“El humo negro y el fuego desatado de los ataques a las refinerías alrededor de Teherán son una de las mejores maneras de perder los corazones y las mentes del pueblo iraní que odia al régimen”, comentó en las redes sociales el experto y lobista Ian Bremmer, un perfecto ejemplo de la actitud occidental de no rechazar la agresión estadounidense e israelí, pero lamentar que los medios puedan alienar al pueblo iraní. Teniendo en cuenta que incluso los medios estadounidenses dan por hecho que el ataque que causó más de 150 muertes en un colegio en el sur de Irán la primera mañana de la guerra fue cometido por Estados Unidos, que bombardeó no una sino dos veces el lugar, es difícil imaginar que la población pueda ver la actuación occidental como la operación de liberación que proclama Netanyahu. El argumento es similar al que utilizó, tímida y brevemente, Ucrania cuando comenzó a realizar redadas en las que grupos de soldados de nacionalidad rusa –como Denis Kapustin, del RDK y otros militantes en muchos casos neonazis- que formaban parte de las tropas de la inteligencia ucraniana asediaban y aterrorizaban las aldeas de los oblasts fronterizos rusos. La idea de la infiltración de grupos armados, que Estados Unidos también parece haber sondeado para enviar proxis kurdos a fomentar un alzamiento en Irán -y que ayer Donald Trump descartó- no llegó a buen puerto y Kiev pasó a los planes B y C, primero con el intento de ofensiva en Kursk y posteriormente los ataques en profundidad, con los que ha atacado especialmente objetivos energéticos. Con un menor potencial de fuego y enfrentándose a unas defensas aéreas mucho más potentes, Ucrania no ha podido, pese a contar con la asistencia de Estados Unidos, conseguir imágenes como la impuesta ayer por Washington y Tel Aviv en Teherán, donde, según el periodista de la CNN Frederik Pleitgen, llovía petróleo.
Ambas guerras pueden considerarse conflictos bélicos que forman parte de una disputa geopolítica más amplia en la que el control de la energía es uno de los aspectos clave. Como dos de los países más sancionados del planeta, Rusia e Irán se han visto obligados a comerciar con sus materias primas al margen del mercado occidental, generalmente con descuentos para compensar el riesgo que supone adquirir petróleo sancionado y a través de terceros para esquivar las sanciones financieras de desconexión del sistema internacional de pago. Las situaciones extremas de “política de máxima presión” de Estados Unidos en el caso de Irán y las sanciones masivas impuestas tras la invasión de Ucrania en 2022 para Rusia han obligado a Teherán y Moscú a superar la desconfianza mutua que había marcado su relación en las últimas décadas. Y aunque en términos económicos hay que considerar a China un socio comercial más importante para Irán, ya que es el principal destinatario de sus exportaciones de petróleo, ha sido Rusia quien con más claridad se ha manifestado en defensa de Irán.
Ayer, China insistía en la necesidad de un alto el fuego, una forma de detener el derramamiento de sangre, la destrucción de las infraestructuras iraníes y la escalada regional. El sábado, con un mensaje de apertura a la desescalada que fue entendido como muestra de debilidad y rendición, el presidente de Irán, Massoud Pezeshkian se disculpó ante sus vecinos árabes y prometió no atacar aquellos países desde los que no se produjeran ataques contra Irán. La respuesta estadounidense fue prometer la “destrucción total” y el inicio de los ataques que han hecho arder Teherán, bombardeos en los que puede verse una nube de humo detrás de la mezquita de Isfahan, patrimonio de la humanidad, o el intento de destrucción de una planta desalinizadora, una forma de añadir el agua como objetivo legítimo en una región en la que es mucho más escasa que el gas o el petróleo. La respuesta iraní, atacar una planta desalinizadora en Bahréin, ha sido ampliamente condenada por Occidente mientras las aeronaves estadounidenses e israelíes seguían atacando infraestructuras en Irán. Y sin renunciar a la idea de que la guerra va bien, todo marcha según el plan e incluso más rápido de lo previsto, un a la vez exultante y ofendido senador Lindsey Graham exigía a los países árabes que se unan a la lucha. “Ahora, a nuestros amigos árabes: vosotros también estáis siendo atacados. ¿Algún país árabe ha atacado ya a Irán? Si quieren un tratado con Estados Unidos, deben involucrarse en esta lucha. Ya saben, Estados Unidos no va a Oriente Medio solo a luchar. Así que insto a nuestros aliados árabes a contraatacar. Ustedes también están siendo atacados”, afirmó en una entrevista. Nada dice que el conflicto está ganado, como asegura Trump, como apelar a los aliados a unirse a los bombardeos.
