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Diplomacia, Estados Unidos, Oriente Medio, Rusia

Irán, Estados Unidos y el significado de la diplomacia

Por segunda vez en menos de un año, aeronaves y misiles israelíes atacaron ayer Teherán y otras ciudades iraníes. Lo hicieron, según indicaron desde los primeros minutos del bombardeo medios estadounidenses como CNN, en colaboración y coordinación con Estados Unidos. “Siempre ha sido la política de Estados Unidos, en particular de mi administración, que este régimen terrorista nunca pueda tener armas nucleares. Lo repito: nunca podrán tener armas nucleares. Por eso, en la Operación Martillo de Medianoche del pasado mes de junio, destruimos el programa nuclear del régimen en Fordow, Natanz e Isfahán. Tras ese ataque, les advertimos que no reanudaran nunca su maliciosa búsqueda de armas nucleares y tratamos repetidamente de llegar a un acuerdo. Lo intentamos”, afirmó Donald Trump, ataviado con su gorra blanca de USA en un vídeo publicado en Truth Social 

Como Pakistán, cuyo ministro de Defensa utilizó X para comunicar al Talibán que “ahora estamos en guerra abierta entre vosotros y nosotros”, Trump acudió a las redes sociales para ofrecer lo más parecido a una declaración de guerra contra Irán. En un discurso incoherente y dirigido exclusivamente a justificar la agresión ante un peligro inexistente, Trump partió del pecado original del régimen iraní, la crisis de los rehenes en 1979 y culpó a Irán de la inestabilidad en Oriente Medio, incluyendo las bajas estadounidenses en Iraq, una guerra iniciada por Estados Unidos y sus aliados bajo premisas tan falsas como la actual. Como no podía ser de otra manera, Trump culpó también a Irán por el 7 de octubre, calificando a Hamás simplemente como “proxy de Irán”. A lo largo de la semana, medios e influencers cercanos a Trump habían recuperado el argumento de Bush contra Irak, las armas de destrucción masiva, y la de Blair, la posibilidad de un ataque inminente contra los países europeos, en un tosco intento de fabricar el consenso para una guerra decidida de antemano. “Un funcionario de defensa israelí declara a Reuters que la operación se había «planificado durante meses en coordinación con Washington» y que «la fecha de lanzamiento se decidió hace semanas».”, escribía ayer Drop Site News reflejando lo publicado por fuentes israelíes.   

Apenas unas horas antes, en una aparición en Face the Nation, uno de los principales programas políticos de la televisión estadounidense, el ministro de Asuntos Exteriores de Omán, principal mediador en las negociaciones indirectas entre Teherán y Washington, anunciaba orgulloso que “un acuerdo está al alcance de la mano”. Sus declaraciones se producían en un vaivén de publicaciones y filtraciones mediáticas que oscilaban entre las palabras de Witkoff, que insistía en que Trump no comprendía cómo Irán no había “capitulado” pese a toda la presión militar y económica, los anuncios en medios como Bloomberg de que la delegación estadounidense estaba decepcionada por la forma de negociar de Irán o los anuncios de importantes avances. El viernes por la noche, puede que con la ingenuidad de quien negociaba de buena fe o con la intención de presentar la información para tratar de impedir un ataque, Badr Albusaidi, ministro de Asuntos Exteriores de Omán, afirmaba que habría “cero acumulación, cero almacenamiento y verificación completa”. » Creo que ahora hay acuerdo en que esto se mezclará al nivel más bajo posible, a un nivel neutral, un nivel natural, y se convertirá en combustible, y ese combustible será irreversible”, añadía con la confianza de quien prefiere no darse cuenta de que la negociación era únicamente una forma de ganar tiempo. Apenas unas horas antes del inicio del ataque estadounidense e israelí, Irán mostraba su voluntad de ceder en absolutamente todos los aspectos de la negociación relativa al programa nuclear. Pero, como en junio de 2025, la negociación de Witkoff no era sino una tapadera para la preparación de las verdaderas intenciones de la administración estadounidense que, junto a su aliado regional israelí, había tomado la decisión de atacar hace mucho tiempo.  

