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Estados Unidos, Oriente Medio, Rusia, Ucrania

Rusia y Ucrania ante la guerra en Oriente Medio

Jamenei murió en uno de los primeros golpes de la guerra, hace más de 20 horas. Desde entonces, Irán ha estado atacando objetivos en toda la región y parece estar consolidando una nueva estructura de liderazgo. El shock inicial no se tradujo en una parálisis inmediata”, escribió ayer el analista Sina Toosi, que resumía en pocas palabras una situación que puede prolongarse durante un tiempo. El Estado iraní no ha colapsado y la respuesta persa a la agresión estadounidense se produjo tal y como estaba prevista y aumentó ayer en su segundo día, en el que Estados Unidos confirmó sus primeras tres bajas que, como indicó Donald Trump en su mensaje, eran también algo esperable.  

Tras años de amenazas, Estados Unidos ha iniciado el camino que exigían los halcones más radicales –Bolton, Graham, Netanyahu- y que incluso los neocon de George W. Bush, que tiñeron la región de sangre e inestabilidad, quisieron evitar. En su discurso de declaración de guerra, el presidente estadounidense utilizó todo tipo de argumentos, en su mayor parte imaginarios –como la participación iraní en el ataque de al-Qaeda al USS Cole, la posibilidad de que Irán fuera a construir una bomba nuclear o que estuviera a punto de producir misiles capaces de alcanzar Estados Unidos-, para comenzar una operación militar de cambio de régimen, consecuencia lógica a los movimientos de estrangulamiento económico realizados en los últimos meses.  

Washington no solo disponía de sus propias herramientas, sino que también ha hecho uso de sus aliados. De forma que tanto Rusia como China consideraron irregular e inmoral, los aliados europeos de Estados Unidos activaron la cláusula snap back con la que, apelando al incumplimiento iraní de un acuerdo, el nuclear de 2015, destruido desde el momento en el que la primera administración Trump lo rompió en 2018, para imponer las sanciones masivas que han colapsado la economía. El alineamiento europeo con las posturas de Estados Unidos en referencia a Irán no se limita a las condenas de ayer –a la respuesta iraní, no al ataque original,sino que es fruto de una visión geopolítica compartida que hace que la UE y el Reino Unido prioricen mantener estables sus relaciones con Washington sobre la idea de la autonomía estratégica que pregonan periódicamente.  

Esa condición de muleta de la política exterior de la Casa Blanca y aliado prácticamente incondicional de la visión del mundo de Washington es compartida por las cancillerías de los países de la UE, el Reino Unido, Noruega o Suiza y también, de forma especialmente marcada, por Ucrania. La UE y el Reino Unido necesitan mantener a Estados Unidos en Europa para garantizar el paraguas nuclear y hacer posible la misión armada con la que pretenden monitorizar un hipotético alto el fuego futuro, pero Ucrania depende de Washington para poder continuar luchando. Y aunque la financiación de la guerra y del Estado ucraniano corre actualmente a cargo de los presupuestos europeos y la exigencia de adhesión a la UE ha aumentado notablemente estos últimos meses, la Ucrania de Maidan siempre ha mirado al otro lado del Atlántico en busca de su modelo. Como otros países del este de Europa que fueron miembros del bloque socialista, Kiev no ve especial valor en el estado de bienestar, hasta ahora seña de identidad de la UE, prefiere una economía basada en el mercado y con menor peso público y su modelo de de privatización y austeridad va incluso más lejos que lo exigido por el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. La forma en la que el Gobierno de Zelensky negoció el acuerdo de minerales, cuyo primer contrato ha ido a parar a un consorcio liderado por Ronald Lauder, el amigo de Trump que le introdujo la idea de comprar Groenlandia, es solo un elemento más para confirmar que Ucrania liga su futuro, ante todo, al de Estados Unidos.  

En términos geopolíticos, los acontecimientos de los últimos años han creado una situación con paralelismos a la Guerra Fría -aunque también con grandes diferencias, ya que en esta ocasión no hay una disputa entre dos modelos ideológicos en lucha por la supervivencia o la hegemonía-, en la que el alineamiento en los diferentes conflictos ha dividido el mundo entre Estados Unidos y sus aliados por una parte y el resto del mundo por otra. Ese posicionamiento ha sido claro a la hora de condenar el ataque estadounidense, como han hecho países como China, o la respuesta iraní, que ha llegado desde los países afectados, pero, más llamativamente, del Reino Unido y los Estados miembros de la Unión Europea, que han abandonado cualquier intento de defensa de la población civil, el derecho internacional o la defensa de la paz ante una guerra iniciada sin provocación previa.  

Como era de esperar, y ya se produjo, aunque con posiciones más matizadas, el pasado junio, Rusia y Ucrania han respondido a la nueva guerra en Oriente Medio sobre la base de su posicionamiento geopolítico. “Nada mejor que la muerte de un dictador”, publicó en las redes sociales la cuenta oficial de Ucrania, siempre sin caer en la cuenta de que las acusaciones siempre pueden volverse en su contra. Al fin y al cabo, en varias ocasiones, Donald Trump se ha referido a Volodymyr Zelensky utilizando el apelativo de dictador. El exceso de confianza de Ucrania se debe a su cercanía -o percepción de una cercanía, que quizá no sea recíproca- a Estados Unidos, situación que Bankova asume que le otorga el paraguas de impunidad que cubre las acciones de Washington. En enero, celebrando el secuestro de Nicolás Maduro y la ejecución de una treintena de soldados cubanos que protegían al presidente venezolano, Ucrania mostró su deseo por ver una actuación similar aplicada a Vladimir Putin. La defensa de la actuación de Estados Unidos, flagrantemente ilegal, se repite ahora con una celebración pública de unos bombardeos que no solo han costado la vida a Ali Jameneí, Mahmoud Ahmedinejad o parte del establibhement militar iraní, sino a más de un centenar de estudiantes de un colegio para niñas.  