Ni la situación militar, ni la política, ni el contexto geopolítico de ambición extrema de Estados Unidos de lograr una rendición completa de Irán apuntan a una desescalada, lo que ha obligado incluso a Rusia, acostumbrada a emitir comunicados que llaman a la prudencia, a endurecer su mensaje en defensa de un país contra el que cumplió el embargo de armas y que ha tenido que suplicar durante años que Moscú accediera a vender un sistema de defensa aérea. “No, no somos neutrales. Apoyamos a Irán, por supuesto, y consideramos, como he dicho, muy negativamente lo que se está haciendo”, afirmó en una entrevista concedida a Sky News el embajador de Rusia en el Reino Unido Andrey Kelin. “Además, no entendemos esta lógica. Es la lógica, en este momento, de los países occidentales o de los demás, que tú [Irán] eres el culpable de todo. Pero nadie está diciendo que Estados Unidos e Israel hayan iniciado un ataque contra Irán, y que Irán solo esté respondiendo a él. Así que esto es simplemente injusto”, añadió Kelin con una declaración que no sería especialmente llamativa si no supusiera un cambio notable en la retórica de Rusia, que generalmente se limita a llamar a la paz e insiste en la moderación por igual a quien ataca y a quien defiende.
El aspecto geopolítico manda y la agresividad de Estados Unidos obliga a terceros países a posicionarse, en parte porque en este mundo global son clave las conexiones entre diferentes regiones, pero también por temor a verse como futuras víctimas de las ambiciones neoimperiales de quien trata de utilizar su potencial militar y económico como herramienta para obligar al resto del mundo a someterse a sus antojos. En este sentido, es especialmente significativo el discurso de Sergei Lavrov a modo de reproche a los países árabes, sorprendente teniendo en cuenta la relación que Moscú ha mantenido con Abu Dabi o Doha en estos años de guerra, en los que han permitido que Rusia esquive las sanciones occidentales y han mediado en determinados momentos en las conversaciones con Ucrania para lograr, por ejemplo, acuerdos de alto el fuego.
“Muchas monarquías árabes declararon públicamente que la situación no debía derivar en una solución militar y que no permitirían que se utilizara su espacio aéreo. Pero cuando todo comenzó, a pesar de sus repetidos llamamientos a Estados Unidos e Israel, ¿condenasteis las acciones norteamericanas e israelíes?”, reprochó Lavrov a los países árabes, exigiéndoles, no solo una condena, sino exactamente lo mismo que les ha pedido Irán, que su territorio no sea utilizado para una guerra de agresión. “¿Condenasteis el bombardeo de 170 niñas?”, añadió Lavrov. La disputa se produjo en el marco del intento de llevar al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas una resolución de condena a los ataques a la población civil. La resolución rusa condena, sin mencionar a ningún país, cualquier ataque -una forma de condenar, sin mencionarlos, a Israel y Estados Unidos-, mientras que la propuesta árabe, apoyada por Francia, condena a Irán sin denunciar el motivo por el que Teherán responde a los ataques en su contra.
La situación geopolítica de conflicto internacional obliga a un posicionamiento que es más claro en el caso de los países inmersos en alguno de los escenarios bélicos. “Agradezco a todos los que recuerdan el programa PURL, que nos permite comprar interceptores estadounidenses para los Patriots”, afirmó ayer Zelensky en su sutil intento de obtener más financiación para el ejército ucraniano. “Entendemos los riesgos que plantean los ataques iraníes y la consiguiente necesidad de defensa aérea en Oriente Medio. Es importante garantizar la protección de la vida también en Ucrania”, añadió. Quienes vinculan directamente las dos guerras son los primeros en denunciar que Rusia apoye políticamente, y quizá con información de inteligencia, a un aliado agredido por dos potencias mundiales y que, al contrario que Ucrania, no dispone de la solidaridad ni de la generosidad de países capaces de financiar más de cuatro años de guerra.
Ante la gravedad de la situación, Sergey Lavrov recuperaba ayer la propuesta de Vladimir Putin de una cumbre de los liderazgos de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas –Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia- para discutir “en qué tipo de mundo estamos viviendo”. Un mundo de enfrentamientos en el que se acusa a la víctima mientras dos potencias nucleares causan lluvia ácida en una capital con una población de 14 millones de personas y en el que no hay ninguna posibilidad de que esos cinco líderes acepten presentarse a una cumbre en la que tengan que compartir una misma sala y se vean obligados a dialogar.
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