres argumentos.

Los más optimistas se aferran a la idea de la victoria cercana. En este caso, es preciso continuar el suministro de material y financiación para garantizar lo que el asesor de la Oficina del Presidente Mijailo Podolyak describe como “el final lógico a la guerra”. En su opinión, la victoria ucraniana es inevitable y el único requisito es que Kiev reciba todos y cada uno de los elementos de una lista de deseos que crece mes a mes. Esta visión de la victoria en el frente es la base de un artículo publicado por Welt en Alemania en el que se afirma que Ucrania dispone aún del 95% del material blindado enviado por sus aliados para la actual contraofensiva y que ni siquiera llegó a ser utilizado debido al cambio de estrategia (una excesiva cantidad había quedado inutilizada en los campos de minas de Zaporozhie, por lo que las grandes columnas blindadas desaparecieron rápidamente en favor de grupos más pequeños menos detectables). Añadiendo el material que Ucrania exige ahora, la ofensiva de 2024 podría lograr lo que la de 2023 no logró. A esa lógica cabría preguntar por qué, si Kiev dispone aún de la inmensa mayoría del material entregado por sus socios, el país precisa de 61.000 millones de dólares adicionales de Estados Unidos para poder continuar luchando, especialmente teniendo en cuenta la afirmación de la pasada semana de que el ejército ruso ha perdido el 87% de sus tropas iniciales y un porcentaje similar de equipamiento.

Quienes defienden la opción de suministrar a Ucrania para garantizar la victoria lo hacen siguiendo estrictamente la narrativa ucraniana, que el ministro de Asuntos Exteriores Dmitro Kuleba resume este mes en un artículo publicado por Foreign Policy. En él, Kuleba enumera las tres condiciones que harán posible la victoria: “una ayuda militar adecuada, que incluya aviones a reacción, drones, defensa antiaérea, proyectiles de artillería y capacidades de largo alcance que nos permitan golpear profundamente tras las líneas enemigas; el rápido desarrollo de la capacidad industrial en Estados Unidos y Europa, así como en Ucrania, tanto para cubrir las necesidades militares ucranianas como para reponer las reservas de defensa estadounidenses y europeas; y un planteamiento realista y basado en principios ante la perspectiva de negociar con Rusia”. En otras palabras, Kiev exige más armamento y financiación tanto para armas enviadas por sus socios como para el desarrollo de una industria militar propia y el rechazo a toda negociación con Moscú. Cínicamente, el ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania justifica este último punto en la experiencia de los acuerdos de Minsk, los mismos que ahora Kiev admite que jamás tuvo intención de cumplir y que, como pudo comprobarse a lo largo de los años, saboteó desde su firma.

El segundo gran argumento para defender la continuación de la asistencia a Ucrania es el que se refiere a los beneficios que supone para los países proveedores. Este razonamiento es importante en Estados Unidos, un país tradicionalmente proteccionista y en el que hay que convencer a las bases conservadoras. Apelando a ese nacionalismo económico, columnistas como Marc Thiessen han querido resaltar, por ejemplo, “el secreto mejor guardado de la asistencia a Ucrania: gran parte del dinero se queda en Estados Unidos”. Thiessen se ha querido erigir en el representante del razonamiento de la derecha del “exigir que sea América primero” por medio de la asistencia a Ucrania.

El mismo columnista, presentador de Fox News, antiguo redactor de los discursos de George W. Bush y miembro del reaccionario think-tank American Enterprise Institute, ha añadido esta semana un nuevo argumento más acorde con el momento de la negociación y ha escrito que “un compromiso sobre la frontera sería bueno para Biden (y para Ucrania)”. Biden quiso facilitar el proceso de aprobación de los fondos para Ucrania con la política migratoria y ha logrado que el Partido Republicano encuentre en ello la forma de obtener réditos políticos.

Los alegatos del beneficio económico o político se unen a la idea planteada por Condoleeza Rice y Robert Gates -y desde entonces repetida por todo tipo de representantes políticos incluido Volodymyr Zelensky- según la cual Estados Unidos dispone de un proxy dispuesto a luchar “para que nosotros no tengamos que hacerlo”. El argumento del ejército proxy que sacrifica a los suyos para que sus aliados no tengan que luchar ha sido también uno de los más repetidos.

