Varios factores que confluyen actualmente podrían llevar a pensar que el interés por Ucrania en los países occidentales está decayendo y que se prepara un cambio de estrategia que, en la práctica, suponga la reducción de asistencia al país en previsión de un compromiso con Rusia. Es evidente que el nivel de entusiasmo y solidaridad hacia Ucrania (hacia los ucranianos correctos, ya que nunca ha habido la más mínima solidaridad hacia la población de Donbass, teóricamente también ucraniana) ha decaído y que las muestras de rechazo al empleo de miles de millones de dólares en asistencia militar de forma aparentemente indefinida comienzan a crecer. Es cierto también que la unanimidad con la que en 2022 se pusieron en marcha los mecanismos de asistencia militar y económica a Ucrania ha desaparecido, especialmente en Estados Unidos, aunque se mantiene firme en las altas instituciones de la Unión Europea, que no permite disidencias, y en países como el Reino Unido y Canadá, donde las diferencias partidistas no afectan a la cuestión de la guerra.
La situación se complica especialmente desde el momento en el que la parte del Partido Republicano, el ala trumpista, busca utilizar todos los argumentos, incluido un uso falaz del efecto de la asistencia a Ucrania -se llega a decir que ese gasto impide cubrir las necesidades de programas sociales nacionales, cuando esos mismos diputados y senadores son contrarios a ellos- para hacer avanzar sus intereses, especialmente en términos de las futuras elecciones primarias. Ese bloqueo interno ya ha impedido que el acuerdo para evitar el cierre del Gobierno estadounidense deje temporalmente fuera la nueva financiación que Joe Biden buscaba para Ucrania, algo que ha causado una gran preocupación en Volodymyr Zelensky, consciente de que su ejército no podría seguir luchando durante mucho tiempo de perder la asistencia de Washington. Es ahí donde aparece el fantasma del compromiso, la palabra más temida por las autoridades ucranianas, que han hecho de su rechazo a la negociación la base de su política y de su planificación estratégica.
“Cuatro meses después del inicio de la contraofensiva ucraniana de primavera, y pese a enormes bajas en ambos bandos, las líneas del frente se mantienen básicamente estáticas. Actualmente existen preguntas sobre cómo sería soportable un conflicto largo y costoso con Rusia”, ha escrito esta semana Sky News, dejando abierta la puerta a un futuro compromiso que, en cualquier caso, deja en manos de Zelensky. El aumento de la presencia mediática de este tipo de argumentos incluso en la prensa británica, generalmente aún más proucraniana que la estadounidense, no implica un llamamiento a la negociación ni puede considerarse prueba de la pérdida de interés de Occidente en la cuestión ucraniana. Sin embargo, el hecho de que muestren una pérdida de confianza en las capacidades ucranianas ha de preocupar a Kiev, ya que puede convertirse en el primer paso hacia posiciones más realistas.
Ante este peligro, Ucrania y sus defensores han lanzado una ofensiva para lograr dos objetivos: más financiación y una campaña mediática que haga inaceptable cualquier resolución a la guerra que no implique la victoria completa de Ucrania. “Los ucranianos tienen un gran compromiso con repeler a los invasores, un sentimiento que escuché clara y repetidamente durante mi viaje a Kiev”, ha escrito el exembajador de Estados Unidos en Rusia Michael McFaul, uno de los principales defensores de la estrategia de guerra hasta el final, para negar toda posibilidad de solución negociada o de admisión de la posibilidad de que la guerra no vaya a tener un resultado concluyente. “Han perdido demasiados seres queridos para capitular ante Putin ahora. No dejarán de luchar aunque detengamos la asistencia militar. Nuestra retirada de asistencia militar no detendrá la guerra sino que la prolongará, lo que llevará a más muertes ucranianas”. McFaul utiliza aquí los principales puntos del discurso ucraniano: la mentirosa idea de unidad, el deseo popular de guerra hasta el final y, sobre todo, el mantra de que todo lo que no sea una entrega masiva y continua de enormes cantidades de armamento supone alargar la guerra así como que dependen directamente de la disponibilidad presupuestaria.
Las dificultades de financiación de Estados Unidos, que podrían aumentar a medida que se acercan las elecciones, han llevado al resto de aliados de Zelensky, y al propio presidente ucraniano, a buscar la forma de compensar esas posibles pérdidas. La Unión Europea plantea aumentar en 70.000 millones de euros su asistencia militar y económica, aunque a medida que se acerca el momento en el que las políticas económicas expansivas dejen paso a las de recorte, esas cifras van a comenzar a ser más cuestionadas. En cualquier caso, Josep Borrell ha afirmado ya que Bruselas es consciente de no poder compensar la posible pérdida de asistencia estadounidense para el proxy común de Kiev.
