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Rusia, Ucrania y el «alto el fuego» en Oriente Medio

Pocas cosas en el mundo son capaces de poner de acuerdo a Rusia y Ucrania como la necesidad de celebrar los éxitos de Donald Trump. A lo largo del día de ayer, quedó claro que las diferencias de interpretación de un entendimiento mediado por Pakistán -un país que actúa de proxy de Estados Unidos y no como un actor independiente e imparcial- iban a hacer el alto el fuego y la negociación un proceso tortuoso y lleno, no solo de reproches, sino de muerte y destrucción. Mientras tanto, Kiev y Moscú rivalizaban por publicar el comunicado más amigable con Estados Unidos. “Un alto el fuego es la decisión correcta que conduce al fin de la guerra. Significa salvar vidas, abandonar la destrucción de ciudades y pueblos, y permitir que las centrales eléctricas y otras infraestructuras funcionen normalmente, y así proporciona el tiempo y las condiciones necesarias para que la diplomacia dé resultados”, escribió Zelensky, que añadía que “varios países han participado en el proceso de negociación, y es importante que Estados Unidos haya dado este paso diplomático”.

Zelensky, que insistía en que “Ucrania ha estado ayudando a proteger vidas en Oriente Medio y el Golfo”, centraba su análisis geopolítico en la necesidad de “desarrollar aún más las capacidades de seguridad. La situación en esta región tiene implicaciones globales: cualquier amenaza a la seguridad y la estabilidad en Oriente Medio y el Golfo amplifica los desafíos para la economía y el costo de vida en todos los países. Por eso, la seguridad debe ser garantizada, y los intereses de cada nación deben tomarse en cuenta al definir los arreglos de posguerra. Es igualmente esencial salvaguardar la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz, y la resolución de este tema también tiene significación global. Para lograr el resultado correcto, se necesita una acción activa y coordinada de la comunidad internacional. Debe haber más seguridad después de la guerra, no menos”.

Ucrania, que en este conflicto se ha identificado abiertamente con Estados Unidos e Israel y ha querido utilizar la coyuntura para obtener ingresos de ventas de armamento, lucrándose así de una guerra de agresión, ni siquiera trata de mantener una mínima sutileza. Cada uno de sus argumentos son simplemente una proyección de lo que espera que ocurra en Ucrania, todo ello cubierto de un halo de halago a las capacidades negociadoras de Donald Trump. Estabilidad, intereses de cada nación y seguridad más allá del alto el fuego son aspectos que Zelensky menciona en aparente referencia a los países del Golfo, pero que, en realidad, se refieren a Europa y Ucrania. Lo mismo puede decirse de la mención a la acción activa y coordinada de la comunidad internacional durante y después de la guerra, una evidente forma de exigir que se dé a Rusia el mismo trato que se ha dado a Irán.

En el mismo mensaje, Zelensky afirma que “Ucrania siempre ha pedido un alto el fuego en la guerra que Rusia libra aquí en Europa contra nuestro Estado y nuestro pueblo, y apoyamos el alto el fuego en Oriente Medio y el Golfo que allana el camino para los esfuerzos diplomáticos. Ucrania le dice una vez más a Rusia: estamos listos para responder de la misma forma si los rusos detienen sus ataques. Es obvio para todos que un alto el fuego puede crear los prerrequisitos adecuados para los acuerdos”.

El alto el fuego en Oriente Medio no se cumplió en su primer día. Pese a las declaraciones de quien ha sido presentado como principal mediador, el primer ministro pakistaní Shehbaz Shariff -cuya influencia es limitada en su propio país, dominado por el ejército, e incluso en su propio partido, cuyo líder real es su hermano Nawaz-, Israel dejó claro con uno de los mayores bombardeos desde el inicio de la guerra en el sur de Beirut que la tregua de dos semanas no va a implementarse en Líbano. Aunque no fue el apocalipsis de cuatro horas con el que amenazó Donald Trump el lunes y que, según Pete Hegseth, no se llevó a cabo por “la compasión” del presidente de Estados Unidos, se produjeron varios bombardeos, incluidos algunos contra infraestructuras críticas. Irán denunció un ataque contra una de sus refinerías. Al más puro estilo de los siete años de Minsk, sin precisar al culpable, Estados Unidos respondió que ni su aviación ni la israelí habían atacado. Ante esa realidad, la Guardia Revolucionaria advirtió de que reanudaría los ataques y no reabriría el paso por el estrecho de Ormuz en caso de que el alto el fuego no se cumpla en ambos escenarios bélicos.

