En los días previos al inicio de la reciente cumbre de la OTAN, que debía marcar un punto de inflexión en la imagen de la Alianza como una unión perfecta contra el enemigo común, su secretario general, Jens Stoltenberg, presentaba en el influyente Foreign Affairs, uno de los medios del establishment político estadounidense, su visión de futuro. Olvidando deliberadamente que la expansión de la OTAN en un momento en el que había desaparecido ya el motivo de su fundación, la Unión Soviética, es uno de los motivos fundamentales de las tensiones políticas y militares, la tesis principal es la de la necesidad de una OTAN reforzada para un mundo más peligroso. Esa idea se repitió también en la cumbre, en la que la arrogancia de Zelensky a punto estuvo de descarrilar esa imagen de unidad que tanto ansiaba Stoltenberg y que se prometía sencilla con el anuncio del presidente Erdoğan del desbloqueo turco de la adhesión de Suecia.
Ucrania, que ha equiparado la adhesión a la OTAN con la paz y la victoria, términos que considera equivalentes y que también presenta como un derecho natural del país, no vio como un privilegio el anuncio de la retirada de la exigencia de un plan de acceso a la alianza. Ese privilegio de estar matando y muriendo por la OTAN ha eliminado esos pasos intermedios y ha renovado las promesas que Kiev, al igual que Georgia, había recibido en el pasado. A lo largo de la cumbre, tanto Ucrania como los países de la OTAN repitieron la idea de que ambas partes se habían reunido como iguales, trabajando juntas por un objetivo común. Pero son solo los soldados ucranianos los que son enviados al frente sin la cobertura aérea necesaria con la esperanza de que “su coraje” compense la falta de material. Y como era de esperar por parte de una alianza militar en la que su principal país miembro ha dejado claro que no tiene intención de intervenir directamente, Ucrania no recibió la invitación de acceso rápido e inmediato que exigía de sus socios. Ucrania ha sido aceptada como ejército proxy en una guerra común contra el enemigo histórico de la Alianza, Moscú, pero la forma en que los aliados occidentales han ayudado a Kiev a preparar una ofensiva para la que sabían que no contaban con el material necesario deja ver las jerarquías existentes.
Sin embargo, la guerra en Ucrania está sirviendo como argumento para una refundación de la Alianza como herramienta política en Europa y más allá de ella. No son pocas las declaraciones que se refieren a un mayor papel de la OTAN en la labor de contener al oponente real, China, una aspiración de creciente presencia en un ámbito completamente ajeno y en el que solo puede crearse más desestabilización y más peligro. Es lógico que Stoltenberg utilice como carta de presentación para una OTAN más presente, más global y más agresiva el papel que está jugando en la guerra actual.
“La Alianza de la Organización del Atlántico Norte está respondiendo a un mundo más impredecible con unidad y fuerza”, se jacta Stoltenberg, que continúa resaltando la gran asistencia suministrada a Ucrania. “Los aliados de la OTAN en Europa y Norteamérica y nuestros socios alrededor del mundo han suministrado una asistencia económica y un apoyo militar sin precedentes a Ucrania”, afirma obviando que, a lo largo de este proceso, que comenzó mucho antes del 24 de febrero de 2022, los países de la OTAN han ignorado, minado o saboteado cada intento de lograr un acuerdo que llevara a la resolución del conflicto. La intervención de Boris Johnson no puede considerarse, como insistió el año pasado Ukrainska Pravda y como ha aceptado también el discurso ruso, la única razón por la que se rompió el principio de acuerdo de Estambul, pero la actitud de los países miembros desde el inicio de la intervención militar rusa siempre apuntó a la voluntad de mantener la guerra hasta la derrota final rusa. Al igual que los acuerdos de Minsk, que no otorgaban a Ucrania una victoria completa, el borrador de acuerdo salido de la cumbre celebrada en Turquía nunca obtuvo el favor de los socios de Ucrania, que en ningún momento facilitaron las negociaciones.
“En la última década, la OTAN ha implementado el mayor refuerzo de nuestra seguridad colectiva en una generación”, añade Stoltenberg. “Hemos reforzado nuestra presencia militar en el este de Europa y aumentado el gasto en defensa. Con la adhesión de Finlandia -y pronto la de Suecia-, la OTAN se está haciendo más fuerte y más grande”, afirma el secretario general de la OTAN. Una OTAN más grande y más agresiva para crear un mundo más peligroso y más inestable. Especialmente frente a un oponente que, desde la creación de la Alianza, no ha tratado jamás de atacar a ninguno de los países miembros, algo que no puede decirse de los países de la OTAN o de sus aliados. Copropiedad de Alemania, la destrucción del Nord Stream habría sido considerada una agresión a un país de la OTAN de haber podido probarse la participación rusa. En lugar de eso, todas las teorías de los servicios secretos occidentales apuntan a Ucrania, que habría planificado un ataque del que tenían conocimiento tanto los servicios secretos europeos como la CIA. Por acción u omisión, Estados Unidos carga con parte de la responsabilidad de ese acto de terrorismo internacional contra uno de sus aliados de esa OTAN que se presenta como garantía de estabilidad. La OTAN mantendrá, según Stoltenberg, “el inquebrantable apoyo a Ucrania, continuará reforzando nuestra propia defensa y aumentará nuestra cooperación con nuestros socios europeos e indo-pacíficos para defender el orden global basado en reglas”, concretamente las reglas marcadas por Estados Unidos. En este caso, la OTAN es garantía de estabilidad, no de paz, sino de guerra, especialmente en el caso ucraniano.
