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Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Oriente Medio, Rusia, Ucrania

Aprovechando la coyuntura

“Ucrania corre el riesgo de quedarse sin dinero para financiar su defensa contra Rusia en dos meses, debido a una serie de factores que ponen en peligro decenas de miles de millones de euros en ayuda de sus principales donantes”, alertaba ayer Bloomberg, que añadía que “Kiev solo tiene fondos suficientes para cubrir el gasto hasta junio, según estimaciones de oficiales nacionales y extranjeras que hablaron bajo condición de anonimato para discutir información sensible”. La noticia coincide con el último intento de la Unión Europea de tratar de convencer a los países disidentes de aprobar la emisión de deuda para ofrecer a Ucrania el préstamo de 90.000 millones de euros con los que luchar dos años más. El motivo de la última disputa entre Kiev y dos de sus vecinos, Hungría y Eslovaquia, es la negativa de Ucrania a reparar el oleoducto Druzhba, pretexto con el que Zelensky trata de cesar todo tránsito de petróleo ruso a la Unión Europea en este momento en el que la presencia de todo el crudo posible es esencial para contener el alza mundial de precios. Ucrania, como Irán, trata de utilizar las cartas a su alcance, en este caso geográficas, para minar la economía de sus enemigos. Pero, a diferencia de Teherán, que utiliza Ormuz para compensar una guerra asimétrica en la que se enfrenta a dos potencias nucleares, Ucrania no teme dañar por el camino a aquellos países a los que exige financiación para sostener su guerra.

El enfrentamiento entre Kiev, Budapest y Bratislava es largo e intenso y todo indica que una parte importante de los actos de Zelensky en lo referido al oleoducto ruso no buscan tanto castigar económicamente a Rusia sino a Hungría y Eslovaquia, los dos países que con más claridad se han alineado con la idea estadounidense de la necesidad de hacer más por la paz y avanzar hacia un acuerdo con Rusia que, entre otras cosas, permita recuperar una parte de las relaciones económicas perdidas a causa del conflicto. Como represalia por lo que perciben como una forma de chantaje económico, Fico y Orbán han anunciado el cese de exportación de energía de emergencia y gas respectivamente, dos gestos que en otro momento serían prácticamente simbólicos, pero que en un contexto de crisis energética en Ucrania, suponen un reto más para un sistema ya tensionado y que implica alza de precios y crecientes cortes de suministro para la población. Aun así, todo indica que la prioridad de Ucrania no es garantizar unos servicios mínimamente fiables a su población, sino priorizar una industria militar de la que, gracias a la guerra en Oriente Medio, Kiev aspira a lucrarse.

Ayer, en su visita a Arabia Saudí, el presidente ucraniano anunció un acuerdo que presentó como estratégico y con el que espera conseguir más integración con los aliados de Estados Unidos. Quizá para su sorpresa, Ucrania no ha logrado esa imagen de país indispensable que acude en defensa de un amigo en Israel, país que utiliza como modelo de militarización y marginación de la parte indeseada del país, sino en el Golfo, aliados de segunda de Estados Unidos que no cuentan con la siempre presente asistencia de Washington, Londres o París para derribar cualquier proyectil que sobrevuele sus cielos. Israel, uno de los países más subvencionados del mundo, no precisa de los interceptores ucranianos para derribar drones Shahed, mientras que Riad, Doha o Abu Dabi están comprendiendo ahora que el paraguas defensivo de Estados Unidos cubre más a unos países que a otros.

“Tras cinco años de lucha, Ucrania resiste el mismo tipo de ataques terroristas —con misiles balísticos y drones— que el régimen iraní lleva a cabo actualmente en Oriente Medio y la región del Golfo”, escribió ayer Volodymyr Zelensky, condenando nuevamente la respuesta iraní a un ataque no provocado por parte de Israel y Estados Unidos, a quien solo puede criticar en política exterior cuando realiza declaraciones favorables a la necesidad de lograr un acuerdo con Rusia para detener la guerra en Europa. Con dificultades para obtener el préstamo europeo y dudas de que Washington vaya a cumplir con sus compromisos de entregar el armamento adquirido por los países europeos de la OTAN para su posterior envío a Ucrania, Kiev busca alternativas de financiación y obtención de armas. “Hemos alcanzado un importante acuerdo entre el Ministerio de Defensa de Ucrania y el Ministerio de Defensa del Reino de Arabia Saudí en materia de cooperación en defensa. El documento se firmó antes de nuestra reunión con el Príncipe Heredero de Arabia Saudí, Mohammed bin Salman Al Saud. Este acuerdo sienta las bases para futuros contratos, cooperación tecnológica e inversiones, y refuerza el papel internacional de Ucrania como donante en materia de seguridad”, comentó Zelensky en relación con el acuerdo firmado en Riad, del que no hay el más mínimo detalle y que parece ser más una esperanza de futuro que un pacto que vaya a suponer un gran cambio para Ucrania o Arabia Saudí. Teniendo en cuenta las circunstancias actuales, Riad difícilmente va a poner en manos de Kiev, aunque sea a cambio de interceptores para luchar contra los Shaheds, munición tan importante y escasa como los misiles para los sistemas Patriot.

