“Múnich, día 3: Zelensky solicita misiles Tomahawk y Patriot. En una reunión a puerta cerrada, los legisladores le preguntaron cuántos misiles necesitaba y cuáles eran sus planes para ellos. «Describió con gran detalle cómo los misiles Tomahawk podrían ayudar a cambiar el equilibrio militar», afirmó Lindsey Graham”. Así describió la jornada de ayer el reportero de defensa de Politico. Al igual que otros años, Ucrania ha ocupado un espacio privilegiado en la cumbre de Múnich, en la que el presidente ucraniano ha contado con una gran plataforma para colocar un mensaje que sus aliados europeos continuaron difundiendo ayer. “Si se limita el tamaño del ejército ucraniano, también debería limitarse el de Rusia. Donde Rusia ha causado daños en Ucrania, Rusia debe pagar. No a la amnistía para los crímenes de guerra; retorno de los niños ucranianos deportados. Esto es realmente lo mínimo que Rusia debería aceptar si la paz es su objetivo”, afirmó en su discurso Kaja Kallas, de quien recientemente se ha conocido que se dispone a presentar a los países miembros una lista de concesiones que la Unión Europea deberá exigir a Rusia.
Sin ninguna capacidad de exigir nada a Rusia teniendo en cuenta que los países europeos no han sido capaces de desarrollar un plan de victoria para Ucrania –que habría requerido una guerra total contra la Federación Rusa para la que ningún ejército continental está preparado- y sin más argumentos para el diálogo que órdenes que cumplir, las palabras de Kallas son el reflejo del supremacismo europeo occidental con respecto al resto del continente y del mundo. Ausente de las negociaciones, la Unión Europea se permite el lujo de tratar de imponer las condiciones de una posible resolución de la guerra. Como ha insistido repetidamente el ministro de Asuntos Exteriores de Polonia, Radek Sikorski, “si estamos pagando, si esto está afectando nuestra seguridad y no sólo la de Ucrania, entonces merecemos un lugar en la mesa, porque el resultado de esta guerra nos afectará”.
Un año después del inicio del proceso de diálogo en busca de una resolución al conflicto ucraniano, los países europeos empiezan a darse cuenta del peligro de haber sido excluidos de las conversaciones y comienzan a temer seriamente la posibilidad de un acuerdo con Rusia. Recuperando su discurso de hace un año, cuando afirmó que la paz podría ser más peligrosa que la guerra, la primera ministra danesa se mostró como la más beligerante e insistió en que “los rusos solo entienden la fuerza”. “No se puede ganar una guerra simplemente portando armas. Ucrania debe recibir todo lo que necesita para ganar”, añadió para exigir el envío de armas de largo alcance para que Kiev pueda atacar en profundidad territorio ruso. Cuando la negociación entre Estados Unidos, Rusia y Ucrania podría aproximarse a su momento decisivo, los países europeos reaccionan para tratar de recuperar el discurso de escalada de la guerra en busca de la victoria que no han conseguido durante cuatro años. Pero, en su beligerancia, los países europeos son conscientes de que necesitan a Estados Unidos para ello.
“La mayor amenaza que representa Rusia en este momento es que gana más en la mesa de negociaciones de lo que ha logrado en el campo de batalla. Las demandas maximalistas de Rusia no pueden satisfacerse con una respuesta minimalista”, escribió Kallas para resumir el sentido de su discurso, centrado en las dos cuestiones que más preocupan a las autoridades del continente: la relación con Estados Unidos y la guerra de Ucrania. Desde su llegada a Múnich, la principal tarea de la líder de la diplomacia de la UE ha sido reivindicar la Alianza Atlántica y la importancia de los países europeos para Estados Unidos. “Cuando Rusia va a la guerra, va sola porque no tiene aliados”, afirmó Kallas, que prefiere olvidar que Rusia fue aliada de las potencias occidentales en las dos guerras mundiales del siglo pasado. “Cuando Estados Unidos va a la guerra, muchos de nosotros vamos con ellos y perdemos a nuestra gente en el camino. También nos necesitáis”, añadió dirigiéndose a Mike Waltz, embajador de Estados Unidos en la ONU, en uno de los muchos actos en los que ha participado. Los países europeos han pasado el fin de semana insistiendo en que son el único proveedor de Ucrania y que han sustituido prácticamente en su totalidad a Estados Unidos en el suministro de inteligencia para la guerra, en ambos casos como argumento para presentarse como aliados imprescindibles.