Finalmente, el fracaso de la contraofensiva de Zaporozhie ha hecho reaparecer la tercera tendencia que busca aumentar el suministro militar a Kiev: el peligro de la derrota. “En Ucrania, el riesgo no es una situación de bloqueo. Es la derrota”, titulaba un reciente artículo publicado por The Washington Post. En esa misma línea se muestra el más reciente análisis de uno de los principales think-tanks estadounidenses en el seguimiento de la guerra, el Institute for the Study of War. La organización ha resumido las conclusiones principales de su estudio en un hilo de 16 mensajes publicados en Twitter en el que se evidencia la mano de defensores de las guerras eternas que ha librado Estados Unidos en las últimas décadas. No en vano, uno de los autores del informe, titulado “El alto precio de perder Ucrania”, es Frederick W. Kagan, con una amplia trayectoria en think-tanks defensores de aumentar el gasto militar y de proyectar el poder estadounidense. Kagan, al igual que el resto de su familia, es un destacado firmante del manifiesto “Rebuilding American Defenses” del Project for a New American Century cocreado por su hermano Robert.

El punto de partida de esta versión es que “la conquista de toda Ucrania no es para nada imposible si Estados Unidos corta su asistencia militar y Europa hace lo propio”, por lo que “Estados Unidos tiene mucho más en juego en la guerra de Rusia contra Ucrania de lo que la mayoría de la gente cree. Mientras los estadounidenses consideran los costes de seguir ayudando a Ucrania a luchar contra los rusos en los próximos años, se merecen una cuidadosa consideración de los costes de permitir que Rusia gane”. Sorprendentemente si se piensa que el bienestar de la población de Ucrania podría ser un factor a tener en cuenta para quienes alertan de la posibilidad de conquista, este no es uno de los argumentos de Kagan y sus colegas en esta ocasión. El razonamiento se centra en las consecuencias militares que tendría para Estados Unidos la victoria rusa, que supondría la existencia de un ejército curtido en la lucha y más fuerte que en 2022, una economía en recuperación y una industria capaz de recuperarse materialmente de lo perdido en la guerra.

Frente a quienes desde el argumento de la victoria ven al ejército ruso en descomposición, Kagan y compañía alegan que “una victoria rusa en Ucrania permitiría a Rusia plantear una importante amenaza militar convencional a la OTAN por primera vez desde la década de 1990, en un plazo fijado en gran medida por cuánto vaya a invertir el Kremlin en sus fuerzas armadas”. Ante un futuro en el que una Rusia curtida en la guerra, recuperada militar y económicamente pudiera desplegar “una parte importante de sus fuerzas terrestres” en el este de Europa, Estados Unidos se encontraría ante la necesidad de tomar decisiones imposibles. “Si Rusia gana, sus fronteras con la OTAN se extenderán desde el Ártico al mar Negro, amenazando a países de la OTAN”, afirma el informe, a lo que el periodista opositor ruso, que calificaba el argumento de extraño, reaccionaba preguntándose si “no supondría el mismo efecto (con una frontera aún más larga y con una Rusia más nerviosa) la entrada de Ucrania en la OTAN” como defienden instituciones como las representadas por el clan Kagan y sus asociados.

En realidad, ninguno de los argumentos utilizados tiene mucho que ver con Ucrania, un país que parece ser una preocupación menor para quienes desean seguir financiando la guerra. “Estados Unidos tendría que estacionar en Europa un gran número de aviones furtivos, lo que probablemente obligaría a Estados Unidos a hacer una terrible elección entre mantener suficientes en Asia para defender a Taiwán y sus otros aliados asiáticos y disuadir o derrotar un ataque ruso contra la OTAN”, explica el ISW dejando claras sus prioridades. Ante esa imaginaria tesitura de tener que defender a países de la OTAN que no se encuentran bajo ninguna amenaza rusa real -Rusia busca evitar tener a la Alianza más cerca de sus fronteras, no invadirla-, “ayudar a Ucrania a mantener las líneas donde están por medio de apoyo militar occidental continuo es mucho más ventajoso y barato para Estados Unidos que permitir a Ucrania perder”.

Las tres posturas están dirigidas al aumento del gasto militar tanto nacional como en forma de asistencia incondicional y a largo plazo a Ucrania. Sin embargo, esa campaña se enfrenta al creciente escepticismo sobre las posibilidades de Ucrania de lograr sus objetivos y, sobre todo, ante la certeza del coste que supondría para Estados Unidos y sus aliados suministrar indefinidamente enormes cantidades de armamento y financiación. “La guerra de Ucrania no puede durar eternamente”, escribía el sábado un artículo publicado por The Times desde el punto de vista conservador. Aun así, la defensa de una solución no militar a la guerra o las llamadas a negociar la paz siguen limitándose a posiciones que actualmente son marginales en la Unión Europea y Estados Unidos y, sobre todo, al Sur Global, que desde 2022 ha planteado numerosas propuestas para acabar con la guerra en Europa. Por el momento, ya sea desde posiciones maximalistas, desde las de explotar un peligro que no existe para justificar el gasto militar o por los beneficios económicos que supone para los países proveedores, la guerra sigue siendo la única opción que está sobre la mesa.

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