Entrada actual
Donbass, DPR, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, LPR, Minsk, Rusia, Ucrania, Zelensky

Juego diplomático-militar

El fracaso de las tropas ucranianas en su intento de romper el frente y recuperar una parte importante de territorios poniendo en peligro la seguridad o el control ruso sobre Crimea han causado en las últimas semanas la aparición de sugerencias sobre la necesidad de buscar una resolución negociada al conflicto. Al contrario que hace un año, estas propuestas no proceden de sectores alternativos sino del propio establishment de la política exterior de Estados Unidos. The Wall Street Journal ha llamado a olvidar el “pensamiento mágico”, y Richard Haas, expresidente del Council of Foreign Relations, propone una negociación que acepte la pérdida de territorios para que el Gobierno ucraniano pueda centrarse en la recuperación económica y el fortalecimiento de aquellos que mantiene. La posibilidad de negociación ha aparecido incluso en las comunicaciones de la OTAN, que hace unos días escribió en sus perfiles oficiales de redes sociales que uno de sus objetivos era precisamente colocar a Ucrania en posición de fuerza ante una futura negociación, cuyo inicio dejaba en manos de Kiev. Como ha reconocido en una entrevista publicada en las últimas horas David Arajamia, líder del grupo parlamentario del partido de Zelensky, Ucrania no se encuentra actualmente en posición de negociar.

La actual contraofensiva, que no ha supuesto el punto de inflexión que los países que financian el esfuerzo bélico ucraniano deseaban, ha evidenciado cuál es el equilibrio de fuerzas y pese al discurso triunfalista que aún quiere mantener Kiev, no favorece a Ucrania. Rusia se había visto debilitada en su posición política tras la retirada de los territorios del norte, que en realidad era la admisión de que el plan inicial había fracasado, y especialmente por las dos derrotas militares en Járkov y Jersón. Sin embargo, la apuesta de Ucrania para 2023, la contraofensiva para luchar por la costa del mar de Azov, se ha planteado de tal manera que, para Moscú, el simple mantenimiento de la línea del frente supone una forma de victoria y refuerza notablemente su posición. Ucrania ha contado este año con un flujo de armamento y financiación difícilmente repetible. Aun así, el frente se mantiene estable en lo que incluso el general Zaluzhny ha calificado de “punto muerto”. La falta de fortaleza militar se traduce directamente en debilidad diplomática ante una posible negociación. De ahí que las autoridades ucranianas hayan comenzado ya a actuar como grupo de presión en busca de la financiación para la futura ofensiva de 2024 con la promesa de que, esta vez sí, supondrá, según Andriy Ermak, el punto de inflexión definitivo.

“Rusia se sentará inmediatamente en la mesa de negociación en cuanto les llamemos”, ha afirmado en relación con la posibilidad de negociar David Arajamia. Su postura, que ve deseos de negociar de Moscú, contrasta con la del liderazgo de su partido, que siempre se ha escudado en la idea de la falta de voluntad rusa. Sin embargo, es la realidad de la guerra y el equilibrio de poder el que determina esa postura ucraniana. “Todo el liderazgo de Ucrania, tanto el militar como el político, está a favor de luchar”, añadió Arajamia para explicar “¿por qué? Porque no podemos sentarnos en una mesa de negociación ahora. Nuestra posición negociadora es muy mala. ¿Para qué vamos a sentarnos ahora?”

Las palabras de Arajamia prueban algo evidente: Ucrania no ha conseguido una fuerza militar suficiente para imponer su postura en unas negociaciones que, actualmente, implicarían sacrificios que Kiev no está dispuesta a conceder. En este sentido, el paralelismo con lo ocurrido en el proceso de negociación de marzo y abril de 2022 es claro. En la entrevista, Arajamia se refiere también a aquel proceso, a sus resultados y a los motivos por los que no hubo acuerdo. Sus declaraciones son especialmente importantes, no solo por su puesto al frente de la delegación ucraniana, sino por la cantidad de rumores que se han producido a lo largo del último año y medio sobre aquella cumbre y los motivos de la ruptura de las negociaciones.