La decepción de la falta de avances territoriales en el frente en la ofensiva de primavera-verano, que Ucrania pretende extender al otoño e incluso al invierno, ha obligado a los países occidentales a recalibrar sus expectativas y, sobre todo, a planificar futuras operaciones militares a gran escala. Pese al deseo ruso de ver en cada dificultad occidental la voluntad de abandonar a Ucrania a su suerte, los movimientos que se están produciendo actualmente muestran que la voluntad de continuar utilizando al país como herramienta para desgastar a Rusia no se ha resentido. Joe Biden sufrió un importante revés en el momento en el que se vio abocado a aceptar un acuerdo de financiación de su Gobierno que explícitamente dejaba fuera la financiación de Ucrania. Durante los días posteriores, los círculos cercanos al presidente estadounidense dedicaron parte de sus esfuerzos a exigir esa financiación y a alarmar a la clase política sobre las consecuencias que podría suponer. Sin embargo, en las últimas horas, varios medios han publicado las acciones concretas que Joe Biden está realizando para evitar que vuelva a repetirse una situación como la actual.
Según publicaba The Telegraph, el presidente estadounidense busca aprobar un gran y único paquete según el planteamiento “one and done”, uno y hecho. En lugar de solicitar al Congreso los 24.000 millones de dólares que exige actualmente, fondos que han quedado fuera del acuerdo temporal con el que se ha impedido el cierre del Gobierno estadounidense, Joe Biden buscaría aprobar el mayor paquete de asistencia militar a Ucrania hasta el momento, 100.000 millones de dólares, una cifra muy superior al presupuesto militar ruso este año. Estos movimientos tienen objetivos tanto domésticos como internacionales. La aprobación de esta medida supondría la disponibilidad de financiación para Ucrania a lo largo de todo el proceso electoral. De esta forma, Kiev dispondría de los medios con los que continuar su actual ofensiva, mantener los salarios y preparar futuras operaciones militares con las que intentar lograr los objetivos que pensaba cumplir en la actual. Por otra parte, el presidente estadounidense arrebataría al ala trumpista del Partido Republicano la posibilidad de obstaculizar futuras aprobaciones para obtener un beneficio político.
Las dificultades para lograr 24.000 millones indican que la negociación de una cantidad cuatro veces mayor serán notables. Sin embargo, la propia idea muestra ya algo relevante: lejos de perder interés por el proyecto ucraniano, y pese a los reproches estadounidenses que la falta de avances territoriales ha supuesto para Ucrania, Estados Unidos busca las formas para mantener, al menos hasta la toma de posesión del nuevo presidente -sea quien sea- en 2025, la asistencia militar a Ucrania. Como cualquier analista puede comprobar, la línea del frente ha cambiado solo mínimamente, con ambas partes atacando en ciertas zonas, pero con grandes dificultades de avances. Ucrania continúa intentando romper el frente de Zaporozhie, mientras que Rusia tampoco logra avances definitivos en el frente de Kupyansk. Sin embargo, no hay que perder de vista a la retaguardia, donde Ucrania está logrando algunos resultados. Kiev ha demostrado ya ser capaz de atacar el centro de Sebastopol y continúa intentando utilizar drones navales para atacar las infraestructuras clave para Rusia.
La ausencia de éxitos en el intento de destruir el puente de Kerch no puede hacer ignorar el notable aumento del peligro para la flota del mar Negro. Con ejércitos más preparados para repeler ataques con misiles, las armas desarrolladas más recientemente, aunque de menor capacidad de destrucción, suponen un peligro diferente. Gran parte de los ataques ucranianos en Crimea, como los desembarcos de las fuerzas especiales de Budanov para mostrar una bandera ucraniana y salir huyendo, son puramente propagandísticos. Sin embargo, el uso de drones y la posibilidad de aumento de las capacidades destructivas de Ucrania en Crimea han causado una importante preocupación para Rusia, que parece haber retirado gran parte de su flota a puertos más seguros de la Rusia continental. No hay que olvidar que el mar Negro es considerado una posición estratégica no solo para Rusia, sino también para algunos de los aliados de Ucrania, especialmente el Reino Unido, tradicional potencia naval. Desgastar a Rusia y disputar su control incluso en sus costas no solo es objetivo de Kiev. En ese sentido, Ucrania continúa siendo de gran utilidad para sus aliados y proveedores. De ahí que, pese a que pueda decaer el interés social y la voluntad de seguir financiando a las Fuerzas Armadas de Ucrania, ese flujo va a continuar mientras los objetivos estratégicos de Washington, Londres y Bruselas consideren de utilidad a su proxy ucraniano.
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