Con la noticie de portada que admite que es probable que la ofensiva ucraniana no logre su principal objetivo, la captura de Melitopol, los medios muestran la creciente preocupación por si Ucrania empieza a ver como insostenibles sus elevadas bajas. Resuenan cada vez más las disidencias sobre la idea de luchar contra Rusia hasta el último ucraniano e incluso aparecen medios que se preguntan si se echó a perder la posibilidad de buscar otro tipo de resolución al conflicto. Al igual que es representativo que el argumento de que la Unión Europea no puede estar subordinada a los intereses de la OTAN o que ninguna de esas dos instituciones puede luchar hasta el último ucraniano que defendía hace una semana Juan Luis Cebrián en El País, un diario con una línea editorial atlantista, en esta ocasión, el argumento procede de Político, un medio muy cercano al partido Demócrata estadounidense actualmente en el poder.
“La conversación sobre la contraofensiva ucraniana ha pasado de excitación a decepción a medida que las lentas ganancias de Kiev llevan a oficiales y personas bien informadas a susurrar: ¿deberíamos haber escuchado al general Mark Milley?”, afirma un artículo publicado ayer en Político. La base de esa repentina duda parte del razonamiento del general Milley el año pasado, cuando el “jefe del Estado Mayor Conjunto afirmó que la combinación entre fortaleza en la posición militar de Ucrania y la incipiente temporada de invierno hacían un momento oportuno para considerar conversaciones de paz”. Como recuerda Político, el general, evidentemente sobre la base del conocimiento de la realidad sobre el terreno y de las capacidades militares de ambos bandos en conflicto, añadía entonces que “las operaciones para expulsar a las fuerzas rusas de toda Ucrania -algo que Volodymyr Zelensky exige- tenían escasas posibilidades de éxito”. Pese a tratarse de un argumento evidente -Rusia iba a defender territorios como Crimea de forma diferente a lo ocurrido en Járkov-, en aquel momento el comentario de Milley fue desechado como una opinión personal que no reflejaba la postura de la administración Biden.
Por medio de filtraciones y declaraciones anónimas publicadas en medios del establishment político -generalmente Demócrata-, ha podido conocerse la división existente entre los mandos militares y políticos. Mientras Biden, Blinken y otros representantes de la Casa Blanca se han mantenido firmes dentro del discurso de asistencia continua a Ucrania y han declarado ante los medios que Kiev ha recibido ya todo el material que necesita para cumplir con éxito su misión en la guerra, las posturas dentro del Pentágono siempre han sido más matizadas. El escepticismo sobre la capacidad de Ucrania de expulsar a Rusia de todo el territorio de Ucrania según sus fronteras de 1991 no partía de la falta de interés por la guerra proxy contra el enemigo histórico sino de un realismo ausente en las autoridades políticas. Como admiten abiertamente medios como The Wall Street Journal, Estados Unidos y sus socios europeos han animado -quizá incluso presionado- a Kiev a iniciar una ofensiva para la que no disponía de los medios necesarios, con la esperanza de que el coraje ucraniano compensara las carencias en aviación o la superioridad artillera rusa.
En esa postura, las autoridades ucranianas han cobrado un papel imprescindible y no pueden ser consideradas simples víctimas de los planes impuestos por sus proveedores. “Ucrania está en guerra. Y aquellos que no están luchando en el frente tienen que ayudar a quienes sí lo están. Toda la adrenalina del país, las emociones y las fuerzas tienen que estar centradas en la batalla por Ucrania. Esta es nuestra motivación primaria. Cualquier otra motivación personal vendrá después, una vez que hayamos ganado”, ha escrito esta semana el presidente Zelensky, que acompañó el texto con cuatro imágenes de soldados en el frente. En una de ellas, uno de los soldados viste la insignia del batallón SS Wiking, un símbolo abiertamente nazi en una imagen presentada por el presidente del país apenas unos días después de haber visitado en el frente a una brigada que incluso el Congreso de Estados Unidos calificó de neonazi y supremacista blanca.
