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Un millón de promesas

El 7 de noviembre, la prensa estadounidense informaba de que el ejército estadounidense precisa de la aprobación del Congreso de una partida de “3.100 millones de dólares para adquirir proyectiles de artillería de 155 milímetros y expandir rápidamente la producción para reponer las existencias agotadas por los envíos a Ucrania y ahora a Israel”. Las constantes duas sobre las capacidades rusas de reponer el material perdido en la guerra y suministrar la munición necesaria para continuar luchando han sido uno de los temas recurrentes en la prensa durante meses, pero esas dificultades no son únicas a la Federación Rusa. El tiempo transcurrido, la intensidad de la guerra y la creciente certeza de que el conflicto, convertido ya en una guerra de trincheras más parecida a la Primera Guerra Mundial que a la Segunda, ha de ser entendido como algo a largo plazo ha minado también los recursos occidentales, a menudo presentados como ilimitados.

Occidente ha alegado desde febrero de 2022 que Rusia no estaba capacitada para soportar una guerra convencional de larga duración, por lo que, en los primeros meses desde la intervención militar rusa, tanto Estados Unidos como Bruselas se mostraron confiados en que el tiempo corría a favor de Ucrania. El uso intensivo de artillería y de misiles haría necesario reponer ese material, para lo que la industria rusa, sometida a sanciones que harían imposible su funcionamiento, no estaría preparada. Ucrania, por su parte, disfrutaría de la ventaja de contar con una industria descentralizada, es decir, fuera de sus fronteras y, por lo tanto, fuera del alcance de los ataques rusos. Esa carencia de industria propia, destruida por los años de reformas capitalistas o por la propia guerra, sigue siendo presentada como un activo para Ucrania, ya que se asume la superioridad de la industria de las suma de los países de la OTAN con respecto a Rusia, cuya industria ha de proveer a las tropas de equipamiento, armamento y munición.

Mucho se ha comentado en los últimos meses, especialmente desde que se han producido muestras públicas de acercamiento entre los dos países vecinos, sobre la colaboración de la República Popular de Corea y la Federación Rusa. Fuentes del Departamento de Estado de Estados Unidos y del Gobierno ucraniano comenzaron hace meses a condenar el suministro de munición de artillería norcoreana a Rusia, algo que, pese a no haberse siquiera comprobado, fue utilizado como argumento para afirmar la incapacidad rusa de suministrar a sus tropas. Aun así, en una guerra en la que la artillería es una de las principales bases tanto de la defensa como del ataque, las tropas rusas han logrado defenderse de las ucranianas.

Después de miles de millones invertidos en armamento y munición, fuentes occidentales se han jactado de haber logrado, al menos en momentos concretos, equilibrar el campo y limitar la superioridad artillera rusa. Durante varios días de la actual ofensiva, esas fuentes afirman que Ucrania logró incluso superioridad con respecto a la artillería rusa en términos de proyectiles utilizados, algo que se interpretó como una prueba más de la decadencia militar rusa y la supremacía del armamento occidental. Sin embargo, ese uso intensivo de la artillería en el ataque ucraniano, ahora también de bombas de racimo en el frente y contra zonas residenciales de ciudades como Donetsk, no se ha traducido en avances territoriales y sí en carencia de proyectiles que enviar a Ucrania. Pese a las burlas sobre los proyectiles de artillería que Kim Jong Un habría enviado a Rusia, ha sido Estados Unidos quien ha suministrado ese material, no a Rusia, sino a Ucrania. En julio de este año, Financial Times afirmaba que “Ucrania dispara proyectiles norcoreanos para estallar posiciones rusas”. El medio, al que las tropas ucranianas habían mostrado la munición de Grad de procedencia coreana, afirmaba que se trataba de munición “requisada” por “un país amistoso”, es decir, un aliado de Ucrania. A falta de proyectiles de 155 milímetros, los aliados de Ucrania han optado por no vaciar sus arsenales y por apelar a la República de Corea y otros países en busca de suministro de artillería y por entregar armamento antiguo y decomisado de la República Popular de Corea como los proyectiles de Grad producidos en los años 80 y 90 o entregar munición de racimo prohibida por muchos de los países que forman la coalición que arma y financia el esfuerzo bélico ucraniano.

