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Batallón Azov, Biletsky, Bratstvo, Donbass, Rusia, Ucrania, Zelensky

Éxitos imaginarios

Realidad y ficción se mezclan en la guerra para construir una narrativa en la que la propaganda es objetivo de Estado a la hora de conseguir aquello que los gobiernos buscan en cada momento. Actualmente, toda la atención está centrada en Oriente Medio, con una situación dramática para la población civil del sur de Líbano, con una invasión terrestre a la que se resta importancia y un brutal ataque a Irán en el que el secretario de Guerra Pete Hegseth advierte que “matar a los malos cuesta dinero” mientras su país lanza Tomahawks contra escuelas, hospitales, polideportivos e infraestructuras, Europa es un escenario secundario de una disputa que, en su mayor parte, es común. Los últimos tres meses han visto una invasión de Venezuela para secuestrar al jefe de Estado y someter a Nicolás Maduro a la humillación del tratamiento que la justicia estadounidense es capaz de dar a sus enemigos, una seria disputa interna dentro de la OTAN por la soberanía de Groenlandia, y una guerra de agresión que rápidamente se ha convertido en un conflicto regional con implicaciones económicas globales. Estos escenarios de uso de la fuerza militar -o amenaza de ella- por parte de Estados Unidos han conseguido eclipsar incidentes como el bombardeo pakistaní de un hospital en Kabul, que dejó centenares de víctimas mortales o la continuación de la guerra de Ucrania, que actualmente aparece en los titulares únicamente por su intento de vender a los aliados de Estados Unidos el material militar de fabricación propia con el que no ha conseguido este invierno defender sus propios cielos.

Lejos de los titulares y ya sin el exagerado protagonismo geopolítico que los medios y el estalishment político garantizaron a Kiev una movilización política, económica, militar y social en favor de su causa, el silencio actual es un riesgo para mantener el volumen de suministro militar que Ucrania espera para poder continuar la guerra, pero supone una ventaja a la hora de presentar un relato que poco se corresponde con la realidad. Con los corresponsales de guerra y reportajes de portada dedicados a Oriente Medio, ni siquiera el punto de vista de quienes visitan el país desde el extranjero ejerce de contrapunto a la narrativa oficial del Gobierno y sus medios afines. La menor atención que Ucrania está recibiendo en estos momentos hace que pueda permitirse colocar en el entorno mediático aspectos del desarrollo tecnológico de la guerra sin necesidad de mostrar la más mínima evidencia de que se trata de avances reales. Ayer, un medio militar ucraniano citaba al Tercer Cuerpo del Ejército Ucraniano, anteriormente Tercera Brigada de Asalto, heredera más directa de los hombres de negro que en abril de 2014 se convirtieron en Azov para integrarse como batallón policial en las tropas del Ministerio del Interior, como ejemplo de innovación.

Doce años de blanqueamiento de la creciente influencia de la extrema derecha en las instituciones ucranianas, especialmente en las fuerzas armadas, hacen que esté pasando desapercibido el proceso de biletskización del ejército ucraniano, con cada vez más ejércitos privados en manos del sector más radical de la sociedad, movilizado desde hace más de una década por el odio. Hace muchos años que Andriy Biletsky no es el único gran líder de la extrema derecha racista y con ambiciones totalitarias e internacionales con influencia en el ejército, pero el general de brigada sigue siendo una de las personas más relevantes de esta tendencia, fruto de los esfuerzos de la última década y de las facilidades que ha dado el Estado ucraniano. El resultado tiene aspectos políticos y otros puramente militares. “Si avanzamos en la dirección de la innovación tecnológica, estoy convencido de que este año será posible retirar hasta un 30% de los soldados de infantería del contacto en combate, y en un futuro próximo, hasta un 80%”, comenta Biletsky en un artículo diseñado para actuar a modo de comunicado de prensa de reclutamiento del Tercer Cuerpo, desde hace años promocionado por el Estado como una de las brigadas más eficientes en la movilización y en su labor militar. En realidad, sus principales éxitos están en la propaganda y la capacidad de ascender en la escala política y mediática a pesar del largo bagaje de posiciones de extrema derecha, que nunca han desaparecido de la primera línea.

