Esta semana, la agenda política vinculada al conflicto ucraniano está marcada por el foro en el que los acreedores de Kiev buscan diseñar y financiar la futura reconstrucción de Ucrania, un evento que, por marcar el modelo futuro que se planifica para Ucrania, merece un análisis en profundidad una vez concluido. La cumbre, una colaboración público-privada en la que quienes actualmente están financiando la guerra y la economía del país buscan compromisos para una futura reconstrucción, se produce cuando se han cumplido ya dos semanas desde el inicio de la contraofensiva que todos ellos llevan meses preparando. Con la necesidad de mantener unas buenas perspectivas de futuro que garanticen el mantenimiento de la ayuda económica y financiera, sin la que el Gobierno de Zelensky ni siquiera podría mantener el pago de las pensiones, el presidente ucraniano se ha visto obligado a salir al paso a raíz de los escasos resultados de esta fase inicial.
Pese al clavo ardiendo de las declaraciones de Prigozhin al que se aferraban ayer nacionalistas ucranianos y parte de la prensa occidental, que han preferido no ver en las afirmaciones de que Ucrania avanza en Zaporozhie una escenificación más de su lucha interna contra el Ministerio de Defensa, la contraofensiva ucraniana ha chocado contra unas expectativas exageradas que había generado el propio Gobierno de Zelensky. Durante meses, se ha alegado la falta de preparación y de moral de las tropas rusas, de las que se llegó a decir incluso que luchaban con palas, mientras se daba por hecha la absoluta superioridad del armamento occidental frente al ruso/soviético. No por previsibles -Ucrania carece de la superioridad aérea necesaria para una operación terrestre y en campo abierto a gran escala, especialmente cuando el oponente ha tenido meses para preparar las defensas-, las dificultades a las que se enfrentan las tropas de Kiev dejan de ser un problema para quienes llevan meses utilizando un discurso de victoria rápida y segura. Por ejemplo, el ahora reaparecido Kiril Budanov, líder de la inteligencia militar y encargado del sabotaje en la retaguardia rusa, afirmó el pasado invierno que sus tropas alcanzarían Crimea antes del verano.
La guerra no es una película de Hollywood, afirmó ayer Volodymyr Zelensky, insistiendo en la dificultad que suponen las operaciones a gran escala. Ciertamente, la guerra es dura y lo es más en casos como el actual, en el que se enfrentan dos ejércitos fuertemente armados y que han preparado concienzudamente -al margen de errores y fallos de cálculo- la táctica que ahora intentan poner en práctica. Sin embargo es difícil justificar ahora la exigencia de no tratar la batalla como un género de ficción cuando el propio Gobierno ucraniano ha utilizado técnicas del montaje audiovisual y de la propaganda para presentar la ofensiva, por medio de un vídeo rodado con altos valores de producción, como algo épico y aparentemente fuera de la realidad, un estado en el que siguen encontrándose aún muchos oficiales ucranianos.
Por ejemplo, el ministro de Defensa Oleksiy Reznikov, que orgulloso de que su carta a Ded Moroz le haya dado a Ucrania los tanques que esperaba y que pide ahora aviación occidental, ha afirmado esta semana en una entrevista que espera celebrar su próximo cumpleaños -en junio de 2024- en la península de Crimea. La falta de resultados significativos y la necesidad de detener temporalmente una ofensiva que estaba causando excesivas pérdidas de material no ha supuesto un cambio en la tónica general del discurso ucraniano. La ofensiva no ha hecho más que comenzar, por lo que puede valorarse aún ningún resultado como definitivo, pero es notable que, al contrario que en el caso de Járkov el otoño pasado, Ucrania se esté viendo obligada a rectificar. Ayer, el comandante del batallón Vostok Alexander Jodakovsky, con nueve años de experiencia en esta guerra, se refería al cambio de táctica del oponente ucraniano, que ha dejado de utilizar grandes cantidades de vehículos blindados para sus ataques y comienza a atacar en pequeños grupos.
La adaptación es parte importante de la guerra, que implica preparación, planificación y logística, pero también adecuación de los planes a las situaciones imprevistas que necesariamente van a presentarse a lo largo del conflicto. Es algo que ha ocurrido a ambos lados del frente y a lo que han tenido que responder los dos estados mayores en lucha. La capacidad de aprendizaje es un factor esencial en la garantía de éxito de cualquier bando en contienda, especialmente en una guerra de la intensidad de la actual. Aun así, la rapidez con la que ha quedado claro que el avance rápido que parecían esperar los más optimistas sigue siendo significativo al margen de cuál será el resultado final una vez que se produzcan los cambios necesarios. Es evidente que tanto Kiev como sus socios preparan el terreno para una ofensiva que no tenga los efectos definitivos a los que aspiraban hace unos meses y buscan ahora garantizar armamento y financiación para futuras ofensivas.
