“Realmente animaría a los europeos a dejar de preocuparse por Estados Unidos y a hacer todo lo que puedan para implementar los compromisos que asumimos. Eso nos hace fuertes y ancla aún más a Estados Unidos en la OTAN”, afirmó ayer el secretario general de la OTAN. Mark Rutte pronunciaba esas palabras para reafirmar la postura europea de aumentar el gasto militar hasta los límites ordenados por Donald Trump –o incluso más, como ha anunciado Letonia, que planea elevarlo al 6% de su PIB, un punto por encima de lo exigido por la Casa Blanca-, olvidando cualquier roce o duda que haya podido producirse recientemente a causa de la amenaza estadounidense a un aliado, Dinamarca. Aumentar el gasto militar de tal manera que algunos países tengan que duplicar una inversión que, de por sí, ya se había incrementado notablemente desde 2014 se presenta como la forma con la que mantener contento a papi y retener a Estados Unidos, no solo en la Alianza, sino con presencia en el continente europeo más allá del paraguas nuclear que Marco Rubio ya ha dejado claro que no peligra.
El subtexto de las palabras de Rutte, sin embargo, es garantizar que los países de la Coalición de los Dispuestos puedan contar con las garantías de seguridad y cobertura aérea y de inteligencia que precisan para hacer posible la misión militar de 15.000 efectivos que aspiran a enviar a Ucrania una vez se produzca un acuerdo con Rusia. La autonomía estratégica de los miembros europeos de la OTAN consiste en seguir órdenes de Estados Unidos en materia de gasto militar y depender del acuerdo al que Washington llegue con Moscú. Cualquier humillación es soportable si se consigue mantener el stau quo de suministro masivo de armas a Ucrania durante dos años más, para lo que la UE sigue intentando aprobar definitivamente un préstamo -que Kiev no tiene intención de devolver- por valor de 90.000 millones de euros y cuyos dos tercios han de ser empleados en la adquisición de armas, ya sean para la guerra o para la paz armada que se prepara en caso de un acuerdo.
La movilización de recursos, la firmeza con la que Úrsula von der Leyen, Kaja Kallas o antes Josep Borrell y las autoridades de la práctica totalidad de los Estados miembros de la UE han defendido el derecho -o deber- de Ucrania a defenderse de Rusia y han evitado una paz por medio del compromiso indican la importancia de la causa como principal proyecto geopolítico de Bruselas, que rechazó la paz de Minsk, las negociaciones de Estambul en 2022 y reniega también ahora del caótico proceso liderado por Estados Unidos. A lo largo de estos años, e incluso ahora, cuando se niega a Kiev el deseo de conocer la fecha en la que logrará su adhesión al bloque, se ha repetido hasta la saciedad la máxima de que “Ucrania es Europa”, una frase vacía durante mucho tiempo acompañada de la exigencia de respeto a la voluntad euroatlántica del país. Sin embargo, parte del establishment europeo busca ir un paso más allá e insistir en que “Europa tiene que ser como Ucrania”, sugiriendo una inversión de los términos y equiparando Europa como entidad política la actuación y los valores demostrados por Ucrania.
“Ucrania ha demostrado la poderosa capacidad humana de defender con pasión lo que aprecia, de mantenerse optimista y desafiante, incluso ante dificultades «insuperables»”, escribe en un artículo publicado por The Kyiv Independent el exministro de Asuntos Exteriores de Lituania, Gabrelius Landsbergis, cuya tesis es que “tras años de valentía y sacrificio por la libertad, la democracia y el modo de vida europeo, no cabe duda de que Ucrania es europea. Plantear esta cuestión ya no es una contribución válida a ningún debate sobre el futuro de Ucrania, sino que es simplemente un sabotaje deliberado e hipócrita de la lucha de millones de personas por conseguir lo que el resto de Europa damos por sentado”.
“Desde cualquier punto de vista, Ucrania es el principal defensor mundial de la justicia y la paz duradera basadas en los valores europeos que nosotros, los europeos, consideramos evidentes. No hay mejor embajador de los principios ilustrados de la vida, la libertad, los derechos humanos y el Estado de derecho que el presidente Volodymyr Zelensky”, añade Landsbergis en un tono aún más exagerado para sentenciar a continuación que “Ucrania está escribiendo el manual de instrucciones de este siglo sobre cómo defender estos valores europeos cuando entran en conflicto con los intereses de un enemigo agresivo y poco ilustrado”. Ucrania ya no es solo la imagen personificada de los valores europeos, sino de la Ilustración, un faro en el que basarse políticamente para avanzar en esa búsqueda de la libertad y los derechos humanos.