Hace unos días, los medios oficiales de Ucrania distribuían unas imágenes del presidente Zelensky junto al coronel de las Fuerzas Armadas de Ucrania Andriy Biletsky, líder político y espiritual del movimiento Azov desde su formación y con una enorme trayectoria en movimientos de extrema derecha y una hemeroteca que contiene comentarios racistas y antisemitas. El encuentro difería notablemente del primer encuentro de Zelensky y Azov en el frente en el otoño de 2019. En aquel momento, el recién llegado presidente de Ucrania precisaba cumplir un acuerdo de 2016 según el cual tanto Ucrania como las Repúblicas Populares se retirarían de tres localizaciones del frente. Se trataba de un ensayo de desmilitarización de pequeñas partes del frente como posible anticipo a la separación de las dos fuerzas entonces en conflicto en Donbass. El gesto, aunque militarmente irrelevante fue considerado una concesión imperdonable a Rusia para todo tipo de grupos de extrema derecha y aquellos vinculados a la diáspora ucraniana en Norteamérica. Lo fue también para Azov, que apenas unos meses antes había colaborado indirectamente en la campaña del aspirante a base de un enfrentamiento para deslegitimar aún más a Petro Poroshenko, cuyas posibilidades de éxito eran ya escasas. El enfrentamiento entre Svoboda y grupos afines, que eligieron como mal menor apoyar a Poroshenko, y Azov, abiertamente hostil al entonces presidente, disminuyó en meses posteriores cuando ambos consideraron que las concesiones de Zelensky para lograr la celebración de la cumbre del Formato Normandía de diciembre de 2019 presagiaba un camino a la paz que consideraban una capitulación.
El temor a la capitulación a Rusia no desapareció en febrero de 2022, como tampoco fue entonces cuando se fraguó la unidad nacionalista, sino muchos meses antes, desde el momento en que quedó claro que el camino al compromiso que Zelensky había presentado en su campaña y con el que consiguió la esperada reunión con Merkel, Macron y Putin no iba a explorarse más allá. La cumbre de París permitió un intercambio de prisioneros, un acuerdo de tránsito de gas entre Gazprom y Naftogaz y aprobó la “fórmula Steinmeier”. En los dos años posteriores, Ucrania no dio un solo paso para su puesta en marcha, con lo que simplemente se repitió lo ocurrido en Misnk en 2015. En aquel momento, Kiev necesitó firmar el acuerdo de paz para detener la batalla, en la que se arriesgaba a perder más territorio, aunque lo hizo sin ninguna intención de cumplir con los puntos políticos a los que se había comprometido.
La beligerancia de Zelensky quedó clara a lo largo de dos años transcurridos entre la cumbre de diciembre de 2019 en la capital francesa y el 22 de febrero de 2022, cuando, ante la certeza de que Kiev jamás iba a cumplir con sus compromisos adquiridos con los territorios de Donbass bajo control de las Repúblicas Populares, Rusia reconoció la independencia de la RPD y la RPL, primer paso para finalmente introducir tropas en territorio ucraniano. A lo largo de ese periodo, las políticas de Zelensky continuaron e incluso aumentaron la línea nacionalista de Petro Poroshenko, especialmente en el intento de marginar la lengua rusa en los sectores culturales, educativos e incluso comerciales. Zelensky rechazó, de forma incluso más clara que su predecesor, negociar políticamente en el formato de Minsk e introdujo la “declaración Crimea”, según la cual declaraba que Ucrania utilizaría todos los medios a su alcance para recuperar su territorio perdido. Zelensky llegó incluso a recomendar a la población de Donbass y Crimea que simplemente abandonara sus hogares para mudarse a Rusia en caso de sentirse rusa y no ucraniana. Su administración se había negado a levantar el bloqueo económico de Donbass o a permitir el paso de agua del Dniéper al canal de Crimea, principal fuente de suministro de agua de la península, pero, aun así, esperaba lealtad por parte de la población castigada.
La guerra contra Rusia ha acelerado, incrementado y hecho más visibles tendencias existentes mucho antes de que las tropas rusas cruzaran la frontera ucraniana en dirección a Kiev. El acercamiento de Zelensky a Azov y otros grupos de extrema derecha a los que enaltece en sus tuits (por ejemplo, al batallón Aidar, que cometió terribles crímenes contra la población civil de Lugansk en el verano de 2014) no ha sido causado por la invasión rusa sino por la utilidad de este sector de la sociedad ideologizado, organizado, movilizado y armado contra todo movimiento opositor, especialmente contra toda manifestación de izquierdismo, de comunismo, de afinidad con Rusia y también de compromiso a la hora de resolver el conflicto. Y es que desde su llegada al poder, Zelensky combinó una retórica aparentemente abierta a la negociación con Rusia -nunca con Donetsk y Lugansk- con unos actos que contradecían la desescalada que decía buscar con sus palabras.
