El año 2022 supuso un antes y un después en la concepción de las relaciones internacionales del bloque occidental, que quiso hacer creer a sus poblaciones que la guerra en Europa había surgido de la nada y prácticamente se daba a entender que, en un continente inocente y puro, lo ocurrido en Ucrania era una anomalía histórica además de un crimen nunca visto. En la hipérbole de los medios de comunicación y del establishment político, que sigue intentando financiar y promocionar un tribunal internacional creado ad hoc para juzgar únicamente los crímenes rusos, únicos de interés para una Unión Europea ahogada en su propia propaganda, podría parecer que Vladimir Putin había inventado el concepto de la guerra, ajeno hasta entonces al continente. Todo ello justificaba una movilización masiva de recursos, esa sí, absolutamente sin precedentes en una guerra proxy. La invasión rusa hizo posible lo que los países más cercanos a Estados Unidos y el propio Washington llevaban años buscando, una fractura continental que comenzó con las sanciones y que se ilustró a la perfección con las explosiones del Nord Stream en septiembre de ese primer año de guerra rusoucraniana.
Ese momento coincidió con la fase más crítica para la Federación Rusa que, tras haberse agotado en la ofensiva inicial, pésicamente planificada bajo una inteligencia a todas luces errónea, se enfrentaba a las derrotas más peligrosas. Meses antes, Rusia había optado por retirarse de Kiev alegando un gesto de buena voluntad para tratar de hacer efectivo el preacuerdo finalmente fallido alcanzado entre Vladimir Medinsky y David Arajamia en Estambul. Lo que en realidad era una derrota militar, ya que Rusia había quedado atrapada en las trincheras y no contaba con los medios ni los efectivos para sostener esa batalla, se presentó como un gesto diplomático que nadie creyó. Ucrania comenzó a recibir el armamento pesado ofensivo que llevaba tiempo exigiendo y logró rápidamente revertir unos avances rusos que habían llevado meses. Járkov fue la evidencia de que Rusia podía perder la guerra y Jersón, de donde las tropas se retiraron sin luchar, la constatación de que Moscú era consciente de ello.
Los acontecimientos se aceleraron en aquel otoño-invierno, cuando empezó a hablarse de la contraofensiva que Ucrania preparaba y que, en un gran signo de arrogancia, nunca quiso ocultar. Tras los primeros y tímidos ataques contra Crimea, Dmitry Medvedev había sentenciado que recaería sobre Ucrania “el juicio final” en caso de una acción contra la península, que siempre fue el objetivo de la gran operación terrestre que tenía como base la ruptura del frente central y avance rápido hacia el sur. Como algunos líderes europeos no dudaron en confirmar, poner en peligro el control de Crimea obligaría a Rusia a negociar en condiciones de debilidad, entre la espada y la pared. Esa era la forma con la que Mijailo Podolyak sugería que Ucrania ganaría la guerra sin tener que luchar pueblo a pueblo “hasta las fronteras de 1991”.
Por aquel entonces, de las potencias militares a las que aún podía acudir, Rusia acudió a Irán que, necesitado de ingresos a causa de la política de presión máxima impuesta por Donald Trump y nunca revertida realmente por Joe Biden, no podía rechazar la venta de drones Shahed y la licencia para su producción. Y fue también el momento en el que se planteó la opción nuclear. Rusia estaba contra las cuerdas y una potencia de ese nivel no puede permitirse una derrota militar en un territorio tan sensible y cercano a sus fronteras sin temer una inestabilidad interna capaz de derribar al Estado. Ese, al menos, fue el argumento con el que los medios estadounidenses y europeos insistieron en ver señales de que Rusia se preparaba para la posibilidad de un ataque nuclear. “A los pocos meses del inicio de la guerra de Rusia en Ucrania, Estados Unidos disponía de información de inteligencia que apuntaba a «conversaciones altamente sensibles y fiables en el seno del Kremlin» según las cuales el presidente Vladimir Putin estaba considerando seriamente el uso de armas nucleares para evitar pérdidas importantes en el campo de batalla, según informó el periodista Bob Woodward en su nuevo libro, Guerra”, alegaba en octubre de 2024 Le Monde.
