Ayer concluyó en San Petersburgo, con una asistencia satisfactoria que ha hecho que incluso la prensa occidental haya tenido que admitir que el aislamiento internacional de Rusia que pregonan países como Estados Unidos es relativo, la cumbre Rusia-África con la que Moscú ha buscado escenificar la normalidad a pesar de la guerra. De los países continentales, solo cuatro han estado ausentes: Níger, inmerso en un golpe de estado en estos momentos, Botsuana, Kenia y Lesoto. De la misma forma que con la visita de Xi Jinping, que no supuso la firma de ningún gran acuerdo pero sí la constatación de la continuación inalterada de una relación prioritaria, en esta ocasión Rusia tenía también un objetivo político. Perdidas a corto, medio y quizá incluso largo plazo las relaciones con prácticamente todos los países de la Unión Europea -con la excepción de Hungría y los matices que pudieran surgir en el caso de ciertas disidencias en la postura oficial de Bruselas en países como Bulgaria o incluso en otros aparentemente menos probables como Croacia-, Moscú se ha visto obligada a mirar un mapa del mundo mucho más amplio de aquel al que se había acostumbrado en las últimas décadas.
En términos económicos, Rusia ha mantenido hasta ahora una parte de sus relaciones económicas directas con los países de la Unión Europea, que no han abandonado completamente la compra directa a Moscú de productos como el gas, especialmente el gas licuado. Sin embargo, Rusia es consciente de que los países europeos están dispuestos a buscar alternativas a las materias primas rusas incluso a costa de precios más elevados. De ahí que Moscú haya virado a Asia como mercado prioritario para sus dos productos más importantes, el gas y el petróleo. El crecimiento del comercio con China en condiciones preferenciales era esperable, pero a ese aumento se ha sumado también India, suministrando a Rusia una línea de salvación que le ha permitido mantener, de forma indirecta y garantizando beneficios a los intermediarios, comercio adicional con los países europeos. A las dos grandes potencias continentales asiáticas se ha sumado también Pakistán, tradicional cliente del petróleo saudí, que busca aprovecharse de los descuentos que Rusia está ofreciendo en sus productos para abrir nuevas vías comerciales y ahondar en las relaciones políticas incluso con oponentes históricos firmemente instalados en el bloque estadounidense en los años de la Guerra Fría.
En el caso de África, la prioridad no es la relación económica, sino la política. La creciente importancia del continente, por su crecimiento demográfico y su juventud frente al envejecimientos de los países occidentales, lo han convertido en un polo importante en el intento de crear un orden internacional menos hegemónico y más multipolar tal y como aspira Rusia. “África está en vías de convertirse en un nuevo centro de poder que todo el mundo tiene que tener en cuenta”, afirmó Vladimir Putin en su discurso. El respeto mostrado por Rusia a los países africanos, el que se espera de la diplomacia, contrasta con el trato que varios líderes africanos recibieron hace unas semanas en Polonia-Ucrania, cuando se vieron retenidos y su paso a Ucrania retrasado a expensas de que la seguridad del presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, líder de la delegación que buscaba mediar entre Kiev y Moscú, fuera desarmada y registrada. El creciente papel de África no está solo en los discursos protocolarios de los presidentes europeos que los reciben, sino en la actuación de los líderes africanos, que han dejado de buscar soluciones en los países que antaño los colonizaron y han comenzado a rechazar abierta y directamente su implicación. Muestra de ello fueron las dificultades sufridas por Emmanuel Macron, acostumbrado a recibimientos estelares, en su última gira por lo que Francia sigue conociendo como Françafrique.
Frente a ese intervencionismo en las antiguas colonias que han mostrado repetidamente los países europeos o la omnipresencia militar de Estados Unidos, Rusia se ha visto obligada a recuperar parte de la diplomacia soviética para presentarse como una fuerza externa que busca apoyar a los países africanos a alcanzar las cotas de poder que les corresponderían por su peso demográfico. El intento de relanzar las relaciones políticas y económicas con los países africanos ha alcanzado un nuevo impulso ante la pérdida de las amistades europeas, pero no nace en el vacío. Para congregar al buen número de líderes africanos que Rusia ha logrado esta semana en San Petersburgo, Moscú no ha creado un nuevo foro sino que ha recuperado el ya existente, el Rusia-África, que se reunió en Sochi en 2019. Rusia cuenta también con el bagaje histórico del apoyo soviético a las luchas anticoloniales a lo largo y ancho de todo el continente, un legado prácticamente olvidado desde los años 90, pero que ahora no duda en recuperar. De ahí que la Universidad de la Amistad de los Pueblos vuelva a llevar el nombre de Patrice Lumumba, eliminado por la Rusia de Yeltsin, y vuelva a insistirse en la importancia de esas relaciones académicas entre los dos continentes.