Días después de la cumbre, Zelensky informaba de su conversación con Stoltenberg. “El tema es obvio: es la implementación de los acuerdos que alcanzamos en la cumbre de la Alianza en Vilnius”, escribía el presidente ucraniano, obligado a cambiar de discurso de su ira inicial al no recibir una invitación inmediata al falso triunfalismo de unas promesas futuras que dependerán de cuál sea el resultado de la guerra. “La prioridad sigue siendo la misma: unirse a la OTAN lo antes posible, cuando las condiciones de seguridad lo permitan. Sólo esto garantizará de forma fiable la seguridad y la paz para toda Europa”. Quienes más han hecho por alargar la guerra -la actual y también la de Donbass- se presentan como adalides de la paz y la seguridad. Su argumento siempre ha sido el mismo. En su artículo publicado en Foreign Affairs, Jens Stoltenberg lo repite de forma explícita. El secretario general de la OTAN lo precede con un habitual enaltecimiento a la lucha del pueblo ucraniano, es decir, el pueblo ucraniano que lucha del lado de Kiev, no de aquel que se levantó política y después militarmente contra un cambio de gobierno manifiestamente irregular. “Cuando visité Ucrania esta primavera, fui testigo de un terrible sufrimiento, pero también la una enorme valentía y determinación del pueblo ucraniano defendiendo su libertad”. Esa libertad ha incluido en los últimos años la prohibición de partidos, la demonización y el acoso a cualquier figura política o social mínimamente contraria al discurso oficial y la instauración del odio que el Gobierno ha asumido como propio a toda la población de Donbass y de Crimea que en 2014 rechazó el cambio de régimen de Maidan viendo en él un golpe de estado. Todo ello, y también la inclusión en las estructuras oficiales de grupos manifiestamente de extrema derecha -no solo en 2022, sino a lo largo de todo el periodo desde 2014- está justificado por la guerra contra Rusia, que para el nacionalismo ucraniano comenzó hace más de nueve años.
“Si Rusia deja de luchar, habrá paz”, afirma Stoltenberg, que añade que “si Ucrania deja de luchar, dejará de existir como nación”. Ambas premisas son falsas. Ucrania pudo mantener incluso los territorios de Donbass precisamente a base de cesar la guerra durante los siete largos años de proceso de Minsk, un acuerdo incómodo para Washington, es decir, para la OTAN, porque no implicaba la derrota de Moscú. También el acuerdo de Estambul suponía garantías de seguridad al Estado y a la nación ucraniana, aunque también bajo términos de pérdida de los territorios que habían rechazado la nueva Ucrania de Maidan y sin la derrota explícita de Rusia. La guerra actual no defiende la existencia de una nación ucraniana, cuya supervivencia está garantizada al margen de las fronteras que resulten de esta guerra. Es más, todo indica que la guerra dará como resultado una Ucrania más nacionalista, más antirrusa y también mucho más autoritaria, ya que la guerra ha acrecentado aún más esas tendencias que ya se habían puesto de manifiesto en el periodo 2014-2022.
También es falsa la parte en la que Stoltenberg, como han hecho Ucrania y sus socios desde que comenzara la guerra en Donbass, afirma que la paz será el resultado si Rusia deja de luchar. Así se decía incluso antes de que las tropas rusas cruzaran la frontera ucraniana. Paz no es sinónimo de victoria ni de ausencia de guerra, sino de ausencia de conflicto. Una retirada rusa -ahora militar, antes política- tendría como resultado que la población de Donbass y de Crimea quedaría a merced de la voluntad de la Ucrania nacionalista, que, dependiendo del grado de fanatismo de las personas y de los momentos, ha hecho de ella un enemigo interno a, demonizar, discriminar, desposeer, expulsar o exterminar. Ucrania dice estar luchando por su libertad y la de toda Europa, una libertad que en los últimos nueve años se ha traducido en el intento de eliminar del ámbito público a la lengua materna de una gran parte de la población, la prohibición del Partido Comunista por medio de una ley que equipara comunismo y nazismo pero que solo se ha utilizado contra el primero, la eliminación de calles que homenajeaban a todo tipo de figuras históricas que siguen siendo referentes para una importante masa social, cierre y acoso a medios opositores o reescritura de la historia hasta el punto de prohibir la hoz y el martillo de la Bandera de la Victoria, un símbolo de unidad de la población hasta la victoria de Maidan.
Es sencillo tanto para la OTAN como para Ucrania presentar ahora un conflicto simple, entre buenos y malos, democracia contra autoritarismo, los valores europeos contra las hordas asiáticas. Lo facilitan los nueve años ignorando el conflicto interno existente y la guerra que Kiev mantuvo artificialmente solo para no garantizar derechos lingüísticos y culturales a Donbass, un estatus especial que impedía construir el Estado centralista y oficialmente nacionalista que aún se busca crear. “Los ucranianos no se echarán atrás”, afirma Stoltenberg equiparando ucranianos con ucranianos que luchan en el lado correcto, evitando recordar a quienes luchan o defienden lo contrario. “Cuanto más territorio ganen en el campo de batalla, más fuerte será su posición en la mesa de negociación” en busca de una “paz justa” que no implique congelar el conflicto. Una paz en la que se tenga en cuenta únicamente los intereses del Estado de una Ucrania grande -la esperanza de las fronteras de 1991 no desaparece- y libre solo para quienes en 2014 eligieran el bando correcto.
Comentarios
Aún no hay comentarios.