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Donbass, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

El papel del Reino Unido

Retirado de la primera línea de la política desde que un movimiento interno dentro de su partido le obligara a dimitir de su cargo como primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson sigue realizando periódicas reapariciones mediáticas de impacto. En 2022, aún como primer ministro, Johnson fue el primer líder político relevante en visitar Kiev. De aquella visita se conoció posteriormente una frase que, según Ukrainska Pravda, pronunció ante Zelensky, “simplemente vamos a luchar” y que ha sido interpretada como una forma de presión al Gobierno ucraniano contra las negociaciones con Rusia que aún se encontraban en marcha. Una explicación mucho más simple y acorde con los intereses de las diferentes partes en aquel momento apunta a que el primer ministro británico, como portavoz de los países occidentales, llegó a Ucrania a transmitir un mensaje colectivo: Kiev dispondría del armamento necesario para librar una guerra de alta intensidad contra Rusia y conseguir en el campo de batalla un mejor resultado que el que Moscú le ofrecía en Estambul. Ucrania contaría con la financiación, inteligencia en tiempo real, armamento y munición para hacer lo que el Gobierno quería hacer, prolongar las negociaciones hasta que el flujo de material hiciera posible contraatacar y seguir luchando.

Cuatro años después, esa visita sigue siendo considerada un punto de inflexión en el camino hacia la guerra eterna de alta intensidad que parece haberse cronificado en Ucrania. Aunque no deba atribuirse a Boris Johnson la responsabilidad por la ruptura de Estambul, que como describió David Arajamia tuvo diferentes factores –entre los que estaba la intervención británica-, la visita fue un signo más del completo desinterés de los países occidentales por la negociación o por la posibilidad de una resolución diplomática a la guerra antes de que se produjeran la muerte y destrucción causadas desde entonces. La situación se repite actualmente y solo el Gobierno de Estados Unidos ha modificado su postura. La administración Biden optó por posicionarse firmemente en el campo de quienes defendían apoyar a Ucrania mientras fuera necesario y encabezó la movilización masiva de recursos militares, políticos, económicos y coercitivos para asistir a Kiev y minar el esfuerzo bélico de Moscú. Sin embargo, para frustración de algunos de sus socios europeos, la táctica elegida fue la de la escalada progresiva, una forma de equilibrar entregar a Ucrania armamento cada vez más pesado y progresivamente más peligroso para Rusia sin que el Kremlin reaccionara percibiendo que se trataba de una declaración de guerra directa por parte de Occidente.  

Esa forma de actuar ha permitido a Rusia responder de forma simétrica, escalando su respuesta progresivamente, sin que un cambio sustancial en el suministro a Ucrania pudiera nunca provocar un enfrentamiento directo entre grandes potencias o que el Kremlin se sintiera asediado y con la única opción de utilizar armas nucleares. La consecuencia más clara de este enfoque es que Occidente ha ido cruzando, poco a poco, todas las líneas rojas rusas sin que eso haya resultado en una guerra total o en la expansión del conflicto más allá de Rusia-Ucrania. Para Kiev, este enfoque ha supuesto conseguir, poco a poco, todo aquello que ha pedido a sus aliados, aunque no con la rapidez con la que habría deseado.

Esa es también la teoría de Boris Johnson, que en su última aparición ha utilizado su capacidad de amplificar el mensaje ucraniano para exigir más armas y rapidez en su entrega. “Al final, hemos acabado dando a los ucranianos lo que pedían, y en realidad siempre ha sido en su beneficio y en detrimento de Putin. Quiero decir que la única persona que sufre con la escalada es Putin”, declaró Johnson a la BBC para quejarse de la lenta progresión de la escalada occidental. No es casualidad que la reaparición del exprimer ministro británico y fanático defensor de Ucrania se produzca justo cuando las capitales europeas y Ucrania se encuentran en plena campaña para modificar el estatus de la negociación y endurecer notablemente los términos que se puedan ofrecerse a Rusia a cambio de un alto el fuego. Con la sensación de que el objetivo europeo es sabotear el actual proceso de diálogo ante la certeza de que, para sus intereses, la continuación de la guerra es más favorable que una paz por medio del compromiso, los países europeos han utilizado la idea de una misión de paz armada de países de la OTAN como amenaza contra Rusia y, a la vez, como garantía de que Moscú no aceptaría jamás ese acuerdo.

En el actual contexto de continuación de los ataques mutuos contra las infraestructuras energéticas, incremento de las sanciones para tratar de destruir la economía rusa y exigencia de una aún mayor asistencia militar a Ucrania –con Tomahawks incluidos-, no hay un argumento más útil para conseguir el rechazo ruso a cualquier acuerdo que insistir en la idea de la introducción de tropas extranjeras sin siquiera esperar a un potencial alto el fuego. “Si podemos tener un plan para enviar tropas sobre el terreno después de la guerra, una vez que Putin haya accedido a un alto el fuego, ¿por qué no hacerlo ahora?”, sentenció Boris Johnson en la entrevista publicada por la BBC. La postura de Johnson busca ser un apoyo a la normalización del intento de resolver la guerra a base del uso de Ucrania como herramienta contra Rusia, la creación de un Estado militarizado que cumpla para los países europeos la función que Israel realiza para Estados Unidos. La única alternativa a la guerra es una paz armada en la que la presencia de los países de la OTAN, una de las causas de la guerra, sea la solución.

Esa postura es la misma en el laborismo que en los resquicios que aún perviven del partido conservador británico y sus equivalentes en otros países europeos. “No hay mayor responsabilidad para ningún ministro de Defensa ni para ningún Gobierno que enviar a nuestras Fuerzas Armadas a participar en operaciones… Quiero ser el ministro de Defensa que envíe tropas británicas a Ucrania, porque eso significará que esta guerra habrá terminado por fin. Significará que hemos negociado la paz en Ucrania. Y una Europa segura necesita una Ucrania fuerte y soberana”, ha declarado, en respuesta a las propuestas de Boris Johnson, el actual secretario de Defensa del Reino Unido. La única diferencia entre ambos es el momento en el que enviar a Ucrania esa misión armada que, en sí, sería incapaz de defender a Ucrania, pero que es suficiente para que suponga traspasar una línea roja inaceptable para Rusia. El juego de la diplomacia occidental no es otro que ofrecer a Rusia dos opciones: la guerra eterna, posiblemente intensificada con la introducción de misiles de mayor alcance, o una paz en la que Moscú se enfrente al escenario que quería evitar a toda costa, la presencia de tropas de la OTAN en sus fronteras. Provocaciones gratuitas como la de Johnson solo buscan acelerar ese proceso de obligar a Rusia a rechazar los hechos consumados que se le presentan y disponer de una situación en la que desaparezcan las escasas limitaciones que existían hasta ahora. En esa labor, el hombre bajo cuyo gobierno se ejecutó finalmente el Brexit, es el mejor aliado de Kaja Kallas en su intento de reconducir la negociación hacia unos términos que hagan absolutamente imposible cualquier diálogo.

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