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Lecciones de esta guerra

“La idea de que las fuerzas ucranianas, que carecen de cobertura aérea, iban a irrumpir a través de las líneas rusas siempre iba a ser más una trama de película de Hollywood que la realidad”, afirma un artículo publicado esta semana por Financial Times que valora las lecciones que Ucrania ha de extraer de los más de tres meses de contraofensiva que, por el momento, no han dado los resultados esperados. El argumento de que la misión nunca iba a ser fácil es útil ahora mismo e incluso los más fanáticos, como Mijailo Podolyak, han llegado a utilizar como argumento que Ucrania se enfrenta al “segundo ejército del mundo”. Sin embargo, la idea de victoria prácticamente garantizada ha sido el discurso a lo largo de los meses de preparación de la contraofensiva de verano, apuesta principal de Occidente para 2023. Es más, la narrativa de victoria segura sigue siendo la base sobre la que Ucrania construye, no solo su discurso, sino la mínima política que la actual situación de dependencia absoluta con respecto a sus socios le permite. En otras palabras, la idea de que el tiempo llevará, en palabras de Podolyak, “la guerra a su conclusión lógica” es el principal argumento para exigir a sus socios la entrega de una lista de deseos cada vez más larga y cada vez más peligrosa.

El otro argumento, también en uso desde prácticamente el inicio de la intervención militar rusa, es la idea de que Occidente dispone de una fuerza dispuesta a luchar contra Rusia hasta el final para que Estados Unidos y sus socios no tengan que hacerlo en el futuro. Ucrania, que sin ningún pudor se presenta como ejército proxy de la OTAN y de la Unión Europea, exige armamento, no como gasto, sino como inversión en el futuro. La ficción entre civilización y barbarie, Europa y Asia, el bien y el mal se repiten en la comunicación política de Ucrania como un mantra que hay que imponer sobre cualquier otro análisis, opinión o valoración de los hechos ocurridos en el país no solo en el último año y medio, sino también en los ocho anteriores.

“Rusia no tendrá nada que hacer”, afirmó Volodymyr Zelensky en referencia a los F16 en uno de sus muchos discursos exigiendo rapidez en unas entregas que serían inútiles sin una previa instrucción de los pilotos ucranianos. La excusa ucraniana de la falta de rapidez en las entregas de armamento, que ha sido en estos meses el principal argumento contra los reproches sobre la falta de resultados relevantes en el frente, choca contra la tozuda realidad: Ucrania solo ha logrado seleccionar a ocho pilotos capaces de iniciar de forma inmediata la instrucción en el manejo de los F16. Los demás deberán estudiar primero el idioma en el que se realiza el entrenamiento, el inglés, para posteriormente incorporarse a las maniobras. Zelensky puede repetir hasta la saciedad la carencia de F16 para la ofensiva como argumento principal por el que Ucrania sigue luchando por avanzar desde Rabotino y no por la ciudad de Melitopol, pero el argumento no dejará de ser una manipulación. Desde el inicio del planteamiento de la contraofensiva fue evidente que Ucrania no dispondría de la preciada aviación occidental, no solo porque no había intención de renunciar a la escalada gradual, sino porque Kiev carecía de los pilotos para manejarla. El hecho de que los pilotos occidentales voluntarios que solicitó repetidamente el entonces ministro de Defensa Oleksiy Reznikov no hayan respondido a la llamada da a entender que todas las partes implicadas son conscientes de que, cuando lleguen, los F16 estarán, como lo han estado los Leopard y otros supuestamente invencibles tanques occidentales, expuestos al armamento ruso, en este caso a las defensas antiaéreas.

Las consecuencias de la falta de superioridad aérea son una de las lecciones a las que se refiere Financial Times. Se trata de una conclusión ingenua, ya que la contraofensiva siempre se planificó desde Washington y Londres con la certeza de que los F16 y otros cazas occidentales iban a estar ausentes. De ahí que, como afirma el artículo “tres meses desde el inicio de la contraofensiva, Zelensky y su Gobierno están lidiando con la realidad de no haber logrado la ruptura decisiva deseada y se están acercando a una guerra alargada en el tiempo”. Esa certeza es otra conclusión que precede a la ofensiva.

Las defensas rusas han actuado en el frente -aunque quizá no en la retaguardia, donde han sufrido ataques aéreos que era de esperar que hubieran sido capaces de impedir- con mayor solvencia de la esperada si se compara con la ofensiva ucraniana de hace un año, ante la que nada pudieron hacer las unidades que simplemente hubieron de retirarse de forma escasamente ordenada. Rusia había preparado también una defensa específica para las condiciones en las que se está desarrollando la actual ofensiva, en la que, ni en términos de uso de armamento ni en las direcciones tomadas está dándose ningún efecto sorpresa.

