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Estados Unidos, Irán, Israel, Rusia, Ucrania, UE, Unión Europea

Continente de guerra

“La mejor manera de volver a controlar los precios es poniendo fin a la guerra en Irán”, afirmó ayer Friedrich Merz en el Bundestag, que destacaba uno de los principales motivos por los que los países europeos exigen la paz en Oriente Medio. El otro es la posibilidad de que, en una guerra prolongada, los misiles para los sistemas Patriot o la munición para HIMARS que los países europeos de la OTAN adquieren a Estados Unidos sean enviados a los aliados de Washington en lugar de ponerse al servicio de la guerra en Europa. La preocupación de los países europeos por la población iraní o libanesa es limitada y la guerra se ve únicamente a través de una mirada pragmática y oportunista de quien únicamente vela por sus intereses. “Estamos haciendo todo lo posible para persuadir a Estados Unidos e Israel de que busquen una solución diplomática a esta guerra. Algunas de las cosas que se dicen allí no nos resultan del todo claras en su dimensión estratégica”, añadió Merz en lo que es la primera ocasión en la que plantea una sutil crítica implícita a su aliado norteamericano y protegido de Oriente Medio. Pese a ese ligero cambio, la postura de Merz no ha cambiado. “La paz requiere voluntad por parte de todos, incluida la de Irán, y esa voluntad, por el momento, no es evidente”, afirmó, sumándose a la orden de Emmanuel Macron, que horas antes había exigido a Teherán negociar de buena fe.

Desde una postura que aspira a mantener la equidistancia entre los agresores y el agredido, los países europeos realizan sus ejercicios de equilibrio sin llegar a plantearse en ningún momento la hipocresía que supone su actuación. Tras cuatro años suministrando material a Ucrania para seguir luchando hasta poder negociar en posición de fuerza e imponer sobre Rusia las condiciones de resolución, los países europeos exigen al país agredido, al que, por supuesto, no ofrecen siquiera ayuda humanitaria, la rendición ante las condiciones impuestas por las dos potencias nucleares que le han bombardeado dos veces en el último año. Y aunque lo hacen fundamentalmente por sus intereses económicos y militares, los países europeos han tenido dificultades a la hora de desmarcarse de un ataque que son conscientes de que es ilegal según el derecho internacional por un motivo más prosaico: su postura es básicamente la misma que la de Estados Unidos. Es más, quizá lo más sorprendente de las palabras de Friedrich Merz en el Parlamento alemán no es el amago de crítica a Estados Unidos e Israel, sino que el canciller no utilizara para referirse a Irán palabras como “el régimen de los mulás”, habitual calificativo de los halcones norteamericanos que abogan desde hace décadas por bombardear el país persa.

Desde el 1 de marzo, al igual que en junio del año pasado y en las dos ocasiones anteriores en las que Irán respondió militarmente a los ataques israelíes -uno contra su consulado en Damasco y posteriormente tras el asesinato de Isamil Haniye en Teherán-, Ucrania ha luchado activamente para presentarse como el equivalente europeo a Israel. Sin embargo, el símil más factible es el de Irán, que en Oriente Medio cumple la misma función que Rusia en Europa: el chivo expiatorio al que se puede culpar de cualquier episodio de inestabilidad, extremismo o crisis y puede ser activamente utilizado como excusa útil a la hora de justificar la militarización. Pese a la cooperación iraní contra el talibán afgano en 2001, George W. Bush ubicó a Irán en el imaginario eje del mal que ahora Zelensky trata de revivir. El presidente de Estados Unidos lo hizo para crear artificialmente un oponente que justificara su proyecto de escudo antimisiles y el rearme de los años posteriores a la Guerra Fría. En 2025, tres años después de la invasión rusa y sin que hubiera ningún cambio que justificara las prisas, utilizaron a Moscú como argumento para acelerar un rearme que, en realidad, tenía más que ver con la posibilidad de perder la protección de Estados Unidos que con un peligro real de ataque contra el territorio de la Unión Europea o el Reino Unido.

En estos cuatro años, el continente europeo ha sido, no solo el lugar en el que se producía la guerra de mayor intensidad desde la Segunda Guerra Mundial, sino el de la remilitarización. Desde febrero de 2022, el conflicto ucraniano ha sido el principal proyecto geopolítico europeo y ha provocado el mayor despliegue militar, económico, financiero y humanitario para sostener una guerra proxy que se haya visto nunca. La defensa de un país agredido sigue justificando la necesidad de aumentar la producción militar, iniciar la coproducción con Ucrania, utilizar la guerra como laboratorio de pruebas para aprender a librar una guerra moderna o para probar las nuevas armas contra las del enemigo ruso en situación de combate o la emisión de deuda colectiva para financiar dos años más de batalla en busca del futuro soñado en el que Kiev y Bruselas puedan obligar a Rusia a ceder. Según los últimos datos aportados por el tracking del Kiel Institute, la Unión Europea, sus instituciones y Estados miembros han comprometido a Ucrania 171.950 millones de euros, a lo que hay que añadir los 19.260 millones de euros aportados por el Reino Unido. Estados Unidos ha aportado, además de las armas que ahora adquieren los países europeos en el mercado norteamericano, 115.330 millones de euros a la causa ucraniana en estos años.

