“La externa derecha de Ucrania, con el apoyo del GUR (!), conmemora 1488 días de guerra. ¿Por qué esta fecha en particular?, te preguntarás. Porque 1488 tiene un significado especial para los neonazis de todo el mundo. El número “14” hace referencia a un eslogan creado por el supremacista blanco David Lane: “Debemos asegurar la existencia de nuestro pueblo y un futuro para los niños blancos”. “88” es un código para “Heil Hitler”. Es decir, estos individuos aparentemente honraban a las víctimas de la guerra, pero en realidad, se unieron en torno a la ideología neonazi con la bendición de GUR”, escribió el domingo la académica de Lviv -actualmente en Estados Unidos y habitualmente amenazada por el sector radical de su país- Marta Havryshko. “Aleksey Levkin, ideólogo del movimiento Azov y del Cuerpo de Voluntarios Rusos de Ucrania, conmemora el día 1488 de la guerra entre Rusia y Ucrania”, añadía Leonid Ragozin, que explicaba que Levkin “es el comisario de una exposición sobre el Cuerpo de Voluntarios Rusos que se celebra actualmente en el Museo de la Segunda Guerra Mundial de Kiev”. Hace tiempo que la extrema derecha no necesita esconder su argumentario ni se cuestiona a esas figuras o grupos, perfectamente integrados en el establishment político y militar ucraniano. “Me aterra bastante el mundo en el que solo existen dos ejércitos capaces de librar una guerra moderna: el ruso y el ucraniano. Quienes fomentaron este conflicto han creado, sin duda, un monstruo. O dos”, escribió también el periodista opositor ruso, preocupado por el día después de esta guerra, que posiblemente vaya a crear una paz armada y potencialmente inestable en la que una frontera de facto separará a dos países fuertemente armados y con un odio ideológico exacerbado por los años de guerra.
Pensando en la vida después del conflicto, la OTAN ha mostrado su interés por aprovecharse al máximo de los resultados del laboratorio ucraniano, en el que ha podido probar sus armas y estrategias contra las armas y doctrina rusa en situación de combate de alta intensidad. Ahora, la Alianza quiere ampliar su conocimiento para prepararse para las guerras del futuro. “Hemos logrado avances impresionantes y mi visita demuestra los importantes progresos que Ucrania ha realizado hasta ahora en esta lucha, utilizando la mejor tecnología. Ya sea tecnología espacial, informática o robótica, hemos conseguido ser más letales y eficientes en el campo de batalla”, explicó durante su visita a Ucrania Pierre Vandier, Comandante Supremo Aliado de Transformación de la OTAN. El uso de la primera persona para referirse a la guerra de Ucrania es significativo, como lo es también que haya pasado desapercibido. La idea de Ucrania como un proxy de la OTAN en una guerra común contra Rusia fue un tabú durante mucho tiempo. Actualmente, ya no hace falta ocultarlo.
“Mantuvimos un debate en profundidad sobre la participación de personal militar ucraniano en futuras maniobras de la OTAN en el papel de adversario simulado (Equipo Rojo). La experiencia del año pasado con la participación de nuestras unidades permitió mostrar a los aliados los métodos de guerra más avanzados: en los escenarios de entrenamiento, los equipos ucranianos demostraron una ventaja significativa… Hoy en día, Ucrania no es solo un consumidor de seguridad. Ucrania es su productora”, afirmó Vandier durante su visita. Con esas palabras, la OTAN deja claro cuál es su objetivo real: utilizar a Ucrania como herramienta de defensa y como sparring con el que comprobar el estado de preparación y para aprender a luchar en la guerra moderna. Con su suerte ligada directamente a la de sus proveedores occidentales, Kiev considera ese uso -o abuso- una oportunidad única con la que mostrarse, no solo útil, sino como el aliado imprescindible para la supervivencia de Occidente frente al nuevo eje del mal.
