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Desviar la atención

Instalados ya en la certeza de que las dos primeras semanas de la contraofensiva ucraniana no han obtenido los objetivos esperados, los bandos en conflicto continúan adaptando su discurso a una realidad actual que, a tenor de sus declaraciones, no confían en que perdure. “La contraofensiva ucraniana está teniendo menos éxito y las fuerzas rusas están mostrando más competencia de la esperada por las predicciones occidentales, afirman dos oficiales de alto rango del ejército estadounidense”, admite esta semana CNN en una afirmación representativa de que incluso el establishment acepta que las cosas no están saliendo como se esperaba. El Gobierno ucraniano había logrado crear unas expectativas fuera de la realidad y tanto Kiev como sus socios pagan ahora por el triunfalismo y la soberbia de los meses de preparación de la ofensiva. La contraofensiva “no está cumpliendo con las expectativas en ninguno de los frentes”, afirma una de las fuentes citadas por CNN dejando claro que no hay duda sobre el resultado inicial de los combates.

“Definitivamente, nos gustaría dar pasos más grandes”, ha admitido Zelensky a la BBC. Entre dudas sobre la capacidad ucraniana de derrotar a las tropas rusas en el frente sur, el objetivo de las autoridades ucranianas es ahora controlar el discurso y redirigirlo hacia su terreno. A ello está dedicándose el Gobierno ucraniano, que depende de esas posibilidades de éxito a medio plazo para justificar la exigencia de continuación de asistencia financiera y económica de sus socios. El control de daños y el mantenimiento intacto de las esperanzas de victoria es también el objetivo de los medios afines a la administración Zelensky.

“El ritmo general más lento que el esperado de las operaciones contraofensivas ucranianas no es signo del más amplio potencial ofensivo ucraniano y es posible que las fuerzas ucranianas estén sentando las bases para un futuro esfuerzo principal pese al revés inicial”, escribía el martes uno de los think-tanks más citados por los medios y expertos proucranianos, el Institute for the Study of War, que se ha visto obligado a admitir la falta de éxitos ucranianos, pero que tampoco ha querido dejar de ver un rayo de esperanza en las posibilidades futuras.

En la misma línea se ha manifestado el jefe de la diplomacia ucraniana, que ha querido reafirmar que “el objetivo de Ucrania es liberar todo su territorio de la ocupación rusa”. Ningún contratiempo en el frente va a hacer, al menos de momento, que Kiev renuncie a llevar la guerra incluso a aquellas regiones que, como Crimea, han mostrado con ímpetu su rechazo a Ucrania. “Esta tarea es factible con el apoyo oportuno y suficiente, pero no de un solo golpe o en un solo día”, añadió Kuleba. La dinámica es una repetición del modus operandi ucraniano desde el inicio de la guerra: promesas imposibles de cumplir -incluso sus propios socios admiten que sus posibilidades de capturar, por ejemplo, Crimea, son escasas- supeditadas al suministro de un correcto, rápido y creciente suministro de armas cada vez más pesadas y con las que atacar cualquier objetivo que Kiev considere oportuno.

Como muestra de la capacidad de Ucrania de llevar la guerra a Crimea, Ucrania realizó ayer un primer ataque utilizando sus misiles de crucero británicos Storm Shadow. Por la mañana, las autoridades rusas informaban del ataque contra el puente que une la península de Crimea con la región de Jersón, causando en la superficie daños que recuerdan a la fase inicial de ataques contra el puente Antonovsky que unía las dos orillas del río Dniéper. El objetivo de estos ataques es el mismo que en aquella ocasión: impedir el suministro de las tropas rusas en una zona clave de la retaguardia. El avance hacia Melitopol con Crimea en el horizonte busca partir en dos el territorio y la agrupación rusa en el sur, en cuyo caso, la pérdida de la vía de suministro de Crimea supondría una situación crítica para las tropas de la Federación Rusa. La realidad choca con esos deseos, pero Ucrania, que se debe a sus socios y a los objetivos de estos, está obligada a mostrar que es capaz de poner en marcha al menos una parte de ese plan. El ataque supone también una forma de desviar la atención del éxito limitado de la ofensiva y la necesidad de tomar medidas para resolver unos problemas que Ucrania y sus socios parecían no haber previsto.