Alabando la facilidad con la que los soldados ucranianos han logrado instruirse en el manejo de tanques occidentales, reduciendo los tiempos de cuatro meses a cuatro semanas, Reznikov ha vuelto a insistir en la importancia de contar con aviación occidental. Sin embargo, el ministro prefiere evitar admitir algo que ha sido publicado incluso por la prensa occidental: el mal manejo del equipamiento entregado por los países de la OTAN es uno de los factores, aunque no el único, de las elevadas pérdidas de material que está sufriendo Ucrania. Aplicar la lógica de Reznikov, que en su entrevista afirmó que los pilotos ucranianos pueden reducir el entrenamiento para el manejo de F16 de diez meses a diez semanas, a la aviación es garantía de un nuevo fiasco.
La adaptación que Ucrania está realizando en el frente aún no se ha traducido al discurso, que se mantiene en la sonrisa de la victoria segura. Es más, los oficiales ucranianos pelean duramente contra toda expresión de búsqueda de un alto el fuego y cargan contra todo intento de congelar el conflicto. La guerra es la única salida y mientras sus aliados buscan futura financiación para una reconstrucción que no comenzará en mucho tiempo, Kiev sueña con destruir a las tropas rusas y llevar la guerra a los escasos lugares a los que aún no ha llegado. Atrás quedó la predicción de Budanov de una llegada a Crimea antes del verano de 2023, pero el objetivo sigue siendo el mismo. Aunque sin ninguna prueba fehaciente que lo justifique -las tropas ucranianas aún no han llegado a la primera línea de defensa rusa pese a que ha logrado algunos avances en el frente de Zaporozhie-, Kiev continúa jactándose de avances “hacia Berdiansk”, una ciudad en la costa del mar de Azov de la que aún está muy lejos, y hacia Melitopol, su objetivo real al tratarse del camino hacia Crimea.
Ayer, la inteligencia británica, cuyas comunicaciones no han de ser entendidas como una fuente de información sobre el estado del frente sino como un ejercicio de creación de estado de opinión, afirmaba que Rusia teme que Ucrania sea capaz de asaltar directamente Crimea, de ahí la fortificación de posiciones en la frontera con la península. Las intenciones de Kiev son claras y es evidente que ese territorio es su objetivo final, por lo que es lógico que la Federación Rusa prepare su defensa. Ni Ucrania ni sus socios han escondido que consideran cada lugar de Crimea, civil o militar, un objetivo legítimo para las tropas ucranianas. En la situación actual, la guerra en Ucrania se ha convertido en existencial, no solo para Kiev sino también para Moscú, consciente de que la pérdida de un territorio que tanto el Estado como la población local consideran ruso desde hace casi una década sería un golpe que difícilmente podrían superar.
Pero las consecuencias políticas no son el único motivo para la necesidad de una defensa a toda costa de las posiciones rusas en Crimea y en el sur de Ucrania como garantía de que la guerra no llegue hasta la península. Con cada declaración, las autoridades civiles y militares ucranianas dejan claras sus intenciones con respecto a la población. Hace unos meses, el presidente del Consejo de Seguridad Nacional y Defensa, que publicó un plan para la desocupación de Crimea que implicaba la negación de derechos básicos a la población, no escondió la voluntad de expulsar a una parte importante de los habitantes de la península. Mijailo Podoliak, asesor de la Oficina del Presidente, añadió la necesidad de hacer desaparecer la cultura rusa. Y mucho antes incluso de que las tropas rusas atacaran Ucrania en febrero de 2022, el presidente Zelensky había recomendado a la población ucraniana que se identificara como rusa a mudarse a Rusia.
Las intenciones siempre han estado claras, pero ahora Ucrania cuenta con el visto bueno de Occidente para tratar de imponerlo por la fuerza. En una nueva salida de tono que es acorde con la política que plantea el Gobierno, Oleksiy Danilov, utilizando el argumento británico del temor ruso a la llegada de Ucrania a Crimea, llamó a los rusos a abandonar el territorio “mientras sea posible”. “Todos los rusos en el territorio de Crimea, ilegalmente ocupado, deben huir mientras tengan la oportunidad, ha sugerido en una aparición televisiva el 20 de junio el presidente del Consejo de Seguridad Nacional y Defensa Oleksiy Danilov. La sugerencia fue, en realidad, una afirmación explícita a la que Danilov añadió que usaran “los servicios de las infraestructuras que tienen ahora lo antes posible”. Danilov se refiere ahí al puente de Kerch, el mismo que Ucrania ya trató de hacer explotar hace casi un año utilizando un camión bomba en el que el conductor, que murió en el acto, ni siquiera era consciente de estar transportando los explosivos que iban a matarle.
Sin posibilidad de responder de otra manera al discurso ucraniano de guerra psicológica contra la población, Rusia se adapta a las circunstancias preparando la defensa militar. La narrativa del temor ruso a la llegada de Ucrania a Crimea es un elemento útil para la propaganda ucraniana, necesitada de algún tipo de victoria, real o imaginaria, en este momento. Sin embargo, la facilidad con la que los representantes ucranianos muestran su voluntad de llevar la guerra a la península y expulsar de allí a “todos los rusos”, algo que incluye a la inmensa mayoría de la población local recuerda que, a día de hoy, las tropas rusas son la única protección de la que disponen los hombres y mujeres de Crimea frente a quienes llevan casi una década aspirando a pisotear sus derechos más básicos.
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