Desde el inicio del conflicto, especialmente desde la invasión rusa, pero también en los ocho años anteriores, la tendencia de Ucrania ha sido siempre la de exigir más en todos los sentidos. Desde 2014, Ucrania ha tratado de conseguir armas para luchar contra su enemigo, presentado siempre como Rusia. El tipo de armas que Kiev solicitaba -sistemas antitanque Javelin o drones, no tiene nada que ver con los F16 y Patriots que demanda ahora- muestra la diferencia entre el enemigo al que se enfrentaba entonces, las milicias de las Repúblicas Populares y voluntarios llegados de Rusia, y el ejército ruso para el que requiere bombas de racimo. Pero las exigencias de Ucrania nunca han sido únicamente militares. La guerra supuso para Kiev el mejor argumento para sus exigencias económicas y políticas. Ya desde 2014, Ucrania presenta la guerra como el centro de todos sus problemas, la justificación para todo tipo de recortes de derechos y prestaciones a la población y el argumento para avanzar en ese tipo de modelo.
Esa ha sido siempre la base de las exigencias de Ucrania a sus socios en busca de más líneas de crédito y más financiación con la que transformar el Estado que estaba construyendo utilizando la guerra como excusa. Políticamente, la idea de que Ucrania se había convertido en la frontera exterior de Europa -ni siquiera de la Unión Europea- y su protectora precede en ocho años a la llegada de las tropas rusas. Es más, esa idea de proteger a la Unión Europa como argumento para exigir trato de favor del bloque fue el centro de la política exterior de Ucrania durante los años del proceso de Minsk, abiertamente saboteado por Kiev ante su rechazo absoluto de implementar el plan de paz que había firmado. La invasión rusa ha facilitado a Ucrania la exigencia de objetivos mucho más ambiciosos: no se trata ya de exigir viajes sin visado o más financiación, sino del derecho aparentemente natural de Ucrania de ser admitida de inmediato en el bloque, una demanda que ya no se limita únicamente a la UE sino que se ha ampliado a la OTAN. El argumento es sencillo: Ucrania ha pagado con la guerra el precio de entrada en las instituciones occidentales.
La guerra lo marca todo y gran parte de las exigencias del día a día de Ucrania continúan siendo el perpetuo suministro de armamento y de financiación para seguir luchando. Aunque Kiev vende por medio de su comunicación política la inversión en una victoria segura contra el enemigo común -hace tiempo que la guerra proxy pasó de ser un elemento de la propaganda rusa a ser el principal reclamo-, la realidad es que Ucrania se vería abocada a una derrota inevitable en caso de perder sus espónsores. De ahí que se maneje en el alambre de exigir el máximo, consciente de que perderlo supondría consecuencias militares y también políticas. Sin una victoria militar, el argumento ucraniano de acceso a la UE y la OTAN sufriría notablemente. Eso ha marcado la constante escalada que Ucrania ha exigido de sus socios, a los que ha demandado armamento cada vez más pesado y en mayores cantidades -algo que ha aumentado exponencialmente desde que se ha hecho evidente que las cosas no iban bien en la contraofensiva-, exigencias que no siempre han mantenido un mínimo realismo. Es el caso de la larga lucha por los F16, que Ucrania pretendía recibir antes incluso de contar con los pilotos para utilizarlos. Ahora, cuando Estados Unidos aún no ha confirmado oficialmente que enviará misiles tácticos ATACMS, Kiev eleva la apuesta exigiendo, no solo esos misiles de largo alcance con los que promete atacar Crimea, sino que cuenten con munición de racimo para lograr hacer el mayor daño posible. En esa labor de conseguir lo máximo en el menor tiempo posible, las exigencias de Ucrania generalmente han sobrepasado la disposición de sus aliados y proveedores, causando una serie de decepciones que Kiev ha utilizado activamente como elemento de presión.
Ucrania no logró que sus aliados cerraran los cielos, es decir, que derribaran aeronaves y misiles rusos entablando lucha directa contra Rusia, lo que habría provocado una guerra abierta entre la Federación Rusa y la OTAN. Ese mismo objetivo, implicar directamente a sus socios en la guerra, fue el motivo por el que el Gobierno de Zelensky mintió abiertamente a sus socios y a su población alegando que las tropas rusas habían atacado deliberadamente Polonia. Aunque el desmentido llegó del propio país interesado y posteriormente fue confirmado por Estados Unidos, esta semana se ha dado a conocer públicamente el veredicto final de aquel episodio que costó la vida a dos personas: un misil de las defensas ucranianas S-300 impactó en una aldea polaca tal y como afirmaron entonces las autoridades rusas.