“Según el libro, los servicios de inteligencia estadounidenses estimaban que había un 50 % de probabilidades de que Putin utilizara armas nucleares tácticas si las fuerzas ucranianas rodeaban a 30 000 soldados rusos en la ciudad sureña de Jersón. Apenas unos meses antes, en el extremo noreste, las tropas ucranianas habían sorprendido a los rusos al recuperar Járkov, la segunda ciudad más grande de Ucrania, y se estaban reorientando para liberar Jersón, situada estratégicamente a orillas del río Dniéper, no muy lejos del mar Negro”, explicaba el medio, que añadía que “el asesor de seguridad nacional Jake Sullivan contempló «con pavor» la evaluación de inteligencia —descrita como procedente de las mejores fuentes y métodos— a finales de septiembre de 2022, siete meses después de la invasión rusa, según el libro. Esto causó alarma en toda la administración Biden, elevando la probabilidad de que Rusia utilizara armas nucleares del 5% al 10% y, después, al 50%”. Las valoraciones de la CIA, una parte que no puede ser considerada imparcial teniendo en cuenta su papel en Ucrania desde 2014, y las de Jake Sullivan -que posteriormente se destacaría por alegar, apenas unos días antes del 7 de octubre de 2023 que Oriente Medio estaba en su etapa “más tranquila en las dos últimas décadas”- son suficiente para que periodistas de renombre como Bob Woodward, uno de los dos reporteros que desvelaron el escándalo del Watergate.
El episodio de las armas nucleares rusas es solo uno de los muchos temas de un libro mucho más amplio. Sin embargo, es el núcleo del publicado por el periodista de CNN Jim Sciutto, que se basó en esa posibilidad filtrada por la inteligencia estadounidense para crear un relato épico en el que parecería que Rusia realmente hizo estallar un arma atómica. “A finales de 2022, Estados Unidos comenzó a «prepararse rigurosamente» ante la posibilidad de que Rusia golpeara Ucrania con un arma nuclear, en lo que habría sido el primer ataque nuclear en guerra desde que Estados Unidos lanzara las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki casi ochenta años antes, según declararon a CNN dos altos funcionarios de la Administración”, escribió Sciutto en un artículo escrito para promocionar el libro, en el que añadió que “si un número significativo de fuerzas rusas eran arrolladas -si sus vidas eran destrozadas como tales-, eso era una especie de precursor de una potencial amenaza directa al territorio ruso o al Estado ruso”.
En el otoño de 2022, Rusia no había atacado los puentes sobre el Dniéper -el único destrozado hasta ahora es el Antonov, destruido por Ucrania para obligar a las tropas rusas a retirarse de Jersón-, ni atacado el sistema de distribución eléctrica -tampoco el de producción eléctrica, que no se produjo hasta dos años más tarde- ni, por supuesto, bombardeado las centrales nucleares. “A pesar de todos los horrores de la guerra en Ucrania, lo que no vimos fue que Rusia atacara 5 universidades en 5 días consecutivos, como lo hicieron Estados Unidos e Israel en Irán. Si lo hiciera, habría llamados a bombardear Moscú con armas nucleares”, ha comentado esta semana el experto en geopolítica Bruno Maçaes, una de las muchas personas que han advertido finalmente la doble vara de medir de los países occidentales en Ucrania e Irán, Líbano o Palestina. En 2022, Rusia intensificó la guerra, pero nunca hubo ningún indicio real de que fueran a utilizarse armas nucleares. En lugar de eso, el Kremlin decretó la única movilización parcial que se ha producido en la Federación Rusa en estos más de cuatro años de guerra, bajó la cabeza y, en un signo de humildad, comenzó a cavar trincheras. Advertida de que el objetivo era que se encontrara entre la espada y la pared, obligada a aceptar unos términos de capitulación, Rusia no se retiró en la distancia para únicamente disparar misiles sin riesgo de que las consecuencias pudieran alcanzarle, sino que permaneció en la primera línea tratando de absorber el golpe. Fue así y no con armas nucleares como Moscú optó por continuar una guerra bastante menos asimétrica que la que Estados Unidos libra contra Irán y donde ayer apareció nuevamente el espectro de la posibilidad de un ataque nuclear tras el mensaje de publicado por la tarde en Truth Social que parecía apuntar a algo como un bombardeo atómico.