Pocos meses después del rechazo ucraniano a los términos negociados en Estambul, Ukrainska Pravda concedió a Boris Johnson el crédito de haber hecho descarrilar un posible acuerdo explicando a Zelensky que Occidente no aceptaría el acuerdo aunque Ucrania lo hiciera. Más adelante, las palabras del exprimer ministro israelí Naftali Bennett sobre la cercanía de un acuerdo y el rechazo de Estados Unidos a negociar fueron interpretadas como una orden directa de ruptura de las conversaciones. Finalmente, el excanciller alemán Gerhard Schöeder, que medió también entre los dos países en aquellos meses, insistió en el poder que tenía Washington sobre todo lo que ocurría en el proceso. La suma de los tres argumentos ha dado lugar a un relato según el cual Rusia y Ucrania habrían estado cerca del acuerdo definitivo o que incluso lo habrían alcanzado, pero la intervención occidental obligó a Kiev a renunciar a él para centrarse en la guerra como única vía aceptable para la resolución del conflicto. Esa narrativa ha sido siempre matizable, pero algunas de las declaraciones de David Arajamia apoyan la teoría de que, además de la voluntad occidental de luchar contra Rusia hasta la victoria final o hasta el último ucraniano, tampoco las autoridades de Kiev buscaron realmente un acuerdo.

En Estambul y en las conversaciones previas que dieron lugar a la cumbre, Rusia y Ucrania negociaban sobre tres puntos principales: la cuestión territorial, la OTAN y las garantías de seguridad. Ya en aquel momento fue evidente que ese último aspecto implicaba una negociación entre Kiev y Moscú sobre aspectos que concernían a terceros países que, por medio de filtraciones a la prensa, habían dejado claro que no cumplirían. Es el caso de Estados Unidos, que filtró a la CNN no estar dispuesto a dar a Ucrania las garantías de seguridad que estaban siendo planteadas en la negociación. Las palabras de Arajamia lo confirman. Kiev precisaba de unas garantías de seguridad que dependían del exterior. “Nos aconsejaron que no entráramos en efímeras garantías de seguridad que no se podían dar en aquel momento”, ha explicado el líder de la delegación ucraniana en Estambul. Arajamia confirma también lo expuesto por Schroeder sobre la comunicación con Washington, que conocía los detalles de las negociaciones y disponía de los borradores de acuerdo. “Les consultamos, por supuesto, porque entendíamos que no luchábamos solos en esta guerra”; explica el líder de la delegación ucraniana en Estambul. Ya entonces, Ucrania era consciente de que luchaba en una guerra proxy. Aunque Arajamia niega que los socios occidentales de Ucrania dieran algo más que recomendaciones, sus palabras denotan el desinterés occidental por la búsqueda de un acuerdo y la negativa a ofrecer a Kiev las garantías de seguridad que exigía, lo que hacía inviable el proceso de negociación.

Las negociaciones implicaban también la determinación de las fronteras y una búsqueda de acomodo para la cuestión territorial. El principio de acuerdo anunciado por Vladimir Medinsky, que encabezaba la delegación rusa y quien aún no ha dado su versión sobre lo ocurrido en Estambul, implicaba la aceptación implícita de Ucrania a la pérdida de Crimea y Donbass, donde no entrarían en vigor las garantías de seguridad rusas y occidentales. Como quedó claro rápidamente con un tuit publicado por Mijailo Podolyak nada más anunciarse el principio de acuerdo, tampoco este aspecto era factible. Al contrario que lo sugerido por Medinsky, Podolyak invertía el argumento para afirmar que la cuestión de Crimea volvía a ponerse en la agenda. Esa postura por parte de una de las personas que habían participado en la negociación y que dinamitaba el principio de entendimiento es suficiente para observar que al menos una parte de la delegación ucraniana compartía la voluntad occidental de rechazar un acuerdo.

Así lo confirman también las palabras de David Arajamia, que se centran en dos de los tres aspectos que él mismo negoció con Vladimir Medinsky: la cuestión de la OTAN y las garantías de seguridad. “Realmente esperaban, casi hasta el último momento, que nos obligarían a firmar ese acuerdo para que adoptáramos la neutralidad. Eso era lo más importante para ellos. Estaban dispuestos a poner fin a la guerra si aceptábamos, como hizo Finlandia en su día, la neutralidad y nos comprometíamos a no entrar en la OTAN”, ha explicado, dejando claro que esa era la prioridad de Rusia, pero sugiriendo también que el acuerdo nunca estuvo tan cerca. Arajamia apunta a tres argumentos por los que no fue posible: la necesidad de modificar la Constitución para eliminar las aspiraciones atlantistas, la desconfianza en que Rusia fuera a cumplir la retirada de tropas que prometía y la intervención de Boris Johnson afirmando que “luchemos”. Frente a la idea de que fue Boris Johnson, en representación del bloque occidental, quien marcó el camino, las palabras de Arajamia muestran una versión más matizada con dudas sobre la viabilidad del acuerdo en la propia delegación ucraniana.

