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Armas, Economía, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania

Errores de cálculo

Los fallos de cálculo han sido, como suele ocurrir en el momento en el que los planes teóricos han de aplicarse a los prácticos, una de las constantes de esta guerra. Estos días, una comisión parlamentaria de la Rada ucraniana quiere comprender cómo fue posible que Rusia avanzara con la rapidez que lo hizo desde Crimea hacia Jersón o Energodar en las primeras semanas de su intervención militar. Un año y medio después de los hechos, Ucrania no comprende aún por qué no se destruyó el puente de Chongar que une la península de Crimea con la Ucrania continental o si la retirada de unidades se debió a una orden que debiera ser sometida a juicio. El término “cuestión Zaluzhny” define claramente quién es la persona a quien se está poniendo en cuestión. Ese avance rápido desde el sur hasta llegar a la ahora perdida ciudad de Jersón ha marcado la guerra y gran parte de ese territorio que Rusia ocupó entonces y continúa bajo su control, de ahí el interés de Ucrania, no solo en recuperarlo, sino en buscar culpables de su pérdida inicial.

Según la información que esta semana aporta la BBC -curiosamente, solo en su edición en ucraniano, lo que apunta a que no hay interés por poner en duda la actuación del héroe Zaluzhny ante la audiencia internacional-, la falta de previsión y el desequilibrio de fuerzas marcaron el desenlace de esa primera batalla de la guerra, una victoria rusa que Ucrania intenta ahora revertir. La recuperación de los territorios del sur es el objetivo de la contraofensiva que las tropas de Kiev comenzaron la primera semana de junio y que aún no ha dado los resultados esperados. Ni los miles de millones de dólares invertidos en el armamento, ni las horas de instrucción de las nuevas brigadas en el extranjero, ni el coraje ucraniano han conseguido, por el momento, superar a las tropas rusas, destruir su aviación para equilibrar el terreno o romper definitivamente las líneas de trincheras utilizando la penúltima wunderwaffe, las bombas de racimo. Los cálculos en la guerra nunca son exactos, especialmente cuando están cocinados con grandes dosis de propaganda, exageración de las capacidades propias y subestimación de las ajenas.

Este error se ha repetido a lo largo de la guerra a ambos lados del frente, como mostraron las primeras semanas de la guerra rusoucraniana. Mientras Ucrania dejaba prácticamente caer todo el frente sur -sus mejores unidades se encontraban en Donbass o defendiendo la capital-, Rusia intentaba avanzar, de forma un tanto ingenua, hacia Kiev Esa operación, especialmente la forma en que se realizó y la forma en que Ucrania iba a defenderse, fue uno de los grandes errores de cálculo de la Federación Rusa, cuya inteligencia debió prever que las tropas y el Gobierno de Kiev no huirían sino que se defenderían y que dispondrían de ayuda para hacerlo. En aquel momento, no había comenzado el flujo de armamento y financiación que ha garantizado que Ucrania pueda seguir luchando con solvencia a pesar de las bajas de personas y las pérdidas de material. Sin embargo, los aliados de Ucrania, fundamentalmente Estados Unidos y el Reino Unido, compartían ya inteligencia en tiempo real, una gran ventaja para Kiev, ya que se trataba de mecanismos que la Federación Rusa no podía cegar.

El fracaso de la operación de toma rápida del aeródromo de Gostomel creó una batalla imprevista y en la que Rusia sufrió enormes bajas entre sus tropas de élite, un revés inesperado derivado de los fallos de inteligencia. Al mismo tiempo, las grandes columnas blindadas que avanzaban hacia Kiev con escasa cobertura aérea y completamente a la vista de sus oponentes, eran blanco fácil para las tropas ucranianas, que hacían de ellas éxitos que resaltar en la propaganda, necesaria en ese momento para mantener la confianza de la población y, sobre todo, de los aliados extranjeros, que pronto comenzarían a alimentar el flujo de armamento. En el momento en el que la batalla de Kiev entró en las trincheras, fue evidente que los cálculos rusos, especialmente los de la inteligencia rusa, habían fallado.