Mientras tanto, y a medida que ha aumentado el nerviosismo por el efecto que el suministro de munición de artillería estaba suponiendo para las reservas de Occidente, cuya industria militar no ha podido, por ahora, acelerar la producción de tal manera que pueda cubrir las necesidades artilleras de Ucrania. Es más, los beneficios para las empresas armamentísticas debido al aumento de producción es uno de los principales argumentos esgrimidos por Joe Biden para exigir la aprobación del paquete de 60.000 millones de fondos adicionales para Ucrania, entre los que se encuentran las partidas destinadas a la industria militar nacional. La necesidad de continuar suministrando proyectiles a Ucrania y ahora también a Israel, cuya guerra de apenas un mes ha empleado ya un nivel similar al empleado por Rusia en más de 20 meses de ataques aéreos, es el principal argumento de  Estados Unidos a la hora de justificar el aumento de producción.

Mucho menos potente y con menor capacidad económica que su equivalente estadounidense, la industria europea intenta también adaptarse a los nuevos tiempos. Las dificultades de la Unión Europea para cumplir con sus promesas del pasado marzo de entrega de un millón de rondas de munición de artillería a Ucrania en un año muestran la escasa preparación del continente ante una guerra terrestre que ha aceptado como propia pero para la que no se encontraba preparada. El exceso de confianza en la fuerza de las sanciones y la aparentemente inesperada incapacidad de repetir un bloqueo como el de Cuba contra el país más grande del mundo, con una enorme frontera con su aliado chino han condenado a la UE a una guerra convencional en la que se ha comprometido a ser una de las principales proveedoras. Bruselas lo ha hecho de forma consciente y planeada: solo así puede entenderse el rechazo a toda vía dialogada de resolución del conflicto antes del 22 de febrero por la vía de Minsk o de la negociación con la OTAN y por medio de las conversaciones directas que dieron lugar a la cumbre de Turquía en marzo-abril de 2022.

El rechazo a la diplomacia dejó la vía militar como única salida al conflicto tal y como defendían los sectores más radicales del Gobierno ucraniano, de la Unión Europea, el Reino Unido y Estados Unidos. La actual ofensiva, con la que Ucrania iba a hacerse definitivamente con la iniciativa para obligar a Rusia a aceptar las condiciones de Kiev, no ha resultado ser todo lo eficiente que sus proveedores hubieran deseado. De ahí que Ucrania esté ahora exigiendo el cumplimiento de las promesas adquiridas. En marzo de 2023, Josep Borrell se jactaba de la futura entrega de un millón de proyectiles de artillería, símbolo de la unidad continental a favor de Ucrania y contra Rusia. Esta semana, medios europeos han informado de que Bruselas ha logrado únicamente entregar a Kiev un 30% de ese millón de rondas de munición que iban a cambiar el sentido del frente. Curiosamente, un millón es la cantidad de proyectiles de artillería que Ucrania afirma -quizá simplemente para presionar a sus socios europeos en el cumplimiento de su promesa- que la República Popular de Corea ha entregado a Rusia.

Tras meses en los que el aumento de la capacidad de producción europea ha sido uno de los temas más comentados, Bloomberg publicaba ayer que “la Unión Europea ha informado a sus estados miembros que es improbable que vaya a cumplirse el compromiso de suministrar a Ucrania un millón de rondas de munición de artillería antes de marzo de 2024”. Como principal proveedor de asistencia a Ucrania y segundo en términos militares, la Unión Europea admite así, aunque sea de forma implícita, que la suma de los 27 países comunitarios no es capaz de cubrir las necesidades de una guerra que ha calificado falazmente de existencial.

Las dificultades para cumplir con sus promesas y entregar la munición que Kiev exige no son la única preocupación del bloque europeo. Reuters publicaba ayer un artículo en el que  se afirma que el plan de 20.000 millones de euros de asistencia militar para Ucrania que Bruselas pretendía aprobar se ha encontrado con la resistencia de algunos países, por lo que es posible que no sea aprobado en su totalidad o tal y como fue planteado inicialmente. Según el medio, la propuesta de Josep Borrell de un fondo de 5.000 millones anuales para los próximos cuatro años -lo que confirma que la UE pretende seguir financiando una guerra que se alargue aún durante años- ha chocado con las reticencias de varios países, entre ellos Alemania. La lógica de esas protestas es precisamente el compromiso a largo plazo que implica.

Las realidades económicas, políticas y geopolíticas marcan la postura de los diferentes países, incluso de aquellos que continúan afirmando que ayudarán a Ucrania militarmente “mientras sea necesario”. Esas promesas están siempre supeditadas a las capacidades y a los intereses estratégicos de cada momento. No es de esperar que la tendencia a continuar financiando y armando a Ucrania desaparezca o disminuya a corto plazo, aunque la cronificación de la guerra de trincheras sin una victoria clara a la vista y en un contexto de crecientes dificultades económicas hará cada vez más difícil el mantenimiento del flujo constante e ilimitado de financiación y armamento que exige Kiev.

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