En este contexto, no sorprende que el Kremlin recogiera en su página web oficial las declaraciones de Yoweri Museveni, presidente de Uganda, en las que mencionaba dos momentos clave en la lucha contra el colonialismo europeo: “uno fue la formación del Congreso Nacional Africano en Sudáfrica en 1912. Esa fue la primera vez que los africanos empezaron a organizarse para liberar África. Después, en 1917, los comunistas tomaron el poder en Rusia y ellos fueron el primer grupo internacional que nos apoyó”. Pese al nerviosismo que causa en las autoridades rusas cualquier vinculación con el pasado comunista, son esos lazos los que están permitiendo relanzar unas relaciones que no tiene que comenzar prácticamente de cero como le ocurre a Dmitro Kuleba. La realidad es que, en estos momentos, ambos países realizan una ofensiva diplomática para acercar a los países africanos a su postura, una carrera en la que Moscú cuenta con la ventaja de no haber eliminado todo el pasado y haber mantenido una parte de la presencia en el continente heredada de la Unión Soviética.
En términos económicos, la capacidad rusa no puede, de ninguna manera, competir con la china, por lo que Moscú puede únicamente realizar propuestas modestas. La principal novedad en la cumbre de esta semana ha sido la condonación masiva de deuda a los países africanos, unos 21.000 millones de euros, una medida simbólica, pero que contribuye, en la medida de lo posible, cuando menos a no empeorar la crisis de deuda que se ha gestado en los últimos años en el continente. Vladimir Putin ofreció también grano ruso a coste cero a seis países del continente. Rusia busca así ser vista como un país dispuesto a contribuir a garantizar la seguridad alimentaria pese a la ruptura del acuerdo de exportación de grano ucraniano. Como recordó el presidente ruso, la producción rusa supera notablemente a la ucraniana, por lo que el descenso de las exportaciones ucranianas por la vía marítima -continúan por la vía terrestre a través de los países de la Unión Europea- no debe ser visto como un riesgo a la seguridad alimentaria mundial.
Sin embargo, es evidente que toda guerra que implique a países clave en el mercado de productos de primera necesidad afecta al desarrollo, por lo que la prioridad no es solucionar las consecuencias sino las causas. En ese sentido, la respuesta de algunos países, con el presidente de la Unión Africana a la cabeza, es coherente con la postura de la delegación africana que hace unos meses visitó Kiev y Moscú. En su intervención del viernes, Azali Assoumani afirmó que la propuesta rusa de compensar la pérdida del grano ucraniano es suficiente.
La principal exigencia es la del alto el fuego, parte integral de la propuesta de paz que la delegación liderada por Cyril Ramaphosa presentó en Kiev y Moscú, pero que solo fue tenida en cuenta en Rusia. Instalada en la dinámica de ver la guerra hasta la recuperación de sus fronteras de 1991 como única salida aceptable, Ucrania recibió la propuesta africana como una más de las muchas que no tiene intención de valorar.
Frente al recibimiento que las autoridades africanas recibieron en Moscú y el reconocimiento a una propuesta honesta que no busca el interés propio sino ayudar a los europeos a poner fin a la guerra, Ucrania se mantuvo en su línea habitual. Los líderes africanos fueron paseados por Bucha en un intento por imponer su postura, que se basa en repetir hasta la saciedad la idea de que no hay nada que negociar. Y en días posteriores, Mijailo Podolyak renegó de la postura africana -especialmente después de ver que no había cambiado tras la visita a Ucrania- para afirmar que los líderes africanos “no están a ese nivel”, es decir, que su sitio no es el de mediar en la guerra europea.
Coherente también es la reacción a la propuesta rusa de donación de grano. El problema no es que las cantidades que se manejan no sean consideradas suficientes, sino la voluntad africana de mantener relaciones económicas con el resto de países, no vivir de donaciones. De ahí que se exija la reapertura del corredor de grano y que uno de los puntos de la propuesta de paz africana fuera precisamente el aumento del comercio del continente tanto con Rusia como con Ucrania. Esta idea se plasmó en la intervención de Museveni, que se preguntó por qué su país, que vende la materia prima, el café en este caso, obtiene menos ingresos que un país como Alemania, que únicamente lo procesa. El presidente de Uganda insistió en que su propuesta a Rusia y China, alternativas a Occidente, es la de apoyar la industria africana para salir del círculo económico colonial que implica la venta de materias primas a escaso precio y la necesidad de adquirir los productos finalizados a los países europeos a precios más elevados.
La cumbre, con limitado contenido económico, ha servido para relanzar y consolidar las relaciones de Rusia con los países con los que tradicionalmente ha mantenido una relación cordial, pero también con el continente en general. Quizá la afirmación más importante la pronunciara el jueves Vladimir Putin al prometer el apoyo ruso para garantizar la presencia de la Unión Africana como miembro permanente del G20, foro elegido por Rusia, China, India y demás países emergentes para lograr un mundo más multipolar y en el que la hegemonía estadounidense siga decayendo. Para ello, tanto por su peso demográfico como importancia numérica en instituciones como las Naciones Unidas, especialmente en la Asamblea General, las relaciones con los países africanos son un elemento clave en un momento de creciente rechazo de la población africana a la relación neocolonial que sus países han mantenido con las antiguas metrópolis.
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