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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Ucrania

Un día en la ciudad militar

Artículo Original: Denis Grigoriuk

Había llovido todo el día anterior. En algunas zonas, caía nieve, aunque no consiguió cuajar. Era la primera nieve del año, que no ha llegado hasta la segunda semana de noviembre. El otoño ha sido tan cálido que parecía que la nieve no podría esperarse hasta febrero. Al margen del viento, el día resultó ser tranquilo, sin cañonazos, sin trabajo de las defensas aéreas ni sonidos de llegadas, nada que recordara que esta es una ciudad militar. El silencio se explicaba por el clima nublado, que dificulta el vuelo de los pájaros, así que la artillería de ambos bandos estaba escondida esperando las alas. Los días tan tranquilos son una anomalía en el Donetsk moderno. Decirlo es como una maldición, enseguida te encontrarás con que el silencio queda roto en pedazos por el ruido de la explosión de una bomba. Así que nos lo guardamos dentro para no retar al silencio.

Llovió hasta el lunes por la mañana. Temía imaginar lo que podía estar ocurriendo en esos momentos en las trincheras de la zona industrial de Avdeevka, donde la lucha continúa y las tropas rusas lenta pero sistemáticamente expulsan a las ucranianas de las posiciones que ocupan en los alrededores de la ciudad. Recuerdo cómo, en noviembre de 2017, en los alrededores de Gorlovka, el barro se me pegaba bajo las botas y cada paso en la trinchera hacía parecer que las piernas se iban a hundir definitivamente. Es imposible moverse con rapidez en esas condiciones, aunque conseguimos hacerlo para huir de una granada ucraniana. Si quieres vivir, tienes que tener la fuerza para hacerlo. Al final, el coche nos llevó a Donetsk a pesar de que apenas le quedaban ruedas de sortear los restos de metralla.

Por aquel entonces, el contraste entre la línea del frente y la retaguardia que era el centro de Donetsk no parecía sorprendente. Toda la población estaba acostumbrada a que la guerra se limitaba a la línea de contacto. Se creía que era uno de los años más tranquilos, aunque en realidad había batallas diarias igual que en los años calientes. Este día tranquilo parecía devolvernos al periodo en el que parecía que la guerra estaba en un lugar lejano y había una semblanza de tranquilidad. Solo los soldados que volvían del frente, cuyas botas estaban cubiertas de una gruesa capa de barro y tenían una mirada cansada, nos recordaban que las cosas eran muy difíciles en el frente.

En los días tranquilos como este, es posible distraerse del día a día militar, centrarse en problemas corrientes y volver a la realidad militar solo a través de Telegram, donde siguen apareciendo los mensajes sobre la batalla de Avdeevka. Tiene un punto de peligrosa despreocupación, hay que admitirlo, pero no se puede vivir sin ella. Si no, nos explotaría la cabeza.

Después de medianoche, se hizo sentir la artillería. Las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa continuaban avanzando en dirección a Avdeevka. Eso podría suponer la reactivación de la artillería desde ese lado y que las bombas volvieran a caer sobre la infraestructura civil de Donetsk. Cualquier residente en Donetsk es consciente de que, en caso de problemas para las tropas ucranianas en el frente, inmediatamente empieza a haber bombardeos en las ciudades de la RPD. Es un hecho militar. No se puede dar por hecho que se producirá sobre algún “objetivo legítimo”. No había lógica en los bombardeos antes y parece que en estos años tampoco ha aparecido.

Sin embargo, el lunes la ciudad volvió al a vida tras un fin de semana lluvioso y relativamente tranquilo (aunque el sábado fue bombardeado el distrito Petrovsky con ayuda de drones). Saltando sobre los charcos, la población de Donetsk se dirigía a sus trabajos. No había nadie en la parada del tranvía. Pensé que sería por los bombardeos de hace unas semanas, porque quizá la población tenga miedo de pasar por ahí ahora, pero pensé en preguntar qué pasaba.

Me acerqué al edificio destruido del Departamento de Trabajo y Protección Social. Estaba rodeado y contrachapado. La protección escondía los ladrillos rotos, las vigas colapsadas y las consecuencias del impacto de proyectiles HIMARS estadounidenses. Los pisos superiores ya no existen, están completamente destruidos. En un edificio residencial cercano, las ventanas han sido sustituidas por las nuevas placas dobles de plástico. El perro guardián del lugar en el que una vez empezó a construirse el metro de Donetsk se echó a ladrar al ver que el tranvía se acercaba por la calle más grande. Antes, el tranvía pasaba junto al edificio, pero debido a ese ataque ucraniano, ahora la última parada está un poco más lejos. No se puede decir que sea mucho más seguro, ya que a cincuenta metros de ese lugar hubo un bombardeo este verano. Pero Donetsk también se está adaptando a esto, igual que al resto de restricciones que implica la guerra. De alguna manera, la ciudadanía se ha adaptado a los problemas con el suministro de agua y calefacción y no es difícil caminar un par de centenares de metros más lejos hasta la parada del tranvía. No importa que ya hayan explotado proyectiles en ese lugar. En Donetsk, los bombardeos pueden ocurrir en cualquier lugar y en cualquier momento: en casa, en el trabajo, circulando por la ciudad. Los restos de metralla en las ventanas se pueden encontrar en toda la ciudad, sean recientes o de hace tiempo. Solo la población local recuerda bien las fechas de los bombardeos.

Cada lugar de la ciudad parece gritar “Memento mori”. Ahí está el bulevar Pushkin, donde la gente pasea con sus perros, va a los cafés, hace cola en la oficina de Fénix. Justo al lado hay un restaurante caro en el que desentona una parte del pavimento. Está demasiado nuevo y el color es completamente diferente. Lo restos de metralla son perceptibles en su alrededor, aunque el efecto de la bomba ya no sea perceptible. Al lado de este lugar hay peluches, zapatillas de punta y figuras de una pequeña bailarina colgadas en un árbol. En este lugar murió Katya, de 12 años, que paseaba con su abuela hacia la ópera en día del funeral de Korsa. Ahora recuerdan aquella tragedia el mejorado memorial y los restos en la acera.

Mirando a Donetsk, parece que toda la población intenta evitar pensar en posibles bombardeos, que piensan en otra cosa aunque sean conscientes de lo inevitable de que ocurran. Ponerse en el lugar de una víctima de otros bombardeos no es fácil, pero antes o después tendrás que enfrentarte a ello. Hasta entonces, hay que vivir sin mirar atrás. Hay un contrapeso a esta forma de vivir: se puede tener la impresión de que la muerte, la guerra y el horror están en algún lugar cercano, pero no te afectan directamente. Todo cambia exactamente en el momento en el que se es testigo de algo trágico. La realidad te golpea y vuelve a poner las cosas en su sitio. El frente es el único lugar en el que nunca se olvida la muerte, porque no es que esté cerca, sino que duerme en la habitación contigua y espera al acecho para cobrarse una vida.

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