La naturaleza de la guerra hace que los términos se inviertan en la guerra de Irán, un conflicto causado por Estados Unidos e Israel y en el que participan directamente, sin un proxy como el ucraniano al que enviar recursos para que libre su guerra común. Aunque hará falta mucho tiempo para conocer el coste real de la guerra de Irán -tanto en vidas destruidas como en destrucción o coste económico para agredido y agresores-, el dato mínimo que se ha difundido es un gasto de mil millones de dólares diarios como factura que Estados Unidos paga para sostener el actual ataque. En menos de un mes, Estados Unidos habría gastado ya alrededor del 28% de lo aportado a la causa ucraniana. Pese a los éxitos tácticos indudables que Washington ha logrado -asesinar a Ali Jameneí, Ali Larijani y otros altos cargos iraníes, la destrucción de infraestructuras, debilitamiento de la economía y la posición política de Irán en Oriente Medio-, Estados Unidos e Israel no han logrado el éxito estratégico de obligar a Teherán a renunciar a su programa nuclear y de misiles o a su postura internacional contraria a la hegemonía de Washington y Tel Aviv. Esa situación provoca tanto la euforia de Trump como sus llamamientos urgentes a que sus aliados colaboren en su esfuerzo bélico en una guerra que afirma que libra por ellos y que, en realidad, ya está ganada.

En la distancia, los países europeos insisten en que esta no es su guerra y observan la situación con una mezcla de preocupación por la cuestión económica y energética y cierta felicidad ante la posibilidad de derrotar a otro enemigo histórico, Irán. Y lo hacen insistiendo en que no participan en la guerra, dejando claro así que Irán no tiene legitimidad alguna para exigirles rendir cuentas. Esa postura contradictoria se traduce en el cierre de filas en defensa, no del territorio de Chipre, sino de la base de Akrotiri, territorio soberano británico en la isla.

Pero, como describe un artículo publicado ayer por The Wall Street Journal, la no beligerancia de los países europeos queda en entredicho si se tiene en cuenta el peso que el territorio continental está teniendo como base logística de Estados Unidos. “Aunque muchos líderes europeos han condenado públicamente los ataques estadounidenses contra Irán, entre bastidores sus bases militares están facilitando una de las operaciones más complejas desde el punto de vista logístico en las que ha participado el ejército estadounidense en décadas. En las últimas semanas, bombarderos, drones y buques estadounidenses han sido repostados, armados y despachados desde bases situadas en el Reino Unido, Alemania, Portugal, Italia, Francia y Grecia”, afirma el medio, que añade que “según fuentes oficiales alemanas y estadounidenses, los drones de ataque están siendo dirigidos desde una extensa base estadounidense situada en Ramstein, Alemania, el centro neurálgico de las operaciones de Estados Unidos contra Irán. Se han fotografiado bombarderos pesados B-1 cargando municiones y combustible en la base de la RAF Fairford, en el Reino Unido. El USS Gerald R. Ford, el portaaviones más grande del mundo, se encuentra actualmente atracado en una base naval en Creta para ser reparado tras sufrir daños a causa de un incendio”.

“El continente, que alberga unas 40 bases militares estadounidenses y 80.000 efectivos del ejército de Estados Unidos, es una plataforma de lanzamiento para las operaciones estadounidenses tanto en Oriente Medio como en África. «Las distancias son menores, resulta más económico y es mucho más fácil proyectar nuestro poder gracias a nuestra red de bases y aliados», afirmó”, escribe el medio, reflejando el motivo por el que las amenazas de Washington de abandonar la OTAN o de reducir drásticamente su presencia en Europa son más un temor europeo infundado que un riesgo real: el continente es demasiado importante para Estados Unidos a la hora de proyectar su poder en el resto del mundo. Complacientes e incapaces de plantear la más mínima crítica a su aliado norteamericano por una guerra que son conscientes de que es ilegal y está basada en falsas premisas para justificar una opción política -priorizar la guerra a la negociación, algo que ellos mismos han preferido en Ucrania-, los países europeos cumplen su papel de patio trasero de Estados Unidos. Puede que con la esperanza de que esa ayuda indirecta de permitir el uso de su territorio con fines bélicos garantice que Washington devuelva el favor a los aliados europeos poniendo a su servicio la producción del complejo militar industrial estadounidense para seguir suministrando a Ucrania las armas con las que continuar luchando eternamente.

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