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Donbass, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

El ultimátum de Kallas

“Las guerras eternas de Putin”, proclama en su portada para la semana que viene The Economist. “Vladimir Putin teme la paz en Ucrania. El final de la lucha podría causar una crisis en Rusia e incluso suponer una amenaza a su poder”, añade en la promoción del número en las redes sociales. El titular y el mensaje son solo un ejemplo del discurso que se ha generalizado estos días y que venía preparándose en los medios desde la semana pasada, cuando coincidiendo con la Conferencia de Seguridad de Múnich, los países europeos endurecieron su postura hacia Rusia y recuperaron la exigencia de concesiones más allá de lo que está negociándose entre Washington, Moscú y Kiev. Favoreció ese discurso la confirmación de la vuelta a la primera línea del frente negociador de Vladimir Medinsky, un ideólogo nacionalista ruso que se ha convertido en principal argumento de la narrativa europea, que ha proclamado las negociaciones de paz un fracaso debido al desinterés ruso por llegar a un acuerdo.  

“Las conversaciones entre Moscú y Kiev mediadas por Estados Unidos se interrumpieron sin ningún progreso significativo ni indicio de que Rusia estuviera dispuesta a dar un paso atrás. Los analistas dijeron que las demandas de Moscú abarcaban cuestiones más amplias que los intercambios territoriales propuestos por el presidente Trump”, sentenciaba ayer The Washington Post en un artículo que bien podría haberse escrito el día en el que se anunció la presencia de Medinsky, a quien se culpa del fracaso del intento de alcanzar la paz, un objetivo que, a juzgar por la prisa con la que la prensa intenta echar el cierre, tenía que lograrse en tres reuniones directas entre los dos países enfrentados.  

En la misma línea, ayer Volodymyr Zelensky afirmaba ayer que no necesita “mierdas históricas para poner fin a esta guerra y pasar a la diplomacia. Porque solo es una táctica dilatoria. He leído tantos libros de historia como Putin. Y he aprendido mucho. Sé más sobre su país que él sobre Ucrania. Simplemente porque he estado en Rusia, en muchas ciudades. Y conocí a mucha gente allí. Él nunca ha estado en Ucrania tantas veces. Solo ha estado en las grandes ciudades. Yo fui a ciudades pequeñas. Desde el norte hasta el sur. A todas partes. Conozco su mentalidad. Por eso no quiero perder el tiempo con todas estas cosas. Se trata de ellos. Ellos decidieron tener ese sistema. Los rusos decidieron cambiar. Los rusos decidieron que necesitaban un nuevo zar. Es cosa suya”.  

“La cosecha inevitable de Medinsky”, comentaba el periodista Michael Weiss, incondicional defensor de Ucrania ahora y cuando Kiev bombardeaba Donbass infringiendo el alto el fuego de Minsk. También entonces Rusia era culpable. El comentario de Zelensky ha sido entendido como la constatación de que el papel de Medinsky fue impartir una lección de revisionismo histórico en lugar de negociar, algo que no han constatado ninguno de los participantes en las reuniones, tampoco quienes se reunieron con él a solas e inesperadamente en un encuentro que se produjo después de que la delegación rusa ya se hubiera marchado de camino al aeropuerto. Sin detalles sobre esa conversación a tres, se ha dado por hecho debido al mensaje de Zelensky que la intención de Medinsky, que fue capaz de dialogar con Umerov en Estambul el año pasado y alcanzó un principio de acuerdo con Arajamia en 2022, fue regresar rápidamente a una reunión para hablar de historia.  

Con exquisita coordinación, ayer Reuters añadía otra opinión cualificada para reforzar la tesis de que es Rusia, y no la dificultad propia de resolver una guerra en la que no hay un ganador claro y las líneas rojas son incompatibles e irreconciliables, quien deliberadamente obstaculiza cualquier avance en la negociación. “Los jefes de inteligencia europeos son pesimistas sobre las posibilidades de que se alcance un acuerdo este año para poner fin a la guerra de Rusia en Ucrania, a pesar de las afirmaciones de Donald Trump de que las conversaciones mediadas por Estados Unidos han acercado razonablemente la perspectiva de un acuerdo”, publicaba la agencia sin desvelar a qué servicios de inteligencia se refería, pero dando por hecho que se trata de una valoración objetiva y no un mensaje interesado de un actor que participa indirectamente en la guerra.  

Todo este discurso, que ignora que el hecho de que se está hablando de mecanismos de verificación de un alto el fuego supone de por sí una dinámica positiva que hace posible un avance hacia una tregua, se produce en paralelo a los movimientos de la Unión Europea contra los términos en los que se está manejando la negociación. Un año tarde, la UE ha decidido incorporarse a la diplomacia con el objetivo de imponer sus términos, una postura que implica, al menos en parte, sabotear los esfuerzos existentes y quizá descarrilar todo el proceso.  

