Las dificultades se han acumulado para Ucrania y el equipo de Volodymyr Zelensky tanto en el frente como en la retaguardia. En las últimas horas, con las tropas ucranianas tratando de aferrarse a la parte occidental de Marinka y sufriendo el avance ruso en Avdeevka y los alrededores de Artyomovsk, incluso los altos mandos de las Fuerzas Armadas de Ucrania se refieren a “decisiones difíciles” en busca de proteger a las tropas. Kiev pretendía con la contraofensiva de verano consolidar la iniciativa adquirida el pasado septiembre, aunque finalmente ha logrado con su ataque entregársela a Rusia en el momento más incómodo. Los últimos meses han sido complicados en cuanto a las nuevas promesas de financiación y entrega de munición, por lo que, aunque la asistencia de la Unión Europea y Estados Unidos se concrete en las próximas semanas, el tiempo que tardará en llegar deja a Ucrania en su posición más vulnerable.
Políticamente, también Zelensky se encuentra en su momento más débil. Hace tiempo que el enfrentamiento -por motivos tácticos, no necesariamente estratégicos- entre el presidente y Valery Zaluzhny ha dejado de ser un rumor propagando por la Federación Rusa y son los medios occidentales quienes lo confirman. En Kiev, la tensión entre la presidencia y la alcaldía se ha reanudado con acusaciones cruzadas de incompetencia y la obligatoria comparación con la autocracia rusa. En vistas de un ligero retorno de la política ahora que el presidente que se construyó el personaje de héroe de guerra se encuentra en una situación que queda lejos de ser óptima, otros aspirantes a minar el camino de Zelensky a la reelección aprovechan la coyuntura para postularse. Es el caso de antiguos colaboradores como Arestovich, expresidentes como Poroshenko u opositores aún más nacionalistas y oportunistas como Goncharenko, que tratan de hacerse oír entre el ruido de la guerra y del discurso oficial. Pero quizá el elemento más preocupante para el entorno del presidente sea la aparición de artículos como el que ayer The Financial Times titulaba “Los ucranianos cuestionan los discursos de color de rosa de Volodymyr Zelensky”. La exagerada popularidad que alcanzó en 2022 el jefe de Estado de Ucrania en la parte del país bajo su control remite y las dificultades militares se unen a las económicas y sociales para crear una situación que la Oficina del Presidente solo puede solucionar con ayuda de sus socios.
En este contexto, asumida ya la completa dependencia de Ucrania de sus aliados extranjeros para continuar la guerra y también para mantener en pie al Estado, el equipo de Zelensky ha optado por una nueva ofensiva diplomática. Los actuales movimientos vienen dados en parte por el fracaso del último intento, cuando la delegación encabezada por Andriy Ermak y Rustem Umerov no logró el objetivo de desencallar la aprobación de nuevos fondos estadounidenses para Ucrania. Después de haberse lamentado amargamente del veto del presidente del Senado a la presencia de Zelensky para pronunciar un discurso en su última visita a Estados Unidos en septiembre, el presidente ucraniano canceló por voluntad propia, en el último minuto y sin una justificación clara su participación en una comunicación virtual hace apenas dos semanas. Ahora, el presidente ucraniano ha recibido nuevamente la invitación del Senado para dirigirse a los Demócratas y Republicanos que espera que finalmente desbloqueen la aprobación de los más de 60.000 millones de dólares con los que Joe Biden pretende garantizar la financiación de las Fuerzas Armadas de Ucrania al menos hasta la celebración de las elecciones de noviembre.
Todas las partes, incluida Rusia, son conscientes de que la financiación estadounidense, toda ella a corto plazo y dedicada fundamentalmente a la asistencia militar, ha decaído en los últimos meses. La ausencia de nuevos fondos, o incluso su retraso excesivo, pone en riesgo los planes de Volodymyr Zelensky y su equipo de ofrecer el país como sacrificio en nombre de la defensa de Occidente. A juzgar por las últimas informaciones publicadas por la prensa, los avances en la negociación son escasos y los Republicanos amenazan con continuar retrasando la votación hasta lograr una victoria política que poco tiene que ver con Ucrania. No está discutiéndose la idoneidad de la asistencia a Ucrania en su lucha contra Rusia, en la que hay un amplio consenso bipartidista, sino las contrapartidas que el Partido Republicano puede obtener a cambio de su aprobación. Lo que se negocia ahora son las medidas para frenar la inmigración desde el Sur Global que los Republicanos consideran suficientes para aceptar el plan de Biden de asistencia a Ucrania, Israel, Taiwán y el muro de la frontera con México. Según informaba ayer Reuters, la administración Biden “está dispuesta a dificultar la obtención de asilo en Estados Unidos como forma de reducir el número de inmigrantes que intentan cruzar la frontera». La agencia cita al senador Lindsey Graham, defensor a ultranza de Ucrania desde los años de guerra en Donbass, y afirma que las posturas aún siguen alejadas. Aunque los Republicanos aún exigen y esperan conseguir más, Reuters prevé que la votación pueda producirse a principios de 2024.