“Esta noche desaparecerá toda una civilización, para no volver jamás. No quiero que eso suceda, pero probablemente sucederá. Sin embargo, ahora que tenemos un cambio de régimen completo y total, en el que prevalecen mentes diferentes, más inteligentes y menos radicalizadas, quizá pueda ocurrir algo revolucionariamente maravilloso, ¿QUIÉN SABE? Lo descubriremos esta noche, uno de los momentos más importantes en la larga y compleja historia del mundo. 47 años de extorsión, corrupción y muerte finalmente llegarán a su fin. ¡Dios bendiga al gran pueblo de Irán!·”, escribió el presidente de Estados Unidos, que insistió en que, si Irán no alcanzaba un acuerdo antes de las 20:00, hora de Washington, en cuatro horas se produciría una destrucción “nunca vista”. En el delirio continuo que es la comunicación de la Casa Blanca, Trump sugería algo sin precedentes, con lo que era difícil que no apareciera el pánico nuclear, pero seguía manteniendo abierta la posibilidad de un acuerdo con Irán. Al más puro estilo de un guionista de televisión, Donald Trump plantea dos posibilidades y crea un cliffhanger, manteniendo el suspense hasta el próximo episodio.
Bajo presión y ante la especulación, la Casa Blanca negó que las palabras de su presidente implicaran la intención de utilizar armas nucleares. Diplomacia coercitiva para causar pánico y conseguir que Irán aceptara los términos de capitulación que Estados Unidos trata de imponer desde hace años o solo una exageración de lo que cuatro horas de bombardeo masivo estadounidense pueden hacer, el ultimátum no fue retirado. “Irán arderá”, insistía una fuente del Gobierno israelí según Channel 14. Pero en esas horas decisivas de amenazas, la población iraní, en lugar de huir, respondía ofreciendo sus cuerpos para proteger sus puentes y sus fábricas, cadenas humanas que la prensa occidental condenó como “escudos humanos”. Pero Israel, pese a su evidente capacidad de ataque, no es quien dirige la operación.
Como otras muchas violaciones del derecho internacional, la situación de ayer por la tarde y las amenazas de crímenes de guerra anunciadas por televisión o por redes sociales nos remiten a las acciones unilaterales de la OTAN contra Yugoslavia en 1999. Muchas de las bases del mundo actual, en el que Naciones Unidas ha perdido toda relevancia, se remontan a los bombardeos de Belgrado. Y también la marea humana que mostró a Trump que los y las iraníes no ansían que Estados Unidos les bombardee recuerda al fallido intento de la población de Kragujevac de salvar su fábrica de coches, la única existente en Yugoslavia.
“Nosotros, los trabajadores de Zastava y los ciudadanos de Kragujevac, tememos el futuro que se nos presenta. Ahora nos preguntamos si nos queda algún futuro. Nuestros hijos pasan hambre y sus ojos están llenos de horror. Ya no tenemos respuestas para sus preguntas”, escribieron el 9 de abril de 1999 en una carta abierta los trabajadores de la destruida fábrica. Ayer, casi exactamente 27 años después, la población iraní repitió la acción en infraestructuras por todo el país. Las cadenas humanas no iban a disuadir a la OTAN, indicó en Yugoslavia la organización entonces dirigida por Javier Solana. Los tiempos no han cambiado en exceso, pero ahora las cadenas humanas se arriesgan a sufrir la ira de quien no teme hacer creer al mundo que se plantea un bombardeo nuclear.
Finalmente, con un cruce de declaraciones en la que ambas partes afirman que es la otra quien ha aceptado su versión de los hechos y mostrando, desde el principio, diferencias importantes en la interpretación del preacuerdo, se impuso la inicaitiva de Pakistán -a falta de saber si Islamabad y Rawalpindi, centros del poder político y militar del país, han ejercido de proxy de Estados Unidos, de China o de ambos-, con la que se prevé un alto el fuego y la reapertura de Ormuz y el inicio de conversaciones de paz en Islamabad. El ultimátum no desaparece del todo, pero todo se aplaza dos semanas en un frágil equilibrio en el que una parte afirma que no atacará si se reabre el estrecho y la otra que permitirá la reapertura del estrecho si se cumple el alto el fuego regional en Irán y Líbano. Rápidamente y de forma que quizá resulte prematura, las cadenas humanas de defensa de sus infraestructuras se transformaron en muestras de alegría colectiva.
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