En diciembre de 2023, a raíz de una serie de artículos sobre el proceso de instrucción de tropas ucranianas en los países europeos y a cargo de ejércitos que no han librado una guerra de alta intensidad en décadas, nos preguntábamos “quién enseña a quién”. Por aquel entonces, casi dos años después de la invasión rusa y del inicio de la fase más caliente de un conflicto que comenzó como guerra de baja intensidad en Donbass, ya era evidente que la experiencia real de los soldados e instructores ucranianos en la batalla era mucho más valiosa que las enseñanzas teóricas de los ejércitos europeos. No se trataba únicamente de la diferencia cualitativa entre un ejército probado en las trincheras y que ha tenido que aprender a vivir bajo el fuego de la artillería y la aviación, sino de la trayectoria que habían seguido los sectores militares de los países europeos.
El final de la Guerra Fría supuso, al menos temporalmente, una reducción del gasto militar ante la pérdida del enemigo histórico que justificaba la carrera armamentística. La tendencia cambió de forma relativamente rápida con ideas como el “escudo antimisiles” de George W. Bush, que tuvo que inventar el “eje del mal” que ahora recupera Volodymyr Zelensky para garantizarse el mismo resultado, más armas. En esos años, con el terrorismo como enemigo designado y sin ningún actor estatal capaz de causar una invasión de los países más desarrollados, los ejércitos se centraron en producir y, sobre todo, vender aquello que resultaba más llamativo en las ferias internacionales. Como país europeo que generalmente sigue las mismas tendencias que sus equivalentes de la parte occidental del continente, Rusia es un ejemplo claro: los misiles eran lo más grandes posibles, se paseaban por la Plaza Roja durante el Día de la Victoria, pero se dejaba de lado el desarrollo de otros aspectos.
Los ocho años de ventaja que el ejército ucraniano tenía sobre el ruso se manifestaron en los primeros meses de 2022, cuando el Estado Mayor de la Federación Rusa aún no había comprendido que la guerra había cambiado y que los grandes convoyes de blindados eran un blanco fácil en manos de quien disponía de inteligencia en tiempo real y drones de vigilancia. La superioridad de la que las fuerzas rusas disfrutaban en términos de potencial de artillería, misiles y aviación fue compensada por Ucrania con la concentración de esfuerzos -dejando caer el sur del país, una elección con consecuencias, ya que Kiev solo ha podido recuperar la parte de la margen derecha del río Dniéper y podría haber perdido para siempre el resto- y guerra de trincheras acompañada de artillería y drones contra una infantería bajo el fuego y sin la cobertura aérea sin la superioridad necesaria en los cielos.
Esos meses en los que el ejército ucraniano, con experiencia reciente de combate, y el ruso, más potente, pero no probado en el campo de batalla, se enfrentaron en Donbass y en el resto del territorio ucraniano son, quizá, el mejor libro de texto para observar el cambio que ha supuesto la tecnología en la guerra moderna. Las guerras de Ucrania e Irán son el reflejo de que hablar de tecnología no implica necesariamente artefactos sofisticados y de elevado precio, sino la optimización de recursos y el ingenio aplicado a situaciones concretas. Hace unos meses una revista sin ninguna simpatía proiraní o prorrusa, The Economist -“portavoz de los millonarios británicos” según Lenin- escribía que todo el mundo trata de replicar los drones Shahed iraníes, sencillos y baratos de producir y, como se ha comprobado esta semana, enormemente eficaces para determinadas tareas. En 2022, consciente de que no había estado a la altura en el desarrollo de estas armas, Rusia acudió a Teherán en busca de ayuda y comenzó a utilizar los drones que rebautizaría Geran-2 y que posteriormente comenzaría a producir masivamente y a modernizar hasta conseguir los modelos actuales, que están causando enormes quebraderos de cabeza para las defensas aéreas ucranianas. “Los Shaheds lo destruyen todo como jabalíes en el bosque”, ha comentado recientemente el subcomandante de la aviación ucraniana. Los drones iraníes ya no solo saturan las defensas aéreas, sino que los interceptores desarrollados por Ucrania y que Zelensky está presentando como el arma milagrosa con la que Estados Unidos y los países del Golfo derrotarán a Irán son cada vez más potentes y difíciles de derribar. Sin embargo, es evidente que los tres años de experiencia luchando conta esas armas hacen de los especialistas ucranianos un activo importante para los países árabes, que no esperaban que permitir a Estados Unidos atacar Irán desde las bases situadas en su territorio fuera a suponer tener que derribar misiles y drones iraníes.