El segundo frente que ha abierto la diplomacia ucraniana esta semana está dirigido a la Unión Europea. El problema, en este caso, es doble para Ucrania y no se limita a la parte económica sino que es también política. En lo político, Kiev busca acelerar el inicio de las negociaciones para la adhesión del país al bloque. Para ello, Ucrania argumenta estar cumpliendo con todas las recomendaciones realizadas. La última es la modificación de las leyes para permitir el uso de las lenguas de las minorías en el país. El Gobierno ucraniano se felicita ahora por haber aceptado la recomendación de la Comisión de Venecia de permitir los derechos de la minoría húngara en la educación o en los medios de comunicación, difícilmente una gran concesión teniendo en cuenta que esas leyes estaban dirigidas a apartar del espacio público específicamente a la lengua rusa. Esos supuestos avances en la adopción de legislación acorde a los estándares de la UE son suficientes para que el ministro de Asuntos Exteriores, Dmitro Kuleba, afirmara ayer una vez más que Ucrania está dispuesta a hacer lo que haga falta para acelerar su adhesión.
“Todas las recomendaciones importantes de la Comisión de Venecia se han incorporado a la legislación ucraniana”, insistió Kuleba, que añadió que “podemos saltar y bailar, si se pide eso también. Pero tenemos que jugar honestamente. Si se nos dice que hagamos algo y lo hacemos, eso debe constar como resultado”. Ucrania exige una serie de beneficios que la UE no ha ofrecido a otros países. Así lo afirmó ayer Eslovaquia, que se ha unido a Hungría en la postura de que Kiev no cumple los requisitos de acceso y espera que no se ofrezca a Ucrania un camino privilegiado al margen de las exigencias que Bruselas ha hecho a otros países en el pasado.
Además de las reticencias políticas de varios países al acceso privilegiado que Kiev espera de Bruselas, el equipo de Zelensky sufre también para lograr que la UE apruebe otra partida de 50.000 millones de euros para mantener a flote al Estado. Es Hungría quien amenaza en este caso con bloquear la medida. De forma que no parece casual, Zelensky coincidió en Buenos Aires con Viktor Orbán. Ambos fueron dos de los escasos jefes de Estado y de Gobierno presentes en la toma de posesión de Javier Milei. Aunque el líder ucraniano y el argentino comparten ideología económica, es probable que convencer a Orbán de no obstaculizar la asistencia europea fuera el verdadero objetivo de Zelensky. Pero el viaje de Zelensky no fue completo y no logró otro acto de relaciones públicas al ser rechazado su encuentro con el presidente de Brasil. A última hora y en un lugar y horario que carecían de sentido, el presidente ucraniano quiso ser recibido para una reunión sin agenda previa por Lula Da Silva en el aeropuerto durante su escala de apenas dos horas en el país.
Zelensky no obtuvo una imagen junto al presidente brasileño, pero sí fue uno de los protagonistas de los actos en Buenos Aires. De ahí viajó a Estados Unidos, donde junto a Lloyd Austin insistió en que no puede haber una salida diplomática al conflicto ucraniano. El razonamiento del país que saboteó durante años el único acuerdo de paz existente y que prefirió apostar por la guerra en lugar del compromiso siempre es el mismo: Vladimir Putin no quiere la paz. De ahí que el presidente que prohibió por decreto negociar con el presidente ruso siga buscando lo mismo que exigía en su anterior visita a Joe Biden: más financiación y más armamento para continuar luchando hasta la victoria final. Hace un año lo hacía prometiendo un gran avance en el frente y hace seis meses porque aún había tiempo para lograr los objetivos planteados para este verano. Ahora, la solicitud de miles de millones más se produce ante la certeza de que los planes han fracasado y con Ucrania más desgastada política y militarmente. Pese a todo, el discurso continuará siendo el mismo.
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