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La negociación y la cuestión territorial

En su comentada entrevista, David Arajamia, líder de la facción parlamentaria del partido de Zelensky y cabeza de la delegación ucraniana que negoció durante semanas con la Federación Rusa una resolución al conflicto rusoucraniano en marzo de 2022, mencionaba tanto las exigencias rusas para alcanzar un acuerdo como los factores que habían influido en la decisión de Kiev de romper las negociaciones. Desde la experiencia de quien participó en todo el proceso, Arajamia mencionaba la cuestión de la OTAN y la exigencia de neutralidad como principal motivo de la intervención militar rusa y también exigencia prioritaria para la delegación rusa. Es más, en su opinión, el resto de exigencias eran simple palabrería.

Al otro lado de la mesa de negociación, siempre cerca de Arajamia, se encontraba Vladimir Medinsky, exministro de Cultura de la Federación Rusa y líder de la delegación enviada por Moscú. Medinsky, que quedó ridiculizado minutos después de anunciar de forma prematura un principio de acuerdo con la delegación ucraniana, ha guardado silencio durante meses sobre lo ocurrido en Estambul y en las reuniones previas que hicieron posible aquella cumbre, aunque en esta ocasión ha querido responder a su homólogo ucraniano. En el relato de Arajamia, que da a entender que Rusia estaba dispuesta a regresar a las fronteras del 24 de febrero de 2022, estaba completamente ausente toda exigencia territorial, que sí reaparece en la respuesta de Vladimir Medinsky, que recuerda que, como afirmó aquel día, “entre las exigencias incondicionales por nuestra parte estaba el reconocimiento de la soberanía rusa sobre Crimea, y luego la independencia de las repúblicas del Donbass”.

Como se ha insistido a lo largo de los años, el conflicto ucraniano cuenta con tres aspectos diferenciados aunque directamente vinculados: un factor de guerra civil entre Donbass y Ucrania que debía resolverse por la vía de Minsk, un creciente conflicto entre Kiev y Moscú y las contradicciones entre la Federación Rusa y Estados Unidos fundamentalmente a raíz de la expansión de la OTAN hacia el este. Después de la experiencia del proceso de Minsk, en el que Ucrania saboteó, como admite ahora abiertamente, todo avance político sin intención de cumplir con sus compromisos, es inverosímil creer que Rusia no buscara resolver la cuestión territorial existente entre los dos países. Lograr que Ucrania aceptara oficialmente la pérdida de Crimea, territorio que, según la “declaración Crimea”, Kiev había anunciado que buscaría recuperar por todos los medios a su alcance, de ninguna manera puede considerarse una cuestión menor. Tampoco lo era ya en aquel momento conseguir que Ucrania renunciara a Donbass, cuya independencia había sido reconocida el 22 de febrero de 2022 por Vladimir Putin. Aquel reconocimiento implicaba el compromiso de defender esas Repúblicas, algo a lo que Rusia no podía renunciar apenas un mes después y tras haber capturado parte de esos territorios antes bajo control de Kiev.

En aquellas semanas, las tropas republicanas apoyadas por las rusas – el ejército regular ruso se centraba entonces en Kiev, Járkov y avanzando desde Crimea por el sur, con los ejércitos de la RPD y la RPL soportando el grueso de la lucha en Donbass- habían logrado avanzar fundamentalmente en dos direcciones. Prácticamente sin lucha tras la retirada ucraniana, la República Popular de Lugansk capturó lugares especialmente significativos por la importancia que habían adquirido en la guerra como Stanitsa Luganskaya y Schastie. En Donetsk, con la parte ucraniana mucho más fortificada, los avances fueron menores, aunque la aproximación a Mariupol se produjo con cierta rapidez. El 12 de marzo, tras una dura batalla, las tropas de la RPD tomaron Volnovaja, que también había sido un foco de lucha a lo largo de los años de guerra en Donbass.