Pero además de tratar de obtener financiación, munición y apoyo de los aliados de Estados Unidos, Ucrania tiene un objetivo añadido también vinculado a la situación actual: minar la capacidad rusa de obtener ingresos derivados de sus exportaciones de materias primas, extremadamente cotizadas en estos momentos. El cierre de Ormuz y la dificultad de sus competidores del Golfo de exportar petróleo, gas y fertilizantes ha hecho de Rusia un aliado importante a la hora de paliar las consecuencias de la guerra que Estados Unidos e Israel decidieron iniciar contra Irán y a la que acudieron sin comprender que Teherán contaba con una estrategia para la que no estaban preparados. El petróleo ruso cotiza actualmente a más de 100 dólares, un aumento de alrededor del 79% en el último mes y un 100% en el último año.

Esta semana, Vladimir Putin llamaba a la prudencia, consciente de que la situación puede cambiar rápidamente, las sanciones de Estados Unidos se reimpondrán en unos días y la prohibición de Washington de adquirir productos energéticos rusos volverá a ser un obstáculo en la relación con grandes clientes como India que, en caso de continuar las adquisiciones, exigirán que vuelva a ser con descuento y no con premium. Acelerar ese proceso es el objetivo de la Unión Europea y Ucrania. “Los precios del petróleo se incrementan, y esto le está dando a Rusia mayores opciones para poder financiar la guerra”, se lamentó ayer Kaja Kallas en unas declaraciones en el marco de la celebración de la cumbre del G7 en Francia, donde el ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, Andriy Sibiha, exigió a Marco Rubio que Estados Unidos mantenga una “presión sostenida” contra Rusia e Irán, este último sometido a la política de “máxima presión” desde hace una década. Con este tipo de comentarios, Ucrania busca vincular ambas guerras, situarse en el mismo barco que Estados Unidos y demandar sutilmente que Washington aumente en lugar de limitar las sanciones.

Como ocurre en el caso del oleoducto Druzhba, también en este sentido, Ucrania ha optado por actuar por su cuenta para lograr sus objetivos. “Responderemos a cada ataque ruso. La presión global sobre Rusia está disminuyendo. Observamos cambios en la política de sanciones. Sin embargo, a diferencia de muchos otros países del mundo, Ucrania cuenta con sus propias sanciones: capacidades de largo alcance. Los rusos deben sentir la presión. Si Ucrania tampoco responde a sus ataques, Rusia simplemente continuará la guerra y ni siquiera considerará una pausa”, escribió Volodymyr Zelensky el jueves, con un fragmento de una de sus últimas entrevistas. A lo largo de las últimas semanas, las tropas de Kiev han logrado avances que comienzan a ser relevantes y a poner en peligro las líneas de suministro rusas en el frente de Zaporozhie, un éxito al que Ucrania puede añadir sus ataques con drones contra las infraestructuras de exportación de petróleo, gas y plantas químicas de fabricación de fertilizantes en la región del Báltico. Esta actuación contradice los intereses de Estados Unidos, que busca moderar los precios, pero complace a la Unión Europea, dispuesta a condenar a su población a la inflación y a la del resto del mundo a no poder adquirir materias primas básicas. Todo ello para garantizar que los productos rusos no lleguen al mercado.

“Al menos el 40% de la capacidad de exportación de petróleo de Rusia está paralizada tras los ataques con drones ucranianos, un ataque controvertido contra un importante oleoducto y la incautación de buques cisterna, según cálculos de Reuters basados ​​en datos de mercado”, escribe esta semana Reuters, que refleja los daños causados por los ataques ucranianos en las infraestructuras energéticas, los ataques contra petroleros en el mar y las incautaciones que los países europeos aspiran a incrementar precisamente en estos momentos. Nada de esto va a cambiar el sentido de la guerra, instalada en una fase de desgaste que se prolonga durante años y en la que, mientras Ucrania avanza en Zaporozhie, Rusia lo hace en Donetsk, sin que ninguno de los dos países pueda obligar al otro a aceptar su oferta de paz. La ralentización de las exportaciones tampoco va a eliminar las ganancias obtenidas hasta ahora, ni la reanudación de las exportaciones de gas a India o el primer envío de petróleo a Filipinas en cinco años. Sin embargo, los golpes sufridos esta semana pueden obligar, como Rusia ha advertido ya, a declarar “fuerza mayor” -algo que ha ocurrido ya a países como Qatar, que ha cancelado envíos a clientes como Polonia- y cancelar envíos que podría haber colocado a precios de mercado y no con descuento. Entre el bien general de mantener la máxima cantidad de gas y petróleo en el mercado y el beneficio temporal propio, Ucrania y la UE siempre eligen lo segundo, sin importar que países como Pakistán, Bangladesh, Myanmar o Filipinas tengan que sufrir apagones por no poder adquirir los productos en un mercado copado por los países que pueden permitirse elegir pagar más por el gas o petróleo ideológicamente correcto.

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