“Apoyamos la postura sobre Irán: un régimen que ha durado tantos años y ha causado tantas muertes no merece existir. Se necesitan cambios. También se necesitan cambios en Europa: el derramamiento de sangre que Rusia inició y es el único que todavía prolonga debe llegar a su fin”, afirmó en uno de sus vídeo comunicados Volodymyr Zelensky el pasado enero, cuando por primera vez Donald Trump valoraba públicamente la posibilidad de bombardear Irán, decisión que, probablemente, ya se había tomado en aquel momento. Apenas una semana después de mostrar sus ansias por una operación de secuestro del jefe de Estado en la Federación Rusa, Zelensky añadía el cambio de régimen. Ahora, con una situación militar mucho más compleja, Ucrania ha moderado ligeramente sus demandas y no ha exigido aún que los misiles estadounidenses asesinen a Vladimir Putin, al ministro de Defensa Belousov o al jefe del Estado Mayor Valery Gerasimov, palabras que posiblemente causarían una reacción rusa en forma de escalada. Sin embargo, la cuenta oficial de Ucrania en X, @ukraine, sí publicaba una imagen de fichas con las caras de Bashar al Assad, Nicolás Maduro, Ali Jameneí y Vladimir Putin con el texto “dominó de dictadores”. La narrativa ucraniana siempre ha pasado por crear un eje imaginario de potencias aliadas que luchan en Ucrania del lado de Rusia en lo que el presidente ucraniano ha calificado en varias ocasiones de tercera guerra mundial, generalmente con el objetivo de obtener más armas y financiación. 

En su celebración de la guerra, evidentemente sin condena a un ataque no provocado contra un Estado soberano, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania afirmaba que “el régimen iraní, que lleva décadas burlándose del pueblo iraní, ha lanzado una política de violencia a gran escala contra su propio pueblo y otros países”. Irán no ha atacado a ningún país en siglos, un detalle sin importancia para Kiev, que rápidamente centró la situación para adjudicarse el protagonismo que ansía en cada uno de los conflictos del mundo. “Destacamos que el régimen de Teherán tuvo todas las oportunidades para evitar un escenario violento. Se le brindaron oportunidades para la diplomacia y la búsqueda de soluciones, pero ignoró estos esfuerzos y, en cambio, solo ganó tiempo con la esperanza de engañar a la comunidad internacional”, añadía el comunicado, que afirmaba describir la actitud negociadora de Irán, pero que, en realidad, es el reflejo perfecto del modus operandi ucraniano durante los siete largos años de Minsk.  

“Nuestra postura es bien conocida, y Ucrania la ha expresado repetidamente, incluso recientemente. Es importante preservar tantas vidas como sea posible. Es importante evitar que la guerra se expanda”, afirmó ayer Zelensky tratando de dar un toque humanitario a un mensaje cuya tesis es que “es importante que Estados Unidos actúe con decisión. Siempre que hay determinación estadounidense, los criminales globales se debilitan. Los rusos también deben comprender esto”. Para Ucrania, cualquier conflicto internacional puede ser culpa de Rusia, que tiene siempre que recibir un mensaje, generalmente en forma de ataques o sanciones. 

Al otro lado del frente, Rusia se ha mostrado mucho más dura que en ocasiones anteriores a la hora de condenar activamente la actuación estadounidense. “El alcance y el carácter de los preparativos militares, políticos y propagandísticos que precedieron a esta imprudente medida, incluido el despliegue de importantes fuerzas militares estadounidenses en la región, no dejan lugar a dudas de que se trata de un acto deliberado, premeditado y no provocado de agresión armada contra un Estado miembro soberano e independiente de las Naciones Unidas, en violación directa de los principios y normas fundamentales del derecho internacional”, denunciaba el Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa, que incidía en que “es especialmente censurable que estos ataques se estén llevando a cabo una vez más bajo la cobertura del renovado proceso de negociación, aparentemente destinado a garantizar la normalización a largo plazo de la situación en torno a la República Islámica de Irán. Esto ocurre a pesar de las garantías transmitidas a la parte rusa de que Israel no tenía interés en entrar en una confrontación militar con Irán”.  

La condena se prolongó al día de ayer, cuando el presidente ruso trasladaba sus condolencias a su homólogo iraní Massoud Pesezhkian por el asesinato de Ali Jameneí. “Por favor, acepte mis más sinceras condolencias por el asesinato del líder supremo de la República Islámica de Irán, Seyyed Ali Jameneí, y de miembros de su familia, cometido en una cínica violación de todas las normas de la moralidad humana y del derecho internacional”, escribió Vladimir Putin que, pese a las infundadas acusaciones ucranianas, no trató de iniciar la guerra con el asesinato del jefe de Estado de su oponente.  

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