Los reproches sobre la negativa a entregar el armamento exigido por Kiev se han dirigido fundamentalmente a tres destinos: Israel, por su rechazo a compartir su Iron Dome; Alemania, primero por las reticencias de Olaf Scholz a iniciar el suministro de armas, luego por su tardanza a la hora de confirmar el envío de tanques Leopard y finalmente por su rechazo, por el momento, a enviar misiles Taurus; y a Estados Unidos, por mantener una política de aumento progresivo del armamento y rechazar la opción de escalada unilateral que exige Ucrania.
Pero los reproches no están únicamente relacionados con el tipo de armas suministradas ni proceden únicamente del Gobierno ucraniano. “Casi 600 días de guerra de Rusia en Ucrania han dado como resultado casi 600 días de confrontación entre grupos proucranianos y otros apaciguadores del Kremlin en la administración de Estados Unidos”, escribe esta semana un artículo publicado por The Kyiv Post, que exige un apoyo más explícito para Ucrania y, sobre todo, más implicación contra Rusia de uno de los sectores que más se ha implicado en la guerra: la inteligencia. Pese a tratarse de uno de los aspectos más importantes de la guerra para Ucrania, que se ha beneficiado enormemente del servicio a tiempo real de sus socios estadounidenses y británicos, es ahí donde los lobistas encuentran en fallo de comunicación, de táctica y de estrategia que, en su opinión, ha llevado a una confusión en la actuación de Estados Unidos, que ha arrastrado los pies en el suministro y se ha dejado llevar por esos contactos entre los jefes de la inteligencia estadounidense y rusa especialmente en un aspecto que consideran central: la prohibición estadounidense de atacar objetivos en la Rusia continental utilizando armamento pesado occidental. Esa prohibición, que Ucrania se ha saltado a su antojo con el uso de tanques y blindados occidentales en sus propagandísticas redadas en regiones como la de Belgorod, parece seguir vigente en lo que respecta al uso de misiles.
Sin embargo, esas reticencias a dar a Ucrania todo lo que pide no se limitan a Estados Unidos sino que se extienden a los demás países que, a juicio de Kiev, deben entregar el armamento solicitado. Es el caso de Alemania, donde la prensa ha publicado que los misiles Taurus estarían siendo modificados para que fueran inutilizados en caso de ser disparados contra Rusia. El hecho de que ese rumor haya existido es prueba suficiente para poner de manifiesto la falta de confianza existente en el proxy ucraniano, que no se debe a su falta de eficiencia o capacidad militar, sino a la voluntad de escalar el conflicto hasta un punto de no retorno para, entre otros aspectos, implicar directamente a sus socios en una guerra contra Rusia que es común, pero en la que ni Alemania ni Estados Unidos quieren participar directamente.
Los contactos entre Bill Burns y Sergey Naryshkin, jefes de la inteligencia de Estados Unidos y la Federación Rusa se deben precisamente a evitar ese escenario, algo que Kiev y sus defensores no parecen querer comprender, posiblemente porque su política pasa por utilizar la guerra para lograr sus objetivos económicos y políticos. A mayor peligro, mayor destrucción y muerte, pero también más argumentos para Ucrania en sus ambiciones políticas. Ese parece ser también el cálculo de los lobistas que publican artículos como el del Kyiv Post, que finalmente exige una investigación contra Bill Burns y también el Asesor de Seguridad Nacional Jack Sullivan para estudiar el “pacto” Burns-Putin y para saber si existe un diálogo entre Estados Unidos y Ucrania para poner límites a la guerra. Es posible que la obsesión por lograr una gran guerra -si esta no es lo suficientemente destructiva ya- impida a Kiev y sus más férreos fanáticos apreciar los límites de su alianza con Estados Unidos, un país que siempre estuvo cómodo con la guerra en las fronteras rusas y que está consiguiendo beneficios económicos y políticos a raíz del actual conflicto, pero que sigue viendo a Ucrania como una herramienta para lograr sus objetivos. Es de ahí de donde surge la necesidad de mantener una comunicación mínima con Moscú que garantice que la guerra continúe limitándose al territorio ucraniano. Con todas las demás líneas rojas ya cruzadas, ese parece ser ya el único elemento de contención en el que coinciden la Casa Blanca y el Kremlin, por lo que no es de extrañar que esté convirtiéndose en el nuevo blanco predilecto de Bankova, siempre dispuesta a arriesgar más en busca de sus objetivos.
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