La semana pasada, por segunda vez este año, Rusia y Ucrania han realizado un intercambio de cuerpos de soldados caídos en el frente. Como en ocasiones anteriores, el desequilibrio ha sido notable: Rusia devolvió mil soldados por los 35 que entregó Ucrania, una proporción similar a la de procesos anteriores. Durante un tiempo, la prensa occidental, siempre reticente a preguntarse cuál es el nivel real de bajas de Ucrania, alegó que Rusia, la parte que atacaba, sufría bajas cuyos cuerpos quedaban en su territorio ante la imposibilidad de avanzar, mientras que otra tendencia afirmaba que Ucrania, que perdía territorio, simplemente no podía retirar los cuerpos del campo de batalla. Ambas teorías buscaban insistir en que, pese a toda evidencia, las bajas rusas eran innumerablemente superiores a las ucranianas, idea que aún se repite periódicamente en los artículos de los principales expertos occidentales, que se basan en considerar propaganda cada dato que llega de Rusia y no dudar de ninguno procedente de Kiev. Y, sin embargo, no es Rusia sino Ucrania quien lleva años sufriendo para reponer sus filas. Evidentemente, el tamaño de Rusia en términos demográficos facilita la labor rusa, aunque esa ventaja debería haber desaparecido hace mucho tiempo si las bajas reales rusas fueran 27 veces más altas que las ucranianas como ha llegado a sugerir el presidente ucraniano.
La demografía y la necesidad de gestionar los recursos humanos de un ejército es el elemento central del último artículo de Valery Zaluzhny, actual embajador en el Reino Unido, principal figura política capaz de retar a Zelensky en unas hipotéticas elecciones y excomadante en jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania. “Por extraño que parezca, el recurso más caro en una guerra de este tipo es el humano, ya que se necesita demasiado tiempo para recuperarlo, mucho más que los ciclos de producción. Este tipo de recurso simplemente no se puede reemplazar rápidamente en el campo de batalla”, afirma Zaluzhny. El general no se desvía excesivamente de la narrativa oficial para insistir en que “la guerra entre Rusia y Ucrania ha enseñado a los países con problemas demográficos una lección de vital importancia: el modelo de guerra que implica sacrificar vidas humanas a cambio de éxitos tácticos ya no es una opción lógica ni asequible. Solo para Rusia, aunque Rusia haya agotado todos sus recursos”.
“Nuestra experiencia también confirma que la cuestión de la movilización es delicada y que afecta a la capacidad de resistencia de la sociedad en una guerra de desgaste y a su disposición a apoyar dicha guerra. Por eso Rusia no está anunciando la movilización con la que a veces nos amenaza”, continúa Zaluzhny. Su comentario es llamativo teniendo en cuenta que Rusia únicamente realizó una movilización parcial en septiembre de 2022 y que, desde entonces, las constantes amenazas de movilización rusa han venido de Ucrania, no de Rusia. Tanto Zelensky como Budanov han llegado a proclamar incluso la fecha en la que iba a anunciarse. Pese al constante discurso que ha proclamado el hundimiento de la economía rusa, Moscú ha encontrado la forma en la que evitar una movilización similar a la de Ucrania, que provoca imágenes como las que a diario se ven en las redes sociales, con hombres y mujeres tratando de impedir que las bandas de presa capturen a los hombres para enviarlos al frente.
“Para Rusia, luchar con mercenarios y voluntarios del ejército y luchar con personas movilizadas a la fuerza son guerras diferentes, y las consecuencias políticas de tales guerras son diferentes. Por lo tanto, las guerras futuras definitivamente no serán movilizaciones multimillonarias de toda la población”, continúa Zaluzhny, que ve la actual guerra como un campo de batalla que “se ha vuelto transparente y está controlada automáticamente por robots, la probabilidad de supervivencia de una persona ya no depende de la calidad de su entrenamiento y conduce a pérdidas inevitables, lo que requiere alejar a la persona de esta zona de muerte”. La conclusión es que ya no se trata de enormes ejércitos o grandes convoyes, sino “más bien de una movilización tecnológica y económica como garantía de un proceso inextricable para asegurar y mantener la superioridad tecnológica sobre el enemigo”. En el mundo de Zaluzhny, todo se limita a la tecnología, idea que ya planteó en 2023, cuando una entrevista publicada en The Economist le costó la enemistad de Zelensky y el puesto al frente del ejército en medio de una contraofensiva que ya había fracasado y en la que causó falsas esperanzas la soberbia tecnológica de Occidente, que pensó que la superioridad de sus armas frente a las rusas resolvería todos los problemas.
Frente a Zaluzhny, que quiso resolver la cuestión de qué hacer para conseguir derrotar a Rusia en futuras ofensivas a base de exigir a sus aliados armas que ni siquiera existían, la versión de Zelensky es simple. Al final, todo se reduce a la ayuda occidental, aunque en su caso no se trata de tecnología occidental, sino de financiación. “Kiev prepara cambios en el sistema de movilización ante la escasez de tropas”, escribe esta semana un artículo publicado por la agencia EFE, que ilustra la información con un cartel de propaganda del Tercer Cuerpo de Andriy Biletsky, heredero del batallón Azov nacido en 2014 y que realiza su propia movilización al margen de las estructuras del Estado.
La aspiración de Zelensky, como él mismo ha declarado esta última semana, es conseguir lo que ha logrado Rusia: mantener estable la cifra de tropas o incluso aumentarla a pesar de las bajas en el frente y hacerlo sin causar estragos entre la población, provocar incidentes que en ocasiones terminan en tragedia. Con su habitual estilo de ofrecer a Occidente la posibilidad de proveer a Ucrania de más financiación, el presidente Zelensky afirmó hace unos días que “cuando hablamos de personal, los europeos pueden ayudar si —o cuando— pasemos de un ejército de movilización a uno de contratos”. Su intención es hacer “lo mismo que está haciendo Putin: paga a cada persona por un contrato. Nosotros también queremos esto, pero no disponemos de fondos suficientes. Aquí es donde los europeos podrían ayudar. Este programa aún no está financiado por los europeos“, añadió.
Con esas palabras, Zelensky lanza dos mensajes evidentes. Por una parte, queda claro que es responsabilidad de los países europeos financiar al ejército ucraniano en todos los niveles, desde su reclutamiento e instrucción hasta el suministro de las armas para la guerra y posiblemente para la paz posterior. Pero, por otra, la sutil exigencia es también una forma de reproche a sus aliados. Porque, al fin y al cabo, Ucrania dice tener clara la máxima de un hombre, un contrato. Si no es posible y si, por ello ha de seguir reclutando en las calles, en los centros de trabajo, en los supermercados o en las paradas de autobús, es debido a la insuficiente solidaridad de los aliados europeos, a los que se le da la oportunidad de solventar ese agravio.
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