Las contradicciones no habían tardado en aparecer y, pese a que el propio Trump había confirmado que la negociación con Irán, que ha de comenzar el viernes en Islamabad con la participación de Steve Witkoff, Jared Kushner, JD Vance, Abbas Araghchi y Mohammed Ghalibaf, se produciría sobre la base de la propuesta de diez puntos de Irán, a media mañana Donald Trump ya había comenzado la reescritura de los términos. La Operación Furia Épica ha cantado victoria por destruir una armada y aviación de por sí extremadamente débiles -e innecesarias para el tipo de guerra que se lucha-, por acabar con un programa armamentístico nuclear inexistente y por causar un cambio de régimen del que Trump se jacta pero que no ha sucedido. Rápidamente, Estados Unidos parece haber transitado a la operación mover la portería. El objetivo es tratar de ganar la paz y obtener por la vía de la imposición aparentemente diplomática lo que no ha logrado por la vía militar. De la aceptación de la soberanía iraní y omaní sobre el estrecho de Ormuz, donde podrían obtener pagos por tránsito que Irán utilizaría para su reconstrucción a modo de reparaciones de guerra y que compartiría con Omán se ha pasado a que Estados Unidos participará en el control de la libertad de navegación y obtendrá parte de los ingresos. Trump insiste también en que Irán y Estados Unidos colaborarán en la retirada del uranio enriquecido, que será entregado a Washington. Pese a no haber podido traducir sus éxitos tácticos -fundamentalmente asesinatos y destrucción selectiva de todo aquello que Irán podría utilizar para reconstruir su economía civil- en estratégicos, Pete Hegseth insistió en que la victoria de sus tropas es mayúscula, histórica, lo nunca visto. Y la negociación ya no se producirá sobre la base de la propuesta iraní, sino sobre los 15 puntos, una hoja de ruta de capitulación, presentados por Estados Unidos hace unos días y que Teherán rechazó abiertamente.

Washington trata así de darle la vuelta a una narrativa que había comenzado por la mañana con Irán señalando que Estados Unidos había aceptado su propuesta. En realidad, Washington había aceptado, como el propio Trump recogió al repostear la carta de Abbas Araghchi, el marco iraní de negociación, que no exigía la rendición nuclear, buscaba un levantamiento completo de las sanciones y una paz definitiva en todos los escenarios, también en Líbano. La brutalidad del bombardeo de ayer por la tarde contra Beirut y la orden de Donald Trump de imponer aranceles del 50% a todos los productos de cualquier país que venda armas a Irán constatan que el objetivo sigue siendo el mismo: una hegemonía estadounidense e israelí en una región en la que ningún oponente tenga derecho a una política exterior propia ni a disponer de armas con las que defenderse en caso de una futura agresión.

«A pesar del escepticismo de la opinión pública iraní debido a las repetidas violaciones del alto el fuego por parte del régimen israelí para sabotear la iniciativa diplomática, la delegación iraní, invitada por el honorable primer ministro Shehbaz Sharif, llega esta noche a Islamabad para conversaciones serias basadas en los 10 puntos propuestos por Irán», ha escrito esta mañana el embajador de Irán en Pakistán, confirmando que Teherán participará en una reunión que, ayer por la tarde, parecía en el aire. La delegación iraní llegará a Pakistán entre amenazas y con Estados Unidos tratando de imponer unos términos que poco tienen que ver con esos 10 puntos que debían ser la base de la negociación. Sin embargo, el optimismo reina tanto en Islamabad, incapaz de no tratar de utilizar en beneficio de su Gobierno un alto el fuego que aún no existe -al menos en Líbano- como más allá.

Igual que en Ucrania, también en Rusia se ha resaltado el resultado de las negociaciones en Oriente Medio con la esperanza de que se traduzca en avances en la negociación en Europa. “Esperamos que, en un futuro próximo, [Estados Unidos] disponga de más tiempo y de mayores oportunidades para reunirse en un formato trilateral”, insistió Peskov. Pese al pésimo papel que han jugado en esta guerra los dos interlocutores del Kremlin y Bankova, Steve Witkoff y Jared Kushner, tanto Kiev como Moscú, por diferentes motivos, ven en Estados Unidos la esperanza de la paz en Ucrania. Aunque absolutamente incapaz de crear un verdadero proceso diplomático, pero más favorable a Rusia que otros interlocutores de la administración Trump, el Kremlin sigue viendo en Witkoff una persona con la que es posible negociar. Al otro lado del frente, es probable que Ucrania se identifique con la estrategia de reescribir el acuerdo de paz, que Kiev utilizó durante siete años en Minsk y que Washington ya ha comenzado a hacer en Irán antes incluso de llegar a la primera reunión para negociar la paz, un término que, como para Zelensky, es sinónimo de imposición de su victoria.

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