De forma solo ligeramente menos caricaturizada, analistas y políticos de todo tipo buscan también saber cómo será el día de mañana, el mundo europeo más allá de la guerra de Ucrania. “Se acerca el momento de reanudar el diálogo político con Rusia”, comentó hace unos días el presidente de Finlandia, Alexander Stubb, líder de uno de los dos países que han aprovechado el auge militarista europeo para unirse a la OTAN. Teniendo en cuenta su beligerancia y el hecho de que forma parte del eje de países que más se ha implicado en la causa ucraniana, las palabras de Stubb no han de entenderse como una apertura a la negociación o a la desescalada política, sino como una forma de control de daños. “Debe coordinarse entre los aliados europeos, no hacerse unilateralmente por líderes individuales”, añadió, sugiriendo sutilmente la necesidad de hablar con Rusia desde una posición de fuerza.
Sin embargo, tampoco puede entenderse de las palabras de Stubb la voluntad europea de sostener eternamente una guerra en la que el coste real recae sobre el pueblo ucraniano, al que los países e instituciones europeas dicen defender. El realismo de Stubb, posiblemente el líder europeo con más capacidad de comunicarse con Donald Trump, parte de una base obvia: Rusia seguirá ahí el día después y existirá en Eruopa una nueva versión del telón de acero. Esa ha sido la decisión europea con su apuesta por la guerra como mal menor y rechazo a cualquier acuerdo que implique readmitir a Rusia como un país más en las relaciones internacionales de Occidente. En esa nueva guerra fría sin componente ideológico al estilo de la primera, pero con aún más capacidad militar, las opciones europeas se limitan, al menos según el establishment, al rearme de una paz armada similar a la de Corea. Así lo ven incluso los analistas que, en el pasado, se han mostrado optimistas con respecto a las posibilidades de una negociación directa entre Rusia y Ucrania.
El caso más evidente es Samuel Charap, de Rand Corporation, uno de los pocos expertos que tuvo acceso a los documentos de trabajo de la negociación de Estambul y creyó en ella como futura base para una resolución del conflicto. “Cuando las armas guarden silencio, Rusia y Ucrania seguirán enzarzadas en un tenso enfrentamiento. Moscú se rearmará y probablemente intensificará sus actividades desestabilizadoras en todo el continente. Europa seguirá aumentando su gasto en defensa, renunciando a la integración que en su día buscó con Rusia y adoptando una postura más belicista. Es posible que Estados Unidos intente desvincularse del enfrentamiento, pero sus intereses económicos y políticos en Europa harán imposible una retirada total. En resumen, habrá poca comunicación y mucha desconfianza entre la OTAN y Rusia”, escribe Charap en su último ensayo, publicado por la influyente Foreign Affairs. En el artículo, Charap insiste en que esa “no es receta para la paz”, algo evidente teniendo en cuenta que ni siquiera se pasa por la cabeza de políticos y analistas, el autor incluido, buscar una paz entendida como ausencia de conflicto en lugar de ausencia -quizá temporal- únicamente de guerra.
Desde ese punto de vista, no hay más opción que el reame, una acción que inevitablemente implica reacción por parte de Rusia y que supone el inicio de un círculo vicioso de inversión militar y de recortes sociales en el que pierden las poblaciones de las partes involucradas y solo ganan los complejos militares industriales, el ruso en el caso de Moscú -con parte del beneficio para China, especialmente en lo que respecta a componentes y microchips- y el estadounidense en el caso ucraniano y europeo. “El riesgo de conflicto directo entre Rusia y Occidente seguirá siendo inaceptablemente alto”, insiste Charap, que aun así se ciñe a una receta, la beligerancia extrema, capaz de aumentar el riesgo de estallido de hostilidades.