El laboratorio ucraniano, como lo han tomado tanto los países proveedores como el propio Gobierno de Kiev, que ha ofrecido el territorio como lugar en el que probar las armas occidentales contra las rusas en situación de combate, abre ahora un nuevo abanico de posibilidades. Ucrania no solo permite limitar el uso de misiles Patriot de más de cuatro millones de dólares para derribar unos Shaheds cuyo coste sería de 7.000 dólares -según el experto económico Esfandyar Batmanghelidj, los 20.000 dólares que habitualmente se mencionan son un cálculo de su producción en Rusia, no en Irán- o estudiar en la distancia las particularidades de la guerra moderna, sino utilizar la experiencia práctica del ejército ucraniano. Después de décadas en las que los ejércitos europeos no han visto una trinchera más que en el cine de época, los ejércitos vuelven a ella. En esta era de la inestabilidad, de una potencia hegemónica que pierde poder blando y utiliza la fuerza militar para mantener su dominio, produciendo crisis en diferentes lugares del mundo, ni siquiera el jardín europeo se siente seguro.
“Los ucranianos afirmaron que las trincheras de entrenamiento francesas eran demasiado amplias, que eran más apropiadas las botas de jardinería que el calzado militar y han dado consejos sobre cómo optimizar el uso de granadas”, escribía en 2023 el mencionado artículo de Politico, en el que quedaba claro que, más allá del aprendizaje del uso de las armas occidentales, una necesidad que desaparece a medida que son introducidas en la doctrina ucraniana, no había nada que tropas recién llegadas de la guerra pudieran aprender en Europa.
La situación es aún más clara ahora. Son evidentes los cambios que ha sufrido la guerra moderna, en la que el uso del material más sofisticado se combina con la omnipresencia de drones -en ocasiones prácticamente rudimentarios- y una infantería que actúa en pequeños grupos y se traslada, no en blindados, sino en vehículos civiles, bicicletas, patinetes o incluso a caballo. Solo dos ejércitos europeos, el ruso y el ucraniano, conocen esa realidad y sus aliados quieren aprovechar esas enseñanzas. Esa era, según los medios occidentales la causa de la presencia de tropas norcoreanas en Kursk, muy criticada por la prensa y clase política europea y norteamericana. Menos criticada será, sin duda, la iniciativa alemana que el miércoles publicaba Reuters.
“Instructores militares ucranianos ayudarán al ejército alemán a cumplir el objetivo de estar preparado para defenderse de cualquier ataque ruso contra la OTAN en 2029, según ha declarado el jefe del ejército alemán, en un cambio de roles tras años de entrenamiento de las fuerzas ucranianas por parte de las tropas occidentales. Berlín y Kiev acordaron el mes pasado que Ucrania enviaría instructores militares a las escuelas del ejército alemán para impartir lecciones que han aprendido de la lucha contra la invasión rusa”, escribe la agencia, que cita al jefe del ejército alemán afirmando tener grandes expectativas. Christian Freuding, que se hizo célebre en agosto de 2024 por su exaltación y amplia sonrisa mientas comentaba la ofensiva de Kursk en la televisión alemana, explica que “el ejército ucraniano es actualmente el único del mundo con experiencia en primera línea contra Rusia”. No se trata entonces de comprender la guerra moderna y adaptarse a las novedades que implica, sino de aprender a luchar contra las tropas de Moscú, un hábito que los países europeos parecen heredar de sus antepasados.
“Cuando se le preguntó qué aportarían los instructores ucranianos, se refirió a las evaluaciones de las agencias de inteligencia alemanas y occidentales, según las cuales Rusia podría estar lista para un ataque a gran escala contra la alianza militar de la OTAN en 2029. «Eso es casi pasado mañana. No tenemos tiempo: el enemigo no espera a que declaremos que estamos preparados. Por lo tanto, tenemos que aprovechar todas las posibilidades para prepararnos», afirmó Freuding”, añade Reuters sin ningún problema por ofrecer su espacio informativo a la labor de aumentar el pánico colectivo sobre una futura invasión rusa de los países europeos, que asume una intención que Rusia no ha mostrado y unas capacidades de las que carece.
No hay tampoco en la información el más mínimo contexto sobre la labor ideológica que se ha realizado a lo largo de los últimos doce años en el ejército ucraniano, que ha incorporado progresivamente a milicias y grupos armados de extrema derecha nacionalista que no hace tanto tiempo habrían causado rechazo en los países europeos y que, en ocasiones, se inspiran para crear sus símbolos en estéticas, grupos y personas cuyo enaltecimiento no es legal en Alemania.
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