Instalada en su discurso de victoria, sostenida por la constante inyección de financiación de la Unión Europea, armada por los países europeos de la OTAN y el sistema de adquisición comercial de armas estadounidenses y espoleada por el comentario de Donald Trump, que sugirió que era posible recuperar la integridad territorial del país, Ucrania ha disfrutado este último mes de informar de sus exitosos ataques contra infraestructuras clave de la Federación Rusa, que se han centrado especialmente en las refinerías de petróleo. El objetivo, más mediático que real, era poder burlarse de que la gasolinera que se hace pasar por país se ha quedado sin gasolina. La guerra psicológica siempre es una parte de los enfrentamientos bélicos y aumenta de forma proporcional a lo mediático que sea el conflicto. Desde agosto, Ucrania ha atacado e impactado una quincena de refinerías rusas, instalaciones imprescindibles para mantener la capacidad rusa de suministrar energía al país, no solo a su ejército. Aprovechándose de su gran capacidad mediática y manejo de la comunicación, utilizando el porcentaje de refinerías atacadas y dando falsamente por hecho que impacto significa destrucción, Ucrania ha instalado en la conciencia colectiva la idea de haber destruido alrededor del 40% de la capacidad rusa de refinar crudo.
En paralelo a sus ataques, Ucrania acostumbra siempre a destacar la incapacidad rusa de responder a los golpes. Así ocurrió cuando Kiev atacó la aviación estratégica y así ha sido en los momentos en los que el nerviosismo ha hecho que figuras relevantes como Dmitry Medvedev han perdido los nervios y anunciado “el juicio final” en caso de ataques que, cuando se han producido, no han provocado represalias masivas rusas. Frente a la Rusia irracional, incapaz de mantener una táctica lógica y siempre sin margen para aprender de sus errores que presentan la propaganda ucraniana y occidental, Moscú, que comenzó la guerra subestimando las capacidades ucranianas y sobreestimando las propias, con un contingente insuficiente y una táctica suicida, se sobrepuso con relativa rapidez de sus carencias iniciales y se ha instalado en una guerra de desgaste en la que considera posible aguantar a largo plazo. Sobre esa base, aunque las represalias por ataques que han causado daños sensibles se han producido, responder inmediatamente y de forma equivalente no ha sido el modus operandi elegido por el Estado Mayor ruso. Contrariamente a las prácticas estadounidenses, que comienzan con bombardeos masivos que buscan destruir las infraestructuras críticas antes de iniciar operaciones terrestres, Rusia tardó seis meses en atacar las instalaciones eléctricas ucranianas. Fue a partir de septiembre de 2022, cuando se había roto cualquier posibilidad de negociación y Ucrania comenzaba a hablar de la contraofensiva terrestre con la que esperaba romper el frente y poner en cuestión el control de Crimea.
A los ataques a las infraestructuras de distribución eléctrica se añadió posteriormente bombardeos a instalaciones de producción eléctrica, algo que Ucrania pudo compensar relativamente gracias a la preparación que había heredado de la URSS, cuyo legado repudia, pero gracias al cual disfruta de una red eléctrica descentralizada y diversificada a prueba de bombas. A lo largo de esta guerra, no han sido los “generadores de esperanza” anunciados por Úrsula von der Leyen los que han reducido los efectos de la guerra para la población civil, sino la economía planificada y el temor de la Unión Soviética a una posible invasión que llegara de Occidente. Tres años y medio después de la guerra, las infraestructuras ucranianas están seriamente minadas y, pese a la constante labor de reparación, son ahora más vulnerables a los bombardeos rusos, especialmente teniendo en cuenta que, como admitía esta semana Financial Times las mejoras en los drones y misiles rusos se están produciendo con más rapidez que la adaptación de los Patriot y otros sistemas de defensa aérea propios o donados por Occidente. Necesitada de noticias optimistas, Ucrania se aferraba ayer a la esperanza de las nuevas armas donadas por Suecia, sistemas antiaéreos móviles que estarán destinados a derribar los drones Shahed de diseño original iraní pero producidos en serie, modernizados y mejorados en la Federación Rusa.