Era de esperar que Ucrania atacara desde el frente de Zaporozhie hacia Tokmak y posteriormente Melitopol, desde la zona del sur de Donetsk hacia Berdyansk y en el norte hacia Arytomovsk. Es más, es ahí donde está logrando resultados en los últimos días. Curiosamente, se trata de la zona en la que Ucrania no está utilizando las tácticas estadounidenses, donde “ha revertido a tácticas soviéticas” -que dejarán de serlo para convertirse en astucia ucraniana en caso de un gran avance- y no lucha según lo aprendido por sus soldados en la instrucción extranjera. Ese es uno de los reproches que se ha repetido últimamente y de los que se hace eco Financial Times, que alega que sus fuentes, oficiales anónimos, “se han quejado en privado a la prensa de que Ucrania ha fracasado durante la instrucción en dominar las operaciones modernas que combinan la infantería mecanizada, artillería y defensa aérea y que han sido demasiado aversos al riesgo”.

Todo son reproches cuando los resultados no llegan y la lucha por Rabotino, donde Ucrania continúa sufriendo bajas semanas después de haber, supuestamente, liberado el destruido pueblo, sustituye a la esperada batalla por Melitopol. La meticulosidad con la que se ha diseñado la defensa rusa y el tiempo del que se ha dispuesto para ello hacían imprevisible el colapso ruso al que aspiraban Ucrania y algunos de los representantes políticos de sus socios. Curiosamente, uno de los argumentos que está utilizándose ahora es la mofa hacia la preparación rusa, no por su falta de preparación sino por haber empleado meses en crear varias líneas de defensa que no han utilizado. El argumento, planteado por uno de los analistas británicos de referencia, parece reírse del derroche ruso. En realidad, esas líneas de defensa no han sido utilizadas por el momento debido a la solvencia de la primera de ellas, agujereada solo en dos zonas, pero que aún impide una irrupción profunda de las tropas ucranianas. En otras palabras, esas líneas de defensa no han sido necesarias debido a que, tres meses después del inicio de la contraofensiva que iba a cambiar el curso de la guerra, Ucrania sigue chocando aún contra la primera. Quizá no sea de las líneas de defensa rusas de las que haya que mofarse.

A estas lecciones, Financial Times añade el uso diferencial que en esta guerra está suponiendo el uso de drones, una idea ya ampliamente repetida, pero sobre la que merece insistir. “Puede tardarse tan poco como diez minutos en destruir una columna de tanques desde la detección inicial, verificación, localización, llamada a artillería y ataque”, afirma una de las fuentes del artículo. Esa es la principal lección de esta contraofensiva, una idea que, sin duda, estará siendo tomada en cuenta por los grandes ejércitos a la hora de adaptarse a las nuevas formas de hacer la guerra. “Los drones están haciendo completamente redundantes otros sistemas de armas”, afirma en el artículo el exministro de Defensa de Ucrania Andriy Zagorodniuk. En este caso, ese uso combinado de drones de vigilancia y ataque, artillería y eficiente uso de las líneas de defensa supuso una cantidad tan elevada de pérdidas y bajas en los primeros días de ofensiva que Ucrania se vio obligada a llevar la contraria a sus espónsores y cambiar de táctica.

“Las pérdidas ascendieron a casi la quinta parte del equipamiento de la OTAN suministrado para la contraofensiva en sus primeros días en mayo y junio según oficiales ucranianos y occidentales”, explica Financial Times, que vuelve a dar voz al principal reproche ucraniano. Oficiales ucranianos, tanto de forma anónima como pública, “han apuntado a que las fuerzas americanas jamás habrían realizado operaciones en los campos como los ucranianos sin superioridad aérea, contra una fuerza militar del calibre de la rusa y contra algunas de sus armas y tecnologías más avanzadas”. La realidad es que la guerra actual, con sus bromas sobre la actuación del ejército ruso y el enaltecimiento del ucraniano pese a no haber roto en más de cien días de ofensiva la primera línea de defensa rusa es notablemente más compleja que cualquiera de las libradas por los países de la OTAN en las últimas décadas, posiblemente desde la Segunda Guerra Mundial.

Aun así, sin posibilidad real de un paso de la guerra al plano diplomático, quizá la principal lección de la actual ofensiva es que no será la última y quizá no sea tampoco la más intensa. Es de esperar que la próxima cuente con el uso de aviación occidental. Las únicas dudas parecen ser la cantidad y el efecto, posiblemente no tan definitivo como Zelensky desearía. Las fuentes citadas por Financial Times apuntan a una tendencia al equilibrio, aunque de ninguna manera una superioridad aérea ucraniana. La aviación occidental no supondría para Kiev, siquiera una igualdad con la aviación rusa, aún muy superior en capacidades y efectivos. Sin embargo, las promesas de futuro y la previsión de victorias son argumento suficiente para garantizar la continuación de la asistencia militar.