Con más recursos que otros grupos de extrema derecha, Azov no solo ha tenido a su disposición editoriales para difundir sus publicaciones, clubes de boxeo en los que reclutar efectivos o campos de entrenamiento para adultos y menores, sino que ha contado con la Escuela Militar Yevhen Konovalets, en la que se ha centrado en la instrucción militar, siempre enfocada a la guerra contra Rusia -durante años centrada en acabar con la rebelión de Donbass a costa de la población de la zona-, y, sobre todo, en el aspecto ideológico. Todo ello es aún más útil en las condiciones actuales, en las que Ucrania afirma haber decidido no enviar a los soldados al extranjero e instruirlos en el territorio nacional. El razonamiento es lógico y se basa en que esos ejércitos que hasta ahora han entrenado a los soldados ucranianos carecen de experiencia en la guerra moderna. Grupos como Azov, en sus diferentes versiones, cuentan con la experiencia, recursos de instrucción, una escuela militar y política propia y el favor del Estado en su institucionalización del discurso nacionalista como discurso nacional. Ese ejército con cada vez más presencia radical se considera, también desde el extranjero, un activo que utilizar para la preparación de una futura guerra en Europa, posiblemente contra Rusia. A la vanguardia del rearme y de la beligerancia, Alemania se ha mostrado ya favorable a contar con la experiencia de instructores ucranianos para enseñar a los soldados alemanes las lecciones del laboratorio ucraniano.

Biletsky y su entorno no son solo ejemplo de cómo reformar el reclutamiento, algo que han promocionado incluso agencias internacionales como EFE, o fuente de cuestionables innovaciones tecnológicas que posteriormente tratar de colocar en el mercado, sino origen de algunas de las noticias más llamativas. “Los rusos han lanzado una ofensiva a gran escala en siete direcciones”, citaban ayer varios medios. La relativa lejanía de las primeras páginas de los periódicos no solo da a Ucrania vía libre para actuar a su antojo o manipular la realidad, sino que le obliga a ofrecer a los medios noticias con las que recuperar protagonismo. “Nuestros hombres son simplemente asombrosos. Detuvieron la ofensiva que los rusos habían planeado; eso es un hecho. La ofensiva debía comenzar a principios de la primavera, en marzo. Fracasaron. Lo intentaron con ahínco. Nuestros hombres los detuvieron. ¡Sencillamente excepcional! Todos los días nuestros soldados demuestran su heroísmo. Por ejemplo, hoy la 59ª Brigada derribó un helicóptero enemigo Ka-52. Y todos los días el enemigo sufre graves pérdidas. El enemigo no cejará en su intento de apoderarse de territorio ucraniano. Por lo tanto, debemos mantenernos firmes. Y todos debemos apoyar a nuestros héroes y estarles agradecidos”, escribió ayer Volodymyr Zelensky para completar el titular dado por Biletsky. Como cada primavera, Ucrania anuncia dos intenciones rusas: la inminente movilización -una promesa ucraniana incumplida desde hace más de tres años, en los que no se ha producido ningún otro proceso más allá de la movilización parcial de septiembre de 2022- y una ofensiva a gran escala. En esta guerra de desgaste en la que ambos bandos son conscientes de la fortaleza contraria y de que la presencia de drones capaces de detectar cualquier movimiento hace inviable cualquier gran movimiento blindado, las ofensivas a gran escala quedaron olvidadas en el último intento, el de 2023. Sin embargo, es útil para Ucrania poder anunciar su anual gran éxito desbaratando grandes ofensivas rusas que existen únicamente en la ficción ucraniana.

Por si la derrota de ofensivas rusas no fuera suficiente, Ucrania ofrece también grandes éxitos ofensivos. “Ucrania ha logrado sus mayores ganancias territoriales internas en más de dos años después de que Rusia perdiera el uso del satélite Starlink de Elon Musk”, escribía ayer The Wall Street Journal en un artículo ilustrado con un soldado con la cara tapada y una bandera de Bratstvo de fondo. El reportaje, basado íntegramente en las alegaciones de otro de los grupos radicales que forman parte del establishment militar ucraniano, el liderado por Dmitro Korchinsky, se refiere, de forma abiertamente exagerada a los pequeños avances ucranianos en la zona alrededor de Guliaipole, donde los progresos rusos se realizaron con pequeños grupos y que nunca han sido realmente consolidados. Aun así, el enorme avance ucraniano que parece sugerir el artículo no existe siquiera en los mapas de DeepState, una fuente afiliada al Ministerio de Defensa, interesada en destacar cualquier mejora de las posiciones ucranianas.

La guerra de desgaste sigue su curso tanto en la línea del frente, con pequeños avances de uno y otro bando en diversas zonas del frente -las rusas en Donetsk, el frente más importante, las ucranianas en sectores secundarios- y con ataques mutuos en la retaguardia. Y con la propaganda produciendo las grandes noticias que no existen sobre el terreno.

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