La completa falta de seriedad o simple intento de poner palos en la rueda parecen ser el origen del plan que Kaja Kallas prepara para, como ella misma anunció con su habitual sonrisa de la guerra, responder al maximalismo ruso con maximalismo europeo. Ayer, FRE/RL publicaba los primeros detalles de esa lista de concesiones que la líder de la diplomacia comunitaria pretende presentar a los Estados miembros para definir la posición negociadora de la Unión Europea. “Las exigencias incluyen una reducción del número de tropas rusas y su retirada de los países vecinos, el pago de indemnizaciones y la necesidad de democratizar su sociedad”, afirma el medio, que posteriormente recuerda que ni la UE ni ningún Estado miembro cuentan con una silla en la mesa de negociación, una situación que no va a cambiar tras la publicación de estos términos, que inevitablemente harán a Rusia reafirmarse en su percepción de que, en estos momento, solo se puede negociar con Estados Unidos.  

“En el primer capítulo, titulado «Rusia debe respetar la independencia, la soberanía y la integridad territorial de los Estados», la idea principal es que si Ucrania limita el número de sus tropas o incluso las retira de algunas zonas —algo que se debatió durante las conversaciones mediadas por Estados Unidos—, Rusia debe hacer lo mismo. También exige que no se reconozca de iure la ocupación de los territorios ucranianos y que esas zonas sean desmilitarizadas”, afirma el medio sobre el primer punto, cuya intención clara es redibujar los resultados territoriales de la guerra con unos términos abierta y ha de entenderse que intencionadamente irrealizables, ya que se trata de términos que solo pueden imponerse sobre una parte militarmente inferior a quien trata de dictarlos.  

“El siguiente capítulo, «Una Europa segura y estable», incluye la exigencia de que «Rusia ponga fin a las campañas de desinformación, el sabotaje, los ciberataques, las violaciones del espacio aéreo y la injerencia en las elecciones en territorio europeo y en los países vecinos»”, exige el siguiente capítulo de este texto. En otras palabras, se busca explotar la idea de la guerra híbrida olvidando los actos equivalentes que Occidente o Ucrania han realizado contra Rusia, incluyendo, por ejemplo, la explosión del Nord Stream o los flagrantes intentos de injerencia en los asuntos internos de la Federación Rusa.  

“Otro ultimátum estipula la ausencia de armas nucleares en Bielorrusia y la «prohibición de la presencia y los despliegues militares rusos en Bielorrusia, Ucrania, la República de Moldavia, Georgia y Armenia». Las tropas rusas llevan décadas estacionadas en regiones separatistas controladas por Rusia, como Abjasia, Osetia del Sur y Transnistria, así como en bases en Armenia y Bielorrusia”, continúa RFE/RL para describir un punto en el que se quiere marcar la política exterior rusa, punto al que hay que sumar la exigencia europea de realizar elecciones en sus términos y bajo su supervisión.  

El ultimátum de Kallas, que solo puede buscar ofender aún más a Rusia y que ya ha conseguido que el Kremlin ratifique su postura de que “Europa solo favorece la guerra”, es el equivalente europeo a lo que Estados Unidos está exigiendo a Irán: desarme según los términos dictados desde Occidente, cese de su actuación exterior –demonizado en su totalidad como actuación criminal- sin promesas de cesar actividades similares por parte de quienes imponen el ultimátum, injerencia en los asuntos internos y exigencia de renuncia a su política exterior. Esos términos de capitulación son una amenaza militar en el caso de Estados Unidos e Irán, en el que el desequilibrio de poder es evidente, pero suenan a parodia cuando se producen contra la principal potencia nuclear en unas condiciones en las que no ha sido derrotada militar, política o económicamente.  

Insultante en los términos y ofensivo en las formas en las que se anunció el pasado fin de semana en Múnich, con la frivoliad habitual de los discursos de Kaja Kallas, el ultimátum es un paso más de una tendencia evidente en los medios de comunicación: un discurso que busca evitar cualquier avance en una negociación que se está produciendo en unos términos que no gustan a los países europeos ni al establishment liberal estadounidense, que parecen ver la guerra como un mal menor frente a la continuación de una guerra con la que pueden seguir tratando de debilitar a su enemigo ruso. Aunque sea a costa de más bajas, más destrucción y más sufrimiento en Ucrania, el país al que dicen defender. Para eso han concedido a Ucrania un crédito de 90.000 millones de euros, dos tercios de los cuales han de ser utilizados para gastos militares y de defensa.  

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