Esas dudas muestran también las intenciones de Ucrania. Las dificultades para modificar la Constitución surgen únicamente en los momentos en los que han de introducirse medidas que apuntan al compromiso con la parte no nacionalista del país. Sucedió así en el caso de Minsk, cuando Ucrania rechazó completamente la posibilidad de introducir las enmiendas sobre el estatus especial para Donbass en la Constitución y se convirtió en argumento para rechazar el acuerdo con Rusia en el caso de retirar de la Carta Magna las ambiciones atlantistas introducidas sin ningún problema político o moral (no había una mayoría popular de apoyo a la OTAN en el país). Algo similar puede decirse del argumento de Arajamia sobre la falta de confianza en que Rusia fuera a cumplir con sus compromisos. En realidad, la nota que Arajamia da a la delegación ucraniana en Estambul (ocho sobre diez) y el motivo de ese notable algo, que Rusia se retirara de Kiev como había prometido, es la admisión implícita de que Rusia no solo estaba dispuesta a cumplir su palabra sino que ya había comenzado a hacerlo.

El argumento de la confianza es también de doble dirección. El precedente de Minsk indica que fue Ucrania y no Rusia quien saboteó la implementación de los acuerdos, que le habrían devuelto el territorio de Donbass a cambio de unas contrapartidas políticas perfectamente asumibles pero que Kiev rechazó como inaceptables. Desde la invasión rusa, Ucrania no esconde ya que se negó durante años al cumplimiento de los compromisos adquiridos con su firma en los acuerdos de Minsk, algo que se repitió de forma clara en el proceso de Estambul. En su relato sobre el proceso de negociación, Arajamia califica de primer objetivo el mandato de Zelensky de “que sientan que pueden hablar con nosotros”. De ahí que fuera una figura moderada quien encabezara la delegación en lugar de, por ejemplo, Oleksiy Reznikov, viejo conocido del proceso de Minsk, cuya labor fue dilatar las negociaciones indefinidamente. “El segundo objetivo”, añade Arajamia para relatar algo que también fue evidente en su momento pero que sigue siendo ignorado, “era ganar tiempo. En realidad éramos la cortina de humo de las Fuerzas Armadas de Ucrania. Entablábamos largas discusiones con ellos, unas veces alargábamos el tiempo cuando era necesario y otras, al contrario, lo acortábamos, les dábamos la sensación de que estaban ganando las negociaciones. Es decir, es un juego táctico, consultando constantemente con las Fuerzas Armadas, cuáles son sus planes, hacia dónde van y cómo”.

El rechazo ucraniano a la implementación de Minsk supuso la cronificación del estado de guerra y el riesgo de que estallara un conflicto aún más amplio. La ruptura por parte de Ucrania de las negociaciones de Estambul consolidó también el statu quo, abocó a la guerra a la escalada que se observó a lo largo del verano y condenó al conflicto a la vía militar como única salida viable. De forma consciente, Kiev dilató las negociaciones para favorecer a las Fuerzas Armadas de Ucrania y para dar tiempo a sus socios para movilizar recursos y comenzar el flujo de armamento y financiación para el esfuerzo bélico. La intervención de Boris Johnson -cuyas palabras no solo reflejan la voluntad de luchar hasta el último ucraniano, sino que Occidente aportaría las armas para ello- fue solo un factor más en una decisión en la que Kiev y sus socios estaban de acuerdo. Las palabras de Arajamia sobre los factores que llevaron al rechazo del acuerdo de paz con Rusia no muestran una imposición de Occidente, sino una decisión consciente por parte de Ucrania y sus socios de elegir la vía militar en busca de una victoria completa. Para el Gobierno ucraniano, una parte importante de esa idea de victoria ha sido siempre el acceso a la OTAN, tan importante, si no más, que la adhesión a la Unión Europea.

No era necesaria una imposición de Boris Johnson para convencer a Kiev a no renunciar a ese objetivo, aunque sí era preciso que Occidente prometiera entregar las armas necesarias para seguir luchando. Esas armas siguen siendo la base política del Estado ucraniano actualmente, por lo que las actuales palabras de Arajamia, que ha mantenido silencio durante meses, tienen un significado claro: Occidente prometió apoyar a Ucrania en su lucha hasta la victoria militar y tiene que continuar haciéndolo.

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Reportes del frente archivados.

Registro

noviembre 2023
L M X J V S D
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930  
Follow SLAVYANGRAD.es on WordPress.com

Ingresa tu correo electrónico para seguir este Blog y recibir notificaciones de nuevas noticias.

Únete a otros 2.261 suscriptores

Últimos resúmenes del frente

Estadísticas del Blog

  • 2.517.043 hits