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Alto el fuego, Donbass, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

La narrativa de las negociaciones

Cuatro años después del inicio de una guerra que ni Rusia ni Ucrania esperaban que se prolongara durante tanto tiempo, las posturas políticas continúan estancadas. “No se puede decir que Ucrania esté perdiendo la guerra. Sinceramente, definitivamente, no estamos perdiendo, definitivamente”, ha afirmado, no sin sensación de estar transmitiendo ciertas dudas, el presidente ucraniano en una entrevista concedida esta semana a AFP. Las palabras de Zelensky, que ha querido destacar la recuperación de territorio en el frente de Zaporozhie, un pequeño avance ucraniano que no supone un cambio estratégico en la dinámica del frente, y la fortaleza de Ucrania tanto en la primera línea como en la retaguardia como argumento para reforzar su postura de que es preciso hacer un esfuerzo más. Cuando la diplomacia se aproxima al punto en el que los dos países tendrán que decidir si aceptan las condiciones que se les ofrece o las rechazan a riesgo de tener que continuar luchando con menor apoyo de las fuerzas externas necesarias, las posiciones de partida de los dos países se mantienen firmes. Rusia y Ucrania rechazan las concesiones que Estados Unidos les exige, pero son conscientes de que no pueden ser vistas como el motivo del bloqueo de las negociaciones.  

Sola en esta guerra y, por lo tanto, autónoma, la Federación Rusa tiene menos que perder en este juego. El pasado verano, China dejó claro a la Unión Europea que no es de su interés ver a Rusia derrotada en Ucrania, por lo que Moscú sabe que mantendrá el mercado chino como sustituto del europeo y que seguirá pudiendo adquirir a su vecino asiático aquello que antaño obtenía en Occidente. Pese a las constantes proclamaciones de aislamiento ruso que han realizado los países europeos, Rusia mantiene abiertos suficientes mercados para sustentar su economía y seguir produciendo el material necesario para la guerra. El único riesgo real que corre Rusia es perder los avances realizados en la relación con Estados Unidos desde el inicio de las conversaciones con Washington, un aspecto que no es menor teniendo en cuenta su capacidad sancionadora, pero que no se considera determinante. El hecho de que Rusia haya sido el único país dispuesto a retar el bloqueo energético que Trump ha impuesto contra Cuba –bajo amenaza de imponer aranceles del 25% a cualquier país que ose ignorar las órdenes- y que, según Bloomberg, 200.000 barriles de petróleo ruso se dirijan a la isla indica que, pese al intento de mejorar las relaciones entre los dos países, Moscú no lo apuesta todo a obtener un trato de favor de la Casa Blanca.  

Por el contrario, esa es la imagen que Zelensky trata de presentar a su población y a sus aliados. No ofender a Donald Trump es mucho más importante para Ucrania, que, aunque ya no depende económicamente de la asistencia norteamericana –sino de la de sus aliados europeos-, necesita  que Estados Unidos siga vendiendo a la OTAN las  armas necesarias para continuar luchando. Según el periodista Bojan Pancesvski, de The Wall Street Journal, Volodymyr Zelensky ha confiado a su círculo más cercano que las negociaciones han fracasado y ha dado órdenes a las Fuerzas Armadas de preparar los planes necesarios para garantizar que Ucrania pueda continuar la guerra durante tres años más. Hacerlo solo sería posible con la ayuda de sus aliados europeos y con las armas de Estados Unidos. Convencer a los primeros de la necesidad de seguir luchando nunca ha sido un problema. El súbito endurecimiento de los términos negociadores que la Unión Europea pretende imponer a Rusia como condiciones de un potencial acuerdo de paz solo pueden leerse como un intento de sabotear el proceso actual, considerado excesivamente favorable a Rusia, una postura a la que Zelensky se adhiere completamente.  

