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La culpa es del invierno

Inmune a las críticas y con un amplio apoyo de la administración Biden, el Gobierno británico y la Comisión Europea, Volodymyr Zelensky puede permitirse el lujo de no medir sus palabras y contradecirse abiertamente en su discurso sin temor a preguntas incómodas de la prensa. El presidente ucraniano ha utilizado sin tapujos ese privilegio en su último viaje internacional, que le ha llevado de su primer proveedor militar, Estados Unidos, al que, contra pronóstico, se ha convertido en uno de los cuatro pilares de la asistencia a Ucrania. En Noruega, Zelensky se ha reunido con los gobiernos de Noruega, Suecia, Finlandia y Dinamarca, que han optado por la asistencia masiva a Kiev como forma de mostrar su compromiso con la OTAN. Noruega, por ejemplo, anunció ayer un paquete de 1.800 millones de dólares en materia de asistencia militar y económica para el próximo año, un anuncio mucho más acorde con las expectativas que los 200 millones anunciados por Joe Biden.

Lejos quedan aún los 61.000 de dólares que Zelensky y el Gobierno estadounidense exigen a los Republicanos aprobar antes de finalizar el año para evitar dar un regalo de Navidad a Vladimir Putin. Según publicaron el martes por la noche varios medios estadounidenses, la administración Biden estaría dispuesta a “aumentar las detenciones obligatorias y a crear un nuevo sistema que permitiría las deportaciones masivas sin procedimiento debido”. Con ello, el Gobierno estadounidense muestra estar abierto a endurecer fuertemente las restricciones a la inmigración para lograr así su objetivo de lograr la financiación para Ucrania, Israel y Taiwán, vinculadas todas ellas a la financiación de la política migratoria. Ucrania percibiría alrededor del 60% de los fondos solicitados, un buen indicador para comprobar la importancia que sigue dando Estados Unidos a la guerra contra Rusia.

De lograr esta financiación para que el ejército pueda seguir luchando, que según las informaciones disponibles puede demorarse hasta el mes de enero, Kiev debería aún convencer a los miembros reticentes de la Unión Europea de aprobar un paquete similar con el que mantener el Estado. También ahí existe un margen de maniobra por medio de negociaciones que nada tienen que ver con Ucrania. Como publicaban ayer varios medios, Budapest valoraría contribuir al fondo de asistencia a Kiev si la Unión Europea desbloquea los 25.000 millones de euros de fondos retenidos a Hungría como medida contra la “erosión de la democracia”. El miércoles, la Unión Europea desbloqueó los primeros 10.200 millones de euros tras avalar la reforma judicial húngara, por lo que es de esperar un relativamente rápido cambio de postura del Gobierno de Viktor Orbán.

Aunque las negociaciones continúan y el objetivo de lograr los 50.000 millones de euros de la UE y los 61.000 millones de dólares de Estados Unidos puede estar al alcance de Ucrania, la demora con la que esa asistencia llegaría sigue siendo un problema para Kiev, actualmente en su momento de mayor debilidad desde que la ofensiva rusa se agotara en la primavera de 2022. Para lograr su objetivo de recibir la suficiente financiación para planear una nueva ofensiva que evite el mal trago de tener que negociar una salida dialogada a la guerra, Zelensky y su equipo están dispuestos a explotar la situación aunque ello implique utilizar falsedades, manipulaciones interesadas o constantes contradicciones. Todo está justificado para lograr el objetivo. Tal y como afirmó Lindsey Graham tras su encuentro con Zelensky, el presidente ucraniano “va a luchar hasta la última persona”.

La situación en el frente manda y es a partir de ahí desde donde Ucrania  construye su discurso, que no siempre es coherente. Aunque el cambio en la situación del frente puede observarse de forma gráfica comparando los mapas de control del territorio, que confirman que la contraofensiva ucraniana no ha logrado sus objetivos, Kiev continúa aferrándose a la idea de estar destruyendo el ejército ruso y ser la defensa de Occidente frente a Moscú. “Cada cargamento de armas estadounidenses que pagáis reduce el número de aeronaves bombardeando hospitales en Siria, tanques en la frontera con los países bálticos y Finlandia y cañones diseñados para borrar del mapa las ciudades de Europa Occidental”, escribió ayer Mijailo Podolyak, que se aprovecha, igual que Zelensky, del privilegio adquirido por Ucrania de no ser nunca cuestionado en sus declaraciones. En el párrafo anterior, el asesor de la Oficina del Presidente se había hecho eco de unos datos interesadamente filtrados como parte de la propaganda estadounidense que afirman que el 87% de los soldados con los que Rusia comenzó su campaña militar “han resultado muertos o lisiados”. Ucrania sigue sin recibir preguntas sobre sus propias bajas, pero tampoco sobre la coherencia de las cifras y el discurso. Si Rusia ha perdido, como afirma Podolyak “el 90% de su ejército anterior a la guerra”, surgen dos preguntas: ¿quién manejará los tanques de la frontera con la OTAN y por qué Ucrania no ha sido capaz, a pesar de contar con amplia financiación, de derrotar a ese diezmado ejército.