Como en el caso de Venezuela, en el que era evidente que la acumulación de buques no respondía a la lucha contra el narcotráfico y el bloqueo impuesto respondía a una intención de hacer caer al presidente Maduro –nadie moviliza la cantidad de recursos marítimos durante meses para no utilizarlos para algo más que asesinar personas en lanchas en el Caribe-, el mayor despliegue naval y aéreo estadounidense en Oriente Medio desde la invasión de Iraq en 20003 era un claro anuncio de guerra. Irán ha tratado de retrasar los acontecimientos a base de negociación, un diálogo mediado con la administración que, nada más llegar al poder, decidió romper unilateralmente el acuerdo que le garantizaba el que supuestamente es su principal objetivo, evitar la proliferación nuclear. Estas últimas semanas, como el año pasado, los contactos diplomáticos han resultado no ser más que una simulación por parte de Estados Unidos, el país que rompió unilateralmente el acuerdo que le garantizaba una parte importante de las exigencias que justificaron el ataque de ayer, garantizar que Iran no adquiriera armas nuclares. El desenlace estaba decidido desde el momento en el que quedó claro que el objetivo de Estados Unidos no era un acuerdo nuclear, que habría resultado sencillo de negociar con el actual Gobierno de Irán, posiblemente el más moderado y débil desde la Revolución Islámica, sino la capitulación iraní a la hegemonía estadounidense, ejercida en términos regionales a través del fortalecimiento de Israel.  

Hace apenas unos días, Steve Witkoff y Jared Kushner realizaron rondas de negociación con Irán por un lado y Rusia-Ucrania por otro. Ginebra se convertía así, al menos en apariencia, en la capital diplomática mundial con la presencia de las delegaciones negociadoras de dos de los grandes conflictos del momento. El uso que Trump ha realizado de las negociaciones de Steve Witkoff, principal negociador de la paz entre Rusia y Ucrania, envía un mensaje envenenado a lugares como Moscú. Dispuesto a ceder en las condiciones exigidas por Washington en el aspecto nuclear, Irán había incluido también alicientes para alejar a Trump de la opción bélica y favorecer un acuerdo en el que pudiera jactarse de éxitos que su odiado predecesor, Barack Obama, no había logrado. Según publicó Financial Times, Irán pretendía “tentar a Donald Trump con incentivos financieros, incluidas inversiones en sus vastas reservas de petróleo y gas, como parte de los esfuerzos para convencer al presidente estadounidense de que acepte un acuerdo sobre su programa nuclear y evite la guerra. Una persona familiarizada con el asunto describió la perspectiva de una «bonanza comercial», en la que Teherán busca apelar a la inclinación de Trump por los acuerdos que prometen dividendos financieros para Estados Unidos”. Ceder en la cuestión en la que podía permitirse realizar concesiones, ya que, pese a la propaganda occidental, Irán no ha buscado activamente el desarrollo armamento nuclear, y ofrecer a Donald Trump un incentivo económico es, aplicado a Irán, el mismo modus operandi utilizado por Kiril Dmitriev en el caso de la guerra de Ucrania.  

Como Irán, también Moscú ha querido ver en sus recursos económicos una carta que jugar para animar a Donald Trump a un acuerdo que permitiera a sus aliados tener acceso a grandes riquezas que ansía. La situación de la Federación Rusa es más segura, ya que, al contrario que Irán, cuenta con un potencial nuclear que hace imposible un ataque directo como el que se produjo ayer. Sin embargo, el doble precedente de la negociación Estados Unidos-Irán supuestamente sobre la cuestión nuclear, que en ambos casos ha sido solo un engaño, ha de encender todas las alarmas en Moscú, que negocia con la misma persona que tanto en junio del año pasado como estas semanas ha pretendido negociar en buena fe cuando la decisión de utilizar las negociaciones como simple pantalla era ya un hecho consumado.  

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