Aunque la guerra aérea en la retaguardia no es nueva, ni decae durante los meses en los que la diplomacia parece posible, los bombardeos mutuos contra las infraestructuras críticas son una consecuencia prácticamente inevitable en cada momento de escalada. En esta guerra en la que los participantes indirectos aportan a uno de los actores, Ucrania, una fortaleza muy superior a la que marcan los mapas de control de territorio o la capacidad industrial de los países, los movimientos en la retaguardia política, en este caso en Nueva York, son también una forma de escalada. Aunque Rusia reaccionó con tranquilidad, apelando a la diplomacia e insistiendo en su creencia de que Donald Trump busca legítimamente la paz entre Rusia y Ucrania, es evidente que, desde ese momento, los ataques aéreos han aumentado nuevamente. Si en agosto, cuando se realizó un nuevo intento de impulsar la diplomacia, los bombardeos se redujeron, el fracaso de la cumbre de Alaska, el cambio de rumbo constante en el que se ha instalado Donald Trump y finalmente la orden de “pasar a la acción” y la apelación a la victoria realizadas durante la semana más mediática de la Asamblea General de Naciones Unidas han devuelto a Rusia a la realidad. Sin ninguna apertura a la diplomacia, la única opción sobre la mesa es, para Kiev y Moscú, la militar. Las palabras de Trump, la aceleración de la compra de armas estadounidenses por parte de los países europeos y la recuperación de la exigencia de la integridad territorial -abandonada a regañadientes por Ucrania en el momento en el que Estados Unidos detuvo el suministro de armas al considerar que Kiev era un obstáculo para la paz- presagiaban el aumento de ataques que se ha producido y hacía inevitable que Moscú volviera a centrarse en los objetivos habituales: infraestructuras energéticas y de producción militar, a las que se ha añadido en los últimos casos intereses económicos extranjeros. Es ahí donde medios como The Guardian afirman que se ha producido una asistencia directa de China, ofreciendo a Rusia información de satélite necesaria para los bombardeos contra intereses económicos extranjeros. Una de las infraestructuras atacadas en los últimos bombardeos ha sido Motor Sich, una empresa que habría quedado en manos chinas de no ser por la intervención de John Bolton, que durante la primera legislatura de Trump alegó que esa venta pondría en peligro la seguridad nacional de Estados Unidos. Rusia difícilmente necesitaba que China le entregara las coordenadas.
El triunfalismo ucraniano y la exageración del éxito de sus ataques transfronterizos, esto ya no es 2022, como alegó Andriy Ermak, ha dado lugar a la recuperación del concepto con el que Andriy Zagorodniuk planteaba derrotar a Rusia, la “neutralización estratégica”. Más sencillo de describir que de llevar a cabo, esta táctica del exministro de Defensa de Ucrania consiste simplemente en destruir todo aquello que es imprescindible para Rusia, minando poco a poco su capacidad de seguir luchando. Aunque Zagorodniuk ha reanudado su campaña para hacer de esta táctica el centro de la actuación occidental contra Rusia, especialmente ahora que Donald Trump ha dado a entender que apoya el uso de misiles occidentales contra objetivos rusos y amenaza con plantearse la venta de misiles Tomahawk para que sean enviados a la guerra -donde serían utilizados quizá contra el puente de Crimea, pero principalmente contra objetivos en territorio ruso-, la magnitud territorial rusa y su capacidad de responder a los ataques hace de esta una táctica con capacidad de emporar la guerra sin conseguir objetivos estratégicos.
