“Las normas globales, los acuerdos globales, el sistema político global están bajo el más duro ataque sistémico”, ha escrito esta semana Mijailo Podolyak apuntando, cómo no, a Moscú. “El caos ya es evidente. Por desgracia, Rusia, que no ha sido detenida a tiempo, que lleva muchos años destruyendo las soberanías de otras naciones, asesinando a civiles con impunidad en otros países y financiando las redes terroristas internacionales, ha iniciado abiertamente una misión destructiva”, añadió para sentenciar que “o volvemos a las normas, la ley, la estabilidad o las guerras/conflictos/escaladas locales convertirán realmente al mundo en un gran hervidero de muerte y destrucción”. Aunque en esta ocasión no hay una referencia explícita, el Asesor de la Oficina del Presidente de Ucrania se refiere aquí a la situación en Oriente Medio, que desde el pasado 7 de octubre, ha vinculado repetidamente con la mano oculta de Moscú. Presentar a Ucrania como el teatro principal de una guerra global contra el orden internacional basado en reglas, contra el dominio occidental, en realidad el estadounidense, ha sido desde ese momento la principal táctica del entorno de Zelensky y sus defensores internacionales para mantener su posición prioritaria en la agenda internacional.
Podolyak fue aún más explícito en su mensaje de ayer, en el que afirmaba que “hoy, el mundo está en una fase política especial. Cuando uno tiene que aceptar lo obvio: o el mundo vive según reglas claras y predecibles o aparece una visión alternativa”. Una de las voces más radicales del Gobierno ucraniano, Podolyak fue una de las cabezas visibles de la delegación ucraniana que pretendió negociar con Rusia en las primeras semanas de la intervención militar rusa para finalmente rechazar un acuerdo que Ucrania había negociado sin ninguna intención de aceptar. El objetivo del sabotaje de las negociaciones fue, al igual que lo fuera durante los años de Minsk, ganar tiempo para lograr sus objetivos gracias a la presión de sus aliados. En los años de Minsk, esa presión era económica y política a la que en este último año y medio se ha sumado la militar. Desde que la invasión rusa ha hecho posible presentar la cuestión de Crimea como el objetivo principal de Ucrania, Podolyak se ha distinguido como una de las voces que, de forma más explícita, han abogado por soluciones abiertamente antidemocráticas, y autoritarias, y que rozan la intención de limpieza étnica. Sin embargo, poco a poco, su discurso se ha convertido, no solo en el oficial ucraniano, sino el que domina también en el establishment occidental, como ha quedado claro en las últimas dos semanas.
Aunque en las primeras horas tras el ataque palestino del 7 de octubre varios medios y todo el sector de think-tanks que llevan años buscando una guerra con Irán se centraron en el país persa, dando por hecho que fue Teherán quien planificó la operación (algo que tanto Israel como Estados Unidos han negado), las miradas giraron rápidamente a Rusia. La planificada táctica de vincular ambas guerras pese a sus evidentes diferencias se consumó oficialmente el jueves por la noche, cuando en un discurso a la nación, Joe Biden intentó explicar por qué Estados Unidos, “la nación indispensable”, debe aumentar su papel en ambas.
“Se que esos conflictos pueden parecer lejanos”, afirmó el presidente estadounidense, que continuó preguntándose “¿Por qué esto afecta a América? Permítanme que comparta por qué asegurarse del éxito de Israel y Ucrania es vital para la seguridad nacional de Estados Unidos”. En su discurso, Joe Biden se aprovechó de todos los tópicos de la Guerra Fría y de la guerra contra el terrorismo para justificar la lucha contra Moscú -eso sí, insistiendo en que Estados Unidos no va a luchar directamente ni en Rusia ni contra Rusia- y contra Hamas, a quien desde hace dos semanas se equipara falazmente con el Estado Islámico. El relato cada vez se asemeja más a la “guerra global” que han presentado Zelensky y su entorno. Tampoco la argumentación de Biden sobre qué hacer difiere en exceso de los discursos de Kuleba, Podolyak o Ermak. “Saben, la historia nos ha enseñado que cuando los terroristas no pagan el precio por su terror, cuando los dictadores no pagan el precio por sus agresiones, causan más caos y muerte y más destrucción. Siguen adelante y el coste y las amenazas a Estados Unidos y al mundo siguen aumentando”, afirmó el presidente estadounidense en su ideológico y exaltado discurso.
La aparición de Biden no se debía únicamente a mostrar una vez más el incondicional apoyo de Estados Unidos a Israel, algo que las autoridades norteamericanas y europeas han hecho a diario desde el pasado 7 de octubre. El objetivo real era instalar el discurso de una guerra justa en la que Estados Unidos, el país excepcional, debe implicarse completamente, aunque sea de manera indirecta, luchando por medio de dos proxis esta batalla que aglutina las dos guerras, la Guerra Fría y la guerra contra el terrorismo de George W. Bush, que los dos partidos políticos estadounidenses han apoyado en el pasado.
La retórica de la creación de un nuevo relato de guerra justa busca siempre un fin económico y el discurso de Biden no fue una excepción. No es un secreto que el presidente de Estados Unidos lleva meses luchando con la mayoría republicana en el poder legislativo, donde una pequeña minoría del ala trumpista amenaza con bloquear la financiación de la guerra de Ucrania. Vincular la lucha de Ucrania con la de Israel, aunque sea con la única coherencia de que Kiev y Tel Aviv comparten aliados, ya ha conseguido parte de lo que buscaba. Tras el discurso, especialmente por la mención a la defensa de Israel y de la seguridad nacional, incluso Fox News, el canal de noticias más cercano a Trump, elogiaba a Joe Biden. Reeditar la catastrófica guerra contra el terrorismo -que ha destruido varios países y ha asesinado o desplazado a millones de personas- es la táctica con la que Joe Biden ha decidido apelar al Partido Republicano en busca de financiación para Ucrania.
Como ya habían anticipado varios medios de comunicación, el Gobierno de Estados Unidos busca 105 millones de dólares para financiar sus guerras, no solo la de Ucrania y la de Israel, sino también la “defensa” de Taiwan y la lucha contra la inmigración en su frontera sur. El guiño al ala más radical del Partido Republicano, que aboga por abandonar la guerra contra Rusia para centrarse en la lucha contra China y la inmigración (ciertos sectores defienden incluso bombardear a los cárteles mejicanos) no puede ser más explícito.
Sin embargo, pese al protagonismo que ha adquirido recientemente Tel Aviv, que ha sustituido a Kiev como capital de los posados propagandísticos de la clase política occidental, el reparto previsto para los fondos indica que Ucrania sigue siendo la prioridad. Joe Biden propone 60.000 millones para la asistencia militar a Ucrania, 14.000 para la asistencia militar a Israel, 10.000 para la ayuda humanitaria en ambos conflictos, 7.000 para Taiwan y 14.000 para la “seguridad de la frontera”. El evidente desequilibrio hacia Ucrania, para quien Joe Biden busca una cantidad equivalente al presupuesto militar ruso, demuestra, una vez más que las palabras de John Kirby, que advirtió de que los fondos para Kiev se acababan, no buscaba sino presionar a la oposición para mantener la asistencia económica y financiera. Aunque para ello hiciera falta recuperar la idea del eje del mal de George Bush.
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