“3 a. m. El ataque a Ucrania dura varias horas. Rusia está atacando la infraestructura energética. Putin solo tiene un objetivo: obligar a los ucranianos a pasar frío durante el otoño y el invierno. Por elegir vivir en un país independiente. Esta es nuestra realidad”, escribió en las redes sociales Oleksiy Honcharenko, diputado por el partido de Poroshenko, conocido por sus espectáculos en la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa y, antes, por fotografiarse en el interior de la Casa de los Sindicatos de Odessa el 2 de mayo de 2014, antes de que se hubieran retirado los cuerpos calcinados. En línea con la visión del conflicto entre Rusia y Ucrania como una lucha entre el bien y el mal, Goncharenko, cuyo discurso es exactamente el mismo que han mantenido durante todo este tiempo, incluso durante los ocho años de agresión ucraniana contra Donbass, intenta centrar la narrativa en la víctima inocente atacada sin provocación previa y únicamente por su reivindicación de independencia. En esta cómoda simplificación masiva de la guerra, un éxito rotundo y una causa justificada cuando es realizado por uno de los bandos, es prueba clara de agresión deliberada contra la población civil.
Desde las posturas más beligerantes del continente y desde el país probablemente más radical, Estonia, el presidente del Comité de Asuntos Exteriores, Marko Mihkelson, proclamaba que “Rusia continúa su genocidio contra el pueblo ucraniano. Al lanzar ataques masivos contra el sector energético ucraniano antes del invierno y tratar de sumir al país en la oscuridad, Rusia busca obligar a los ucranianos a renunciar a su libertad. Pero el pueblo ucraniano no se rendirá”. Para quienes durante dos años no han denunciado una situación en la que todo el matar corre a cargo de una de las partes y el morir, de la otra y han apoyado activamente a quien estaba siendo investigado por genocidio, Israel, actos como los ataques rusos de ayer contra las infraestructuras energéticas de Ucrania son muestra de genocidio.
“En muchas infraestructuras críticas, continúan las labores de recuperación tras el ataque ruso al sector energético. Fue un ataque cínico y calculado, con más de 450 drones y más de treinta misiles dirigidos contra todo aquello que sustenta la vida normal, todo aquello de lo que los rusos quieren privarnos. Hasta el momento, se ha reportado que más de 20 personas en todo el país han resultado heridas; todas están recibiendo la asistencia necesaria. Lamentablemente, un niño falleció en Zaporozhie como consecuencia del ataque. Mi más sentido pésame a la familia y seres queridos”, escribió el presidente de Ucrania. El centro del ataque estuvo en Kiev, donde en un momento dado el 73% de la ciudad quedó a oscuras. El bombardeo, que está siendo calificado como el más duro contra la capital, es una muestra más de las crecientes dificultades que Ucrania está sufriendo a la hora de derribar, no solo los misiles, sino también los Geran-2 rusos. Su derribo es, además, un peligro añadido para la población civil, ya que son esos fragmentos o drones desviados los que impactan en zonas civiles. Eso es, al menos, lo que puede observarse con las imágenes que rápidamente se publican en las redes sociales y los medios de comunicación.
“Las noticias de hoy desde Ucrania parecen el comienzo de un apagón total. ¿Empezará siquiera la temporada de calefacción?”, se lamentó el periodista opositor ruso Leonid Ragozin. El ataque de ayer, se une a los que se han producido a lo largo de la última semana y que marcan un empeoramiento expreso de la guerra aérea mutua. “Una serie de ataques aéreos rusos a gran escala durante la semana pasada ha inutilizado casi el 60% de la producción de gas de Ucrania, lo que ha suscitado temores de escasez durante el invierno, según dos funcionarios ucranianos con conocimiento de los daños”, escribió, incluso antes del bombardeo de las últimas horas en Kiev. Aunque Ucrania prefiere jactarse de sus éxitos atacando refinerías rusas, su arrogancia tiene un precio que paga la población civil que sufre las restricciones energéticas.