Desde entonces, los cálculos de todas las partes en conflicto han resultado erróneos y no solo en lo que respecta al frente. Los aliados de Ucrania vieron en la operación de Zaporozhie la posibilidad de repetir el éxito de hace un año en Járkov, algo que pasaba por varias certezas que han resultado ser falsas: Rusia no sería capaz de utilizar la movilización parcial para recomponer su agrupación en el sur, la superioridad del armamento occidental marcaría el desarrollo de los acontecimientos y, sobre todo, el comando ruso no sería capaz de aplicar las lecciones de la guerra para mejorar su rendimiento. Como era de esperar de un país con una industria militar competente y que preparó durante meses la defensa, cada uno de esos tres puntos ha resultado ser erróneo.

Entre las partes que participan en la guerra aunque no luchan directamente en el frente militar, la Unión Europea es, sin duda, quien más ha errado en sus previsiones. Las sanciones más duras de la historia iban a ser capaces de destruir la economía rusa para impedir que Vladimir Putin continuara la guerra. Esos eran los términos en los que se referían a la ofensiva de sanciones de los primeros meses de 2022. En aquel momento, la esperanza para derrotar a Rusia no era crear un nuevo ejército para Ucrania y armarlo para la guerra proxy, sino hacer imposible que la Federación Rusa pudiera seguir luchando. Para ello se diseñaron varios tipos de sanciones, entre las que destacan la desconexión del sistema intencional de pago SWIFT o la reducción de la adquisición de gas y petróleo ruso, lo que debía limitar al mínimo los ingresos de Moscú. Otro de los objetivos de la Unión Europea y, sobre todo, de Estados Unidos, fue la industria militar rusa, un elemento capaz de marcar las diferencias a medida que la guerra se cronificaba. Como ahora reconocen los grandes medios, también aquí se ha producido un error de cálculo. “Además de invertir más de 40.000 millones de dólares en suministro de armas para Ucrania, Estados Unidos ha hecho de limitar el suministro militar ruso una parte integral de su estrategia de apoyo a Kiev”, afirma esta semana The New York Times, crecientemente crítico con la actual situación en la guerra. Los datos recogidos por el medio estadounidense no son desconocidos y habían sido planteados ya por personas expertas en sanciones como Agathe Demarais, que hace meses anticipó ya que Rusia había recuperado su capacidad de producción de misiles. Aun así, es relevante que un medio de la importancia de The New York Times vuelva a insistir en lo que en realidad es un fracaso más de la política de sanciones occidental.

“A consecuencia de las sanciones, los oficiales americanos estiman que Rusia se vio obligada a ralentizar dramáticamente su producción de misiles y otro armamento en el inicio de la guerra en febrero de 2022”, afirma el medio, que posteriormente se ve obligado a admitir que, con la ayuda de otros países que no se han unido a las sanciones, la situación ha cambiado. “A finales de 2022, la manufactura industrial militar de Moscú empezó a ganar tracción de nuevo, admiten ahora oficiales americanos que hablaron de forma anónima para tratar temas sensibles”. La esperanza de que el arsenal ruso se quedara sin misiles ha sido una de las ideas constantemente repetidas por la propaganda ucraniana prácticamente desde el inicio de la intervención militar rusa. Ya en marzo de 2022, el entonces portavoz Arestovich afirmó por primera vez que Rusia solo disponía de misiles para unas pocas semanas. Rusia siguió utilizando misiles incluso a lo largo de esos meses en los que los expertos occidentales afirman que su industria sufrió las consecuencias de las sanciones. En ese tiempo, Moscú buscó la forma de “subvertir los controles de exportación americanos usando sus servicios de inteligencia y Ministerio de Defensa para crear unas redes ilícitas de personas que trafican con componentes clave exportándolos a otros países desde los que pueden ser enviados a Rusia con más facilidad”.

El error de cálculo occidental en este sentido fue, quizá, el más grave, fundamentalmente por tratarse del más sencillo de prever. Subestimando la capacidad de otros países de plantarse ante sanciones unilaterales no ratificadas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Occidente creyó ser capaz de imponer un bloqueo similar al de Cuba conta el país más grande del mundo, una potencia nuclear con una alianza -posiblemente oportunista y que en el futuro podría resentirse, pero que es firme en las condiciones actuales- con la segunda potencia económica del planeta.

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