Los avances ucranianos son escasos y se están produciendo a costa de bajas y pérdidas materiales que Ucrania no se ve en la necesidad de justificar, pero que ya han forzado un cambio de táctica que se ha apreciado incluso a nivel local. Hace varios días, antes incluso de que el ISW hablara de pausa operativa en la ofensiva en busca de una readaptación a las circunstancias basada en la experiencia de los primeros días, el fundador del batallón Vostok describía ya ese cambio: en la zona en la que luchan sus soldados, las grandes columnas blindadas habían sido ya sustituidas por pequeños grupos móviles y acciones de sabotaje y reconocimiento. Este cambio, que también Rusia se ha visto obligada a realizar en ocasiones anteriores en diferentes zonas del frente, es la repetición de un fenómeno que se ha observado desde el verano de 2014 en la guerra en Donbass, en la que siempre han funcionado mejor los grupos con mayor movilidad y flexibilidad -de ahí el protagonismo de unidades como Sparta o Somalia de los ahora desaparecidos Motorola o Givi– que las columnas blindadas que, tanto Ucrania como Rusia han podido comprobar, corren el riesgo de acabar sitiadas o destruidas.

En estas dos semanas, las imágenes de vehículos ucranianos destruidos han causado cierto exceso de euforia en ciertos sectores rusos, especialmente entre la prensa. Sin embargo, el alivio que ha supuesto la mejorada actuación defensiva en el frente más comprometido no se ha traducido en un excesivo triunfalismo por parte de las autoridades, que, en boca del presidente Vladimir Putin, han mostrado una cautela inusual en esta guerra. El presidente ruso, que hace unos días dio por fracasada la primera fase de la ofensiva, advirtió ayer que Occidente continuará suministrando armas a Ucrania para continuar la ofensiva. “Se puede concluir que es posible suministrar equipamiento adicional, pero la reserva de movilización no es infinita”, añadió Vladimir Putin, que ve en ello la voluntad de Occidente de luchar contra Rusia “hasta el último ucraniano”. Aunque con la confianza de haber resistido la primera embestida ucraniana, las autoridades rusas tratan de evitar dar la imagen de que el resultado de la ofensiva está ya marcado por esta primera fase. “Hay que proceder desde la premisa de que el potencial ofensivo del adversario no está exhausto. Cierta cantidad de reservas estratégicas aún no han sido utilizadas y pido que se tenga esto en cuenta en la planificación de operaciones de combate. Es necesario proceder desde la imagen real de la situación”, insistió el presidente ruso.

En la misma línea se mostró horas antes Alexander Jodakovsky, mostrando que los comandantes sobre el terreno son también conscientes de que las hostilidades no han hecho más que comenzar y el momento es peligroso. Jodakovsky calificó de “engaño peligroso” la falsa sensación de que el oponente no es capaz de lograr un éxito ofensivo. Ucrania dispone de grandes cantidades de armamento con las que complicar la logística rusa en el frente sur y aspirar a lograr un éxito táctico que haga factibles algunos de los objetivos de esta contraofensiva que no ha hecho más que comenzar.

Sin embargo, quizá no hay prueba más evidente de que las cosas no van bien para Ucrania que el flagrante intento de desviar el discurso realizado ayer por Volodymyr Zelensky y sus asesores más cercanos. Sin necesidad de evidencia alguna, el presidente ucraniano recuperó la teoría de la conspiración, en este caso para referirse a la central nuclear de Energodar, bajo control ruso desde marzo de 2022. “Zelensky alerta de que Rusia prepara un ataque contra la central de Zaporiyia para liberar radiación”, titulaba Europa Press que, como otros medios, ha dado credibilidad a unas acusaciones vacías según las cuales Rusia se atacaría nuevamente a sí misma, como lleva haciendo, según el discurso ucraniano, nueve años en Donbass y como hiciera en el Nord Stream.

“Si el Kremlin va a seguir adelante con este escenario”, escribió Mijailo Podoliak, “depende únicamente de la reacción del mundo global”. El Gobierno sospechoso -según sus propios socios- de haber cometido un acto de terrorismo internacional en el mar Báltico y que ha bombardeado repetidamente la central nuclear de Energodar, exige a sus socios que actúen inmediatamente “no ayer, hoy” a un plan imaginario. Con ello, Kiev ha conseguido ya desviar la atención, al menos temporalmente, de sus escasos avances en el frente y vuelve a lograr hacer creíble un plan absolutamente inverosímil de autoataque de las fuerzas rusas. Teniendo en cuenta que este tipo de discurso ha sido utilizado en el pasado como preludio a bombardeos de los que posteriormente se acusaba a Rusia, el discurso de Zelensky y Podoliak ha de ser entendido como una amenaza de escalada en torno a la central nuclear más grande de Europa.

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