La invasión rusa permitió reescribir la historia de la década a Ucrania y a quienes hasta entonces habían defendido incondicionalmente a Kiev en su actuación de los anteriores ocho años. Aunque los hechos de 2014 siempre fueron tratados desde el punto de vista ucraniano, enalteciendo las protestas de Kiev y demonizando o incluso burlándose de las que se produjeron posteriormente en las partes de habla o cultura mayoritariamente rusa, cualquier intento de mantener cierta objetividad desapareció el 22 de febrero de 2022 con el reconocimiento ruso de la RPD y la RPL. Películas como la realizada por Sergei Loznitsa, una ofensiva parodia de la población del Donbass asediado por la guerra militar y económica ucraniana, son un ejemplo de la humillación y vejación que soportó la población que, en lugar de celebrar el golpe de estado de febrero de 2014 en Kiev, intentó defender por la vía política primero y militar después una serie de derechos básicos. El desinterés absoluto de los medios occidentales por mostrar la situación de Donbass durante los siete años de paz de Minsk ha facilitado que se generalice la idea de que lo ocurrido hace ahora doce años primero en Crimea y posteriormente en Donbass fue lo mismo que lo que ocurrió hace cuatro años, una invasión rusa con la que se intentó castigar a la Ucrania democrática.
La Ucrania que exalta Landsbergis, cuya postura es un ejemplo perfecto del ideario de las clases políticas europeas, nació de un cambio revolucionario al día siguiente de la firma de un acuerdo de reparto del poder hasta la celebración de elecciones que la oposición nunca tuvo intención de cumplir. Con sus fuerzas de choque formadas por grupos armados de extrema derecha nacionalista , que posteriormente han crecido hasta convertirse en cuerpos de ejército en los que figuras como el führer blanco son generales de brigada, la Ucrania de Maidan trató de legitimarse presionando a la Rada a votar una moción de censura que, ni siquiera en esas condiciones, obtuvo los votos necesarios para ser legal. Esa nueva Ucrania trató, como primera medida, de eliminar la cooficialidad de la lengua rusa en las regiones en las que era mayoritaria, una medida retirada ante la amenaza rusa, sin necesidad de renunciar al objetivo. Poco a poco, Ucrania ha avanzado por el camino de eliminar la representación política, lengua, cultura y culto de una parte importante del país sin que eso haya causado quejas europeas por el trato a las minorías. El ejemplo de los países bálticos, que han hecho de la discriminación su base ideológica, ya había marcado el camino.
Ayer, Volodymyr Zelensky celebraba la resistencia ucraniana en Crimea en 2014, cuando la población respondió mayoritariamente rechazando el golpe de estado e hizo posible que, al contrario que en Kosovo en 1999, Rusia no tuviera que disparar un solo tipo para lograr la independencia del territorio y su posterior adhesión a Rusia. “Cuando decimos que el agresor no debe recibir ninguna recompensa por la guerra, para que la paz realmente perdure, todos deben comprender que no son solo palabras. Desafortunadamente, el mundo ya tuvo la oportunidad de comprobarlo hace doce años. La guerra de Rusia contra Ucrania comenzó con la ocupación de Crimea, y el mundo, en efecto, hizo la vista gorda. Los líderes de entonces mostraron poco interés en las protestas y la resistencia en Crimea, así como en el sentimiento general de Ucrania. El mundo aconsejó a Ucrania que guardara silencio. Precisamente por eso Putin llegó a creer que podía librar una guerra mucho mayor y enfrentarse a Occidente con mayor agresividad. Ahora, cada año, el 26 de febrero, Día de la Resistencia a la Ocupación de Crimea, recordamos esta lección mundial, honrando a quienes no permanecieron en silencio ni flaquearon ante la agresión rusa, e insistimos en que exigir cuentas al agresor por la guerra es una de las garantías de seguridad más sólidas, uno de los requisitos previos más firmes para una paz duradera”, escribió Zelensky. El presidente ucraniano reprochaba a sus socios no haber hecho más, aunque lo hacía, eso sí, sin decir realmente qué había que hacer o si Ucrania espera retroactivamente lo que siempre supo que no iba a ocurrir, luchar contra Rusia por Crimea. Pero, ante todo, Zelensky busca adjudicar la opinión de una pequeña minoría a toda la población, esa a la que, sin ninguna queja de la Europa de los valores y derechos humanos, trató de cortarle el suministro eléctrico y contra la que construyó un muro para garantizar que el agua del Dniéper no llegara a la península, valores ilustrados que el establishment euroatlántico quiere seguir defendiendo olvidando las ilegalizaciones de partidos, la invención de una operación antiterrorista para justificar el uso de las fuerzas armadas en territorio nacional o el ascenso de la extrema derecha con la adopción del discurso nacionalista como discurso nacional.

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