Ese fue también el sentido del discurso pronunciado por Marco Rubio, que encabezó la delegación estadounidense con el objetivo de imponer la narrativa de guerra cultural, nacionalismo occidental e imposición de una forma de ver el mundo que no teme abrazar puntos de vista abiertamente chovinistas. Como hace un año hiciera JD Vance, Marco Rubio llegó a Múnich para dar órdenes de los aliados europeos. “Los estadounidenses a veces podemos parecer un poco directos y urgentes en nuestros consejos. Por eso el presidente Trump exige seriedad y reciprocidad a nuestros amigos aquí en Europa. La razón, amigos míos, es porque nos importa profundamente”, afirmó Rubio, que estos últimos días también ha mostrado su preocupación por otro pueblo, el cubano, al que ha agraciado con el endurecimiento del bloqueo, prohibiendo que terceros países envíen o vendan petróleo a la isla que vio nacer a sus padres. En el caso de Cuba, la preocupación se traduce en una guerra económica con la que se busca el colapso del Estado con el objetivo de regresar a los días en los que La Habana era la colonia en la que la mafia y gran capital estadounidense explotaban a la población.
En el caso de Europa, cuna de la civilización occidental cristiana y blanca que Washington desea preservar, la preocupación implica exigir a las autoridades un servilismo incluso superior al que muestran actualmente Londres, Bruselas y las capitales de los países miembros de la UE, cuyos representantes recibieron a Rubio con una ovación en pie y mostraron su alivio al ver que el discurso estadounidense era más conciliador que el pronunciado hace un año por JD Vance. La intervención de Rubio fue más sutil que el de hace un año, pero exactamente con el mismo significado de defensa de una civilización occidental blanca, cristiana, anticomunista y capaz de imponer su voluntad por medio de la fuerza económica, política o militar. Ese planteamiento de tintes imperiales y centrado en el vínculo común entre Europa y Estados Unidos es algo con lo que el establishment de la Unión Europea puede identificarse a la perfección y que no difiere en exceso en abstracción de la idea de “rearme moral” del idealismo de Pedro Sánchez.
“Estados Unidos no quiere vasallos, quiere aliados fuertes”, insistió ayer Marco Rubio durante su visita a Eslovaquia. “No queremos aliados encadenados por la culpa y la vergüenza. Queremos aliados que estén orgullosos de su cultura y herencia y que estén dispuestos a ayudarnos a defenderla”, había dicho el día anterior para definir a los aliados que espera Washington. Rubio presentó un mundo marcado por la migración masiva, origen de gran parte de los problemas y, sobre todo, de la “decadencia civilizatoria”. “En un mundo perfecto, todos estos problemas y muchos más se resolverían mediante diplomáticos y resoluciones enérgicas. Pero no vivimos en un mundo perfecto y no podemos seguir permitiendo que aquellos que amenazan de forma descarada y abierta a nuestros ciudadanos y ponen en peligro nuestra estabilidad global se escuden tras abstracciones del derecho internacional que ellos mismos violan habitualmente”, afirmó Rubio para exigir a los aliados europeos seguir a Estados Unidos en su actual camino de paz por medio de la fuerza y añadir un largo pasaje que solo puede entenderse como una defensa al mundo anterior a la Segunda Guerra Mundial, en el que el dominio del planeta correspondía a las potencias coloniales blancas.
“Durante cinco siglos, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente se expandía: sus misioneros, peregrinos, soldados y exploradores salían en masa de sus costas para cruzar océanos, colonizar nuevos continentes y construir vastos imperios que se extendían por todo el mundo. Pero en 1945, por primera vez desde la época de Colón, se contrajo. Europa estaba en ruinas. La mitad vivía tras un telón de acero y el resto parecía que pronto seguiría sus pasos. Los grandes imperios occidentales habían entrado en un declive terminal, acelerado por las revoluciones comunistas ateas y los levantamientos anticolonialistas que transformarían el mundo y cubrirían de hoz y martillo rojos vastas extensiones del mapa en los años venideros”, sentenció Rubio, exigiendo a sus aliados reconducir su situación -fundamentalmente reduciendo la inmigración- para recuperar el espíritu de esa alianza anticomunista y basada en el odio racista y clasista al diferente.
“El discurso me tranquilizó mucho: lo conocemos, es un buen amigo y un aliado firme. Escucharlo me tranquilizó mucho. Sabemos que en la administración algunos tienen un tono más duro, pero el secretario fue muy claro: queremos una Europa fuerte en la alianza”, declaró Úrsula von der Leyen, cuya visión del mundo no difiere en absoluto de la de Rubio, que en clara referencia al proyecto neocon del Nuevo Siglo Americano apeló a un «siglo occidental», un proyecto en el que los países europeos estarían encantados de ser la muleta de Estados Unidos.
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