En su entrevista concedida a AFP, el presidente ucraniano no solo reafirma que Ucrania no está perdiendo la guerra –tampoco la está perdiendo Rusia, aunque esa es la parte que ni Zelensky ni sus aliados quieren ver-, sino que se pregunta si es posible que la gane. A estas alturas, solo sueñan con esa victoria organismos como Weimar+, que siguen mencionando la exigencia de la integridad territorial en sus comunicados, o personas como Boris Johnson, que ha declarado que el Reino Unido debería enviar soldados a Ucrania de forma inmediata, sin esperar un alto el fuego. Aunque el expremier plantea una misión no de combate, la aparición de tropas de países de la OTAN sería percibida por Moscú como una provocación más en una larga lista de acciones que parecen buscar el descarrilamiento del proceso de diálogo que finalmente ha llegado a su fase de conversaciones directas, y en ocasiones incluso sin la mediación de Steve Witkoff. Para “ganar la guerra”, sería necesario algo más que la misión de 15.000 efectivos que Macron, Starmer y Merz preparan para el día después de un posible alto el fuego. Quizá por ser consciente de que derrotar militarmente a Rusia en el campo de batalla requeriría algo muy parecido a la guerra total, los países europeos nunca han llegado a plantear una teoría para la victoria, condenando a Ucrania a la actual frustración al no ser capaz de recuperar suficiente territorio como para obligar al Kremlin a aceptar las condiciones de capitulación que desearía imponer Kaja Kallas.  

“Zelensky informó a la prensa en una nota de voz de WhatsApp que se espera otra ronda de conversaciones de paz en Ginebra dentro de 10 días. Tras recibir información completa de su equipo en Kiev, afirmó que las conversaciones sobre la supervisión de un posible alto el fuego fueron «constructivas» y se decidió que la parte estadounidense lideraría la supervisión. Añadió que las conversaciones en el ámbito humanitario fueron «positivas» y que pronto podría haber noticias de otro intercambio de prisioneros de guerra. Añadió que no se observan avances significativos en las conversaciones sobre el territorio”, informó ayer Christopher Miller. La valoración de Zelensky es significativa teniendo en cuenta que, desde hace más de una semana, comenzando en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Ucrania y sus aliados políticos y mediáticos han iniciado una campaña de presión para imponer la idea de que es Rusia quien sabotea las negociaciones, mientras que Ucrania está dispuesta a alcanzar un acuerdo.  

«Estamos dispuestos a llegar a acuerdos reales. Pero no a acuerdos que comprometan nuestra independencia y soberanía. Estamos dispuestos a hablar de acuerdos con Estados Unidos. Pero no a recibir un ultimátum de Rusia una y otra vez», escribió ayer Zelensky, que a continuación descartaba las concesiones que harían posible detener la guerra. “Tanto los estadounidenses como los rusos dicen que, si queremos que la guerra termine mañana, salid de Donbass”, se había quejado el presidente ucraniano horas antes. La cuestión territorial no es un premio a Rusia, sino la única forma con la que existe alguna posibilidad de que Moscú acepte como hechos consumados la presencia de tropas de la OTAN en su frontera de facto y la certeza de que, antes o después, Ucrania se adherirá a la alianza que, como recordó Donald Tusk, “se creó contra la Unión Soviética, es decir, contra Moscú. Esas son las concesiones que, de forma implícita en el hecho de que Rusia no forme parte de las negociaciones de las garantías de seguridad, se está exigiendo a Rusia, tan duras como las concesiones territoriales que la Casa Blanca exige a Ucrania. 

Informando desde Kiev, la corresponsal de guerra de la CNN Clarissa Ward afirmaba ayer que, por primera vez desde la invasión rusa, escuchaba de la población “amargura y una profunda, profunda desilusión”, agravios dirigidos a Estados Unidos, supuestamente por no haber hecho lo suficiente para apoyar a Ucrania. La asistencia militar de Washington ya ha desaparecido y las aportaciones norteamericanas responden a adquisiciones comerciales para las que Ucrania precisa de la buena voluntad de Trump y de la financiación de la Unión Europea. Pese a la confianza de Zelensky en que el hastío de Trump con la guerra no se traducirá en abandono, Ucrania y las capitales europeas parecen apostar por unas condiciones más favorables a base del endurecimiento de sus posturas sobre el bienestar de una población que se muestra cada vez más exhausta. 

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