Ucrania no se ha visto tampoco ante la necesidad de explicar cómo un ejército cuyas pérdidas materiales son igualmente estratosféricas puede aún seguir luchando e incluso avanzando en el frente. Evidentemente, esos datos cocinados por Estados Unidos buscan únicamente dar la impresión de que Kiev se encuentra a un paso de la victoria completa, que será posible si el suministro de armas occidentales continúa. Sin embargo, la dinámica del frente es opuesta a Ucrania y el propio Zelensky ha descrito la nueva fase de la guerra como defensiva. Así lo hacen también todos los grandes medios, que han olvidado los titulares triunfalistas de hace unos meses para advertir del punto muerto al que se refirió Zaluzhny o directamente de la posibilidad de la derrota como esta semana sugiere The Washington Post. El cambio en la prensa es paralelo al cambio de discurso de Ucrania, que ahora afirma que no podía esperarse una victoria en una única ofensiva, a pesar de que hace unos meses, decía, como lo hizo Mijailo Podolyak en marzo, que la guerra estaría acabada en 2023.

Por suerte para Podolyak, Zelensky ha encontrado ya el porqué de la actual situación. “La situación en el frente no es de crisis”, ha afirmado estos días el presidente ucraniano, añadiendo que “en invierno, todas las operaciones se ralentizan, así que es importante contener a los ocupantes. Según las declaraciones de los generales estadounidenses y otras personas, le diré esto. En cualquier caso, no es una crisis, esto va sobre el invierno y en invierno las operaciones siempre se ralentizan: contraofensivas o defensivas”. Las palabras de Zelensky han provocado que fuentes rusas publiquen rápidamente una serie de promesas realizadas por oficiales ucranianos en los últimos meses precisamente a raíz del invierno. La ofensiva continuaría en invierno, afirmaba Budanov en octubre, alegando que todo iba según el plan, aunque con cierto retraso. Lo mismo prometía Zelensky en septiembre insistiendo en que Ucrania contaba con la experiencia del año anterior. La promesa no solo llegó de Ucrania: Charles Brown, jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos afirmó en octubre que, pese a las dificultades, las tropas ucranianas continuarían con la contraofensiva en invierno y Estados Unidos haría “todo lo que podamos para ayudar”.

Es evidente que, en invierno, las operaciones ofensivas han de limitarse a los lugares en los que es posible. De ahí que la batalla se centrara hace un año en la misma región en la que se centra ahora: Donbass, la parte más urbana del frente. Sin embargo, y aunque el presidente ucraniano no vaya a recibir preguntas incómodas al respecto, las operaciones ofensivas rusas no se han detenido y los motivos por los que Ucrania ha de atrincherarse son dos: el desgaste de la fracasada contraofensiva y los avances del ejército ruso, mucho menos fatigado que hace un año. La realidad es que no hay ya contraofensiva que continuar en invierno, de ahí que Kiev busque financiación para planificar una futura.

La incoherencia del discurso de Zelensky es tal que, pese a negar toda crisis y achacar al invierno la parálisis, advierte de que, a falta de más ayuda, «el conflicto se volverá mucho más brutal a medida que su ejército inevitablemente cede terreno ante el decidido y bien armado adversario”. La situación no es de crisis, el ejército ruso está destrozado y el único problema es el invierno, pero Zelensky advierte de futuros avances rusos. Eso sí, lo hace desde posturas extrañamente triunfalistas. En su aparición en Fox News, la cadena de noticias favorita de Donald Trump, el presidente ucraniano quiso resaltar la fortaleza de su ejército. Pese a no poder jactarse de ninguna conquista, el nervioso Zelensky alegó que “lo importante es que Rusia no ha capturado una sola aldea este año”. El bagaje ofensivo de Rusia este año es escaso, aunque lo es menos que el ucraniano. Zelensky recuerda Rabotino y Klescheevka, principales ganancias ucranianas (esta última disputada), pero parece haber olvidado las mucho más importantes ciudades de Soledar o Artyomovsk. De viaje, es posible que el presidente ucraniano no haya escuchado tampoco que su propio ejército admite la pérdida completa de Marinka, en el oeste de Donetsk, y se prepara ya para la defensa de Kurajovo y Ugledar.

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