“Precisamente la infraestructura civil y energética es el principal objetivo de los ataques rusos antes de la temporada de calefacción. Juntos, podemos proteger a la gente de este terrorismo. Lo que se necesita no es una fachada, sino una acción decisiva —de Estados Unidos, Europa y el G7— para suministrar sistemas de defensa aérea e imponer sanciones. Confiamos en una respuesta a esta brutalidad por parte del G20 y de todos aquellos que hablan de paz en sus declaraciones, pero se abstienen de tomar medidas reales. El mundo puede defenderse de estos crímenes, y al hacerlo, sin duda, se fortalecerá la seguridad global. Gracias a todos los que están colaborando”, escribió Zelensky culminando su exigencia de aún más asistencia militar con su equivalente al “thank you for your attention to this matter” -gracias por la atención a este asunto- que suele incluir Donald Trump. El presidente de Estados Unidos no obtuvo ayer el Nobel de la Paz que ansiaba, pero ahora sabe que tiene en Zelensky un apoyo para conseguirlo. Eso sí, solo si entrega a Ucrania los Tomahawks que tanto ansía. Algunos apoyos siempre son condicionales.
Esas nuevas armas milagrosas que aún no han llegado a Ucrania están ya marcando los hechos. La recuperación de la estrategia de la escalada progresiva de Biden imposibilita la diplomacia, aparcada hace semanas ante la incapacidad de Estados Unidos de llegar a una hoja de ruta que las partes pudieran negociar, que unida a la promesa de aumento de la capacidad destructiva de Ucrania, hace inevitable la respuesta rusa. Frente a la idea de Zelensky de que los Tomahawks podrían “obligar a Putin a negociar”, la promesa del envío de armas más potentes lleva implícita la apuesta por la solución militar, que implica necesariamente una escalada por parte del bando al que se ofrece una mesa de negociación solo para ratificar su rendición.
Sin embargo, Zelensky, que tiene respuestas para todo, prefiere utilizar un discurso diferente. El problema no es que la guerra se encuentre actualmente en una fase de escalada que, ante la amenaza de la entrega a Ucrania de armas aún más potentes, obliga a Rusia a responder con mayor potencia de la utilizada hasta ahora, sino que la guerra aérea rusa es completamente diferente a la ucraniana. “Ucrania contraataca con ataques precisos y selectivos, y a diferencia de Rusia, sabemos exactamente qué buscamos. La paz, por supuesto. No libramos la guerra por la guerra, como hace Rusia”, afirmó Zelensky en uno de sus habituales mensajes a la nación publicado el jueves, pocas horas antes del ataque ruso. El presidente ucraniano está protegido por el completo desinterés occidental por la situación en Rusia y por las consecuencias de los ataques ucranianos. Esta misma semana, Ucrania dejó sin luz a los territorios al sur del Dniéper y partes del territorio del oblast ruso de Belgorod a base de ataques con drones contra las infraestructuras energéticas rusas, es decir, la misma actuación que se critica en caso de ser Rusia la culpable.
“Incluso Hamás demuestra perspicacia para negociar, pero Putin no. Por ahora. Junto con nuestros socios, estamos creando las condiciones para obligar a Rusia a la paz. Y lo lograremos. Apoyamos todos los esfuerzos diplomáticos globales encaminados a lograr la paz en Oriente Medio, y esperamos firmemente que la presión justa sobre Rusia traiga la paz a Ucrania y también a toda nuestra región. Es importante que el liderazgo de Estados Unidos siga siendo eficaz”, añadió el presidente ucraniano, sin aclarar realmente si su sueño es aplicar a Rusia el tratamiento que Israel, con la connivencia de Estados Unidos, ha dado a Gaza. “Cómo rechazar negociaciones mientras simulas que quieres negociar”, comentó Ragozin en referencia a una oferta vacía de Zelensky. Sin embargo, la comparación con Hamas es ya parte del discurso oficial ucraniano, repetido también por Andriy Ermak. “Cómo rechazar negociaciones mientras simulas que quieres negociar”, escribió el cardenal verde, mano derecha de Zelensky. No hay como el día en el que se otorga el Premio Nobel de la Paz para apelar a una negociación que nunca se ha ofrecido, que no se desea y que, en realidad, es solo otra forma más de pedir más armas con las que seguir empeorando la guerra.
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