Como el resto de expertos del establishment, Charap ignora las lecciones de los siete años de Minsk y se ciñe a una versión en la que las posibilidades de provocación están solo del lado de Rusia. “Con una desconfianza prolongada, un aumento constante de los efectivos militares, una comunicación mínima, una arquitectura de seguridad desmantelada y las continuas provocaciones del Kremlin, no faltarán situaciones en las que una pequeña chispa podría desencadenar una conflagración a escala continental. Las probabilidades de que estalle una guerra podrían aumentar considerablemente si la alianza transatlántica se debilita o incluso se desmorona”, escribe, sin que siquiera se le pase por la cabeza la idea de que una paz tal y como se plantea, con una frontera que Ucrania no quiere reconocer ni siquiera de facto, es un escenario que se presta tanto o más a provocaciones ucranianas
“Los adversarios poderosos deben hablar. Una diplomacia prudente, de mirada clara y olfato afilado tiene que jugar un papel clave a la hora de evitar un conflicto interestatal”, afirma Charap para abrir la puerta a un diálogo necesario entre dos fuertes adversarios –la OTAN y Rusia- que realmente no desean enfrentarse directamente. Sin embargo, en lo que respecta a lo material, sus respuestas son aquellas que pueden hacer más sencillo un enfrentamiento. “Además de presentar un frente transatlántico unido, los Estados europeos deberán cumplir sus ambiciosos planes de nuevos gastos y nuevas capacidades. Pero, en lugar de dispersar sus fondos de defensa en una amplia variedad de capacidades, el continente debe actuar de forma específica y selectiva. Sus Estados deben tener una idea clara de lo que pretenden evitar y de lo que realmente intimidará a su adversario. En particular, deberían reconocer que disuadir a Moscú no requiere ser capaz de repeler cualquier acto de agresión en cualquier circunstancia. De hecho, intentar hacerlo podría animar a Rusia a tomar medidas para evitar un cambio decisivo en el equilibrio militar. En su lugar, Europa debería tener suficientes fuerzas desplegadas en primera línea para, por un lado, aumentar el coste de un posible ataque y, por otro, hacer inevitable la escalada hacia un conflicto a escala continental”, explica presentando un escenario de rearme con la esperanza de que mentes claras y mecanismos propios de la Guerra Fría ejerzan de freno a un posible enfrentamiento.
Al otro lado del Atlántico, donde la guerra de Ucrania no se percibe como un conflicto existencial que hay que ganar a toda costa, las posibilidades son diferentes. Como publica estos días Politico, uno de los objetivos de la administración estadounidense es algo que podría calificarse de Kissinger al revés, es decir, acercarse y favorecer a Rusia con el objetivo de romper la relación con Beijing. “La Administración Trump cree que incentivar a Rusia para que ponga fin a la guerra en Ucrania, darle la bienvenida de nuevo en el ámbito económico y colmarla de inversiones estadounidenses podría, con el tiempo, alejar el orden mundial de China·”, escribe el medio, que generalmente cuenta con buenas fuentes en la administración estadounidense. “Es una apuesta arriesgada —que preocupa a los ucranianos—, pero subraya la convicción de la Administración de que la mayor amenaza geopolítica a la que se enfrentan Estados Unidos y Occidente es China, y no la Rusia de Putin. Aunque contrarrestar a China no es la única razón por la que la administración quiere una tregua, sí ayuda a explicar por qué, tras más de 15 meses de conversaciones infructuosas y múltiples amenazas de abandonar las negociaciones, el equipo del presidente —el enviado especial Steve Witkoff y su yerno Jared Kushner— sigue buscando un avance decisivo”, añade el artículo. “Un funcionario de la Administración Trump, al que se le ha concedido el anonimato para hablar de las negociaciones en curso, afirmó que encontrar una «forma de alinearse más estrechamente con Rusia» podría crear «un equilibrio de poder diferente con China que podría ser muy, muy beneficioso»”, sentencia. Esta versión no explica el duro trabajo realizado por Estados Unidos para expulsar a Rusia del mercado energético occidental para copar su mercado, signo de que las contradicciones económicas entre Moscú y Washington van a persistir más allá de un posible acuerdo de paz en Ucrania.
Más allá de la voluntad o capacidad negociadora de quienes gestionan el diálogo o podrían unirse a él en algún momento, la guerra de Ucrania ha creado dinámicas que serán difíciles de modificar: la fortaleza de la extrema derecha, con su creciente papel en el Estado ucraniano; la brecha continental, expresada de forma gráfica en las explosiones del Nord Stream y que se manifestará en el futuro con la paz del rearme; y la aspiración de Estados Unidos a dominar el mercado global de energía, que implicará o concesiones por parte de Rusia en términos de presencia de Estados Unidos en Rusia o potencial conflicto entre Washington y Moscú.
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