Las declaraciones, los actos y las exigencias rusas en el momento de la negociación sugieren que sus aspiraciones territoriales no implicaban de ninguna manera la ocupación de toda Ucrania, ni siquiera aquellos territorios en la parte sur del Dniéper. El avance de esas semanas supuso también la creación del corredor terrestre a Crimea, que había sido un tema periódicamente repetido a lo largo de los años, pero que en el relato de Arajamia desaparece completamente. El principio de acuerdo que Medinsky creyó tener con Arajamia implicaba que Ucrania no conservaría esos territorios de Donbass y aceptaría la pérdida definitiva de Crimea. Sin embargo, el hecho de que los territorios de Jersón y Zaporozhie no fueran mencionados dejaba claro que quedaban bajo las garantías de seguridad que Kiev obtendría de Rusia y toda una serie de países. En la práctica, esas garantías representaban las nuevas fronteras, por lo que, de forma implícita, Rusia aceptaba retirarse de esos territorios.

Un mes después del inicio de su intervención militar, la cuestión territorial debía ser un tema destacado en las negociaciones. Así lo argumenta ahora Medinsky, cuyas palabras son coherentes con el principio de acuerdo anunciado y con el borrador publicado meses después de la ruptura de las negociaciones por el medio opositor ruso Meduza.

La versión de Medinsky confirma los dos aspectos prioritarios para Rusia, entre los que se encontraba, junto a la renuncia a la OTAN, la resolución de la cuestión territorial. No había maximalismos en las exigencias rusas, que no iban más allá del territorio ya bajo su control desde 2014 y el de la RPD y la RPL, cuya independencia había reconocido y para las que buscaba un paso similar por parte de Kiev. En ambos casos, Rusia chocaba con la falta de reconocimiento internacional y los argumentos basados en el derecho internacional, aplicados siempre de forma selectiva: Estados Unidos y gran parte de sus aliados han defendido la independencia unilateral debía ser aceptada en el caso de Kosovo, pero no en el caso de Crimea. A ese argumento se suma ahora el deber de apoyar a Ucrania en la lucha contra la ocupación de parte de su territorio, algo que se niega también a la población palestina bajo la ocupación israelí. La certeza de que no iba a haber una reconocimiento internacional a la anexión de Crimea o la independencia -o posterior anexión- de Donbass, la única opción para Rusia era lograr un tratado en el que Ucrania diera por concluida la cuestión.

En sus declaraciones, David Arajamia ha preferido centrarse en la cuestión militar y restar importancia al aspecto político territorial, tan importante para Rusia como lograr detener la expansión de la OTAN hacia el este. De esta forma, quien liderara la delegación ucraniana en la cumbre de Estambul, única oportunidad real de la que Kiev y Moscú han dispuesto para detener la guerra y resolver el conflicto, ha evitado preguntas incómodas. Arajamia ha mostrado las reticencias de Kiev a aceptar la exigencia rusa de renuncia a la adhesión a la OTAN, pero no ha tenido que enfrentarse a la pregunta de si Ucrania estuvo en algún momento dispuesta a aceptar, cuando menos, la pérdida de Crimea, donde la población había mostrado ya su completo rechazo al Estado nacido de Maidan.

En cualquier caso, y aun aceptando que, como describe Medinsky, había exigencias territoriales, las palabras de Arajamia confirman que no existían por parte de Rusia las ambiciones imperiales a las que a menudo se refiere el Gobierno ucraniano. Demostrando que la entrevista del negociador ucraniano ha molestado más en Ucrania que en Rusia, Mijailo Podolyak insistía ayer en esos argumentos. “Rusia, al iniciar deliberadamente una guerra a gran escala en Ucrania, estaba impulsada únicamente por un deseo inequívoco de borrar por completo la capacidad de actuación y la soberanía de Ucrania, de apoderarse, absorber y devastar tanto territorio ucraniano como fuera posible, y de instalar un gobierno títere al timón del devastado país, dejándolo totalmente dependiente de los deseos y planes de Rusia”, escribió ayer en sus redes sociales. El asesor de la Oficina del Presidente calificó también de “intento de justificar la agresión, eludir la responsabilidad, eximirse de las acusaciones de agresión unilateral con claras intenciones genocidas” “cualquier declaración del país agresor sobre negociaciones o afirmaciones de que la Federación Rusa nunca tuvo intención de conquistar Ucrania”. Duras palabras teniendo en cuenta que se trata de las mismas ideas planteadas, no por el Estado agresor, sino por uno de los altos cargos del partido del presidente ucraniano Volodymyr Zelensky.

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