Las imágenes en las que el coronel Biletsky informa, señalando las posiciones en un mapa, sobre el estado del frente en los alrededores de Artyomovsk ante un interesado Zelensky y en presencia también de su mano derecha, el jefe de la Oficina del Presidente Andriy Ermak, no es más que el reflejo de que el actual presidente ucraniano se ha acercado aún más a los sectores más radicales de la sociedad, aquellos que desde 2014 abogan por la guerra total contra Rusia como única opción aceptable. Esa es también la postura que ha marcado Ucrania desde la ruptura de las negociaciones de paz en abril de 2022. Desde entonces, el entorno de Zelensky ha pasado de abogar por la vuelta a las fronteras del 24 de febrero de 2022 a la guerra -financiada y suministrada por los países de la OTAN- hasta lograr la recuperación de sus fronteras de 1991.
En esa concepción de los hechos, y prohibida por decreto la negociación con Vladimir Putin, no hay lugar para el diálogo, una postura en la que Zelensky siempre ha tenido el apoyo de sus socios estadounidenses y británicos. Al contrario que los países europeos continentales, que cuando menos de palabra afirmaban defender los acuerdos de Minsk como vía de resolución al conflicto en Donbass, el compromiso de Londres y Washington con una salida negociada fue escaso incluso en el periodo 2015-2022, cuando pudo haber sido perfectamente viable para Ucrania. Ambos países han repetido que no puede haber negociaciones sobre Ucrania sin Ucrania y han dejado en manos de Kiev la decisión del momento en el que iniciar negociaciones. Sin embargo, ni durante el proceso de Minsk ni durante el diálogo que llevó a la cumbre de Estambul los han favorecido. Es más, Boris Johnson ha llegado incluso a jactarse de haber descarrillado las negociaciones de Turquía, una afirmación más que cuestionable teniendo en cuenta que el compromiso aparentemente alcanzado por David Arajamia y Vladimir Medisnky ya había sido abiertamente rechazado por oficiales ucranianos.
Estados Unidos, como primera potencia mundial y con una relación estrecha con los gobiernos de la Ucrania post-Maidan, siempre ha estado en condiciones de imponer a Ucrania medidas que obligaran a Kiev, por ejemplo, a cumplir con sus compromisos según los acuerdos de Minsk. Kiev solo podía embarcarse en una estrategia de guerra hasta el final en marzo-abril de 2022 con la certeza de que el flujo de financiación y armamento y el apoyo político y diplomático de Estados Unidos y sus socios europeos iba a ser completo. Aunque siempre estuvo en posición de dirigir a Ucrania hacia una solución negociada, Washington nunca explotó dicha opción. Pese a ser solo un ejemplo dentro de una política coherente con el interés de mantener un conflicto controlado con el que poder presionar a Rusia, llamó la atención que en la última visita de Zelensky a Estados Unidos antes de la invasión rusa no se mencionaran una sola vez los acuerdos de Minsk. El acuerdo tácito de que la paz no era lo suficientemente importante como para dejar pasar la ocasión de que Ucrania actuara como una herramienta contra Moscú es anterior al 24 de febrero de 2022 y ha continuado desde entonces. Político y otros medios se preguntan ahora si no se perdió una posibilidad de negociación el pasado otoño y lo hacen con razón: en aquel momento, Rusia se encontraba debilitada y había sufrido dos derrotas. Sin embargo, es improbable que esa negociación hubiera logrado mejores condiciones que las propuestas en Turquía en marzo de ese año, cuando Rusia ofreció retirarse de todos los territorios ucranianos a excepción de Donbass y Crimea, un compromiso inaceptable para Washington, Londres y Kiev. Las oportunidades perdidas son muchas y no se limitan al último año y medio sino que hay que buscar sus orígenes, y el porqué del desinterés ucraniano y estadounidense a negociar seriamente, en el periodo anterior a febrero de 2022.
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