Como demuestra la respuesta de ayer de Volodymyr Zelensky, la capacidad de absorber los golpes es un factor a tener muy en cuenta. Dos bombardeos seguidos contra infraestructuras clave han sido suficientes para que el presidente de Ucrania eleve el nivel de exigencias a sus aliados. En la línea habitual, los ataques que en territorio ruso son calificados de exitosos, insultantemente calificados de “sanciones contra la Federación Rusa” y se generalizan las burlas sobre la incapacidad rusa de proteger sus infraestructuras, son rápidamente calificados de terrorismo cuando son la respuesta a los bombardeos ucranianos. “Ucrania está preparando una decisión sobre la producción conjunta con sus socios. En el futuro, la producción será local, en particular la que ayudará a proteger los cielos ucranianos. Ucrania también está preparando nuevas sanciones contra Rusia”, afirmó Zelensky el viernes para anunciar que los ataques contra la retaguardia rusa van a continuar. La consecuencia evidente de ello es la continuación de los ataques rusos contra la retaguardia ucraniana, como se ha producido este fin de semana. El resultado esperable es la acumulación de destrucción a ambos lados del frente, que continuará inevitablemente mientras no se abra una vía realista a una negociación con la que desbloquear una guerra en la que ninguno de los bandos va a poder imponer completamente su visión sobre el otro.
A eso precisamente se refería ayer el mensaje de Zelensky. Los golpes rusos de los últimos días han causado daños suficientes para provocar la recuperación de la idea de diplomacia por parte del presidente ucraniano, una línea a la que tiende a aferrarse cuando las cosas no van bien. Ucrania es consciente de que, en un proceso diplomático, contará con el apoyo y la presencia de sus aliados occidentales, lo que le permitió, por ejemplo, ignorar durante siete años los acuerdos de Minsk mientras Francia y Alemania le protegían en formatos como el de Normandía. Denunciando la presencia de 50 misiles y 500 drones -Zelensky nunca especifica cuántos de ellos eran señuelos-, el presidente ucraniano añadió que “los rusos volvieron a atacar nuestra infraestructura, todo lo que garantiza la vida normal de nuestra gente. Necesitamos mayor protección y una implementación más rápida de todos los acuerdos de defensa, especialmente en materia de defensa aérea, para que este terror aéreo no tenga sentido. Un alto el fuego unilateral en el cielo es posible, y es precisamente eso lo que podría abrir el camino a una verdadera diplomacia. Estados Unidos y Europa deben actuar para detener a Putin”. Zelensky parece querer volver a su iniciativa de marzo, exigir a Rusia el cese del fuego en el aspecto en el que mayor desequilibrio existe entre las partes. El día anterior, Zelensky criticaba a Rusia alegando que “Rusia ignora o rechaza literalmente cualquier oportunidad para poner fin a la guerra y garantizar la seguridad”.
Teniendo en cuenta que no se ha ofrecido a Rusia ningún formato realista de negociación ni se ha presentado una hoja de ruta de negociación, estas quejas ucranianas y europeas, que se repiten rutinariamente, no son más que palabras vacías con las que presentarse como la parte que busca la paz. Algo parecido puede decirse del comentario de ayer del presidente ucraniano, que tras exigir a sus socios más armamento y sorprenderse de unos ataques perfectamente previsibles, solicitaba también que sean ellos quienes logren un acuerdo de alto el fuego. Todo indica que el significado de la palabra “unilateral” es, en realidad, “incondicional”, es decir, lo que los países europeos exigieron a Rusia el 9 de mayo. Ayer, la respuesta de Ucrania a los bombardeos rusos fue atacar con drones una refinería en Crimea e infraestructuras eléctricas en Belgorod, dejando sin luz a 40.000 personas, actos que, sin duda, provocarán acciones similares contra el territorio controlado por Kiev. La rueda de la guerra no se detiene.
La negociación que Zelensky desea siempre ha sido la conversación interna entre aliados, un consenso que trasladar a Rusia de la misma forma que Trump dio a Hamas la orden de aceptar un acuerdo alcanzado entre Estados Unidos e Israel. La fe en sus aliados y su capacidad de obligar a Rusia a aceptar los términos decididos por Washington, Londres, París, Berlín y Kiev es la única respuesta de Ucrania a esta guerra. Una diplomacia en la que las partes negocien seriamente los términos de la guerra y sus relaciones futuras sigue, pese a la apelación de ayer, fuera de lugar.
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