La dependencia ucraniana con respecto a Occidente hace que esa sea la principal preocupación de Zelensky, muy por encima de la pérdidas de material y las bajas de personal, ambas muy elevadas. En las últimas horas, el encargado regional de la movilización en Poltava ha afirmado que de las 100 personas movilizadas en su distrito, quedan ahora diez o veinte. El resto ha muerto, han resultado heridas o están incapacitadas. Nada indica que haya ninguna característica especial en la movilización de Poltava, por lo que puede asumirse efectos similares en otros distritos. De ahí que la capacidad de reclutamiento a largo plazo puede ser también una de las preocupaciones del Gobierno ucraniano, especialmente teniendo en cuenta que Rusia ha realizado solamente una movilización parcial y su capacidad de movilización es superior debido a su mayor población. Aunque es un detalle que la prensa occidental ha tratado de pasar por alto, Ucrania se ha visto obligada ya a implicar a aquellas unidades preparadas para el asalto profundo, es decir, para una segunda fase que no puede comenzar ante las dificultades para superar la primera línea.

Sin embargo, al menos en público, la única preocupación de Volodymyr Zelensky es lograr mantener el actual nivel de suministro de armamento y munición y ampliarlo a los F16 y los misiles de crucero con los que atacar la retaguardia rusa. Esos misiles no van a lograr equilibrar la contienda en los cielos, pero son capaces de causar grandes daños a Rusia. Así lo ha demostrado Ucrania estos días con sus ataques, posiblemente con el uso de Storm Shadows británicos, contra la flota del mar Negro, que causó serios daños a varios buques y submarinos. Esos daños no suponen tampoco un cambio cualitativo del equilibrio de fuerzas en el mar Negro, pero recuerdan a Rusia que sus tropas no luchan en una operación militar especial sino en una guerra en la que su oponente está dispuesto a luchar hasta el final.

El ejemplo del uso de misiles contra las infraestructuras de la retaguardia, especialmente graves en el caso de Crimea, donde Ucrania quiere centrar la guerra al tratarse de su objetivo principal, es una prueba más de la verosimilitud de las palabras de Kirilo Budanov. El líder de la inteligencia militar afirmó hace unos días que las operaciones militares no van a detenerse con la llegada del mal tiempo. Esa ayuda del clima es algo con lo que Rusia cuenta para ralentizar la ofensiva ucraniana, que se encontraría con aún más dificultades que las actuales al iniciarse la temporada de barro. “No somos África con temporada de lluvias”, ha afirmado Budanov -no puede faltar un comentario con tintes racistas- para anunciar que los ataques en la retaguardia continuarán. Sea o no la intención de Ucrania continuar con la ofensiva de Zaporozhie, la realidad indica que los ataques no solo se mantendrán sino que aumentarán a medida que Ucrania reciba armamento más pesado, algo que parece más inminente que la recepción de aviación.

Garantizar el envío de ese armamento y la continuación del flujo ininterrumpido de financiación son el objetivo de cada visita extranjera de Zelensky y la de la semana que viene a la Asamblea General de Naciones Unidas no va a ser una excepción. El presidente ucraniano utilizará el foco que le dará su discurso en la ONU para volver a presentar una guerra entre el bien y el mal en la que cada país debe posicionarse a favor de Ucrania y sus encuentros con Joe Biden y otras personalidades estadounidenses para presionar en busca de aún más asistencia. No es casualidad que actualmente se debata en el Congreso de Estados Unidos la legislación de Apropiación y la ampliación de la asistencia a Ucrania en 24.000 millones de euros. Para justificar la buena inversión que supone esa financiación estadounidense para la guerra, Zelensky apelará a éxitos -reales o imaginarios- en Rabotino, Andrievka o la defensa del río Oskol, nombres que posiblemente no signifiquen nada para gran parte de los congresistas estadounidenses, pero que justifican el suministro de más material para que Ucrania pueda seguir actuando como ejército proxy en la guerra común que libran contra Rusia y que, sean cuales sean los resultados finales de esta campaña de verano, continuará en invierno, posiblemente con la preparación de futuras ofensivas. Es probable que el resultado de la ofensiva no sea lo suficientemente decisivo como para obligar a Rusia a negociar en posición de debilidad y según los términos de Ucrania, pero es igualmente improbable que la ausencia de ese éxito vaya a obligar a Kiev a negociar según los términos de Moscú. Quizá esa sea la principal lección mostrada por la guerra en este año 2023.

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